Inglaterra: La última pascua de Roger Scruton

Filósofo, polemista y defensor de una Inglaterra construida sobre hábitos, afectos y pertenencias, Roger Scruton convirtió la idea de hogar en el centro de una reflexión que desafió tanto al progresismo como al liberalismo de mercado.

por Sebastián Provvidente

Old Merrie England: convirtiendo un lugar en un hogar

En England an Elegy (2000), Roger Scruton destacaba que los ingleses   ─herederos de la splendid isolation ─ se jactaban de que, al definir su identidad, no se han valido mayormente de los conceptos de nación o de Volk que habían generado tantos conflictos en la Europa continental. Los ingleses se jactan también de saber quiénes eran pero no qué eran: ¿una nación? ¿un territorio? ¿una lengua? ¿un imperio? Resulta indudable que en un cierto momento de su historia los ingleses comenzaron a referirse a sí mismos como británicos. El imperio británico fue sin dudas el producto de la iniciativa de ingleses pero también de galeses, escoceses e irlandeses. Solo cuando el imperio comenzó a decaer, los ingleses comenzaron a revisar la descripción de sí mismos y la definieron en los términos de una nación.

Pese a que los ingleses se autodenominan indudablemente como tales, sus pasaportes complican las cosas, porque en ellos se los define como miembros del  “Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte”. Según Scruton, la idea de Gran Bretaña fue inventada para darle credibilidad a la Unión, preservar a la religión protestante y fortalecerla frente a las potencias continentales. No obstante, para evitar una visión idealizada, cabe señalar que así como las ideas de raza y religión jugaron un papel nefasto en la Europa continental, también desempeñaron un papel importante en la configuración de la identidad inglesa. Sin embargo, Scruton ha insistido en que en Inglaterra estas nociones se encuentran suavizadas y moderadas por la noción de home: el hogar, un lugar consagrado por la costumbre. Si bien existen testimonios de ideas análogas en otras culturas -como en el caso de la mítica Heimkehr alemana-, en el caso inglés se trata de una noción terrena, sensata y heredera del sentido común. El hogar no es únicamente un espacio físico sino todo lo que allí sucede, un lugar se transforma en un hogar mediante los hábitos que lo domestican. Dichas costumbres tienen su orígen más remoto en los pueblos provenientes de Jutlandia, Sajonia y Escandinavia que establecieron en Inglaterra el sistema del common law. Aunque suele afirmarse que el common law es un sistema jurisprudencial donde el juez crea el derecho, esta descripción es inadecuada: en realidad la sentencia del juez no crea la norma o sino que la descubre y la aplica. Desde sus orígenes el common law fue entendido como el derecho del territorio perteneciente al pueblo inglés y no a sus monarcas. Es sabido que Guillermo el Conquistador fue aceptado como soberano precisamente porque se comprometió a preservar este derecho, el verdadero soberano del reino. A lo largo de su historia, Inglaterra aceptó reyes normandos, franceses, escoceses, galeses, neerlandeses y alemanes porque estos se concebían a sí mismos como criaturas del derecho y no como sus creadores. Así lo sostenía Bracton en el siglo XIII en su De Legibus et Consuetudinibus Angliae que sostenía que el rey estaba bajo el derecho y que este no debía ser inventado o impuesto, sino descubierto y obedecido. 

Otra de las particularidades del common law ha sido la tendencia a afirmar el derecho y la responsabilidad de la acción individual en todas las esferas de la vida social. La vulgata marxista, que sostiene que la posesión feudal dio lugar a formas burguesas de propiedad, constituye una representación errónea de la historia inglesa. En ella, la extensa tradición de la propiedad [ownership] fue amparada por el common law y se erigió como una esfera de autonomía que debía ser protegida. No en vano Frederic William Maitland hablaba de un “núcleo duro de ‘individualismo’” [solid core of individualism] para describir la tenure medieval. En última instancia el common law jugó un papel fundamental en transformar al territorio inglés en un verdadero hogar. 

A la par de esta noción que exalta el derecho de los individuos a conducir sus asuntos sin interferencias, la domesticación del territorio y la transformación en un hogar también implica el respeto a las normas que hacen posible la vida en común. Esta se funda en el respeto a reglas, tradiciones y costumbres que se asumen como un legado dado e incuestionable. El hogar de los ingleses es un lugar plagado de rituales, uniformes, precedentes y costumbres. En este marco, los ingleses aceptan sin cuestionar los títulos con los que las clases altas resguardan sus privilegios. El aristócrata inglés no es un mero cortesano, sino el alma y el corazón de su lugar de residencia; su título y liderazgo ennoblecen tanto al entorno como a su propia persona. Esto le confiere a las clases sociales una dimensión casi espiritual, volviendo las jerarquías aceptables incluso para quienes ocupan los estratos inferiores. La monarquía representa una refutación de la sociología weberiana que distinguía formas “tradicionales” y “legales” de autoridad. 

La vida de los ingleses está plagada de diferentes tipos de pertenencia o membresía: clubes, regimientos, escuelas, aquellos “pequeños pelotones” sobre los que Burke sostenía que generaban las lealtades más perdurables.

Según Scruton, cuando los hombres transforman un espacio en su hogar, su primer instinto es decorarlo con fotografías, cuadros y objetos que, por lo general, no se valoran por su utilidad inmediata, sino por las asociaciones que evocan o por su belleza. Estos elementos convierten el entorno en el lugar común que es habitado y proveen  señales de orden y de una posesión pacífica. Esta suerte de “encantamiento” es una fuerza que personaliza a los objetos, las costumbres y las instituciones del hogar confiriéndoles un carácter moral compartido por todos sus miembros. La vida de los ingleses está plagada de diferentes tipos de pertenencia o membresía: clubes, regimientos, escuelas, aquellos “pequeños pelotones” sobre los que Burke sostenía que generaban las lealtades más perdurables. Los juegos, los uniformes, los rituales, las reglas, contribuyen a instaurar en los individuos ese sentido de pertenencia que halla expresión en el desarrollo de los unincorporated bodies: asociaciones creadas por la sociedad civil. El hogar es una persona moral que simplemente existe; al igual que los objetos de una casa, no requieren una explicación racional de su presencia. Existen, están ahí y eso es suficiente. Esta actitud suele exacerbar los ánimos de los observadores continentales, quienes perciben una falta de racionalidad al otro lado del Canal de la Mancha. Al fin y al cabo, los ingleses poseen una constitución que no está escrita, los poderes del Parlamento siempre presentan un grado significativo de indefinición, sus leyes fundamentales no están codificadas y en muchos casos, las prácticas administrativas locales no pueden ser explicadas por quienes las ejecutan. 

Al mismo tiempo, el hogar es el lugar en donde se puede ser uno mismo, uno puede dedicarse a sus asuntos, permitiéndose sus libertades, hobbies y excentricidades, siempre bajo la condición de respetar el ritual y las reglas. Las escuelas, los hospitales, los teatros, las universidades e incluso los regimientos del ejército se encuentran inspirados por un mismo espíritu: el de asumir la responsabilidad de cumplir con una labor necesaria. Se trata de grupos de personas que se asocian para recaudar fondos, establecer principios rectores y constituir un trust que permita la duración en el tiempo de estos grupos. Una ilustración magistral de esta dinámica puede apreciarse en la que tal vez sea una de las mejores series inglesas de los últimos años: The Detectorists. En efecto, los ingleses arman clubes hasta para reunir a los que tienen el hobby de ser detectores  ─“detectorists” y no “detectors” ─de metales. 

 Ahora bien, en paralelo, Scruton sostiene que Inglaterra ha sido históricamente también la cuna del disenso. Por este motivo, sus tradiciones y costumbres han sido interpretadas con frecuencia como mecanismos para preservar los privilegios de la aristocracia. Desde los lolardos, los luditas, los puritanos y los dissenters; hasta los cartistas, los sindicalistas y republicanos existe una larga tradición de oposición y confrontación cuya característica distintiva es la de haber sido en general un disenso domesticado. Sus batallas internas, pese a haber atravesado episodios de notable violencia, han resultado en el primacía del sentido común y del compromiso.  

Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, todos estos valores, tradiciones y costumbres comenzaron a ser percibidos como meros artificios y construcciones ideológicas destinadas a mantener la división de clases y el imperio. Intelectuales como Raymond Williams, E. P. Thompson, Terry Eagleton, Perry Anderson, entre otros, se encargaron de denunciar las miserias, la hipocresía y los supuestos mitos fundacionales de la cultura inglesa. Scruton, quien se había formado con esta crítica cultural, comenzó a vislumbrar una forma más generosa de interpretar esa cultura que, al fin y al cabo, había permitido a su país salir victorioso  ─ciertamente con apoyo externo ─ de las dos guerras mundiales. Aunque en su juventud él mismo fue un intelectual irreverente y combativo, estas lecturas en clave anti-imperialista, anti-capitalista, anti-aristocrática, anti-monárquica, anti-burguesa y anti-autoritaria lo dejaron de convencer. Scruton intuía que existía algo digno de ser rescatado en aquellos que algunos denominaban “lo inglés”, otros “lo británico” y que muchos simplemente reducían a los valores de las clases dirigentes o de forma peyorativa a los valores de “ellos”. Este cambio de perspectiva estaba indudablemente ligado a su propia historia de vida que lo llevaría a convertirse en esa figura inusual, casi una contradictio in terminis: “un intelectual conservador”. 

Scruton intuía que existía algo digno de ser rescatado en aquellos que algunos denominaban “lo inglés” y que muchos reducían a los valores de las clases dirigentes, esta perspectiva estaba ligada a su propia historia de vida que lo llevaría casi una contradicción: un intelectual conservador.

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De la economía a la oikophilia

El propio Scruton narra su conversión en el capítulo “My Journey” de su libro How to be a conservative (2014). Allí cuenta que nació en una familia de clase media baja. Su padre, Jack Scruton, fue un maestro de escuela primaria que vivió con la persistente sensación de haber traicionado sus orígenes en la clase trabajadora al dedicarse a la enseñanza. Aunque fue un sindicalista y militante del Partido Laborista, Jack sentía una profunda fascinación por la vida rural, la historia local y la arquitectura tradicional; de hecho, le dedicó mucho tiempo a estudiar y conocer los pueblos cerca de High Wycombe donde su familia vivía. Roger sostenía que su padre, a pesar de sus fuertes convicciones laboristas, era en el fondo un conservador ya que, como afirmaba Robert Conquest, las personas suelen tener una visión de derecha sobre aquellos temas que conocen en profundidad. En el trasfondo de su socialismo latía un instinto conservador. Sin embargo, cuando Roger obtuvo una beca para estudiar en Cambridge, la convivencia familiar se tornó difícil: su padre sentía que su hijo había sido reclutado para los “enemigos” de su clase. Por su parte, Roger -influido por las ideas del crítico literario F. R. Leavis y por T. S. Eliot-, comenzó a volverse conservador precisamente en aquellos temas sobre los que ahora sabía mucho: la filosofía, el arte, la literatura y la música. Inmediatamente después de graduarse en Cambridge, Scruton trabajó como lecteur en un collège universitaire en Francia en donde se enamoró de la cultura francesa. De hecho, el mayo francés del 68 lo sorprendió en París y terminó produciendo un punto de inflexión en su pensamiento. Scruton no lograba comprender cómo los soixante-huitards, herederos de las ventajas del modo de vida burgués que les había garantizado libertad y seguridad a gran parte de los ciudadanos franceses después de la segunda guerra, se alzaban contra estas ideas reciclando eslóganes marxistas que prometían una libertad radical futura e hipotética con la abolición de la propiedad privada. Le resultaba inverosímil que los estudiantes revolucionarios redujeran los logros de la cultura de posguerra a meras máscaras de dominación de clase. A su juicio, las teorías abstractas de intelectuales como de Althusser, Deleuze, Foucault y Lacan entre otros, explicaban la actitud de los estudiantes y tendían en su mayoría a soslayar el genocidio que se gestaba en Camboya bajo el mando de Pol Pot, un miembro del partido comunista formado en los círculos literarios de París. Sobre estos intelectuales y algunos otros, Scruton escribiría tiempo después su Fools, Frauds and Firebrands: Thinkers of the New Left (Pensadores de la nueva izquierda, 1985) que sería actualizado y reeditado en 2015.

Cuando Scruton regresó a Inglaterra, comenzó a enseñar en Birbeck College de la Universidad de Londres. Allí se encontró con que la mayoría de sus colegas formaban parte del establishment de la izquierda cuyo referente principal era Eric Hobsbawm y donde reinaba el marxismo “humanizado” de la New Left Review, que aún albergaba la esperanza de conducir a Inglaterra hacia la senda del socialismo. El Birkbeck College había sido fundado por George Birbeck con el propósito de dar clases por la tarde a personas que tenían empleos a tiempo completo durante el día. Dado que las clases eran vespertinas y le dejaban mucho tiempo libre durante el día, Scruton estudió derecho y se convirtió en un reader para el Bar aunque nunca ejerció como abogado. Fue precisamente a través del estudio del derecho que terminó de convencerse de que el common law era una herencia del pueblo inglés y no un instrumento en manos de la clase dominante tal como lo profesaban los libros de Hobsbawm.   

Para Scruton el error de reducir el orden social a meras operaciones del mercado era análogo al del socialismo revolucionario: ambos reducían la política a un ideal abstracto del hombre.

La realidad de los años 70 agudizará este cambio en su pensamiento. En esta época fundó, junto a varios colegas y amigos el Conservative Philosophy Group, con el propósito de integrar académicos, parlamentarios y periodistas en la elaboración de una visión conservadora compartida. En 1979 escribió The Meaning of Conservatism para recordarle al thatcherismo y a sus Think tanks que la libertad de mercado no era una respuesta suficiente para una visión conservadora del mundo y, al fin y al cabo, existía “esa cosa llamada sociedad”, aunque la “dama de hierro” lo hubiera negado rotundamente. Para Scruton el error de reducir el orden social a meras operaciones del mercado era análogo al del socialismo revolucionario: ambos reducían la política a un ideal abstracto del hombre. En línea con Burke, Scruton sostenía que la sociedad se fundaba en relaciones de afecto y lealtad creadas en la interacción cara a cara en clubes, sociedades, en el trabajo, la iglesia, las universidades, los regimientos y tantos otros grupos. Los gobiernos revolucionarios  ─al igual que los sistemas basados en un hipotético Homo oeconomicus─ resultaban destructivos ya que buscaban aniquilar el capital social acumulado. Este Homo oeconomicus irrumpía en el mundo arrasando y consumiendo todo lo que encontraba a su paso; era, en palabras de Oscar Wilde, un hombre que conocía “el precio de todo y el valor de nada". A su vez, el orden político contractualista de la ilustración -desde Hobbes y Locke hasta Rawls- remitía a un individuo carente de lazos y ataduras previos. Sin embargo, para Scruton los seres humanos no se movían únicamente por la maximización de beneficios o por vínculos contractuales, sino por la oikophilia: el amor al oikos. Este concepto significaba no solo el amor al hogar sino también hacia quienes lo habitaban y construían. Era en este espacio donde cobraba vida “la primera persona del plural” de la política y donde arraigaban virtudes como la responsabilidad, el respeto y el autosacrificio. En el oikos existía el valor y no el precio. 

Entre finales de los años 70 y principios de los 80, Scruton defendió estas ideas en relativa soledad. Le pegaba por derecha al Thatcherismo y decía cosas incómodas en el Birbeck College, bastión de la intelectualidad de izquierda donde no dudó en confrontar a sus “vacas sagradas” tanto vernáculas como extranjeras. El conflicto derivado de la publicación de un artículo de Ray Honeyford, publicado en la Salisbury Review de la cual Scruton era editor, resulta bastante ilustrativo de la incomodidad de su posición. En dicho artículo, Honeyford, un docente comprometido con la integración de sus alumnos en la vida civil, se atrevió a plantear la pregunta de cómo integrar a los hijos de campesinos pakistaníes y musulmanes dentro de la cultura secular inglesa. Aunque muchas de sus ideas se convertirían con el tiempo en la doctrina oficial de los principales partidos políticos en Inglaterra, la prensa defensora a ultranza del multiculturalismo acusó a Ray Honeyford de ser un “Ray-cist”. La posición de Scruton en el mundo académico se volvió tan insostenible que terminó por abandonarlo. No obstante, antes del retiro, Scruton había iniciado a partir de 1979 una serie de viajes al otro lado de la Cortina de Hierro, específicamente a Checoslovaquia y a Polonia. Allí dictó diversos seminarios que fueron recibidos con entusiasmo por una comunidad académica que se amparaba en los acuerdos de Helsinki de 1975. Si bien la implementación de los acuerdos era una farsa que servía para identificar opositores al régimen, obligaban al menos a los gobiernos de estos países a mantener la libertad de información y respetar la Carta de derechos de las Naciones Unidas. Estos encuentros, sostenidos a lo largo de los años, propiciaron la creación de redes académicas clandestinas en Checoslovaquia, Polonia y Hungría, y le permitieron a Scruton conocer de primera mano la cruda realidad del socialismo en su última fase de desarrollo. A pesar de que Scruton se había visto obligado a abandonar la vida académica, en 2016 fue nombrado caballero por sus servicios a la filosofía, la enseñanza y la educación pública.

Para Scruton los seres humanos no se movían únicamente por la maximización o por vínculos contractuales, sino por la oikophilia: el amor al oikos. Este concepto significaba no solo el amor al hogar sino también hacia quienes lo habitaban y construían.

Annus horribilis: la noche oscura de Scruton

Sir Roger Scruton continuaría publicando numerosos libros y artículos periodísticos, impregnados de ironía y sentido común sobre temas tan diversos como la trascendencia de la belleza, la filosofía política, el multiculturalismo, la integración de las comunidades musulmanas en Inglaterra y el globalismo. También abordó temas como la necesidad y utilidad de las naciones, la crítica musical, la enología, el papel de las universidades, la caza como actividad social, los problemas de la Unión Europea, la vida rural, el conservacionismo de la naturaleza, entre tantos otros temas. Se trata de textos ciertamente polémicos pero plagados al mismo tiempo de sutileza, conocimiento y erudición, muy distantes de las vociferaciones crispadas e ignorantes del populismo psiquiátrico de tiempos más recientes. Pocos han tenido el coraje de abordar temas que tocaran esa fibra sensible de la corrección política de una época, temas tabú que la mayoría de los “intelectuales” evitaba por temor a las consecuencias para sus carreras. Si hasta hace unos pocos años ser iconoclasta implicaba necesariamente pagar un precio, hoy parece haberse convertido en una pose donde cuanto menos fundamento tenga la crítica, mayor es su difusión: hoy en día ser iconoclasta es gratis. Basta observar alguna conferencia de Scruton para constatar que su tono pausado, amable y gentil, revela el abismo que lo separa de la discusión política y cultural contemporánea. “Manners maketh man” [los modales hacen al hombre] reza el motto tradicional inglés que define a la perfección su figura. En sus últimos años, Scruton trabajó en la comisión gubernamental Building Better, Building Beautiful cuya labor parecía sintetizar los intereses que lo acompañaron durante toda su vida. Todo se encaminaba hacia el cierre sereno de una carrera prolífica hasta que llegó 2019. Aquel año se convertiría en verdadero annus horribilis que el propio Scruton narró en una serie de artículos periodísticos recopilados y editados luego por Mark Dooley en el libro Against the Tide (2021), que merecen ser comentados o más bien citados a modo de coda. 

Se trata de fragmentos breves que permiten reconstruir los hitos fundamentales de aquellos meses. En abril Scruton asiste a un concierto de la Pasión según San Mateo de Bach realizado por los Elysian Singers, un coro de cámara, y la Royal Orchestral Society con la dirección de Sam Laughton en St. James, Piccadilly. Casi proféticamente en el camino de regreso a su casa Scruton no logra sacarse de la cabeza el Do menor de la Pasión de Bach. El resto del tiempo por esos días lo pasa escribiendo su reporte para la comisión Building Better, Building Beautiful que concluye que la belleza en la arquitectura común y corriente es inseparable de un sentimiento de arraigo a un lugar. Poco tiempo después en el trayecto de un viaje relámpago a París en el Eurostar, llama por teléfono a su familia y se entera de la noticia: ha sido destituido de la comisión. La decisión se basa en supuestas declaraciones que Scruton realizó en el curso de una entrevista que le había concedido hacía poco tiempo a un periodista del New Statesman. Sus declaraciones, sacadas de contexto en una serie de tweets previos a la publicación del reportaje lo acusaban injustamente de racismo, islamofobia, antisemitismo y comentarios homofóbicos. Aunque poco tiempo después el editor presentaría una disculpa formal, Scruton siente que los ideales por los que luchó toda su vida yacen en pedazos a sus pies; el daño de la campaña de cancelación es irreversible. En julio, durante una visita rutinaria, su reumatólogo le sugiere delicadamente que consulte a un oncólogo ya que los resultados de unos estudios no son buenos. En la siguiente entrada de su diario Scruton informa lacónicamente que ha iniciado la quimioterapia y que ha comenzado a releer algunos clásicos (Homero y George Eliot, Conrad y Seamus Heaney) y a escribir cartas a sus amigos más cercanos. También acota con la misma sobriedad  que hasta ese momento el dolor ha sido un compañero pero no un tirano. Por esta época, Scruton publica el artículo After My Own Dark Knight en el Daily Telegraph tratando de darle sentido a lo que le había sucedido en esos meses desde que aquel Do Menor de la Pasión según San Mateo había comenzado a resonar en su cabeza. En el artículo escribe: 

El sentimiento profundo del Cristianismo no es el triunfo, sino la derrota. Toma lo peor de la naturaleza humana —el acoso a los marginados, el deleite en la crueldad, la traición a los amigos y el odio a los extraños— y entrelaza estos elementos en la historia de la pasión de Cristo. Vos también, nos dice, sos miembro de esa turba llena de odio. Pero podés transformar tu odio en piedad, y tu piedad en amor. Eso es lo que significa la redención. [...] Según el antiguo relato cristiano, Cristo pasó su día en el inframundo, horripilante infierno. Sin embargo, podemos entender el mensaje de la Pascua sin esa metáfora en particular. En todos nosotros existe un principio creativo y extrovertido: un principio de amor a través del cual renovamos nuestros vínculos y hacemos de nuestra vida un don. Cuando dejamos de amar, es como si quedáramos vacíos, privados de la fuerza que nos sostiene en el ser. Nos convertimos en un vacío, una negación, algo que no debería existir. Y en ese vacío irrumpe la turba, ávida de víctimas y ardiente por destruir. Ese mecanismo psíquico está presente en todos nosotros. En el mundo actual, no obstante, su efecto se ve amplificado. Twitter nos ha convertido en imbéciles a todos, arrastrándonos en una tormenta de rumores y rencor. Pero los cristianos, al contemplar la crucifixión, aún pueden cambiar de bando: pasar de la turba triunfante a la víctima derrotada. A través de la desolación del Sábado Santo, pueden experimentar el verdadero significado de la Cruz, mientras la oscuridad da paso a la Resurrección y la luz brilla una vez más.

El diario de ese annus horribilis que fue 2019 para Scruton se cierra con las siguientes palabras en el mes de diciembre:

Durante este año me fue arrebatado mucho: mi reputación, mi prestigio como intelectual público, mi posición en el movimiento conservador, mi paz mental y mi salud. Pero mucho más me fue devuelto: por la generosa defensa de Douglas Murray, por los amigos que se unieron a él para apoyarme, por el reumatólogo que salvó mi vida y por el médico a cuyo cuidado estoy ahora encomendado. Habiendo caído al fondo en mi propio país, he sido elevado a lo más alto en otros lugares; y al mirar atrás, observando la secuencia de los acontecimientos, solo puedo estar alegre de haber vivido lo suficiente para ver lo que sucedió. Al acercarse a la muerte, uno empieza a comprender qué significa la vida, y lo que significa es gratitud.

 Scruton falleció el 12 de enero de 2020 a los 75 años, pocos días después de escribir estas palabras.

Si hasta hace unos pocos años ser iconoclasta implicaba necesariamente pagar un precio, hoy parece haberse convertido en una pose donde cuanto menos fundamento tenga la crítica, mayor es su difusión: hoy en día ser iconoclasta es gratis.