A favor de fracasar

Fracasar es el ultimo tabú, la única práctica que nadie descanceló. ¿Podria existir algo asi como el "fracasismo"? La del fracaso es un tribu urbana sin indios. En este texto, el autor recorre todo el espinel de esa experiencia humana con una pregunta shakesperiana: Fumar o no fumar, esa es la cuestión.

por Coronel Gonorrea

Fumar

Convengamos que, como bailar, aprender a fumar de grande es patético. Yo que esto lo tuve claro siempre, aprendí a fumar a los quince y jamás bailé, cosa de salvajes.

Había nacido con condiciones naturales para fumar. En la ruleta rusa de los genes y sus combinaciones macabras a mí, como a tantos otros estafados por Dios, la bala me había entrado limpia entre las cejas: era feo. A los 15 hay una zanja que divide a los que van a tener una adolescencia espectacular y los que la vamos a vivir con plena conciencia de lo bajo del techo de nuestra agenda sexual y, claro, de lo inconfesable de su piso. Los feos íbamos a salir todos los días a pelear una guerra perdida.

Sumale a la fealdad, una discapacidad manifiesta para el futbol y para pelear, únicas herramientas de ascenso en la jerarquía social reservadas a los feos, en fin… dramático. Somos, los feos, una palangana rota llena de agua tirada en un baldío en la que crece el dengue de la adolescencia: el resentimiento, el motor de la historia.

Mutilada cualquier expectativa de adolescencia aceptable, a uno no le queda otra que explorar las diferentes formas de autolasceración disponibles para un quinceañero: fumar, tomar o delinquir.

Tomar me interesó poco y nada. Como en esa época pensaba que más adelante habría querido ser abogado supongo que inconscientemente lo de delinquir me interesaba, pero quería dedicarme de un modo profesional. Lo de fumar, en cambio, se me daba bien, tenía talento. Las primeras pitadas que fumé fueron de cigarrillos mal apagados que robé de un cenicero de casa. Tosí como un mono y el gusto me pareció lo más inmundo probado jamás, me pareció genial.

Empezamos a fumar a escondidas con un amigo arriba del tanque de agua de mi edificio al que se llega después de caminar por una membrana metálica hirviendo que termina en una escalera de hierro viejo también hirviendo que te lleva a ese santuario del vicio con vista a recoleta septentrional. Comprábamos un Marlboro diez, que en esa época venían en una cajita ancha con dos compartimientos de 5 cigarrillos, ideal para el bolsillo del culo del jean. Fumábamos sin boludeo, uno atrás del otro, dejábamos escondido el encendedor Bic celeste en el tanque de agua y bajábamos la escalerita con un mareo alucinante. Como había que volver a casa y naturalmente teníamos olor a alfombra de bingo de pueblo, pasábamos por algún supermercado y nos tirábamos cantidades industriales de desodorante. Éramos inmaduros y optimistas, tiempo después supimos que las partículas de desodorante encapsulan a las de olor a cigarrillo, copulan a nivel microcelular, y crean una nueva súper partícula con un olor absolutamente insoportable y tan característico de los pendejos que están aprendiendo a fumar.

Los feos fumábamos todos, salvo algún raro. Los lindos fumaban menos, vivían sin la necesidad de un vicio, con esa falta de debilidades tan propia de los psicópatas. Les habríamos cortado la cara con un cúter, pero eran nuestros amigos.

Al tiempo ya era un fumador respetable, fumaba bien, tragaba el humo, podía prender mi cigarrillo con el cigarrillo de alguien sin destruirle la braza, no hacia argollitas de humo ni mariconadas similares, en fin, detalles que a uno lo jerarquizaban como fumador. Fumé en todos los momentos importantes de mi adolescencia y en los otros también.

Fumé unos 140.000 cigarrillos durante 19 años, a precio de hoy unos 756.000 pesos, pasado a dólares algo así como 9100 dólares, una ganga. Es increíblemente barato fumar en Argentina. 

Me propuse intentar dejar de fumar con la íntima esperanza de fracasar. 

Dejar

De todas las estrategias disponibles para dejar de fumar, la más efectiva, se sabe, es morir. Gran cantidad de fumadores lo logra, explotan como sapos pisados en la ruta. Yo naturalmente la desaconsejo. El resto del menú de opciones es menos alentador por una simple razón: Fumar es espectacular.

Dejar de fumar parece estadísticamente imposible, tal vez lo sea. “Podés dejar de fumar, pero no podés dejar de ser fumador” dicen, con la profundidad de una frase de sobrecito de azúcar, los cacos que se dedican al negocio de tirar máximas livianas poniendo carita de Darin en nueve reinas. Algo de razón tienen.

Hay cien millones de razones para empezar a fumar y casi ninguna para dejar. ¿Por qué deja de fumar un fumador? Ni idea. Seguro que no deja por ver esas fotos inmundas de gente hecha pelota que le ponen a los paquetes de cigarrillo. Resulta inverosímil la escena de un tipo que da vuelta el paquete, ve un pulmón todo reventado color avenida Rivadavia y se espanta de tal modo que deja de fumar. Creo que uno puede tener ganas de dejar de fumar por sentirte una rata toda adicta incapaz de pasar veinte minutos sin fumar, con todas las remeras quemadas y los dedos teñidos con nicotina o porque te rompan las bolas de tal modo que no consideres viable la prolongación de la vida. Tradicionalmente, esto coincide con la llegada de un hijo. Nótese que ya te empiezan a quitar cosas antes de nacer, después todo empeora.

Me propuse intentar dejar de fumar con la íntima esperanza de fracasar. Eventualmente no sería tan grave, habría hecho el intento, un par de semanas terribles, ira, stress, depresión y finalmente encontraría el momento de debilidad adecuado para abandonar, la auto indulgencia se encargaría del resto. No tenía razones demasiado importantes para dejar, no practico ningún tipo de deporte, cosa de salvajes. Tampoco estoy particularmente interesado en recuperar el olfato o el gusto. La cuestión de la salud la había resuelto hace tiempo dejando de hacerme chequeos, el que no busca no encuentra.

Me decidí el día en que entendí que fumar era inviable, cosa de chinos. El mundo había cambiado y me parecía insoportable prender un cigarrillo y que me miren como a un pedófilo en un pelotero. Fumar en un balcón o en la vereda de una restorán me parecía una degradación insoportable a un ritual sagrado. Había que dejar.

Pasé por todas las tácticas para dejar de fumar.

La primera, la más ingenua, fue simplemente decirme a mí mismo con esa convicción idiota tan propia de los vendedores de tiempo compartido “Puedo dejar de fumar cuando quiera, es solo una cuestión de voluntad”.

Resolví entonces ponerle una fecha. Sería un lunes, para arrancar esta nueva vida ordenado, todos los cambios de vida arrancan un lunes. Lo vi en mi cabeza de un modo absolutamente claro, lo “visualicé” como dicen ahora los coach, esa versión bilingüe y sobre educada de los taxistas. Ese lunes iba a agarrar el paquete de Marlboro box con los cigarrillos que me quedaran, lo iba a hacer un bollo y ya, no fumaría nunca más.

Los días previos a ese lunes fumé como un chino, de la mañana a la noche, llegue al punto patético de prender uno con el que estaba terminando. Fumar es posiblemente lo mejor que hayamos inventado jamás, tiramos humo por la boca, somos dragones. El domingo entré en una depresión galopante, fui como cada domingo a comer un asado con mi familia. Todo el mundo estaba irresponsablemente feliz, viviendo una normalidad exasperante, sin día D. Yo estaba irascible, hablar sin maltratar a alguien estaba resultando una tarea compleja, como ponerle un supositorio a una tarántula. Como tampoco soy un mono incivilizado decidí, contra lo que creía conveniente, anunciarlo.

Había nacido con condiciones naturales para fumar. En ruleta rusa de los genes y sus combinaciones macabras a mí, como a tantos otros estafados por Dios, la bala me había entrado limpia entre las cejas: era feo. 

Imagen editable

“Mañana dejo de fumar”, dije sin demasiada ceremonia.

Las felicitaciones me dieron una bronca infinita. No había nada que festejar, iba a dejar de fumar, mi vida iba a ser claramente peor y lo último que necesitaba era esa presión adicional de tener la expectativa de terceros. En fin, el día no mejoró y entrada la tarde me fui a casa dispuesto a liquidar el stock de siete cigarrillos que quedaban en el paquete.

Fumé varios cigarrillos francamente olvidables hasta la noche. El tiempo, indolente, pasó y el domingo ya se estaba acabando. Esa noche, en calzones al pie de la heladera, me comí una milanesa fría con la mano, un banquete de rey para un condenado a muerte, disfrute ese último cigarrillo mágico, lo apague con un chorro de agua de la canilla de la cocina, un asco, apagar cigarrillos con agua es de marginal.

El lunes me desperté razonablemente angustiado. Tenía un problema básico: no sabía como empezar a vivir sin fumar. Todas mis rutinas estaban asociadas de un modo indisoluble al cigarrillo. ¿Tenía sentido tomar unos mates sin fumar? ¿Es realmente posible cagar sin fumar? ¿Es humanamente tolerable leer los diarios sin fumar? Si no fumé, ¿realmente almorcé? Y así con todo. Creo que, descartando todas las actividades para las que consideraba absolutamente indispensable fumar, solo me quedaban disponibles mandar un fax o suicidarme. De todos modos ya era un ex fumador, me había convertido en esas personas siniestras que dejan de fumar y a los 15 minutos ya le quieren enseñar a dejar a medio mundo.

Eran días desesperantes, solo pensaba en fumar. Soñaba atropellar a alguien con el auto para sufrir un ataque de nervios que justifique volver a fumar. Pienso que algo que ayudaría sería estar despierto la menor cantidad de horas posibles, no más de 8. Reduzco mi vida social al mínimo, del trabajo a casa, como quería el general.

Día 7: Daría la vida de un bebe ciego por fumar uno más.

Día 9: Veo en loop videos de youtube del juicio a las juntas, todo el mundo fumando, excepcional, elegantísimo.

Día 10: Cuadro intenso de paranoia, todos son servicios, la mucama, el sodero, los del consorcio, me espían, hijosdeputa.

Día 14: Me suicidaría, pero soy muy cagón.

Naturalmente la cosa no duro, al quinceavo día de esta nueva vida miserable me hice la pregunta esencial ¿“Y quién controla que yo no fume?”. Decidí que me iba a permitir un cigarrillo por día, solo uno pero bien fumado, disfrutado al máximo. Dato: no funciona, es imposible. Al rato ya tenía un paquete nuevo de Marlboro Box y era un fumador full time como Dios manda. Tirar de la tirita transparente que corre con total suavidad y después retirar, prolijo, el papel metalizado que libera ese olor contenido a tabaco nuevo es la cumbre del Everest de los diseñadores de packaging, benditos sean. No se puede fumar solo uno.

Todas mis rutinas estaban asociadas de un modo indisoluble al cigarrillo. ¿Tenía sentido tomar unos mates sin fumar? ¿Es realmente posible cagar sin fumar? ¿Es humanamente tolerable leer los diarios sin fumar? Si no fumé, ¿realmente almorcé? Y así con todo.

Fracasar

Volver a fumar no fue una claudicación, fue una parada técnica. Sobreestime mi capacidad y fallé, pero estaba decidido a dejar de fumar. Necesitaba en todo caso algo de ayuda externa, tecnología. Al tiempo puse nueva fecha, otro lunes, repetí el via crucis de los días previos, no fue ultra grave, ahí estábamos de nuevo un lunes con un paquete de chicles de nicotina. Pensé en comprar parches, me parecían más de adicto, más serios, intravenosos, no sé. De todos modos no los conseguí y pensé que los chicles tampoco eran tan malos, algo de gusto en la boca. Mastiqué el primero siguiendo las indicaciones que me habían dado, masticar y después dejarlo un rato entre las muelas y el cachete, como coqueando, apretar para sacarle jugo y mandarlo abajo de la lengua, todo ese cuento chino de lo sublingual que pega más y más rápido. En fin, lo mastiqué un buen rato. La decepción fue monumental, no sentía ningún tipo de saciedad. ¿Ya estaba “no fumando”? ¿Esto era? Me quería fumar un millón de cigarrillos. Me explicaron (google) que la cosa era más lenta, la nicotina eventualmente iba a entrar, iba a sentir cierta calma y me iba a acostumbrar a este nuevo formato de mi adicción. Obviamente, nada de eso pasó. Me di cuenta de algo bastante evidente. Soy adicto a varias cosas en la misma cosa. Soy adicto a la nicotina, pero también soy adicto a la forma en la que consumo esa nicotina, soy adicto a tirar humo, a mirar el humo, a olerlo, a socializar fumando, a medir mi vida en cigarrillos, a fumar con otros, adicto a fumar. Los chicles están ahí, en algún cajón, en fin…

Volví a fumar con argumentos bastante sólidos, había intentado dos veces y había fallado, merecía seguir fumando. Fume unos años, años felices. Pleno conflicto con el campo, mal momento para dejar, ¿que querés, que no fume? Fume como un campeón el 2001, déjame fumar este quilombo espectacular. En Argentina nunca es buen momento para nada, menos que menos para dejar de fumar.

Tiempo después no sé cómo ni con quien un día alguien me termina hablando del libro, “el libro que te hace dejar de fumar”. Bueh, insólito. De golpe miles de personas habían dejado de fumar con el libro, el viejo de nosequien que fumaba como un ludopata en la lona cuatro paquetes por día ya no fumaba más, leyó el libro y no fumó más. Lo compré, porque tampoco vamos a ser unos negados. La tapa era hiriente, unos cigarrillos partidos al medio. El título no estaba mal: “Es fácil dejar de fumar, si sabes como”, el que lo redactó se debe haber comprado un 4 ambientes con buena vista. Respeto para los que le encuentran la vuelta para hacerse ricos con nuestra debilidad.

El libro arranca diciendo “Fumá todo lo que quieras mientras lees el libro”, no era un mal prologo, provocador. Tan en serio me tome esa indicación que no solo fume durante todo el libro, no pare de fumar un solo día después de terminarlo. Resumiendo, no compren el libro, es un cuento chino.

Mi intento final fue el más patético, creo que todos pasamos por ahí o al menos lo pensamos: fumar cigarritos.

El patético de los cigarritos es fluorescente, desde la luna se ve la muralla china, el Amazonas y los patéticos de los cigarritos.

La idea atrás de todo esto es bastante idiota pero encantadora. Pasar de fumar 20 cigarrillos a 2 o 3 cigarritos, con el plus de hacer el ritual pavote de los fumadores de puros, incluso hacerle un corte innecesario con la guillotina, ohh. Sumale que los cigarritos vienen en unas latas chatas muy divinas, a los adictos nos encantan las latas, todo lo que venga en lata tiene la derecha automática del adicto. El fracaso fue casi automático, al tiempo fumaba mis veinte cigarrillos más los 2 o 3 cigarritos, Tenía la boca como el cenicero de una remisería, un espanto.

No quedaba nada por hacer, sería fumador. Eventualmente inventarían el pulmón de goma eva o algo que nos salve de la muerte segura. Tampoco era tal grave, ninguna historia es importante, alejando el zoom a la distancia correcta en la que se borra todo rastro de individualidad, somos todos puntos negros moviéndonos hacia alguna de las 5 o 6 muertes que nos tocaron para regular la especie.

Volví a fumar con argumentos bastante sólidos, había intentado dos veces y había fallado, merecía seguir fumando. Fume unos años, años felices. Pleno conflicto con el campo, mal momento para dejar, ¿que querés, que no fume? Fume como un campeón el 2001, déjame fumar este quilombo espectacular.