León XIV ante el posliberalismo

El ascenso del posliberalismo norteamericano y su vínculo con el catolicismo abren una disputa sobre el bien común, la religión y el papel del Estado. ¿Hasta dónde coincide León XIV con el posliberalismo y dónde comienzan sus diferencias? ¿Una solución católica a los problemas políticos de nuestro tiempo?

por Guillermo E. Jensen

"J.D. Vance se equivoca: Jesús no nos pide que clasifiquemos nuestro amor por los demás”. Con este breve Tweet emitido el 3 de febrero del 2025 que acompañaba un artículo del National Catholic Reporter, el entonces Cardenal Robert Prevost criticaba al vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance por utilizar la noción del Ordo Amoris (amor ordenado) de San Agustín, para justificar la política migratoria restrictiva de la administración de Donald Trump. Sabemos cómo siguió la historia: unos meses después Prevost, norteamericano de nacimiento y peruano por adopción, dejaba de ser uno de los tantos cardenales de bajo perfil de la Iglesia Católica para pasar a ser el papa León XIV. Ya como Pontífice, Prevost tuvo la posibilidad de encontrarse cara a cara con Vance. Hasta dónde sabemos, el vicepresidente norteamericano, un católico converso e intelectualmente cercano a los teóricos posliberales, decidió suspender sus debates teológicos con el nuevo Papa hasta nuevo aviso. 

Lo interesante de este muy puntual hecho, que excede las coyunturales diferencias entre representantes de Estados como son León XIV y el vicepresidente de los Estados Unidos, es que hizo evidente una tensión teológico-política ad intra del catolicismo. El contrapunto en torno del Ordo Amoris evidenció dos miradas católicas muy diferentes sobre una misma cuestión social, de enorme densidad política, en la actualidad como lo es la cuestión migratoria. El correctivo de Prevost a Vance sobre el Ordo Amoris es comprensible, pues como agustino y a partir de su propio lema personal In illo Uno unum (en el único Cristo somos uno), no resulta sorprendente que haya querido enmendar de plano la incorrecta utilización de un concepto religioso: la política migratoria de Trump y las redadas del ICE no pueden justificarse desde San Agustín. “Frenate ahí”, pareció decir el mensaje enviado por el entonces Cardenal al joven vicepresidente norteamericano. 

No es extraña la sensibilidad de Prevost por el tema migratorio, dada su propia biografía personal y experiencia pastoral, sin dejar de mencionar la enorme influencia del Magisterio de Francisco en él. El papa argentino hizo de la cuestión migratoria un eje social de su pontificado y ha dedicado al tema gran parte de su encíclica Fratelli Tutti, en donde aborda directamente la cuestión de la política en el mundo actual. Aquí no parece haber mucho misterio. 

Lo que es más atractivo preguntarse en otra cosa: ¿De qué fuentes teológicas políticas abrevó J. D. Vance para realizar las polémicas afirmaciones que lo llevaron a tener un contrapunto con el actual Papa? En su último libro Communion: Finding My Way Back to Faith (Harper Collins, 2026), Vance señala que la lectura de La Ciudad de Dios de San Agustín en un curso universitario marcó su retorno hacia la fe que había abandonado durante gran parte de su etapa universitaria. Pero hay algo más. 

Vance es desde hace años quizás el político más estrechamente vinculado al conjunto de intelectuales llamados posliberales, un grupo de profesores y de intelectuales bastante diferentes entre sí, con quienes comparte una visible inspiración política en la tradición católica y un diagnóstico epocal común: la crisis de nuestro tiempo es el resultado del triunfo del liberalismo en la cultura, la economía y la política. El paisaje de este triunfo del liberalismo ha naturalizado el repliegue de la fe en la esfera pública, entronizado al individualismo y generando marcadas fracturas sociales. Casi nada.

Con variantes y modulaciones propias, los teóricos políticos Patrick Deneen y Gladden Pappin, el jurista Adrian Vermeule, el escritor Sohrab Ahmari o, en menor medida, los teólogos Chad Pecklnod y D. C. Schindler conforman una constelación intelectual con rasgos comunes y que ha traspasado la esfera estrictamente académica, pisado fuerte en el debate público de los Estados Unidos. Algunos de los más recientes estudios sobre posliberalismo, como el del británico Matt Sleat, incluyen también dentro de la familia posliberal al teólogo anglo-católico John Milbank, o a teóricos sociales como Adam Pabst, más cercanos al Blue Labor que al partido conservador inglés. Dejemos de lado al ala británica del posliberalismo y concentrémonos en su expresión norteamericana, la más polémica y la que mayor impacto público ha tenido. ¿Por qué debería interesarnos el pensamiento posliberal?

Ensayo una primera respuesta. El posliberalismo norteamericano contiene rasgos muy locales, pero se configura como una solución teórico-práctica aplicable a diversos contextos geográficos. Y no son modestos: quieren ofrecer “esperanza para el progreso después del progresismo y para la libertad después del liberalismo”.

 El posliberalismo norteamericano contiene rasgos muy locales, pero se configura como una solución teórico-práctica aplicable a diversos contextos geográficos. 

Catolicismo y forma política

Uno de los más notables rasgos de los posliberales está dado por el hecho de que se presentan abiertamente como católicos. En una operación intelectual explícita, utilizan la tradición cultural, política y jurídica que el catolicismo trae consigo y consideran que la misma debe alumbrar el debate público en los Estados Unidos (y un poco más allá también). Para todos ellos, ser católico no debe ser un dato de la práctica privada de la religión, sino un lugar para posicionarse socialmente y enmendar de plano a la posmodernidad liberal, en la teoría y en la práctica. La traducción política de este catolicismo es la recuperación de la noción de bien común, una especie de concepto/antídoto contra los males del liberalismo moderno. 

El posliberalismo busca constituirse en una alternativa tanto al progresismo de izquierda, como al fusionismo de derecha, esa circunstancial unión entre conservadores culturales y libre mercado que figuras como las de Michael Novak ejemplifican tan bien. Ambas corrientes de pensamiento han conformado el sustrato intelectual contemporáneo de las élites norteamericanas y de los principales dirigentes del Partido Demócrata y Republicano. Llegados a este punto, propongo que dejemos de lado por un momento una lectura que ligue muy lineal e inexorablemente al posliberalismo con la derecha política en los Estados Unidos. Puede parecer un pedido extraño, ya que es evidente que la enorme mayoría de los autores posliberales no esconden su simpatía hacia Trump en particular y hacia el conservadurismo político en general. Bueno, lo sé, pero en la noche todos los gatos son pardos. Justamente por eso es mejor alumbrar con precisión de qué hablamos cuando hablamos de posliberalismo. Puede que nos sorprendemos al corroborar que muchas de las más duras y lacerantes críticas del posliberalismo están dirigidas a la derecha conservadora liberal, antes que al progresismo de izquierda. Veamos.

Dios, Patria y Familia en la teoría posliberal

En el año 2023, tres de los más destacados intelectuales posliberales, Patrick Deneen, Gladen Pappin y Adrian Vermeule, publicaron en conjunto una serie de entrevistas reunidas bajo el sugerente título de In God We Trust, en donde explicitaban el muy relevante lugar que ocupa el catolicismo en sus teorías y las miradas generales sobre el mundo contemporáneo. El gesto no debería pasar desapercibido: la idea misma de que un conjunto de intelectuales católicos se jactase de su fe al momento de intervenir en el espacio público, era simplemente impensable unos años atrás. El catolicismo ha sido desde los orígenes de los Estados Unidos visto con recelo por otras denominaciones cristianas y por la élite más secular. 

Hoy los vientos parecen haber cambiado: ya no es evidente que el partido Demócrata sea quien mejor refleja la sensibilidad política católica, sino que una parte del Partido Republicano ha receptado el imaginario social del trabajo estable del mundo industrial, por la vida en comunidades pequeñas, por una cultura de solidaridad y sentido de pertenencia en donde el catolicismo, tal y como lo percibiera Tocqueville casi dos siglos atrás, es un aliado de la vida democrática y de la gente común. 

Algo ha sucedido en la cartografía política de los Estados Unidos, pues es evidente que el giro de los últimos 30 años del Partido Demócrata hacia el progresismo liberal, centrado en las reivindicaciones raciales y sexuales entre otros temas que, visto lo visto, parecen haber sido más importantes para las élites intelectuales, políticas y económicas que para una gran parte de la ciudadanía que votaba por ese partido. La emergencia del trumpismo como movimiento político (dejando de lado las muy particulares características personales de Donald Trump) tiene algo de plebeyo, de conexión con “lo nuestro”, con un centro discursivo (no necesariamente vinculado a la realidad) enfocado en una economía que beneficie a la gente común, una política para el hombre de a pie ante la falta de perspectiva ante un futuro que, por primera vez en varias generaciones, tiene más nubes que rayos de luz en el horizonte. Si el trumpismo es un emergente político que contiene una matriz plebeya (¿populista?), los posliberales son en parte la expresión teórica de esa revuelta plebeya, que excede a Trump y que mira con desconfianza a la Ilustración Oscura de los Elon Musk y Peter Thiel. 

El posliberalismo busca constituirse en una alternativa tanto al progresismo de izquierda, como al fusionismo de derecha, esa circunstancial unión entre conservadores culturales y libre mercado que figuras como las de Michael Novak ejemplifican tan bien.

De la crisis del liberalismo al cambio de régimen

Me quiero detener en la figura de uno de los más conocidos teóricos del posliberalismo, el profesor de Notre Dame Patrick Deneen, quien en 2017 popularizó el diagnóstico sobre la crisis del liberalismo en su muy taquillero ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? El mismo Deneen, en su libro Cambio de Régimen. Hacia un futuro posliberal del 2023, dio un paso más y comenzó a precisar los contornos de un orden político alternativo. Deneen, un hoy conocido intelectual público en los Estados Unidos que ha traspasado las fronteras de las discusiones de la élite académica de las más importantes universidades, es por la claridad de sus escritos una de las más visibles caras del posliberalismo. 

Su biografía y su camino académico dice más de lo que a primera vista parece. Y lo que esto dice es que Deneen, nacido en el seno de una familia trabajadora de origen irlandés, católica y votante del partido demócrata, viene diciendo hace casi 20 años las mismas cosas. Su pensamiento no cambió tanto; lo que cambió es el contexto cultural y político que hoy recepta con mucha más atención algunas de sus ideas. Tampoco su fe ha cambiado: a diferencia de Vermeule, Ahmari y el mismo Vance que se convirtieron al catolicismo bastante recientemente (Ahmari y Vance han publicado libros sobre sus conversiones), Deneen mantuvo la fe de sus ancestros irlandeses y de su familia. ¿Cómo condensar sus ideas en unas pocas líneas? Intentémoslo.

Deneen como todos los posliberales, es en realidad un coherente antiliberal. Es el hilo no tan invisible que recorre su carrera académica. Graduado de Rutgers, entre 1997 y el 2005 fue profesor adjunto en Princeton, profesor asociado en Georgetown entre 2005 y 2012, para desde entonces radicarse en Notre Dame. Como académico vinculado a la teoría política, sus intereses giraron siempre en torno de la teoría política clásica; una lectura atenta de las advertencias de Tocqueville sobre los peligros para la democracia del individualismo, el afán por el bienestar material, así como cierta cercanía con el comunitarismo particularista del filósofo escocés (y católico) Alasdair MacIntyre. 

Si le preguntáramos ¿Cuándo se pudrió occidente?, Deneen respondería, sin dudarlo: con Hobbes. Es el autor del Leviathan quien cambió la forma de pensar la política, dio sustancia teórica al individualismo atomista; para evitar que el “hombre se convierta en lobo del hombre”, teorizó la creación por vía contractual de un ente artificial y poderoso, el Estado, capaz de contener la guerra de todo contra todos. Para Deneen, con Hobbes se dejó de lado la sociabilidad natural aristotélica y surgió el individuo moderno. El resultado es la escisión interna de la persona, donde la conciencia se separa de la obligación política. Hobbes buscó a través de una nueva fundamentación contractual de la política y el Estado asegurar la vida antes que perseguir la virtud, la paz antes que el bien. Deneen detecta aquí el origen del mal: con el hombre escindido de Hobbes nació el liberalismo.

Coherentemente, para el profesor de Notre Dame la crisis que vivimos en el siglo XXI tiene su origen en el contractualismo del siglo XVII; pues la película que hemos estado presenciando no es otra que la del triunfo en la práctica del individualismo liberal. Y como la lógica individualista atomista finalmente ha vencido, tenemos hoy gobernantes aislados de los gobernados, mayor desigualdad económica y una profunda fractura social. También un Estado que ha crecido exponencialmente para intentar satisfacer demandas de individuos cada vez más aislados entre sí. Se da hoy la paradoja (que Tocqueville había vislumbrado en el siglo XIX) de que el triunfo del individualismo liberal ha empujado el crecimiento de las burocracias estatales. Estas burocracias, por su misma inercia, se han autonomizado del ciudadano común, asfixiando la vida comunitaria y las asociaciones que dotaban de vitalidad cívica y solidaridad social a los Estados Unidos. Simétricamente les ha sucedido a las personas, que, al buscar liberarse de toda noción del bien objetivo, han propiciado la tiranía de las preferencias subjetivas, con resultados sociales lamentables: “lo que a menudo se denomina el auge del wokismo…es, inevitablemente, el resultado de la eliminación de un bien objetivo de la vida pública”. De aquellos vientos, éstas tempestades. 

La emergencia del trumpismo como movimiento político tiene algo de plebeyo, de conexión con “lo nuestro”, con un centro discursivo  enfocado en una economía que beneficie a la gente común, una política para el hombre de a pie y la falta de perspectiva ante un futuro. Los posliberales son en parte la expresión teórica de esa revuelta plebeya, que excede a Trump y que mira con desconfianza a la Ilustración Oscura de los Elon Musk y Peter Thiel. 

Sin embargo, para Deneen el liberalismo no fue siempre tan dañino. Mucho tiempo tuvo que convivir con instituciones y tradiciones culturales ajenas al individualismo liberal. La explicación de Deneen sobre los orígenes de los Estados Unidos echa luz sobre esta percepción: no es que Locke y la tradición liberal no hayan influido en la revolución norteamericana, sino que esas influencias se conjugaron con un humus social e intelectual más afín a la vida comunitaria, la tradición de la virtud y el bien común. Las Iglesias, la familia y las asociaciones intermedias ponían un límite a la pulsión erosiva del vínculo social que es natural al desarrollo del liberalismo. Para el profesor de Notre Dame el liberalismo no triunfó (en el sentido de desplegar su naturaleza atomizante) hasta el momento en que olvidó su original vínculo con la religión y carcomió los cimientos de las instituciones que limitaban su despliegue, su desarrollo no tuvo freno y en consecuencia su fracaso se hizo patente. En sus palabras:

 (...) los invisibles fundamentos teológicos del liberalismo eran originalmente cristianos: la dignidad de toda vida humana, el valor supremo de una libertad como elección de lo que es bueno, una Constitución que limite la acción del gobierno e impida tanto la tiranía como la anarquía (…) 

Estamos hoy en la etapa final: el liberalismo ha demostrado su fracaso social porque ha triunfado como ideología; su realización plena lleva a su fracaso pleno.

Es por ello que la propuesta de Deneen, como la de la mayoría de los posliberales, considera que hay que cambiar la manera de pensar el orden político actual: el progresismo woke y el conservadurismo liberal son dos caras de la misma moneda (liberal). El liberalismo progresista ha erosionado las tradiciones religiosas impulsando la secularización social, expandiendo la lógica subjetivista del “yo” que destruye el “nosotros” de, por ejemplo, la institución familiar. Por su lado, el liberalismo conservador es incoherente y auto frustrante, ya que intenta mantener principios culturales y políticos conservadores mientras erosiona esos mismos principios al propiciar la lógica del libre mercado y el egoísmo individualista como motor del progreso de la sociedad.

La relevancia del discurso católico para Deneen tiene un fundamento teológico y un insumo concreto: el primero es la convicción de que “…todo orden político descansa sobre ciertos supuestos teológicos”; el segundo está dado por la recuperación de la noción de bien común. El catolicismo en general, pero sobre todo la Doctrina Social de la Iglesia les ofrece a los posliberales un discurso político, social y jurídico alternativo a lo que consideran la hegemonía liberal (sea progresista o conservadora). No es tanto que las personas tengan que volver a sus Iglesias (aunque también), sino que es necesario recuperar a la política la dimensión social y comunitaria del corpus doctrinal católico. 

Hay un ejemplo de la utilización de la Doctrina Social de la Iglesia por parte de Deneen particularmente interesante: el caso del resurgir nacionalista. Para sorpresa de muchos, Deneen critica el revival nacionalista de los conservadores actuales, recordando que, en los Estados Unidos, la creación de la nación y la expansión nacionalista fue un objetivo de los liberales, desde Hamilton y Madison hasta Woodrow Wilson, que terminó limitando y erosionando las culturas y prácticas locales. Hoy, el nacionalismo es la otra cara del progresismo cosmopolita, no su alternativa. La solución en la actualidad hay que buscarla en una noción que permita la integración entre lo local, lo nacional y lo internacional. Deneen toma del Papa Francisco una reflexión central de su encíclica Fratelli Tutti:

Así como no puede haber diálogo con los otros, sin un sentido de nuestra propia identidad, tampoco puede haber apertura entrelos pueblos si no es sobre la base del amor a la propia tierra, a las propias raíces culturales. No puedo encontrarme con otros si no me baso en fundamentos firmes.

Leída desde Argentina, la propuesta posliberal huele un poco al peronismo, aunque tengo la impresión de que el conservadurismo del bien común que autores como Deneen postulan remite más al peronismo del ´45 antes que al del 2026. Juan Domingo Deneen. Lo cierto es que, nos parezca plausible o un delirio la propuesta posliberal, deberíamos leer en la vuelta al bien común, la religión, la economía con rostro humano y la defensa de la familia ya muy entrado el siglo XXI, como una enmienda al mundo globalizado, posmoderno y supuestamente integrado, que parece haber producido sus propios anticuerpos.

El liberalismo progresista ha erosionado las tradiciones religiosas impulsando la secularización social, expandiendo la lógica subjetivista del “yo” que destruye el “nosotros” de, por ejemplo, la institución familiar.

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La vertiente bifurcada del catolicismo político: Disonancias y resonancias posliberales en León XIV

Como hemos mencionado, autores como Deneen y Vermeule invocan al catolicismo como una forma de reconectar la realidad actual con la tradición política y jurídica clásica. Lo paradójico es que, en no pocas ocasiones, utilizan para realizar esta operación a la Doctrina Social de la Iglesia, que surgió a fines del siglo XIX con la encíclica Rerum Novarum de León XIII. La Doctrina Social es uno de los principales instrumentos de la Iglesia Católica para intervenir en las cuestiones sociales relevantes en determinados momentos históricos, no una nostálgica fuga a etapas pre modernas en la historia del cristianismo. No hay que ir muy lejos para comprobarlo, solo leer la reciente Encíclica del actual Papa, Magnífica Humanitas, centrada en pensar los desafíos del mundo en la época de la IA.

Aunque Deneen (y particularmente Vermeule en el ámbito jurídico) apelen a la tradición clásica, que in nuce contenía altas dosis de cristianismo, lo cierto es que las referencias a la Doctrina Social de la Iglesia y sobre todo los elogiosos comentarios a la dimensión social del magisterio de Francisco, demuestran hasta qué punto la narrativa posliberal toma de la tradición católica lo que le resulta útil hoy, con el fin de confrontar con el enemigo liberal moderno. Esto no parece comulgar fácilmente con el incipiente magisterio del actual Papa. De hecho, la figura de León XIV plantea algunos desafíos a los integrantes de la constelación teórica posliberal. 

Una divergencia nada menor la encontramos en la visión sobre cuál debe ser la relación entre Estado-Iglesia y el lugar de la religión en el orden institucional, tema en el cual León XIV ha seguido la línea del Concilio Vaticano II respecto de la libertad religiosa establecida en el documento Dignitatis Huamanae. Ese muy relevante documento, en cuya redacción participó decisivamente el cardenal norteamericano John Courtney Murray está lejos de querer religar al Estado con un culto oficial. En un contexto en el cual las persecuciones por razones religiosas se han incrementado en muchos lugares del mundo (incluidos a cristianos), el actual Pontífice se ha inclinado a defender la existencia de un orden político que proteja especialmente la libertad religiosa. León XIV no ha renunciado al bien, pero ha puesto un especial acento en la paz; su catolicismo no parece especialmente interesado en favorecer una militancia estatal de la fe, sino en impulsar que políticos y ciudadanos expresen su fe, sin los traumas que ha generado el secularismo que flota en el aire cultural de muchos países occidentales. 

Leída desde Argentina, la propuesta posliberal huele un poco al peronismo, aunque tengo la impresión de que el conservadurismo del bien común que autores como Deneen postulan remite más al peronismo del ´45 antes que al del 2026. Juan Domingo Deneen.

En este preciso punto la mirada posliberal y la del Papa tienden a acercarse. En un discurso fundamental y poco conocido que realizó a la Red de Legisladores Católicos en 2025, León XIV sostuvo contra la tendencia a privatizar la fe que:

No hay separación en la personalidad de una persona pública: no hay por un lado el hombre político y por otro el cristiano. ¡Pero hay un hombre político que, bajo la mirada de Dios y de su conciencia, vive cristianamente sus compromisos y sus responsabilidades!.

En particular el político católico debe:“fortalecerse en la fe, a profundizar en la doctrina —en particular la doctrina social— que Jesús enseñó al mundo, y a ponerla en práctica en el ejercicio de sus funciones y en la redacción de las leyes”. La reivindicación de la fe en el espacio público, especialmente en la política, acerca antes que distancia a los posliberales del Papa. Recientemente, Vance ha sostenido en una línea similar que los políticos católicos deben serlo todo el día y para todos los temas. Es una velada crítica a otros políticos cristianos: a la posición de Biden en favor del aborto como también a los políticos conservadores liberales que militan contra el aborto, al mismo tiempo que defienden ideas económicas que entran en tensión con la Doctrina Social de la Iglesia .

Donde el consenso parece atenuarse, es en la definición sobre qué nociones católicas deberían informar la política y muy especialmente, cómo deberían hacerlo. Aquí la tensión de León XIV es, sobre todo, con quienes utilizan la fe como arma para intervenir partisamente en el conflicto político. Mientras él cree que el esfuerzo debe estar puesto en construir "puentes, no en muros”, Vermeule, Vance y la administración trumpista en general tienen una idea muy diferente. 

Aquí se bifurcan los caminos del catolicismo en la práctica política. El Papa entiende que el enfoque católico a la cuestión migratoria debe acercarse al ejemplo del buen samaritano que delineó Francisco en su Encíclica Fratelli Tutti, antes que al particularismo excluyente que hoy, y en ese sensible tema, defiende el gobierno norteamericano en la práctica y varios intelectuales posliberales en la teoría. Lejos de la batalla cultural contra el wokismo, León XIV ha privilegiado la búsqueda de la paz, en los discursos y en las acciones: una paz “desarmada y desarmante”. Si me apuran, León XIV no parece tener altas dosis de antiliberalismo en sangre, ni mucho menos parece que su prioridad sea cambiar el orden político e institucional liberal. Como Papa, su mirada social y política es necesariamente global, por lo que ciertos aspectos más particularistas del posliberalismo no se encuentran en sus preocupaciones más inmediatas.

Se puede mirar también el vaso medio lleno. No es poco lo que los une. Los posliberales y León XIV le dan especial relevancia a la noción de bien común, a la defensa de la vida desde la concepción y la crítica a la eutanasia, a la presencia y relevancia del discurso religioso en la actualidad.

Coinciden en la crítica al cierre de la trascendencia de las sociedades modernas y la revitalización de la Doctrina Social de la Iglesia para pensar cristianamente los desafíos epocales. Comparten también cierta sensibilidad por una perspectiva económica distante de la dinámica de las finanzas globales.

Habrá que dejar que León XIV haga su camino y ver hasta dónde escalan las tensiones o se profundizan las coincidencias. Percibo que en el futuro cercano será más difícil encontrar políticos y teóricos posliberales que citen a León XIV, como citaron en el pasado a Francisco. Prevost no es Bergoglio, y aunque se apoye enormemente en el magisterio de su antecesor. Irá haciendo su propio camino, poniendo sus propios acentos. Como nosotros, los posliberales irán descubriendo al apacible, firme y reservado León XIV.

Percibo que en el futuro cercano será más difícil encontrar políticos y teóricos posliberales que citen a León XIV, como citaron en el pasado a Francisco.