A favor de la amistad politica

En el crepúsculo de la Guerra Fría, Margaret Thatcher y Mijaíl Gorbachov tejieron una amistad que nació del cálculo, del poder y de la desconfianza, y murió rodeada de estima, olvido y empatía. Con recursos de la ficción, la historia y el ensayo, el autor explora este vínculo. Los siguientes fragmentos forman parte de su libro "Las otras verdades: siete relatos sobre la amistad política" (Biblos, 2025)

por Gonzalo Sarasqueta

La biblioteca es inmensa. El hombre se siente pequeño ante tanto saber junto. Debe tener cerca de cuatro o cinco metros de altura y más del doble de ancho. Además, los lomos de los libros son similares, lo que hace que se vea compacta, como un bloque uniforme de cuero natural. Casi no se distinguen las obras. Incrédulo, y para tener mejor perspectiva, da un largo paso hacia atrás. Y detecta una leve tonalidad. Repite el movimiento, con una zancada más profunda. Y ahí, sí, lo ve más claro. Desde los estantes superiores hacia los inferiores el color cambia. Por lo menos, hay tres matices: castaño, sepia y marrón. Son alteraciones mínimas, pero existen. Se pone contento con el descubrimiento. Festeja con una leve sonrisa: primer punto que se puede anotar en territorio enemigo.

 Vuelve a acercarse. Busca a su autor preferido. Las letras están en relieve, pero son pequeñas. Distingue: David Hume, George Berkeley, James Mill, John Stuart Mill, Jeremy Bentham, Thomas Paine… Frena, parece ser que está frente a la sección británica de filosofía. Ahí, evidentemente, no lo encontrará. Pega cuatro trancos hacia la izquierda y retoma: Charles Dickens, Jane Austen, Virginia Woolf, Mary Shelley, William Blake, Oscar Wilde… “¡Británicos, también! ¡Vaya orgullo nacionalista!”, resopla. Va hacia la otra punta de la biblioteca, casi llegando a la pared, y sigue explorando: P. D. James, William Wilkie Collins, Agatha Christie, Arthur Conan Doyle, Dorothy L. Sayers y Washington Irving… “¡ Irving!”, se le escapa, en voz alta, su hallazgo. Al fin, un norteamericano. Aunque, inmediatamente, duda. “¿Pensarán que es británico? No puede ser. Aunque son capaces”, murmura.

 –¿Husmeando plumas británicas, señor Gorbachov? –lo interrumpe, discretamente, la primera ministra, quien asoma por la puerta que conecta la biblioteca con la sala de estar.

 –Disculpe, primera ministra, pero Washington Irving no es británico. ¿Por qué está en esta sección? –corrige Gorbachov, cogiendo el lomo del libro con los dedos medio e índice, como si fuera a sacarlo del estante.

 –¿No? Juraría que sí –seca, responde ella.

 –¡Claro que no! Es mi escritor preferido. Estadounidense, con pesar en el ama. Neoyorkino. He leído más de treinta veces La leyenda del jinete sin cabeza –dice Gorbachov, todavía con los dedos en el lomo del libro.

 –Esa biblioteca no se ordena hace décadas. Churchill fue el último que se preocupó en que haya un equilibrio entre lo estético y lo temático. Después tuvimos varios mandatarios laboristas en Downing Street. ¡Imagínese! –sonríe, astutamente, la primera ministra.

 Él acepta la ironía con un leve estiramiento de labios. Y guarda el libro de Irving en el mismo sitio, entre los autores británicos. Sin quejas. En silencio, ella responde señalando los sillones de orejas que están al costado de la biblioteca. Sobre la mesa baja que separa los sillones, los esperan una tetera, dos tazas, cucharas y un azucarero. Todo distribuido simétricamente, al mejor estilo británico.

 –Precisamente, Churchill escribió varios de sus discursos radiales aquí, ¿cierto?–pregunta Gorbachov, sentándose.

 –Cierto. Aquí nomás, en la Sala Hawtrey. Se encerraba horas ahí. Solo. Malhumorado, para variar. Escribía, tachaba, gritaba, rezongaba. ¡Pobre el ser vivo que lo interrumpiera! Churchill les daba mucha importancia a los discursos. Cuidaba el sonido, la textura, el significado de cada palabra. Era un político escritor. Ya no quedan de esa especie. Ahora todos tienen sus escritores fantasmas.

 –Lo sé. He leído La Segunda Guerra Mundial. Nosotros no hemos tenido la misma suerte. En vez de un escritor, hemos tenido un carnicero.

 –Bueno, antes de Stalin, estuvo Lenin, que hizo lo suyo. Se imaginará que no comparto nada de nada su ideología, pero el hombre ha producido textos que han dado la vuelta al mundo.

 –La excepción. Una llama en la estepa siberiana. Nuestro modelo de gobernante fue Stalin. Duela a quien le duela –se lamenta Gorbachov.

 –Sinceramente, ¿nunca fue estalinista?

 –Estalinista formal, sí. Era obligación. Un sentimiento protocolar. Impuesto. Artificial. Pero genuino, nunca. Lo he intentado miles de veces, no le voy a mentir. Recuerdo su entierro. Yo rondaba los veinte años. Andaba hambriento de épica. Necesitaba creer en algo. Fui a buscar un mártir y encontré un cadáver de piedra. Frío, compacto, granizo, indiferente. En fin, un mineral. “Eso nunca pudo haber tenido vida”, pensé.

 –Difícil imaginar el imperio soviético sin él… –deja flotando la primera ministra, para saber la opinión del invitado.

 –Seguro. Solo un necio negaría eso –contesta breve Gorbachov, quien no quiere perder las riendas de la conversación.

 –Acá mismo, en Chequers, hace unos meses, mis “soviétologos” me han dicho que, si estudio a Khruschev, conoceré a Gorbachov –dice, entre satisfecha y altiva por la astucia de su comentario, la primera ministra.

 –Puede ser, puede ser –medita Gorbachov–. La pulsión reformista, quizá. Aunque hay varios matices. Por mencionar uno: él fue valiente con un muerto, Stalin; yo, con un paciente en coma, mi país. Son dos corajes diferentes, primera ministra.

 –Entiendo. No es por sacarle mérito a usted ni por bañar en bronce a Kruschev, pero las autopsias a los mitos son complejas. Y más en un sistema como el de ustedes, que desde su génesis le da mucha importancia a la mitología. Si Khruschev no realizaba ese trabajo forense, hoy tendrían una estatua de Stalin en cada parque y en todos los bares se romperían copas por él.

 –No lo crea. Stalin puede haber desaparecido de la vía pública, de la retórica oficial, de algunos museos, pero sobrevive en el imaginario colectivo. Mi pueblo adora la fuerza. Somos adictos a ella. Para nosotros equivale a orden, progreso, futuro. Si no hay fuerza, hay caos. Nos paralizamos; incluso, retrocedemos –expresa Gorbachov, con cierta dificultad y pesar. Sabe que está abriendo mucho el juego. Como le sucede seguido, desata la lengua y no hay quien lo pare. Aquí no puede demostrar ni un fleco de debilidad. Necesita compensar–. Y déjeme decirle algo más, algo que, seguramente, le hará ruido, primera ministra: cuanto más brutal sea la fuerza, más estabilidad habrá en mis tierras. Siempre está latente en cada soviético la sed de ferocidad. Anhelamos verla en un rey, en un sátrapa, en un intelectual despiadado, en un georgiano sanguinario.

 –¿Ruido? En absoluto. El poder es explícito. El poder es contundencia. El poder es nitidez. Siempre, pero siempre, debe andar liviano de retórica. Si se disimula, se pierde. Las metáforas dejémoslas a los hombres de letras, señor Gorbachov.

 –Me sorprende que una defensora acérrima de la democracia liberal tenga esa perspectiva –arremete el líder soviético.

 –¿Por qué lo dice?

 –Ustedes siempre abogan por trocear el poder. Cuanto más pequeñas sean las tajadas, supuestamente, más democrático es el país. Curioso –ironiza el dirigente comunista.

 –No sea simplista ni satírico, señor Gorbachov. Le queda mal. Empezaba a caerme bien. Trate de seguir por ese camino –firme, pero sin llegar a enfadarse, responde la primera ministra–. Ahora, si recuerdo bien, dijo “varios matices”. ¿Qué más lo separa de la figura de Kruschev?

 –Hay una distancia insalvable con Kruschev, y con la mayoría de mis camaradas de partido, que le puede sonar frívola: tomo poco y nada de alcohol. Lo mínimo para aparentar ser uno más y pasar desapercibido. Sacrificios de la política, llámele. Si fuera por mí, mantendría la boca seca los 365 días del año. Mi mujer, Raísa, es testigo, y también beneficiaria de esta anomalía. Pocas esposas del poder pueden decir lo mismo.

 –Jajaajajajjajaaj –ofrece una sonrisa sincera y extensa la primera ministra–. Perdón que me tiente, señor Gorbachov, pero… Soviético y abstemio, ¡eso es un oxímoron! En su tierra significa ser paria, como mínimo, si no me equivoco.

 –Soy casi abstemio. Lo poco que bebo es por política. Soy consciente de que, si no lo hiciera, despertaría muchas sospechas. El alcohol es cosa seria en mi patria, primera ministra. Más que un pasatiempo, es el tiempo mismo. Un tictac infinito. Es lo que le da cuerda a la nación cada mañana, cada mediodía, cada tarde, cada noche.

 –¿“La nación” o “las naciones”? Parece que tuvo un yerro típicamente moscovita…–desafía la dama.

 –Justamente: a la nación. ¿Qué tienen en común un ucraniano, un ruso, un estonio y un kirguís, primera ministra? La pasión por el alcohol. Nos une, nos hermana, nos da sentido de pertenencia. Ya sea vodka, medovukha o samogón.

 –Henryk Jabłoński me ha dicho que ellos inventaron el vodka.

 –¡Puf! Polacos… Esos, sí, son amigos de lo ajeno –resopla Gorbachov.

 –Según él, la prueba es que el vodka polaco tiene una graduación alcohólica mayor que el de ustedes. ¿Es cierto?

 –Mentira. Eso depende del lugar donde se sirva.

 –También Jabłoński afirma que usted trae el segundo deshielo del comunismo. El definitivo. ¿Tampoco debería creerle? –suspicaz, pregunta la primera ministra.

 –Jabłoński, al igual que muchos de la vieja guardia, le tienen pánico al cambio. Para ellos la verdad no tiene desviaciones, nace y muere igual.

 –¿A qué se refiere con “la verdad”?

 –La verdad es nuestro querido país. La mejor certeza que ha tenido el ser humano en el último siglo. En eso estoy de acuerdo con la vieja guardia. Pero también pienso que la verdad, si bien es algo concreto, es siempre perfectible: aprende y mejora con el paso de los años. Lo contrario sería quitarle sentido al tiempo. Como verá: más que una diferencia ideológica, es un abismo ontológico.

 –Aunque difiero bastante –la primera ministra acentúa la última palabra– con esas afirmaciones tan categóricas que suele hacer, me gusta usted, señor Gorbachov. Creo que podemos hacer negocios juntos. ¿Piensa igual?

 Gorbachov toma un sorbo corto de su taza de té y, sin quitar la vista de ella, suelta con una sonrisa discreta:

 –Qué raro, una capitalista como usted, militante intransigente y rapaz del laissez-faire, ¡interesada en hacer negocios con un comunista! No sé si el mundo preferiría el apocalipsis nuclear.

 –No –niega con la cabeza la primera ministra, al mismo tiempo que se levanta del asiento y le ofrece la mano a su interlocutor–. No se confunda, señor Gorbachov: primero el bolsillo, después el carné partidario. Siempre. Hágame caso, se va a ahorrar varios problemas.

"Estalinista formal, sí. Era obligación. Un sentimiento protocolar. Impuesto. Artificial. Pero genuino, nunca. Lo he intentado miles de veces, no le voy a mentir. Recuerdo su entierro. Yo rondaba los veinte años. Andaba hambriento de épica. Necesitaba creer en algo."

                                                                                            * * *

Marzo de 1985, Moscú ingresa en un duelo obligado. Otra vez, la angustia planificada. Otra vez, por mandato del partido, la gente camina cabizbaja, habla suave y no sonríe. En la Casa de los Sindicatos, la solemnidad luce parca. Konstantín Chernenko descansa definitivamente. Sus restos parecen plastificados. Sin misterio. Sin aureola. Sin metáfora alguna. Alguien que, sin popularidad, supo trepar la montaña del imperio. No hay ninguna sospecha de inmortalidad en su rostro. Se hace difícil ubicarlo en la cronología soviética. Lenin fue la vanguardia, Stalin fue la sangre, Khruschev fue la autocrítica, Brézhnev fue la nostalgia, Andrópov fue el cálculo y este pobre siberiano fue una mezcla de oportunismo y paciencia. Sobre todo, paciencia. Solo eso.

 La viuda, Ana Dmitrovna, cubierta de pies a cabeza de cuero negro, cumple meticulosamente el papel asignado. A los jerarcas del partido les intercambia el pésame por una mecánica y fotogénica expresión de dolor: cierra los ojos, agacha la cabeza, la vuelve a levantar y se deja besar; al resto de los mortales que desfilan ante ella les entrega una sincera indiferencia. Sabe que la mayoría está ahí contra su voluntad. Realismo socialista. El brutalismo no colabora mucho para darle cierto aire de espontaneidad al evento: la geometría angular, la repetición incesante del gris gastado, la torpeza del hormigón, los techos altos, las frígidas y peladas paredes. Toda la escena está meticulosamente curada. Ningún color vivo mancha el luto. Solo los lirios, los claveles y los crisantemos rompen esta película en blanco y negro. Un mar de uniformes proletarios completa esta especie de dictadura estética. Más que el pueblo, la que está presente es la masa. Granítica, obediente, predecible, silenciosa. El viejo y típico hombre soviético cumple con el ritual fabril. Forma fila, avanza, se detiene, avanza, llega al féretro y, en vez de recoger la sopa fría de repollo, inclina su cabeza ante el esqueleto de Chernenko. La disciplina tapa cualquier gesto sincero de congoja.

 La primera ministra del Reino Unido no viene a despedir a un muerto, sino a recibir a un vivo. A metros del cuerpo del difunto, en el salón contiguo, es una más de las figuras políticas de los dos mundos –capitalista y comunista– que se apretujan para saludar al hombre del momento, Mijaíl Gorbachov. Sin duda: esto no es un entierro, es un nacimiento. Con una instantánea, excelsa y presuntuosa foto de portada, donde ni siquiera aparece la peculiar mancha morada de su frente, el diario Pravda y el resto de la prensa adicta al Kremlin arriman sus fichas al joven oriundo de Privolnoye, que amontona palmadas, consejos y congratulaciones. Le ha llegado el turno de presidir la Unión Soviética.

 Ronald Reagan no puede decir lo mismo que la señora Thatcher. El pesimismo de su asesor Walter Stoes y el anticomunismo febril de la mayoría del Departamento de Estado le aconsejaron que no asista al entierro. “El aperturismo tiene sus límites”, señalan los halcones republicanos. Es una ausencia sonora, repleta de sospechas y suspicacias dentro del bloque occidental y que, en cierta medida, posterga el acercamiento entre ambas potencias. La primera ministra, por el contrario, continúa apostando por Gorbachov y obtiene su premio: una breve reunión con él. En pleno duelo. Con las calles de Moscú pintadas de negro, por la partida de otro presidente. A espaldas de la Nomenklatura. Y sin la aquiescencia de los estadounidenses.

 El encuentro transcurre en la oficina de un amigo sindicalista de Gorbachov. Tres pisos arriba de donde está sucediendo el velatorio. Ambos quieren estar seguros de que nadie los vigilará. Sería muy peligroso que se filtrara el encuentro.

 –Parece ser que se cierra el museo, señor Gorbachov –rompe el silencio la primera ministra, mientras se acomoda en la silla metálica y resistente–. Por fin, sangre nueva para una nueva era.

 –No se equivoque, primera ministra. Donde usted ve pasado, nosotros percibimos futuro –responde áspero, del otro lado del escritorio, un Gorbachov crecido, consciente de que está llegando su momento.

 –¿Futuro llama usted a eso que está ocurriendo abajo? –sorprendida, pregunta la primera ministra. Lo nota tenso al anfitrión. Hay otra atmósfera, muy diferente de la que vivieron en Chequers. Gorbachov habla en plural. Ha desaparecido la primera persona del singular.

 –Me refiero a que los líderes pasan, pero la utopía queda. Nuestro país y el proyecto de sociedad que defendemos tienen mucho camino por delante. Occidente se equivoca si piensa que vamos a caer rendidos a sus pies.

 –Por favor, no sea necio. A esta altura les vendría bien un poco de mea culpa. No olvide que la autocrítica es la partera de nuevos liderazgos. Lo debería saber mejor que nadie. –acelera, sin llegar a agitarse, la primera ministra–. Ahora, usted me marea. Va y viene. Bascula permanentemente entre el marxismo y el liberalismo. Dígame, señor Gorbachov, ¿usted quiere salvar o enterrar al comunismo?

 –Nosotros queremos rescatarlo. Pero no a costa del pueblo, como hizo Stalin. Nuestro horizonte es Roosevelt. Con el New Deal, él salvó al capitalismo acercándose a nosotros. Bueno, nuestro objetivo es al revés: arrimarnos un poco a ustedes para sacar a flote este transatlántico –afirma Gorbachov, haciendo círculos y señalando con sus manos toda la oficina.

 –Señor Gorbachov, ustedes ya no son una amenaza ideológica, son tan solo una amenaza militar. Su ideario perdió contra la realidad. ¿Tanto cuesta asumir que a la Unión Soviética le queda únicamente el músculo nuclear? La utopía cambió de bando. Hace tiempo. Mire Afganistán. Mire Berlín. Mire sus fronteras. La gente quiere moverse, ansía libertad.

 –Ustedes no son los más indicados para dictar clases sobre geopolítica, diplomacia y paz. ¿O acaso, primera ministra, tengo que recordarle Cuba, Vietnam, Chile, Nicaragua, Malvinas, Gibraltar, por citar algunos casos? –El dirigente soviético sube el tono.

 –Nosotros no estamos enseñándole nada, son los hechos los que están haciéndolo; ellos hacen pedagogía mejor que cualquier ser humano. El socialismo fracasa cuando se acaba el dinero… de los demás. Al hombre no le gusta que le digan todo el tiempo “esto se puede”, “esto no se puede”, “esto se podrá en el futuro”. Ustedes, los líderes soviéticos, continúan negando la realidad. Su pueblo ya se sacó la venda de los ojos. El catecismo enceguece, señor Gorbachov.

 –Dudo realmente que usted conozca a nuestro pueblo –gruñe Gorbachov, por lo bajo.

 –Está ante una oportunidad inédita, Gorbachov. No la desperdicie.

 –Discúlpeme. Como le dije, solo tenía unos minutos…

 –Créame que, si no brinda señales de apertura, Estados Unidos y la mayoría de los gobiernos occidentales serán inflexibles.

 –Quería pasar a saludarla –automatizado, como si no hubiese escuchado las últimas frases, Gorbachov se levanta y le ofrece la mano a la primera ministra–. Se imaginará que tengo que atender asuntos urgentes.

 –Lo entiendo perfectamente. –La primera ministra esgrime una falsa sonrisa y completa con su mano derecha el saludo–. Espero verlo pronto.

Konstantín Chernenko descansa definitivamente. Sus restos parecen plastificados. Sin misterio. Sin aureola. Sin metáfora alguna. Alguien que, sin popularidad, supo trepar la montaña del imperio. No hay ninguna sospecha de inmortalidad en su rostro.

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                                                                                            * * *

–Señor Gorbachov, usted es un bestseller –con humor, saluda la primera ministra.

 –En su mundo, primera ministra, en su mundo…

 –Claro. En el mundo libre, al que usted siempre quiso pertenecer.

 –Usted, siempre con esa mezcla de crudeza e ingenio –recibe Gorbachov, que entiende la frase como algo cercano al cariño.

 –Recuérdelo, señor Gorbachov: la historia se hace o se padece –continúa ella, amistosamente.

 El encuentro transcurre en el Salón de la Orden de San Jorge del Kremlin. Corre marzo de 1989, la Unión Soviética se prepara para su primer ensayo democrático: unas elecciones legislativas. Luego de las urnas, ya no existirá el Sóviet Supremo. El Congreso de los Diputados del Pueblo será la nueva institución que diseñará las leyes y albergará a 2.250 parlamentarios. Las placas tectónicas del poder se mueven impredeciblemente. Nadie sabe en qué puede desembocar esta apertura democrática. Como candidatos aparecen los promotores de la glásnost: Tenguiz Abuladze, cineasta y director de la película antiestalinista Arrepentimiento; los escritores irreverentes Chinguiz Aitmátov y Danilo Granin, y el economista reformista Leonid Abalkin. Gruñe el viejo aparato comunista: ¿qué sucederá si la gente lo castiga con su voto y se deshace de él? Gorbachov sabe que la moneda de la historia está en el aire.

 –Estoy al frente de un país extraño, primera ministra –confiesa Gorbachov, con voz cascada, de noches en vela, café negro y agrias negociaciones–. Intento llevar a mi pueblo en una dirección que no entiende y hacia la que muchos no quieren ir.

 Thatcher lo percibe frágil. Como nunca. Ha vuelto a usar la primera persona del singular. Siente que debe ser comprensible con él, pero no tanto, porque lo debilitaría aún más. Tiene que encontrar el punto medio entre la complacencia y la dureza.

 –Lo sé. He pasado por lo mismo, en mis primeros años en Downing Street. Se llama liderar: a veces, con viento a favor; casi siempre, con un vendaval en contra.

 –¿Usted entiende la paradoja? Aquí me siento extranjero y allá, en su mundo, nativo.

 –Claro que lo entiendo. Cuando enfrenté a la burocracia sindicalista, pasé por algo parecido.

 –Es distinto, primera ministra. Muy distinto. Usted tenía al partido, o al menos a una parte considerable de él, detrás suyo. Aquí estoy solo. La vieja guardia me percibe como una amenaza y los demócratas ven en mí un tornillo que se le ha salido al antiguo régimen.

 –Usted se preocupa demasiado por las compañías, señor Gorbachov. En ciertas ocasiones, la soledad en política es un buen síntoma.

 –Mitterrand dijo exactamente lo mismo. Pero no es una cuestión psicológica. Lo que me inquieta es el inmovilismo. A nivel local, el aparato comunista puede trabar todas las transformaciones. Necesito cierto apoyo para avanzar.

 –Es que ahí está el error suyo: el apoyo debe llegar desde la ciudadanía. Así se legitiman los liderazgos democráticos. Deje de pensar en términos partidarios.

 –En mi país la sociedad todavía es un apéndice del partido, primera ministra. Su valor es nulo. Carece de autonomía, voluntad y pedagogía política. Para ser claro: es una niña que ni siquiera sabe caminar. Hasta ahora, el partido la llevó en brazos. ¡Más de setenta años, en brazos! ¿Entiende? ¿Cómo quiere que decida algo?

 –Eso está a punto de cambiar. Ya verá el día después de los comicios.

 –Sobrestima al individuo soviético y subestima al PCUS. Craso error.

 –Sáquese presión, hágame caso. No quiera dirigir todo. Descanse. Guarde la libido política para lo que viene. La necesitará.

 –“Lo que viene”, “lo que viene” … Todos los líderes occidentales me hablan del futuro –rezonga el presidente.

 –No es un mal sitio el futuro –devuelve ella con ironía–. Un marxista lo debería saber.

 –Para mí, el futuro es este lunes 15 de mayo. Dentro de unas pocas horas. Espero continuar al mando de esta nave, primera ministra.

 –Relájese. Hablaremos en el futuro. Mucha suerte, señor Gorbachov.

"Usted se preocupa demasiado por las compañías, señor Gorbachov. En ciertas ocasiones, la soledad en política es un buen síntoma."

                                                                                        * * *

–Séptimo, séptimo, ¡séptimo, primera ministra!

 –A mí también me ha sorprendido, no le voy a mentir, señor Gorbachov.

 Es junio de 1996, las elecciones presidenciales en la Federación de Rusia dejan en segunda vuelta al “independiente” Boris Yeltsin y al líder comunista Guennadi Ziugánov. La gran sorpresa de los comicios es Mijaíl Gorbachov, a quien el 99,5% del electorado le ha dado la espalda. 

 –Ha sido un golpe muy duro: 0,5% de los votos. Nunca imaginé algo así. Una cosa es la traición de un excompañero como Yeltsin; ahora, otro asunto es que el pueblo entero me dé la espalda. He dejado todo para que esa gente tenga la posibilidad de elegir a sus gobernantes.

 –No tenía otra posibilidad, señor Gorbachov. Debía intentarlo. La retirada, como táctica, a veces, es necesaria; pero la retirada, como política estable, mina el alma. Créame –lo consuela ella, mientras le sirve té negro.

 El encuentro sucede en el distrito londinense de Belgravia. La mansión de la exprimera ministra, ubicada en el número 73 de la calle Chester Square, cerca de las propiedades donde vivieron Churchill, Chamberlain y Baldwin, tiene un marcado estilo georgiano: fachada simétrica, elegante, perfeccionista, con balcones sofisticados de hierro, dos boquillas similares de chimenea y ladrillo pintado íntegramente con un blanco liso y cremoso, sin ninguna mancha. También hay rastros de Realpolitik: una puerta de acero a prueba de bombas, diez ventanas de vidrio y policarbonato a prueba de balas y un custodio a prueba del aburrimiento que significa vigilar a una política a la que el poder ignora hace más de ocho años.

 El diálogo entre ambas figuras fluye en un solo nivel, el del afecto. No hay escena detrás de escena. Ni armaduras, como antes. Por vez primera, tiempo y espacio convergen. Las palabras pertenecen íntegramente al que las pronuncia. Nada de ausentes presentes o encargos de negociaciones. Las latencias son largas. No hay interrupciones. Ambos se escuchan.

 –¿Cómo se encuentra Raísa? –quiere saber la primera ministra.

 –Bien. Ahora en Camerún. Está trabajando mucho con la fundación. Por suerte, ella disimula mis fracasos –sonríe Gorbachov, intentando compensar la gravedad de la última palabra.

 –¿Fracaso? Cuide el vocabulario, señor Gorbachov –firme, suelta la primera ministra.

 –¿Cómo lo llamaría?

 –Señor Gorbachov, hay líderes que calientan la historia y otros que la enfrían. A usted le ha tocado esta segunda tarea. Quizá no sea épica como destapar una revolución, pero, créame, le ha hecho un gran favor al mundo.

 –Raísa dice algo parecido.

 –Y recuerde que esto no es una partida de ajedrez en solitario. Un ruso lo debería saber mejor que nadie. Hay otras voluntades, ambiciones y mentalidades en el tablero.

 –Lo sé. Pero me cuesta digerir la traición de Yeltsin. Nunca la superaré. Koestler decía que el olvido era contagioso. Yo creo que el rencor es contagioso.

 –Dígamelo a mí. Por lo menos, su traición tiene propietario. En mi caso, no sé si fue el partido, Lawson, Howe, Major, todos ellos… Ninguno de esos caballeros tuvo la hidalguía suficiente para hacerse cargo de la jugada política con la que me desplazaron del poder. Quizá el anonimato sea lo peor. Porque la culpa es doble: no haber visto la trama que se estaba tejiendo y tampoco saber quién fue. Mi resentimiento, por las dudas, se acuerda de todos. En cada desayuno, en cada ida al supermercado, en cada noticiero, en cada insomnio: todos ellos están presentes.

 –Esa es la traición perfecta –se recupera Gorbachov, quien entiende que le toca aparcar su malestar y ser comprensivo con la primera ministra–. Está la sangre, está el arma, está el dolor, falta el homicida.

 –Eso yo lo llamaría Política, con mayúscula –vuelve a su tono certero ella–. Y es lo que más me carcome. Que me hayan jugado así, y yo ni siquiera haberlo previsto.

 –Lo veo diferente, primera ministra. Para mí, la traición comienza cuando agoniza la política. Es impotencia. Es debilidad. Es la destrucción de la palabra.

 –A veces, traicionar es crecer, señor Gorbachov. Para subir la escalera, hay que arrojar algunos cuerpos al vacío. Eso es política. Eso es democracia. Si no, es imposible; cientos de personas escalando al mismo tiempo por unos peldaños angostos, finos y resbaladizos. No hay sistema representativo que aguante tanta ambición.

 –Entonces, ¿el honor no cuenta? ¿Vale todo? Estoy seguro de que no piensa así.

 –El honor es una medalla de consuelo para los perdedores. Una forma de mantenerlos dentro del juego. Ningún sistema pacífico puede sobrevivir sin un mínimo de traición, señor Gorbachov. Es un dique contra la violencia, contra la guerra, contra la muerte. Forma parte del instrumental que tenemos para disputar el poder sin recurrir a las armas.

 –Lo veo al revés. La traición desestabiliza, rompe los códigos, la camaradería, la confianza. Indica que el reglamento no sirve. Es la puerta hacia la anarquía. En efecto, qué es un anarquista sino un traidor metódico y permanente al orden.

 –Ya aflora la nostalgia soviética –descomprime Thatcher, con una sonrisa larga y cómplice–.

 Gorbachov acompaña con una carcajada sincera.

 –Será cuestión de admitirlo, señor Gorbachov.

 –¿Admitir qué?

 –Que nuestra época ya ha pasado. Considérese satisfecho si lo invitan a las fechas patrias y a dar conferencias.

 –Tampoco estoy de acuerdo. Soy un hombre hecho para la democracia. Mi mejor versión está adelante, no atrás.

 –Guarda que la democracia jubila a sus políticos. Siempre. Más allá de los servicios que estos hayan prestado. No es como en los totalitarismos, donde se los acompaña hasta el féretro.

 –Coincido, coincido… Solo pienso que la democracia rusa me dará la oportunidad para conducirla. Sería justo. Yo presencié su parto. Yo luché contra Yeltsin y sus camaradas para que naciera.

 –¡Pobre Raísa! Testarudo el hombre…

 –¿Y Denis? Calculo que también debe tener problemas con “la dama que no gira” –entre risotadas, Gorbachov dibuja, varias veces, con las manos las comillas.

 La primera ministra sonríe. Sus mejillas se han puesto coloradas. Tomando un largo sorbo de su taza de té, intenta esconderlas.

 –En algo coincidimos, ¿ha visto? –la ayuda Gorbachov a salir del momento vergonzoso–.

 –Tiene razón, señor Gorbachov. En algo coincidimos.

  

"A veces, traicionar es crecer, señor Gorbachov. Para subir la escalera, hay que arrojar algunos cuerpos al vacío. Eso es política. Eso es democracia. Si no, es imposible; cientos de personas escalando al mismo tiempo por unos peldaños angostos, finos y resbaladizos. No hay sistema representativo que aguante tanta ambición."