A favor de criar hijos
Todo se vive en modo borrador: reversible, optimizable, con cláusula de salida. Criar hijos rompe ese régimen. No por lo que ofrece, sino por lo que arranca. A cambio impone una obligación simple y brutal: estar. Entre el deber y la culpa, entre la ternura y el miedo, criar reordena la escala de la vida y ofrece una salida seca del yo: volverse necesario para alguien más que uno mismo.
La época no te ordena, te invita. Te habla como un amigo que “solo quiere lo mejor para vos”. Te ofrece opciones. Y esa oferta —vivida como libertad— es una forma de mando.
Hacé lo que quieras. Sé quien quieras. Probá. No te ates. Protegé tu placer como tu único derecho. Optimización permanente: cuerpo, carrera, deseo, ocio, pareja. Todo en modo borrador, editable, reversible.
La trampa es que la salida no es gratis. La pagás con indecisión, con comparación, con la sensación de que nada merece durar. Una vida llena de opciones se parece a la libertad, pero funciona como mercado: todo compite, nada se asienta. Y si nada se asienta, vos tampoco.
Bajo este régimen, tener hijos es una idea pésima. Un error de diseño. ¿Por qué entrarías en algo que pesa, exige y no se puede pausar? ¿Por qué elegirías lo irreversible?
Por eso la natalidad cae donde la vida se volvió más cómoda y más larga —renta alta, seguridad material. No hace falta una conspiración: alcanza con el espíritu de época. Si el ideal es no quedar atrapado, criar aparece como amenaza. Criar es el enemigo.
Bajo este régimen, tener hijos es una idea pésima. Un error de diseño. ¿Por qué entrarías en algo que pesa, exige y no se puede pausar?

Y sin embargo.
Hay frases que fundan un orden. Entran en tu vida y cambian las jerarquías.
—¿Vos vas a estar siempre?
Tu hijo no te pide teoría, te pide garantía. Pide tiempo. No “tiempo libre”. Tiempo a secas, comprometido, no recuperable. Presencia.
Esa frase no viene a negociar nada. Viene a cobrar.
Lo que está en juego no es “amor” como emoción, ni paternidad como identidad, ni crianza como proyecto educativo. Es continuidad. El amor no alcanza. Lo que funda es la repetición. Que mañana siga habiendo un cuerpo —el tuyo— disponible. Sin performance. Sin excusas.
Ahí entendés la escala. En el cuerpo.
Todo lo anterior que hiciste —lo que te parecía grande, lo que te consumía, lo que te definía— se achica. No porque no valga, porque cambia el sistema de medida. Aparece una tarea sin coartadas. Sostener a un cachorro en el tiempo. Mantenerlo vivo. Prepararlo para un mundo que a veces no responde.
Eso asusta. Y está bien. No por egoísmo, por lucidez. Intuís el cambio de régimen.
La decisión “hijos” es entrar en lo irreversible. Si entrás, no hay vuelta. Podés extrañar tu vida anterior, cansarte, criticarla. Pero no podés deshacerlo. La versión anterior de vos queda atrás como una ciudad que se ve desde la ventanilla de un tren: existe, pero ya no es tu casa.
Para criar hay que traicionarse. Traicionar tu pasado —quién fuiste— para cabalgar un futuro incierto, que ni siquiera es tuyo. No es una traición moral. Es el precio de salir del borrador.
Yo estoy a favor de criar hijos por un motivo poco romántico: porque es lo más grande que hice en mi vida. No por lo que te da. Por lo que te quita.
Te quita tiempo.
Te quita el escenario.
Te quita identidad.
Te quita excusas.
Y te deja una obligación simple: estar.
Pero ese “estar” no es virtud, es función. Ser padre es volverse infraestructura, lo que sostiene sin aplauso y sin épica. La época te ofrece ser autor de vos mismo; la crianza te empuja a ser condición de posibilidad para otro. Y eso es humillante para el personaje —y calmante para el cuerpo—: por fin dejás de vivir para ser visto.
A cambio te devuelve algo que habías perdido: ser necesario.
Trascender
es ser necesario,
indispensable,
para alguien más
que uno mismo.
No para una causa abstracta. No para tu ego. No para un público. Para alguien que te baja a tierra.
La libertad sin continuidad produce currículum; la crianza produce biografía.
Vivimos bajo el régimen de la opción. Todo es reversible, optimizable, reemplazable. El ideal no es sostener, es no quedar atrapado. De ahí la ansiedad: si todo puede cambiar, nada se asienta y uno vive explicándose.
Entran en tu vida y cambian las jerarquías. Tu hijo no te pide teoría: te pide garantía. Pide tiempo. No “tiempo libre”: tiempo a secas, comprometido, no recuperable. Presencia.
Criar rompe ese marco. Te impone deber, pero no como sermón, como estructura. No te pregunta si hoy “te sentís”, te vuelve confiable. Y esa confiabilidad —repetida— hace algo que la autoayuda no puede: te corre del centro sin destruirte.
El tiempo que te quita la crianza no es ocio, es reproducción de la vida. Sostener lo que, sin ese trabajo, no existe. Ese dato material reordena todo. Te devuelve al suelo.
Por eso, paradójicamente, el tiempo rinde más. No porque tengas más horas —tenés menos— sino porque por fin tienen dirección. La rutina no te roba la vida, te la vuelve legible.
La vida liviana promete placer administrado. La vida con peso exige continuidad. Tener hijos no te seduce: te fija. Te ancla. Te vuelve menos flexible. Y esa pérdida ordena.
Se llama renuncia. Pero no es solo eso. Es pertenencia. Te saca del átomo. Te vuelve miembro. Y ser miembro —de un hogar, de una familia, de una pequeña comunidad doméstica— es una ética inmediata. No se argumenta, se practica.
El deber ordena. Y cobra. Produce culpa. La crianza instala un tribunal interno, sí, pero no para hacerte santo, sino para obligarte a reparar. ¿Le gritaste? ¿Lo miraste? ¿Lo escuchaste? La respuesta casi nunca es “perfecto”. Se sostiene con errores, con reparación, con rutina.
Y entonces irrumpe la ternura, que no es postal, es poder. Si la esquivás por pudor, te perdés lo central
Al principio no está siempre —o no como uno esperaba—. Hay desconcierto, torpeza, improvisación. Con los meses, con los años, aparece algo que no se parece a ninguna otra cosa. Un golpe animal.
Las manitos pequeñas. La sonrisa cuando te ve entrar. Las carcajadas. Las palabras mal pronunciadas. La ingenuidad como confianza radical en el mundo.
No he visto nada más hermoso ni lo veré. Nada más conmovedor. Dicen que con los nietos ocurre algo superior. Que alguien escriba ese texto.
La ternura te desprograma. Te saca del cinismo. Te arranca del comentario y te devuelve al acto. Te vuelve menos interesante, sí, pero más verdadero. Te rompe el personaje que te contabas que eras.
Y además educa: funciona como detector de violencia. Cuando estás duro, reactivo, ausente, se nota más. No porque el niño sea un moralista: porque necesita un mundo legible. Y vos sos la parte más grande de ese mundo.
Vivir con un niño es una ventana a tu propia infancia y, de paso, a la naturaleza de la especie. Su necesidad de reglas para que el caos no lo trague; su necesidad de certeza donde vos solo tenés dudas. Te pide certezas. Y vos te descubrís repitiendo frases, tonos, gestos que juraste no repetir.
Con un hijo dejás de ser individuo y pasás a ser eslabón. En el tono con el que respondés cuando estás cansado, en la forma de cortar una discusión, en cómo pedís perdón —o en cómo no lo pedís. La herencia no es un discurso, es una coreografía. Y la coreografía se transmite aunque no quieras. Criar es aceptar que vas a ser antepasado, incluso si nunca pensaste en el futuro.
Y ves el proceso en vivo: cómo se fabrica la psique, cómo se construye seguridad con rituales mínimos. La autoridad sin ternura se vuelve miedo. La ternura sin autoridad se vuelve caos. Un niño no necesita un padre brillante ni exitoso: necesita uno confiable.
La época te ofrece ser autor de vos mismo; la crianza te empuja a ser condición de posibilidad para otro.
Un hijo es también la manera de ver el futuro sin metáforas. Camina por tu casa.
Nada de esto es propaganda. Criar también rompe cosas: la pareja, el sexo, el cuerpo, la economía, el tiempo libre, la idea de identidad como obra personal. Si se omite ese costo, este texto miente. Si se lo exhibe con orgullo sacrificial, también miente.
El punto es más incómodo. El costo es el mecanismo. Es el precio para dejar de ser opcional. Es hacer un gran fuego con los muebles en el medio de tu casa.
El argumento contra procrear es simple y brutal: el mundo duele. Lo sé. Justamente por eso me importa cuidar.
No porque haya encontrado un porqué universal. La crianza no te explica el universo. Te deja otra cosa —más modesta y más exigente—: un para quién. No es que el universo te devuelva sentido. Es tu cuerpo sosteniendo, a pesar de que no hay garantías.
Y ese sostén —repetido, cotidiano, imperfecto— es, para mí, una de las pocas cosas que todavía ordenan una vida por fuera de la lógica del propio placer.
Ahora bien, todo esto suena a argumento. Y tal vez lo sea. Pero abajo no hay teoría. Hay biografía.
Los humanos no razonamos: nos justificamos.
Quien está a favor de tener hijos o en contra no defiende una tesis. Se defiende a sí mismo. Por eso estas discusiones se vuelven religiosas. Porque debajo no hay lógica, hay identidad.A mí, la mía me trajo hasta acá: no he encontrado nada más importante que hacer, en este mundo, que criar.
Quien está a favor de tener hijos o en contra no defiende una tesis: se defiende a sí mismo. Por eso estas discusiones se vuelven religiosas: porque debajo no hay lógica, hay identidad. A mí, la mía me trajo hasta acá: no he encontrado nada más importante que hacer, en este mundo, que criar.