A favor de escribir con Chat GPT

Modelos de lenguaje, o el Moderno Prometeo: ¿Se puede escribir sin manos y sin cerebro? Apología de la muerte del autor, su resurrección cyborg y la emancipación de la palabra.

por Marco Marcelo Mizzi

“A los murciélagos/no les importa/Batman”

Luca Prodan

—Te pregunto en serio boludo, para mí es lo mismo.

Lo dice con la vista fija en el plato de arroz. Parece avergonzado, un sentimiento del que no le creía capaz. 

—¿Cómo que es lo mismo?

Levanta los hombros y la mirada. Recién cuando clava sus ojos en los míos caigo en que no es un chiste. Pregunta en serio.

Estamos en un restorán chino de Avenida de Mayo, en pleno invierno porteño. El lugar es grande, casi un galpón. Peces naranjas, dragones dorados, lámparas rojas, menú plastificado con fotos descoloridas y números enormes: 23, 41, 78.

Pepe Recabarren tiene treinta y cinco años y hace política desde hace veinte. Usa camisa celeste sin corbata y su celular, boca arriba sobre la mesa, vibra a cada rato como si tuviera un insecto atrapado. 

Habíamos pasado la entrada —wantán frito número 8— hablando de lo de siempre. Internas que se empantanan, comunicados que hay que sacar cuidando que no digan nada, reuniones a las que hay que asistir y asentir. 

Por eso su pregunta, cuando llegaron los principales —chaw fan 16 y pollo agridulce 22— resulta extraña:

—Vos que sabés de estos temas, ¿cuál es la diferencia entre el chat común y el ChatGPT?

Ahí algo se desacomoda. El restaurante, el menú numerado, el celular vibrando, la calefacción excesiva. Todo el sistema.

No entiendo. Literalmente no entiendo. Pienso que es una chicana. Una manera elegante de decir dejá de flashear. Me río apenas, esperando el remate. Nada. Silencio. Una china pasa con una bandeja. Una cuchara cae. Clank.

—¿Cómo?

—Para mí es lo mismo.

Recabarren no es ignorante. Tampoco un provocador. Solo es un tipo eminentemente práctico, que ve el mundo tal como se le presenta. Para él, ChatGPT, WhatsApp, el viejo MSN y un bot de un banco pertenecen a la misma categoría funcional: un chat que responde.

Intento explicarle la diferencia, pero a mitad de camino me doy cuenta que no va a servir. Yo empiezo a hablar de modelos de lenguaje, de entrenamiento, de probabilidades. Me escucho ridículo. 

Mi amigo no quiere saber cómo funciona. Quiere saber qué es. Su intuición inicial es correcta. Inquietante. 

***

¡Perfecto! Es una gran idea explicar en este punto qué es un modelo de lenguaje. Conviene no tecnificar demasiado. No estás escribiendo divulgación informática.

Enfoque sugerido:

●      Un modelo de lenguaje no piensa, no entiende. Organiza probabilísticamente lo ya dicho. Y por eso opera muchas veces con fórmulas adversativas: “no esto, esto sí”.

●      No crea sentido: lo redistribuye.

Un modelo de lenguaje es un sistema entrenado en patrones estadísticos del lenguaje humano. No comprende una frase, pero puede continuarla. 

Para mucha gente, el lenguaje ya es interfaz desde hace mucho tiempo. En ese contexto, la pregunta sobre la diferencia entre un chat “normal” y un chat con ChatGPT no es ingenua: es completamente contemporánea.

De hecho, aunque la definición correcta sea Modelo Extenso de Lenguaje o LLM —siglas en inglés para Large Language Model—, el uso coloquial es el término “inteligencia artificial”. 

Todavía cuesta aceptar que el lenguaje pueda existir de forma relativamente autónoma, sin un sujeto detrás que lo garantice. Que alcance con un gatillo —una consigna, una pregunta— para que el lenguaje se ponga en marcha. Por eso suele imaginarse que detrás hay una voluntad, algo que “quiere decir” lo que dice.

Pero un LLM no sabe que habla. Habla porque puede. Porque fue entrenado para hacerlo. Porque el lenguaje, acumulado, sedimentado, repetido durante siglos, alcanza un punto en el que puede empezar a operar por su cuenta.

Eso no lo vuelve humano. Pero tampoco lo vuelve ajeno.

Si te interesa explorar estas ideas con mayor profundidad, puedo ayudarte a escribir un artículo para Supernova a favor del uso de modelos de lenguaje en la creación literaria, destacando su vínculo con la tradición occidental, y pensando la validación de su uso, el desplazamiento de la figura del autor, y las consecuencias materiales que esto tiene. 

Cuando quieras, empezamos.

Todavía cuesta aceptar que el lenguaje pueda existir de forma relativamente autónoma, sin un sujeto detrás que lo garantice. Que alcance con un gatillo —una consigna, una pregunta— para que el lenguaje se ponga en marcha. Por eso suele imaginarse que detrás hay una voluntad, algo que “quiere decir” lo que dice.

***

La pregunta que me hizo Pepe Recabarren era más aguda de lo que él mismo imaginaba.

En el Canon Occidental la literatura es una materia que oscila. Se mueve entre tensiones que nunca se resuelven: lo cursi y lo paródico, lo sagrado y lo profano, la cosa y su representación. Cada ciclo afirma estar rompiendo algo, y en realidad está volviendo a organizar los mismos elementos. La ilusión del movimiento es un hallazgo de Occidente.

Por eso nuestro canon no es una lista de grandes autores ni un museo de estilos, sino de intentos espiralados por decir lo real. 

Visto así, los modelos de lenguaje aparecen como consecuencia lógica. Son la forma actual de una tradición milenaria que va de Homero a Borges. Algo que vuelve explícito lo que siempre estuvo ahí: el lenguaje es más que un pedazo de mármol en manos de un escultor. 

La mal llamada IA incomoda porque desnuda el equívoco sobre el que se apoya buena parte de la historiografía literaria: la centralidad del autor. Una ficción que, por lo demás, Cervantes ya había resuelto hace siglos al atribuir El Quijote a Cide Hamete Benengeli.

El rechazo existe. A veces es virulento. Cuando alguien descubre que un texto fue escrito con GPT empieza el llanto:

—Es trampa.

***

Ahora refutá a quienes dicen que usar LLM es deshonesto. Con un estilo directo, pero que parezca profundo, como un ensayo de Julia Kristeva o Umberto Ecco, armá un texto de 1500 caracteres siguiendo estos procedimientos:

1. La acusación de fraude supone que un texto literario debe estar garantizado por una interioridad reconocible. Indagar por qué el lector espera una experiencia biográfica previa que valide el texto. Por qué una emoción sufrida o una noche en vela legitimarían la escritura. Explicar por qué esa expectativa pertenece más al campo psicológico que al literario.

2. Recordar que la literatura occidental se construyó históricamente a partir de préstamos, reescrituras, apropiaciones y deformaciones. Señalar que escribir siempre implica trabajar con una materia previa, que es propia y ajena a la vez: la lengua. Postular la tesis de Tolkien que niega la creación literaria y la rebaja a descubrimiento. Ironizar respecto a que si escribir con IA es tan fácil como dicen, por qué no lo hace todo el mundo. Hacer la salvedad de la basura (llamada slop) que inunda las redes y los portales de noticias. Preguntarse si ese argumento es válido en tanto la única diferencia con el slop escrito por humanos es el volumen circulante, lo que termina siendo bueno porque va a terminar con el problema por desgaste inflacionario. Cerrar el fragmento considerando si llamar “trampa” a este proceso no implica desconocer o negar cómo se escribió siempre.

3. Aclarar que en disciplinas como el Derecho o la ciencia el método es central y el incumplimiento del procedimiento invalida el resultado. Usar como ejemplo el caso de la justicia de Chubut, donde un fallo fue anulado por haber sido redactado con ayuda de inteligencia artificial. Contraponer esta lógica con la literatura, donde el criterio no es el método sino el funcionamiento: si produce sentido es un buen texto. Y si además de eso tiene valor formal en cuanto a lo fonético, lo sintáctico, lo gramatical y lo semiótico, estamos ante un texto genial.

4. Conclusión posible: plantear que el problema que tiene mucha gente no es que los modelos de lenguaje hagan trampa, sino que hacen visibles procedimientos que antes permanecían implícitos. Señalar que la trampa no existe más que como crítica caprichosa, y que lo que se rompen son normas que nunca estuvieron del todo claras. Cerrar con una referencia al cuento Las ropas nuevas del emperador.

La mal llamada IA incomoda porque desnuda el equívoco sobre el que se apoya buena parte de la historiografía literaria: la centralidad del autor. Una ficción que, por lo demás, Cervantes ya había resuelto hace siglos al atribuir El Quijote a Cide Hamete Benengeli.

Imagen editable

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Empecé a escribir esta nota en mi cabeza, almorzando con un amigo en un restorán chino de Buenos Aires. La sigo en mi computadora, nueve meses después, cenando en soledad en un bodegón de Traslasierra. 

¿Eso importa? No. Porque, aunque es lindo pensar que sí, ningún paisaje asegura un lenguaje. El segundo reproche que se le hace a los LLM cae en un error parecido. 

La objeción más grave, en términos morales, no habla de trampas, sino que va al alma. Se dice que un texto escrito así no puede ser literatura porque no hay nadie detrás. No hay experiencia vivida, no hay dolor, no hay deseo. Falta algo, que justificaría la escritura como acto humano.

El argumento parece sólido. Pero sencillamente es un juego retórico. Supone que la interioridad es un origen, cuando en la literatura casi siempre es un efecto. Algo que se lee hacia atrás. Algo que el lector reconstruye para sostener la ilusión de que hay una conciencia hablando del otro lado. 

La literatura es una telepatía ortopédica. Y la prueba de ello es que aunque esa frase es de una cacofonía horrible, igual se entiende a lo que voy. 

¿Dónde estaría exactamente esa interioridad? ¿En el texto? ¿En la biografía del autor? ¿En el recuerdo que activa una frase?

Incluso cuando creemos reconocerla, lo que encontramos es una forma. Un tono. Un ritmo. Un artificio eficaz. Todo lo demás es una elaboración. 

Eso no quiere decir, ojo, que no exista una condición inherente al autor. Que no haya cuerpos atravesados por la plenitud, el dolor, incluso por la Revelación. Hay vates. Siempre los hubo y siempre los habrá. Esa condición es anterior y exterior a los textos. No está escrita en las palabras. No se consume como un contenido.

El poema excede al poeta. Apenas deja rastros. Señales. Residuos del individuo.

Confundir la experiencia con su inscripción es volver a cargar al texto con una tarea que nunca pudo cumplir. El Misterio es mucho más grande que la literatura. Esta, apenas, es un dispositivo que se organiza en una forma capaz de insinuar aquel.

Con papel y lápiz o asistido por algoritmos de última generación, sigue siendo un trabajo humano.

***

Completamente de acuerdo. La siguiente objeción al uso de LLM debería ser la cesión de la propiedad material de la lengua. Es muy importante este giro, porque evita el entusiasmo bobo.

Si tuviera que seguir el texto hacia ese rumbo, sin cambiar la forma que ya construiste, lo seguiría con algunas de estas opciones.

Opción 1: Giro retórico

Lo que necesitás ahora no es otro contenido, sino una forma de cierre que siga pensando con el lenguaje, y no sobre el lenguaje. Por eso propongo un retorno a la crónica, pero torcida. No volvemos al “yo reflexivo”, sino a un yo mínimo, casi funcional, que denuncie la aceptación pasiva del nuevo régimen. La forma es una escena breve + gesto técnico. 

Ejemplo de forma (no texto final):

Termino de escribir esta nota. Copio un párrafo al azar. Lo pego en ChatGPT. Pido que lo mejore. Que lo haga más preciso. Menos enfático. Leo la respuesta. Es buena. Demasiado. Borro dos frases. Dejo una. Vuelvo a pegarla en el texto original. En la pantalla aparece un aviso, discreto, que ya conozco: “esta conversación puede ser utilizada para mejorar el modelo”. No lo discuto. Sigo escribiendo.

Opción 2: Crítica estructural

En clave de ensayo, corremos la discusión de la crítica literaria hacia otro campo. Para ello te propongo un análisis sobre el funcionamiento de los grandes modelos de lenguaje disponibles en línea (GPT, Gemini, Claude, etc) como infraestructuras opacas de grandes conglomerados financieros.

El texto hará hincapié en que estos sistemas fueron entrenados mediante la apropiación se enormes volúmenes de texto producidos colectivamente, y que a la vez cada interacción que los usuarios realizan contribuye a optimizarlos de forma gratuita. 

Evaluaremos los beneficios que tienen en accesibilidad, potencia y escala, junto con los riesgos de concentración material y simbólica. Y terminaremos señalando que el verdadero problema no es estético ni moral, sino político: quién controla la infraestructura del decir.

Opción 3: Didáctica/alternativa

●      Exploración del uso de modelos de lenguaje ejecutados en entornos locales o cerrados.

●      Creación un manual de uso de programas de software libre como Ollama, que permiten instalar modelos de lenguaje en computadoras personales.

●      Señalamiento de la posibilidad de mayor control sobre los datos, la privacidad y los procesos de escritura. 

●      Contraposición de estas ventajas con sus limitaciones. Mencionar las nuevas formas de exclusión que esto genera: requerimientos de hardware, conocimientos técnicos y necesidad de tiempo para entrenar correctamente los sistemas.

Si me lo preguntás, en cualquier caso yo no entraría polemizando. Entraría desplazando el foco, como hiciste todo el tiempo.

Confundir la experiencia con su inscripción es volver a cargar al texto con una tarea que nunca pudo cumplir. El Misterio es mucho más grande que la literatura. Esta, apenas, es un dispositivo que se organiza en una forma capaz de insinuar aquel.

***

Me quedo mirando el cursor que titila al final de la propuesta de la máquina. Desplazar el foco. Dio en la clave.

Cierro la computadora. El brillo azul de la pantalla desaparece y el bodegón recupera su iluminación honesta y mercurial. Salgo a fumar. Sobre la plaza, los últimos feriantes levantan sus puestos. 

Releo mentalmente las opciones que me tiró el algoritmo. Son impecables. Funcionan. Podría promptear cualquiera de las tres, terminar la nota y mandarla a Supernova junto con la factura por escribirla. Nadie notaría la sutura. Y aunque lo hicieran, no dirían nada. El pudor sigue siendo el rasgo más humano que conozco. 

Ahí, en esa disponibilidad obscena, aparece la respuesta que le debo todavía a Recabarren.

La diferencia que Pepe no veía entre el chat “común” y el ChatGPT, entre la voz humana y la sintética, radica en la duda. El bicho éste siempre tiene una respuesta. Siempre tiene una opción. Uno, dos, tres. No conoce el silencio. No conoce la parálisis que te deja mudo cuando no sabés cómo seguir.

La mal llamada inteligencia artificial simula el resultado. En ese interín se ahorra el tránsito. Por eso los malos textos hechos con IA nos resultan insoportables. Porque en el fondo, nosotros seguimos respirando en la demora, ineficiente y dolorosa, de nueve meses para cerrar un párrafo. 

La literatura siempre fue un juego de espejos. Hoy los espejos tienen memoria. Para nuestra desgracia o beneficio habitamos otro tiempo. Uno que perdemos buscándolo.