1979: un año revolucionario

En 1979, mientras el mundo daba por sentado el statu quo de la Guerra Fría, tres figuras improbables —un clérigo exiliado en París, una política marginal en su propio partido y un viejo cuadro purgado por Mao— pusieron en marcha, cada uno a su manera, el desmontaje del siglo XX. Khomeini en Irán, Thatcher en el Reino Unido y Deng Xiaoping en China, sumados a Juan Pablo II en Polonia, los sandinistas en Nicaragua y la invasión soviética a Afganistán, convirtieron a ese año en la verdadera bisagra que preparó, diez años antes de la caída del Muro, el fin del breve siglo de Hobsbawm.

por Mariano Canal

Si la formulación de Eric Hobsbawm sobre la brevedad del siglo XX caló tanto en la imaginación de aquellos interesados por la historia y la política se debió, por un lado, a la simetría de su periodización –el derrumbe del orden liberal en 1914/1917 y su regreso victorioso en 1989/1991– como a la intensidad que se concentraba en esos breves 70 y pico de años repletos de guerras terribles, ideologías extremas y una abundancia nunca antes (ni después) vista de productos y fenómenos culturales que cruzaron y todavía cruzan, ahora ya como fantasmas, todos los costados de la experiencia humana. Sin embargo, el final de ese breve siglo, simbolizado con la caída del Muro de Berlín debió empezar –como cualquier buen materialista debe estar obligado a admitir– mucho antes. No solamente en términos del agotamiento de la hegemonía soviética sobre la porción del mundo que dominó a lo largo de la Guerra Fría, sino también de formas de vida y política en el campo de los países capitalistas e, incluso en aquellos que con infinitos conflictos y equilibrios habían pretendido mantenerse en el vaporoso lugar de los ya olvidados no alineados. 

El mundo iniciado en los años 90, tan radicalmente diferente del convulsionado breve siglo XX, al borde de la negación y la amnesia de los extremos que habían consumido vidas y naciones enteras, no podría explicarse sólo con la narrativa ingenua del triunfo del deseo de libertad por sobre el totalitarismo, o de la superioridad de los mercados libres por encima de la planificación centralizada, o de la insistente (y gloriosa) penetración cultural del “mundo libre” más allá de las fronteras, estereotípicas, de acero y alambre de púas de los países comunistas. Ese mundo empezó a configurarse antes, con una serie de transformaciones no del todo proclamadas del mundo socialista y capitalista. Unos movimientos que se dieron, como nunca, en la década de los 70, una década fronteriza donde el crecimiento eterno del consenso de posguerra keynesiano chocó con sus límites propios en la forma del fenómeno novedoso de la estanflación así como con una creciente sensación de malestar social y cultural que se expresaría de manera particularmente potente en el cine y en la música, donde resonaba un tono ensimismado, cínico y oscuro tan diferente de la primavera colorida de los años 60. En el otro lado del mundo, la URSS entraba en una dinámica cada vez más ajena a las corrientes marxistas europeas (ahora seducidas más por la lejana China de Mao o por la deriva reformista eurocomunista) y más concentrada en las revoluciones y guerras proxy en África, Asia y Centroamérica. Estados Unidos había salido corriendo de Vietnam, su presidente tuvo que renunciar para evitar ser destituido, el petróleo había cuadriplicado su precio y su economía (igual que las de todos los países no exportadores de petróleo) se estancó en una larga recesión. Ríos de tinta se escribieron entonces sobre el declive americano. Sin embargo, para 1979 una serie de acontecimientos no leída como definitoria en el momento terminó sentando las bases de la dinámica que diez años después llevaría al colapso del mundo socialista para cerrar el siglo corto de Hobsbawm e inaugurar el brevísimo siglo de la hegemonía unipolar estadounidense. Una serie de revoluciones contrarrevolucionarias que desmontó todo lo construido en el siglo XX y que un autor inglés, Christian Caryl, captó en un libro de 2013 titulado, elocuentemente, Strange Rebels. 1979 and the Birth of the 21st Century.

Deng Xiaoping, Margaret Thatcher y Ruhollah Khomeini no tienen nada que ver entre sí salvo el hecho de haber coincidido en llegar al poder de sus países el mismo año. Un viejo militante comunista fogueado en las terribles luchas emancipatorias contra los japoneses y en las intrigas letales de la revolución china; una militante plebeya liberal en el anquilosado partido conservador británico; un clérigo chiíta en medio de la formidable transformación desarrollista y modernizadora de su país. Nada que ver entre sí, salvo –además de la coincidencia cronológica– el punto decisivo de haber liderado tres procesos inesperados que desmontaron los consensos que dominaban sus países, al extremo de haberlos cambiado para siempre y proyectar sus efectos sobre el resto del mundo. A ese trío improbable sumemos, también en ese año (contra) revolucionario de 1979, a otros actores inesperados: Juan Pablo II, el recién asumido papa polaco que emprendió una visita a su patria y puso en marcha el dominó del movimiento Solidaridad contra el aparato comunista; Daniel Ortega, que desde la olvidada Nicaragua asestó el último golpe del ciclo revolucionario abierto por Cuba en Latinoamérica; o, en el entonces desconocido y marginal Afganistán, la sucesión de títeres que terminaron desencadenando la invasión soviética, la última aventura bélica que quebraría financiera y moralmente ese imperio hasta dejarlo exhausto. 

El año 1979 terminó sentando las bases de la dinámica que diez años después llevarían al colapso del mundo socialista para cerrar el siglo corto de Hobsbawm e inaugurar el brevísimo siglo de la hegemonía unipolar estadounidense.

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En enero de 1979 el régimen del Sha de Irán colapsó en medio de enormes movilizaciones callejeras. Mohammed Reza Pahleví abandonó el país en una de esas escenas tan típicas de los años 70: un avión dejando la capital a toda velocidad con rumbo desconocido. Los años 70 son la gran década de los aviones políticos: aviones secuestrados en pleno vuelo y desviados a aeropuertos amigables con la revolución, aviones que llevan al exilio dorado a dictadores acorralados, aviones que traen del exilio a hombres providenciales. Irán era el gran ejemplo de modernización acelerada de Oriente Medio, con un proyecto de occidentalización impuesto desde arriba que combinaba intentos fallidos de reforma agraria, liberalización controlada de las costumbres e introducción de cambios económicos que dislocaron las viejas estructuras y modos de vida tradicionales. Aliado fiel de EE.UU. y el Reino Unido desde el golpe que derrocó al gobierno nacionalista que intentó estatizar los recursos petroleros en 1953 (bautismo de fuego de la CIA), el Sha había lanzado su programa de modernización como respuesta tanto a la izquierda marxista como a la influencia de los clérigos chiítas que, por las particularidades propias de esa variante del islam, detentaban en Irán una ascendencia incomparable a otros países musulmanes. A tono con una época, los años 50 y 60, donde el término revolución resonaba inmensamente positivo, el Sha no se privó de bautizar a su proyecto como Revolución Blanca, un juego cromático que la diferencia del rojo atribuido a los marxistas y el negro emparentado con las vestiduras de los religiosos. Crecimiento espectacular del PBI, desigualdades aumentando al mismo ritmo, migraciones masivas del campo a la gran ciudad (Teherán multiplicó por tres su tamaño en veinte años), universidades repletas expidiendo títulos difícilmente convalidados por el mercado laboral, choques culturales entre las nuevas formas de vida y los marcos culturales heredados, transformaciones aceleradas sin su contraparte en servicios públicos e integración social. La canción conocida, con más o menos éxito, del desarrollismo del tercer mundo que en ese mismo momento atravesaban gran parte de las naciones emergentes de la posguerra. Es el Irán que se ha hecho célebre, al punto del meme, con las viejas fotos que recorren las redes sociales cada vez que se inflama esa zona del mundo: las chicas en minifalda en una playa del mar Caspio, los chicos con pelo largo en un bar de Teherán después de la facultad, un supermercado al estilo californiano repleto de Coca Cola, los cines proyectando la última de Jean-Luc Godard. Y si bien esas fotos retratan un mundo perdido y real, oscurecen algo del proceso que llevó a su destrucción ese mismo invierno de 1979, pocos días después de la huida del Sha. 

Como en todas las revoluciones dignas de ese nombre, la novedad que supuso la Revolución Islámica –el cambio radical de todas las estructuras políticas y el reordenamiento de todos los ámbitos de la vida según una interpretación religiosa del mundo– no estaba para nada decidida y anunciada de antemano, ni siquiera en las primeras semanas cuando la dinámica revolucionaria ya estaba desatada. A pesar del crecimiento económico y la modernización del régimen del Sha (o, mejor, por eso mismo) las tensiones sociales en Irán se agudizaron entrada la década del 70. Por fuera de los disidentes de izquierda, brutalmente reprimidos, una oposición clerical y religiosa se fue consolidando en la figura del Ayatolá Khomeini, un clérigo que centraba sus críticas en la secularización acelerada del país, pero que crecientemente la articulaba con referencias antiimperialistas y antimonárquicas. Marginal, incluso entre el establishment clerical oficial, exiliado en Irak y después en París, Khomeini lanzaba sermones llamando a una restauración islámica que barriera con la corrupción occidentalizadora mediante cintas magnetofónicas que se infiltraban en Irán y pasaban de mano en mano. Pero no era la única y ni siquiera la voz crítica predominante. Intelectuales seculares que mixturaban lecturas marxistas con preceptos del Corán, buscando en la tradición religiosa fundamentos emancipatorios, también tallaban en el clima de descontento contra el Sha que recorría buena parte de la sociedad iraní. Incluso liberales clásicos (si es que eso era posible en la vieja Persia), horrorizados con los abusos y la corrupción del gobierno se volcaron a una revalorización un tanto forzada de las llamadas a cuidar las tradiciones. 

Khomeini, con su rostro inescrutable y su impecable historial de perseguido político se convirtió en figura central, aunque no única, de la oposición al Sha cuando en 1978 una serie de huelgas, manifestaciones multitudinarias y alzamientos rurales y urbanos signaron la suerte del régimen. Desde su casa en un suburbio de París seguía las novedades insomne y armaba un fantasmático gobierno provisional con todas las facciones posibles de la oposición. La dinámica esperable de represiones brutales, razzias y censuras hizo imparables las movilizaciones de miles de iraníes en respuesta, al punto de provocar la fractura del ejército y, como siempre en estos procesos, la caída de la última línea de defensa del gobierno. Una revolución clásica. 

Fue una revolución clásica y no fue una revolución clásica. He ahí la particularidad de la Revolución Islámica que confundió a tantos en su momento (que se arrepentirían amargamente después) y también su carácter disruptivo, singular, que proyecta sus efectos hasta hoy. Su mecánica es destiladamente leninista aunque nada tenga que ver con Lenin. Primero: un líder fanáticamente decidido y convencido de su proyecto político en el exilio, con pocos recursos, rodeado por unos pocos fieles, marginado por sus pares, dedicado con una confianza ciega a difundir sus ideas aun sabiendo que sus interlocutores son pocos y están perseguidos. Después, cuando empieza a madurar la crisis, una aproximación a las otras facciones opositoras, aun cuando sean despreciadas y odiadas; una capacidad pragmática para camuflar los verdaderos objetivos; una voluntad de maniobra para construir un frente común. Y, por último, al final, cuando las cosas ya están desatadas y el gobierno cayó, el momento crucial, el momento más peligroso pero el único que importa, una implacable decisión para tomar el poder cueste lo que cueste.

La revolución rusa se extendió entre febrero –cuando cae el zar y los partidos burgueses toman el poder sin saber muy bien qué hacer con él– y octubre cuando Lenin decide que la danza de la indecisión se termina para siempre. En Irán el proceso fue más breve pero idéntico. Apenas días después de la caída del Sha, el gobierno provisional formado por las diferentes facciones opositoras fue rodeado y vaciado por el doble poder de los comités revolucionarios islámicos de Khomeini. Las milicias que responden al clérigo superan y cooptan al ejército. Las multitudes y los grupos de choque que agitan la instauración de una república islámica se imponen por la fuerza a los sectores seculares. Para la primavera fuerzan una nueva constitución y crean un régimen teocrático. Es obvio decir lo que sigue porque es calcado de tantas otras veces: algunos se acomodan, otros escapan, otros mueren, otros se callan. Lo que no es tan obvio es decir que a pesar de esa similitud en la mecánica revolucionaria se trata de algo nuevo: por primera vez en el siglo XX un movimiento radical no recurría al acervo de las revoluciones seculares. No había nada ahí, en el contenido, de Francia 1789 ni de Rusia 1917 ni de ninguna de sus muchas emulaciones. Tampoco había pura reacción y restauración. No era una vuelta a un pasado mítico, a un reino islámico incontaminado de influencias occidentales. Era algo enteramente nuevo. Una creación sobre la marcha con la religión en el centro, pero con pretensiones de modernización en sus propios términos. Y fue justamente ese centro en el islam militante, tan ajeno a todo lo que se había visto hasta entonces por izquierda y derecha en el ajedrez geopolítico de la Guerra Fría, lo que constituyó una de las novedades cruciales, y más ominosas a futuro, de ese 1979.

La revolución iraní fue clásica y no fue una revolución clásica. Su mecánica es destiladamente leninista aunque nada tenga que ver con Lenin: un líder fanáticamente decidido y convencido de su proyecto político en el exilio, con pocos recursos, rodeado por unos pocos fieles, marginado por sus pares, dedicado con una confianza ciega a difundir sus ideas aun sabiendo que sus interlocutores son pocos y están perseguidos. 

Al mismo tiempo, en el Reino Unido se producían varios hechos relevantes. Los principales, en orden de importancia, fueron la edición de London Calling de The Clash y la elección de Margaret Thatcher como nueva primera ministro. El glorioso disco de los Clash sintetizaba el estado de ánimo de toda una época, o al menos el estado de ánimo de la gente más interesante de toda una época, lo que casi siempre es lo mismo. Con la voz callejera de Joe Strummer, el disco se arrastraba por la aspereza de la vida en Londres, mezclando sonoridades jamaiquinas (gran fuente de revueltas urbanas en esos años), referencias a los harapientos recuerdos del pasado imperial, perplejidades tiernas y oscuras de la cotidianeidad y evocaciones revolucionarias. Es un disco crudo, pero al mismo tiempo autorreflexivo, la rabia convertida en canciones que mutan de género y temática: desde la alienación consumista al llamado a la revuelta, desde la vergüenza de la marginalidad a la exhibición orgullosa punk, de la fiesta reggae callejera a la melancolía del desempleo y los rebusques por dos mangos. Hacía mucho que la poderosa Gran Bretaña ya no era lo que había sido y para fines de los años 70 eso era inocultable en todos los sentidos. 

Margaret Thatcher era una improbable candidata en esas elecciones de 1979. Mujer (aunque cueste creerlo) en un partido Conservador hegemonizado por hombres egresados de las cofradías tóxicas y clasistas de Eton, Oxford y Cambridge, Thatcher se había convertido en líder del partido ante el vacío dejado por la larga crisis económica e ideológica de los conservadores, atrapados entre el statu quo de la posguerra y las demandas de cambio de las bases del partido. Para las elecciones que la llevaron al poder, el Reino Unido arrastraba una larga década de estancamiento, inflación y pérdida de influencia global. A comienzos de los años 60 lo que quedaba del viejo imperio británico se desangró en independencias pactadas de los dominios africanos y antillanos, apenas camufladas con la fachada triste del Commonwealth. Y aunque en casa, como en todos los países europeos, el impulso keynesiano de la posguerra financiaba todavía una sociedad salarial, integrada y sindicalizada, para entrada la década del 70 se comenzaban a ver las inocultables grietas del sistema. En buena medida por los shocks que fueron desarticulando las bases de ese gran consenso socioeconómico de la posguerra: el abandono de la paridad del dólar por Nixon para paliar los enormes déficits producidos por la guerra de Vietnam, el ascenso exportador de Japón y otras naciones asiáticas y, principalmente, el golpe que representó la multiplicación de los precios del petróleo por el cártel de la OPEP. Como sea, Gran Bretaña entró promediando esa década en un círculo vicioso de desequilibrio fiscal, inflación y subsecuentes presiones sindicales para sostener el poder adquisitivo de los salarios. Una situación defensiva en la que los sucesivos gobiernos, laboristas y conservadores, trataban de mantener el contrato social de posguerra basado en un sector público ampliado y un sector privado subsidiado y en buenas franjas de la economía directamente nacionalizado. Sólo dos hechos para graficar esta época: en 1971 el gobierno conservador (en el que Thatcher tuvo su primer cargo ministerial, en Educación, y sus primeras tapas de diario al eliminar la copa de leche en las escuelas públicas) tomó la decisión de nacionalizar la empresa Rolls Royce, para salvarla de la quiebra; en 1976, el gobierno laborista se vio obligado a pedir un préstamo al FMI en medio de una crisis de inflación y devaluación de la libra esterlina. 

Las elecciones generales se convocaron para mayo de 1979 pero antes sucedió lo que los británicos bautizaron como el Invierno del Descontento. Frente a la política de contención de los aumentos salariales del gobierno laborista para frenar la inflación, una serie de huelgas industriales lograron quebrar la pauta y extendieron la conflictividad al sector público. Un invierno especialmente frío se sumó a la escena para crear un clima de descontrol e ingobernabilidad. Imágenes emblemáticas como las montañas de basura en el centro de Londres, hospitales colapsados o situaciones distópicas, seguramente exageradas por los medios antilaboristas, como la idea de algunos municipios de enterrar a los muertos en el mar ante la huelga de los sepultureros, pavimentaron la campaña electoral de Thatcher. Lo que no estaba para nada claro en ese momento es que no se trataría solamente de un nuevo cambio de gobierno sino de la llegada de un grupo político, minoritario incluso en su propio partido, decidido a liquidar el viejo consenso keynesiano inaugurado en 1945. Una vanguardia ideológica, con una combinación nunca vista hasta ese momento en un país desarrollado, de elementos fervientemente monetaristas (con un énfasis en la eliminación del intervencionismo estatal) a los que se sumaba una visión de restauración radical del individuo como agente social y una impugnación de la acción estatal (y de cualquier acción colectiva, en última instancia) como fuente de corrupción moral y no sólo de ineficiencia económica. 

¿Fue una revolución o una contrarrevolución? La cuestión es semántica, sesgada por las resonancias más o menos positivas que se le asignen a la palabra revolución, a que su sombra sea vista con esperanza o con rechazo. Sin duda fue el inicio del desmantelamiento de formas de vida, organizaciones, espacios y seguridades largamente construidos a lo largo del siglo XX. Para el final del mandato de Thatcher la afiliación a los sindicatos era la mitad de la que existía al comienzo de su gobierno, el pleno empleo era un recuerdo en sepia y el amplio sector estatal de la economía británica ya no existía y, esto es lo crucial, se había esfumado hasta como horizonte deseable o pensable para todo el discurso político. Lo central de ese proceso fue que cumplió con una serie de características que lo encolumnan entre los grandes cambios radicales del siglo: un liderazgo implacable, un grupo con ideas minoritarias pero decidido a imponerlas, un establishment político desgastado y desconcertado incapaz de frenar el impulso que terminará por llevarlo puesto, una reversión audaz de los valores que se daban por sentados, y una herencia de cambios sociales que, de tan profundos, su reversión se vuelve inimaginable. London Calling. The ice age is coming, the Sun's zooming in / Meltdown expected, the wheat is growing thin / Engines stop running, but I have no fear. 

Lo que no estaba para nada claro en ese momento es que no se trataría solamente de un nuevo cambio de gobierno sino de la llegada de un grupo político, minoritario incluso en su propio partido, decidido a liquidar el viejo consenso keynesiano inaugurado en 1945.

En marzo de 1978, unos meses antes de que Deng Xiaoping se convirtiera en el nuevo líder de la República Popular China, apareció en uno de los principales diarios de la capital un artículo titulado “La práctica es el único criterio para determinar la verdad”. Era una cita de Mao, obviamente, como no podía ser de otra manera, pero su mensaje iba directamente en contra de los fundamentos ideológicos que sostenían los dirigentes que habían heredado el gobierno del país y el Partido Comunista después de la muerte de Mao, dos años antes. Con el estilo imposiblemente mandarín y marxista-leninista propio de la lengua oficial de la República Popular, el artículo postulaba que la vara para medir los éxitos revolucionarios debía consistir en su contraste con indicadores empíricos, con los logros en los campos de la economía y el avance tecnológico más que en el celo revolucionario, el voluntarismo y la proclamación de slogans políticos. Era una crítica obvia, pero hasta entonces no verbalizada de esa manera, a las catástrofes sucesivas del Gran Salto Adelante (de finales de los años 50 y principios de los años 60) y, fundamentalmente, de la Revolución Cultural que había devastado la economía con una marea de movilización alimentada por el deseo de destruir todo lo que se identificaba con una insuficiente conciencia revolucionaria. 

Como muchos otros de los viejos camaradas fundadores del Partido, combatientes de los peligrosos días de la guerra revolucionaria rural y de la brutal lucha contra los japoneses, Deng también había sido represaliado durante la histeria de la Revolución Cultural, acusado de formar parte de las facciones derechistas que boicoteaban el Amanecer rojo que los Guardias Rojos perseguían en las calles. Tuvo mejor suerte que su aliado Liu Shaoqi, presidente de la República, que terminó agonizando maltratado en prisión, pero sufrió los rituales de humillación de la época, el exilio al campo y la proletarización caricaturesca. Tuvo una breve rehabilitación en los últimos años de vida de Mao, cuando los efectos caóticos de la Revolución Cultural ya eran indisimulables y China comenzaba su giro internacional con las famosas reuniones con Nixon y Kissinger; pero volvió a caer en desgracia cuando el juego de palacio, ante el agonizante Gran Timonel, favoreció a la Banda de los Cuatro, el grupo ultraizquierdista encabezado por la esposa de Mao, Jiang Qing. Durante todos esos altos y bajos de la vida política, Deng construyó una imagen de pragmatismo ideológico y de escepticismo con los excesos retóricos, pero también de aceptación estoica de los mandatos del Partido, como horizonte definitivo de la unidad y estabilidad china. Esos dos elementos, el énfasis desprejuiciado en la eficacia de las políticas públicas como único criterio de verdad y la fidelidad a la idea del Partido como garante de la estabilidad de un país con una larguísima historia de guerras civiles serían sus innovaciones revolucionarias dentro de la Revolución.

En diciembre de 1978, en las cruciales reuniones preparatorias del Congreso del Partido, la herencia de Mao era cualquier cosa menos algo predecible. En el poder formal estaba Hua Guofeng, el sucesor elegido por Mao en el lecho de muerte, un canino fiel de los tiempos de la Revolución Cultural, pero sin pertenecer a la Banda de los Cuatro, a la que se cargó, previsiblemente, ni bien el Gran Timonel cerró los ojos para siempre, su viuda incluida. Hua representaba a la generación que había ascendido al poder gracias a ese gigantesco movimiento que mató, exilió, aterrorizó y humilló a la vieja guardia del Partido. Y que, para peor, no podía exhibir ningún logro en materia de desarrollo económico. Las universidades habían sido cerradas, los profesores arrastrados por las calles, los técnicos enviados a cortar árboles a la lejana frontera oeste, los gerentes de las empresas (ya estatales, obviamente) degradados a la proletarización, los intelectuales, eternos sospechosos (por ser los enemigos más fáciles) despojados de sus fetichistas posesiones de libros, instrumentos musicales y demás trivialidades contrarrevolucionarias. Los poco más de dos años que siguieron a la muerte de Mao fueron pasto de intrigas palaciegas y del silencioso reposicionamiento de reformistas nucleados alrededor de Deng que, en términos chinos clásicos veían todo el período de la Revolución Cultural como lo más cercano a una versión secular de la ruptura del “Mandato del Cielo”, la mitológica y sagrada fuente de legitimidad del gobierno terrenal. 

Así que en ese Congreso del Partido se produjo la clásica danza con la que el poder cambia repentinamente de manos. Hua Guofeng ingresó como jefe del Partido y salió como muerto vivo. Maravillas de los Politburós: uno a uno los capos del Partido manifestaron su adhesión a la visión pragmática, contraria a los desvíos radicalizados del Camarada Mao (obviamente atribuidos a las malas influencias de la Banda de los Cuatro) y favorable al enfoque modernizador del Camarada Deng Xiaoping. El viejo Deng, pequeño, castigado, envejecido, con rostro de momia, pero formidablemente hábil e implacable se hizo cargo del liderazgo del Partido, pero sin asumir un cargo formal. Ni primer ministro ni secretario general del Partido Comunista. Eso era menor: lo fundamental era implementar las reformas que China necesitaba después de dos décadas perdidas de extravío de una idea revolucionaria que había destruido la economía, pero que había asentado un nuevo régimen político. 

Deng desmontó desde el primer día las instituciones más sacras (y más nefastas) del maoísmo, pero sin negarlas. El esquema de comunas populares agrícolas, innovación del desastroso Salto Adelante, dio paso a un sistema donde las familias campesinas podían comerciar su excedente. En ciertas zonas del litoral marítimo se permitió la inversión extranjera, con el fin de aumentar las exportaciones, pero también para iniciar el proceso de intercambio tecnológico con Occidente. La generosidad estadounidense, esa nación ingenua y terrible, vio en esas zonas libres, esas islas capitalistas en el mar del Partido Comunista, al mismo tiempo una oportunidad comercial y una movida para minar a la URSS. Deng reconstruyó la inmemorial tradición mandarina universitaria china que había sido destruida por la Revolución Cultural: el examen obligatorio, gran institución milenaria que ordena la sociedad para su ingreso a la universidad y los cargos públicos. Del infierno de la Revolución Cultural que quería destruir todo el pasado no quedaba nada, pero de Mao sí. Su gran retrato seguirá presidiendo la Ciudad Prohibida, frente a la Plaza de Tiananmen y sus reproducciones en todos los despachos oficiales, billetes, postales y cualquier tipo de imagen impresa. Al revés de los soviéticos que abjuraron de Stalin y con eso, en la visión de los chinos, se precipitaron en el cinismo y la anarquía, Mao seguiría siendo el gran padre fundador incuestionable de la nación. Cada una de las medidas de Mao desmontadas por la apertura de Deng Xiaoping serán fundamentadas con frases del Gran Timonel, cada salto hacia el capitalismo (es decir, hacia el desarrollo) respaldado por algún breve dístico olvidado y out of context escrito por Mao en las montañas de Yunnan; cada nueva conquista de China sobre las cimas tecnológicas con una referencia a la Larga Marcha. 

La gran innovación revolucionaria de Deng Xiaoping a partir de 1979 no consistió sólo en desmontar la economía planificada china y en desandar los mayores delirios maoístas; tampoco en enlazar con los grandes flujos de la inversión industrial y financiera de Occidente para propiciar el desarrollo inicial de China (y con la ayuda inestimable de las grandes empresas y del gobierno de EE.UU. en su puja geopolítica para debilitar a la URSS). Se trató más bien de una conclusión largamente amasada, producto tanto de la historia turbulenta de los años de Mao como del espejo que proyectaba la Unión Soviética, con su deriva burocratizada y su estancamiento económico, todavía anclado en el modelo de la planificación centralizada. A pesar de haber caído en desgracia bajo la acusación de “revisionista”, de querer ser el Nikita Kruschev de China, Deng comprendió el error que había significado la denuncia del stalinismo para la legitimidad del poder soviético. La fórmula que puso en práctica al consagrarse como nuevo líder supremo aunaba la entronización de Mao como padre fundador y guía de la Revolución, pero la liquidación de sus principales medidas económicas y sociales, sin, obviamente, nunca proclamar explícitamente esa liquidación. La estabilidad política era la condición indispensable para la modernización económica y esa estabilidad requería asegurar no sólo el dominio del Partido sino también evitar a cualquier costo el tipo de movilización descontrolada que Mao había alentado durante la Revolución Cultural. En el plano económico, frente en el que Deng centró toda su estrategia, el cambio resultó más revolucionario. Más que la guerra de clases y la revolución permanente para borrar cualquier resabio de capitalismo, Deng recuperó la idea de los incentivos económicos como motor de mayor productividad, desandando las invocaciones voluntaristas que habían caracterizado al maoísmo en su desastroso Salto Adelante. El mercado, con sus fuerzas caóticas alimentadas por la ambición individual, podía ser un buen socio (siempre que se mantuviera bajo el control del Partido) a la hora de darle a China el dinamismo económico y tecnológico que necesitaba después de más de un siglo de postración. No es necesario decir si tuvo razón. 

La gran innovación revolucionaria de Deng Xiaoping a partir de 1979 no consistió sólo en desmontar la economía planificada china y en desandar los mayores delirios maoístas. Se trató más bien de una conclusión largamente amasada, producto tanto de la historia turbulenta de los años de Mao como del espejo que proyectaba la Unión Soviética, con su deriva burocratizada y su estancamiento económico.

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Además de Khomeini, Deng Xiaoping y Margaret Thatcher, revolucionarios contrarrevolucionarios, 1979 tuvo otros protagonistas que marcaron la extraña coincidencia cronológica de ese año crucial para la reconfiguración del mundo que vendría. Juan Pablo II, el polaco Karol Wojtyla, elegido papa el año anterior, viajó a su Polonia natal en junio y terminó consolidando el largo proceso de deslegitimación del gobierno comunista. Durante nueve días, cada una de sus misas multitudinarias se convirtió en una movilización masiva de protesta contra el régimen, con la diferencia no menor de no poder ser reprimida. Cerca de once millones de polacos se movilizaron durante la visita del papa, mostrando con sólo ese número que existía toda una vida social que el régimen no podía controlar y que, después de más de treinta años de dominio socialista, el catolicismo seguía siendo una identidad inextricablemente unida a la sociedad polaca. 

En la cercana y lejana Nicaragua, una revolución llegaba al poder después de una larguísima guerra campesina iniciada casi veinte años antes. O incluso más, si se la observa con perspectiva. El Frente de Liberación Nacional que entró victorioso en Managua el 19 de julio de 1979 llevaba el nombre de Augusto César Sandino, el mítico líder que se había rebelado contra la dictadura títere de los americanos de Somoza en los años 30. Cuarenta años después los Somoza seguían gobernando con el apoyo de EE.UU. y Nicaragua era uno de los tantos teatros donde se libraban las proxy wars de la Guerra Fría. Los sandinistas, integrados por una coalición heterogénea de comunistas, católicos tercermundistas, progresistas, indígenas y liberales antisomocistas, tuvieron la desgracia o el privilegio de protagonizar la última revolución latinoamericana del siglo. Los 80, que ya empezaban, serían la década de las transiciones a la democracia y del duro contraste entre las aspiraciones populares y la realidad de un continente devastado. Una inmensa simpatía transversal con la revolucionaria y castigada Nicaragua recorrió el mundo, aunque con el beneficio de los años todo eso no deja de parecer como una última fiesta. 

A finales de nuestro año terrible, en diciembre, el telón cayó con la invasión soviética a Afganistán. Una decisión tomada en alguna jornada invernal del Politburó para deponer a un gobierno aliado que ya no se mostraba tan aliado desencadenó una guerra en la que la URSS se vería entrampada durante diez años. Como siempre, las consecuencias no deseadas superarían los cálculos más racionales. En un golpe relámpago los formidables comandos soviéticos tomaron los principales puntos de la capital, Kabul, y asesinaron al presidente en funciones. La guerra que siguió, larga e irregular, no sólo demostró la incapacidad de la URSS para dominar un territorio a priori atrasado sino el hundimiento final de un proyecto secular en un país islámico y la consolidación del radicalismo religioso como fuerza política victoriosa. En las batallas libradas en las montañas áridas de Afganistán entre una potencia fundada por una gran revolución heredera de la Ilustración y la gran tradición occidental moderna y los militantes tribales de la restauración islámica, educados y financiados por otras grandes potencias igualmente nacidas de otras revoluciones modernas, se cifraba algo bastante del mundo que vivimos. 

En las batallas libradas en las montañas áridas de Afganistán entre una potencia fundada por una gran revolución heredera de la Ilustración y la gran tradición occidental moderna y los militantes tribales de la restauración islámica, educados y financiados por otras grandes potencias igualmente nacidas de otras revoluciones modernas, se cifraba algo bastante del mundo que vivimos.