A favor de la intimidad

A 25 años del estreno argentino de Gran Hermano, la diferencia entre lo público y lo privado, entre el ámbito social y el íntimo, se disolvió sobre las nuevas posibilidades tecnológicas y una noción de intimidad signada por la exhibición.

por Ingrid Sarchman

Al principio fue la calle y el vidrio

Estoy obsesionada con la exhibición de la intimidad ajena. Ni siquiera la busco, allí está esperando que yo la mire y confirme mi obsesión. Porque en una época marcada por la imagen exhibida, nadie puede negar que intimidad y exhibición son (casi) la misma cosa.

Quiero aclarar que mi obsesión va más allá del gusto por el chimento mediático. Nunca fui alguien especialmente curiosa de ese género. No lo digo como virtud ni como defecto. Simplemente pasó así. Solía hojear las revistas en la peluquería o en algún consultorio, o con la vieja práctica del zapping, sintonizar algún programa del estilo, pero me aburría rápido. Sin embargo, las cosas cambiaron a comienzos del 2001 con la primera transmisión de Gran Hermano en nuestro país. 

El formato, creado en 1999 por el holandés John de Mol, proponía encerrar por una cantidad de tiempo determinada ―más o menos 4 meses― a un grupo de personas en una casa comunitaria. En cada ambiente habría cámaras que transmitirían las 24 horas para un público masivo que, con su voto, iría expulsando a cada participante hasta definir al ganador. En nuestro país, los derechos fueron adquiridos por Telefé y el programa de presentación se transmitió en vivo y para todo el país desde marzo hasta junio de ese año.

Pero lo que parecía novedoso y revolucionario ―husmear en la vida privada de gente común― no lo era tanto. Un año antes, la actriz chilena Daniela Tobar había aceptado formar parte del proyecto Nautilus, casa transparente. Ideado por el arquitecto Arturo Torres, se trataba de la construcción de una casa de vidrio en pleno centro de la ciudad de Santiago. 

La idea era que la chica hiciera su vida normal con el pequeño detalle de hacerlo a la vista de todos, y eso incluía bañarse (desnuda) y hacer sus necesidades. En esos momentos no solo se acumulaba más gente, sino que se escuchaban gritos que iban de los “bravo” enfervorizados a los improperios. Se sabe que a veces, el público se comporta de maneras imprevistas. Fue tanto el alboroto que a las dos semanas la chica abandonó la casa y fue reemplazada por una actor hombre. El cambio bajó el entusiasmo y el ánimo vouyerista mermó.

Un análisis apurado entendió que esta reacción era el resultado de una sociedad machista y misógina y dejó el asunto ahí. Nadie, o casi nadie, reparó que se estaba corriendo el eje de la pregunta principal ¿por qué consumimos intimidad ajena?

Por eso, que un año después, se ofreciera un programa donde un conjunto de desconocidos se encerrara voluntariamente en una casa durante cuatro meses para mostrarse ante los demás, no podía sorprender a nadie. La novedad no estaba tanto en las razones de su consumo, después de todo, que desde los medios se husmeara en la en la intimidad ajena ya era moneda corriente desde la creación del Star System hollywoodense. Lo novedoso, en este caso, estaba menos en el contenido y más en los sujetos de esa exposición.

Si algo había enseñado la experiencia chilena, era que el público gozaba de su anonimato y podía darse el lujo de convertirse en turba en la medida que su cara se confundiera con el resto. Así, los excesos, los insultos propios del estado de ánimo exaltado, podían desarrollarse y pasar desapercibidos en el mismo gesto. Pero Gran Hermano parecía proponer lo inverso: que esos anónimos ocuparan la pantalla y que lo hicieran mostrando su vida privada. 

Cuentan que al primer casting asistieron más de 120.000 personas y que la cola para pasar a hacer la prueba se extendió por más de cuatro cuadras. Era evidente que esta vez las personas anónimas y comunes habían decidido cambiar de bando. 

Reflejos en el LCD y el plasma

En la experiencia chilena la performance estaba a la vista, los hilos estaban ahí, el vidrio como material concreto diferenciaba un espacio público, anónimo de uno íntimo y con nombre propio. Después de todo, Daniela Tobar se definía como actriz y se ofrecía al público como tal. 

Sin embargo, los primeros postulantes de Gran Hermano eran realmente “gente común”. Y aunque 25 años después, las redes sociales hayan puesto en duda la categoría, a principios de los 2000 todavía podía sostenerse como tal. Buscaban fama, sí, pero esta búsqueda estaba sostenida en algún atributo. La diferencia entre lo público y lo privado, entre el ámbito social y el íntimo todavía tenía un sentido más o menos claro.  La gracia, en ese caso, era que las cámaras de televisión se metían en la intimidad de una casa real. 

Gran Hermano propuso dos movimientos: el primero venía a ampliar el escenario ya establecido por las ficciones de gente común en escenarios reconocibles, el segundo agregaba una pregunta nueva: ¿por qué a la gente común le interesaría exhibir su intimidad?

Imagen editable

En ese sentido, vale recordar que un tiempo antes, en 1995, el actor Adrián Suar había fundando POLKA, una productora de TV que no solo propuso contenidos novedosos, sino que contó historias ubicadas en escenarios reales. Si hasta ese momento, el alquiler de casas particulares era exclusivo del cine o de la publicidad, POLKA lo trajo a la televisión abierta. 

Por ejemplo, en 1999, la tira Gasoleros, que se transmitía todas las noches por Canal 13, contaba la historia de amor entre Roxi (Mercedes Morán) y Panigazzi (Juan Leyrado). Ella era taxista y él mecánico de autos. Ella estaba casada, él era viudo y ambos estaban cerca de los 50. No solo era una comedia de amor, sino que era especialmente, una historia de gente común viviendo en lugares comunes (que además eran reales). Lejos quedaban las novelas de Andrea del Boca de tramas grandilocuentes que se desarrollaban delante de escenografías ficticias de mansiones ídem. 

Así, de manera simultánea, la ficción y la realidad coincidieron en el mismo punto: el éxito en la exhibición de la intimidad de gente anónima y común. Podría pensarse que el atractivo estaba relacionado con algún tipo de identificación. Algo del estilo “mirá, tienen el mismo sillón que nosotros”, pero había algo más, los vientos empezaban a soplar en otra dirección. 

Si hasta ese momento, el consumo de la intimidad ajena se centraba especialmente en los “famosos”, eran ellos mismos lo que empezaban a formar parte de una ficción más intimista en escenarios más reconocibles, Gran Hermano propuso dos movimientos: mientras el primero venía a ampliar el escenario ya establecido por las ficciones de gente común viviendo historias ordinarias en escenarios reconocibles, el segundo agregaba una pregunta nueva: ¿por qué a la gente común le interesaría exhibir su intimidad? La respuesta estaba creciendo en el campus de la universidad de Harvard, aunque ya había sembrado algunas semillas con la llegada de internet a los hogares.

La identidad sobre un fino colchón de cristal líquido

Red social es una película del 2010, escrita por Aaron Sorkin, dirigida por David Fincher y protagonizada por Jesse Eisenberg en el papel de Mark Zuckerberg. Y aunque no es estrictamente una biopic del creador de Facebook, queda claro, desde el principio, qué pasaba por su cabeza en el momento de su invención. Incluso, aclarando que se trata de una ficción, y que es probable que se hayan inventado algunos eventos con fines dramáticos, todos sabemos que el joven Mark era un estudiante de sistemas algo nerd que cursaba en la prestigiosa universidad de Harvard hasta que algo pasó.

En la primera escena vemos a Mark tomando una cerveza con la que, en apenas unos segundos será su ex novia. Ella le dice que no quiere seguir saliendo con él, él se resiste, le dice que a lo mejor tienen hambre, que mejor pidan algo para comer, pero ella ya tomó la decisión. En la siguiente escena lo vemos correr por el campus, esquivando todo lo que se le cruza, parece que está decidido a hacer algo, pero todavía no sabemos qué. Llega a su habitación, abre su notebook y empieza a tipear frenéticamente. 

Sospechamos, porque ya conocemos el final de la historia, que en esos momentos se está gestando uno de los inventos más importantes en lo que va de nuestro siglo: las redes sociales. Efectivamente, el joven Zuckerberg, despechado y un poco borracho, hackea las fotos de las chicas del campus y las expone en una especie de concurso on line para que los hombres elijan a la más linda a partir de un sistema de desecho y selección. Al juego le dará el nombre de “Facemash” y hará colapsar, esa misma noche, el servidor de la universidad. Días después, y por obvias razones, deberá cerrarlo con pedido público de disculpas, aunque, para esa altura, las bases de la futura Facebook ya estarán cimentadas. 

Pero mientras el juego parece ser una especie de revancha colectiva de los hombres hacia las mujeres traicioneras, vemos que Zuckerberg hace algo más. Abre su blog personal y narra sus desventuras amorosas, reservándole a su ahora ex novia, burlas sobre el tamaño de su pechos y algún chiste poco elegante relacionado con el apellido de la chica. Y aunque la película no se centra en ese asunto, el mismo funciona como complemento para entender la escena completa, no solo de la película, sino de la época. Facebook tiene sentido porque ya existía la voluntad de exponerse ante los demás, de narrar episodios de la vida personal y estos contenidos ya tenían un público que los consumía. Solo faltaba una plataforma que concentrara en un mismo lugar todas las biografías.

En el libro ya clásico La intimidad como espectáculo, Paula Sibilia menciona que el modelo confesional  del blog funcionó en sus orígenes como un diario íntimo a cielo abierto. Ella le da el nombre de “diario éxtimo” 

(…) según un juego de palabras que busca dar cuenta de las paradojas de esta novedad, que consiste en exponer la propia intimidad en las vitrinas globales de la red. Los primeros blogs aparecieron cuando el milenio agonizaba; cuatro años después existían tres millones en todo el mundo, y a mediados de 2005 ya eran once millones. 

Que a fines de los noventa, los hogares empezaran a disponer de internet en sus computadoras personales, que las personas empezaran a familiarizarse con la digitalización de la imagen, habilitó también a recuperar viejas prácticas con nuevos formatos. Al respecto, Sibilia dice que (los blogs) “serían versiones simplemente renovadas de aquellos cuadernos de tapa dura, garabateados a la luz trémula de una vela para registrar todas las confesiones y secretos de una vida”. Pero ese cuaderno de tapa dura traía, en la mayoría de los casos, un candado y una llave. Las confesiones y los secretos de una vida permanecían ocultos a la vista de los demás. La cerradura y la llave funcionaban como límites entre la vida pública y la privada. Lo íntimo era el secreto inconfesable y por eso mismo, inaccesible.

Si la imagen decimonónica es la de la escritura a mano bajo la luz tenue en un escritorio con cajones cerrados ¿qué motivó el cambio de signo un siglo después? ¿Cuáles fueron las predisposiciones subjetivas que rompieron el candado, tiraron la llave y lo mostraron orgullosamente bajo la luz fuerte de las pantallas LED?

Facebook tiene sentido porque ya existía la voluntad de exponerse ante los demás, solo faltaba una plataforma que concentrara en un mismo lugar todas las biografías

La pregunta, en este caso, no es por el consumo de la vida privada, ni por la curiosidad que despiertan los secretos ajenos. Eso existe desde tiempos inmemoriales y la historia está plagada de ejemplos. Basta con recordar el apartado de El proceso de la civilización de Norbert Elías que describe la manera en la que los cortesanos aprendieron a disciplinar al cuerpo reemplazando las luchas físicas por unas más mentales. La espada fue reemplazada por las palabras. Las palabras dichas a media voz, los silencios planificados, los gestos del rostro reducidos a su mínima expresión moldearon un tipo de subjetividad cuyo objetivo era enmascarar los sentimientos en el espacio público. Al fin y al cabo, cualquier demostración de sentimientos podía ser signo de debilidad y una ventaja para los enemigos. Por eso, los secretos se guardaban y su develamiento era tanto o más valioso que el oro. 

En ese sentido, Facebook demostró que en una sociedad conectada de manera constante, los secretos son valiosos en la medida que pueden ser revelados ante un público determinado. Zuckerberg lo entendió a costa de un desengaño amoroso.

Réquiem para el anonimato

En honor a la verdad, ese desengaño nunca existió, o sí, pero no del modo en el que se cuenta en la película. En 2003, Zuckerberg ya estaba en pareja con Priscilla Chan, su actual pareja y madre de sus tres hijos. En la ficción, ellos se vuelven a cruzar unos años después en un restaurante y de casualidad. Él se acerca, la mira y le pregunta ¿Erica, usás Facebook? La chica lo mira incómoda, pero no le contesta. Intuimos que ella también ha sucumbido a la tentación de diseñar y exhibir su vida ante los demás. 

Y aunque la escena es breve y parece haber sido incluida a modo de revancha, recuerda, una vez más, que la verdadera revolución facebookiana fue la de sacar del anonimato a gran parte de los internautas. Si hasta su llegada, el blog era el espacio narrativo por excelencia, era, especialmente, anónimo. El modelo confesional del diario íntimo funcionaba en la medida que no exigía revelar la verdadera identidad. Lo mismo sucedía con las salas de chat y con otros tantos espacios que podían ser “surfeados” por los navegantes en secreto.  

Las primeras experiencias en la web acrecentaban la tendencia propia de la segunda mitad del siglo pasado: el repliegue en el ámbito privado. Una tendencia que ya había sido largamente desarrollada por Richard Sennett en El declive del hombre público. El libro, escrito en 1978 hacía hincapié en el abandono progresivo de la vida pública, a partir de la década del cincuenta. Resultó ser que las promesas revolucionarias de los últimos doscientos años ―las políticas, las económicas y las simbólicas― habían derivado en guerras (dos de ellas mundiales), hambrunas y mayor desigualdad social.

Por otro lado, el desarrollo de la industria blanca ―asociada con la fabricación en serie de electrodomésticos como heladeras, lavarropas y cocinas― acrecentó la idea de que “no hay nada mejor que casa”. En simultáneo, proliferaron los discursos de autoayuda y la idea de que el éxito y el fracaso dependían exclusivamente de uno mismo. “Multitud de personas están comprometidas como nunca antes con sus singulares historias vitales y emociones particulares” advierte Sennett. Podría pensarse que los blogs hayan sido el resultado finisecular de esa obsesión ligada al modelo confesional. 

Las primeras experiencias en la web (el blog anónimo) acrecentaban el repliegue en el ámbito privado de la segunda mitad del siglo pasado; Facebook cambió las reglas del juego

La disponibilidad técnica potenció un modo de expresión centrada en el YO sin ningún tipo de referencia. El anonimato permitía existir en función del propio deseo y exhibirlo desde una pantalla, un teclado y una conexión a la web. 

Pero Facebook, como dijimos más arriba, cambió las reglas del juego. Ahora, no solo se trataba de exponer fragmentos de intimidad, sino de construir una biografía de largo alcance que pudiera conectarse a otras personas, referenciarse en espacios reales y en otros sujetos igual de autobiografiados. La posibilidad de etiquetar perfiles y lugares funcionó (y lo sigue haciendo) como garantía de existencia mientras que el anonimato se castiga con la sospecha y en el peor de los casos, con el cierre del perfil falso. Una vez más, si Facebook cambió las reglas del juego ¿por qué las aceptamos? Porque nos hacen sentir que formamos parte de algo, que somos reconocibles y reconocidos con apenas un like.

Bajo los efectos del óxido de indio y estaño

La pregunta sobre la voluntad de exposición no puede estar disociada de las tecnologías que la sostienen. No pasa desapercibido que la incorporación de la pantalla táctil a los smartphones, a principios del 2010 trajo consecuencias concretas sobre el cuerpo físico. El reemplazo de teclas plásticas por una presión imaginaria modificó (y lo sigue haciendo) la manera en la que nos relacionamos con los dispositivos y con las imágenes que producimos y consumimos con y en ellos. Las pantallas táctiles están hechas de óxido de indio y estaño, una combinación de luz y electricidad. Lo visible se vuelve transmitible. 

De alguna manera, el smartphone anudó dos hilos distintos pero complementarios: el de la voluntad de narración y exhibición en primera persona (y con nombre y apellido) y la disponibilidad técnica. Al fin y al cabo, las escenas se montan mejor cuando hay buena luz, buen sonido, capacidad de transmisión y de ubicación geolocalizable. Que Instagram naciera junto a esa tecnología confirmó algo que ya se intuía: la preeminencia de la imagen narraba en primera persona más rápido y mejor. Y si bien es cierto que, en primera instancia, esta red se sostuvo en el valor de lo vintage recuperando la estética de las viejas polaroids, en poco tiempo, los paisajes fueron ocupados por personas y los textos breves por párrafos más amplios. Sin embargo, las diferencias con Facebook se hacían cada vez más evidentes.

Si Facebook había enseñado a narrar la vida en un “muro” primero  y en una “biografía” después, a interactuar con “amigos”, a agregarse, eliminarse o silenciarse, Instagram tomaba esos saberes y lo adecuaba a una pantalla customizada. Que los teléfonos tuvieran cámaras cada vez más sofisticadas y que la aplicación ofreciera filtros cada vez más variados para modificar el rostro humano, era (y sigue) siendo la mejor evidencia de que todo está a la mano. Y por eso, Instagram funciona mejor y especialmente en el teléfono celular, tanto para publicar como para mirar las publicaciones ajenas. El dispositivo pegado al cuerpo devino en un bloc de notas interactivo. Un tipo de superficie en el que se escribe sabiendo que el algoritmo encontrará a los lectores ideales sin mayores esfuerzos. 

¿Límites? ¿Qué es un límite?

En Instagram existe un grupo de escribientes del bloc a las que podría ponérsele el mote de “mamis influencers”. Más o menos duchas en el área de pediatría o psicología infantil, podrían definirse como mujeres de mediana edad que atraviesan o atravesaron la experiencia del embarazo, el puerperio y la crianza, y en base a sus experiencias, dan consejos mientras las marcas las fichan para que promocionen sus productos. Algunas tienen tanto éxito que arman una empresa alrededor de su nombre. Contratan a un CM (community manager), llevan a cabo alianzas con médicos pediatras, nutricionistas y todo tipo de especialistas asociados al rubro. Otras, en cambio, son mucho más humildes y se conforman con menos. Pero hay algo que todas comparten: la imagen de sus hijos.

El rango etario de estos chicos varía, pero abarcaría desde la exhibición del test de embarazo positivo (en general el video se graba en un baño, frente al espejo en el que se adivina el inodoro en el que probablemente se haya orinado para llevar a cabo el test) hasta el momento en el que reciba su diploma del secundario o, en el mejor de los casos, en el que el hijo se niegue a aparecer en cámara.

[A la compulsión por mostrar a los hijos menores de edad se le ha dado el nombre de parentsharing y su análisis merecería otro artículo. Aquí vale su mención para dar cuenta de las consecuencias de la exhibición de la intimidad. Tal vez, en unos años, cuando esos chicos crezcan y vean sus fotos o videos en situaciones no del todo deseadas hagan algo al respecto. Existen algunos antecedentes relacionados con acciones judiciales, pero mientras tanto, las cosas suceden]. 

Si Facebook había enseñado a narrar la vida en una “biografía”, a interactuar con “amigos”, a agregarse, eliminarse o silenciarse, Instagram tomaba esos saberes y lo adecuaba a una pantalla customizada

Hace unos años, una de las mamis más reconocidas en el ambiente quiso celebrar junto a sus seguidoras que una de sus hijas había dejado los pañales. Entonces tuvo una idea: vistió a la nena con un vestido largo y acampanado  y la sentó en el inodoro (que, por suerte, quedó tapado por el vestido). Le pidió que sonriera (o tal vez ella lo hizo por propia voluntad, después de todo estaría acostumbrada a la cámara desde el vientre materno) y debajo de la foto escribió “chau pañales” sin dejar de agradecerle a la marca por el acompañamiento a lo largo de todos esos años y alguna cosa más. Tuvo miles de likes y comentarios que la felicitaban (a ella porque la nena todavía no sabía leer). 

Por si no quedó claro: una madre sube la foto de su hija en el inodoro haciendo pis. Que pase desapercibida y que incluso sea celebrada masivamente solo confirma que los límites entre lo público y lo privado, lo posible de ser mostrado y lo que no, están siendo corridos. En el 2014 se puso de moda ―por un tiempo breve― el hashtag #aftersex que consistía en subir una foto del momento posterior al sexo. El desafío parecía captar algo del momento posterior al éxtasis. 

Que las redes nos hayan acostumbrado a conocer los ambientes privados de casas en las que jamás hemos estado (y probablemente nunca estemos), que sepamos cómo lucen parientes, mascotas y sabanas de personas que no conocemos personalmente demuestra que el proyecto confesional intimista ha tenido mucho más éxito que el esperado. La pregunta ya no es por qué alguien querría mostrar su intimidad, sino cuál es el límite de lo exhibible. Si el modelo imperante es el confesional, ¿hasta dónde estaríamos dispuestos a confesar en nuestro bloc virtual? ¿Cuál es el límite de lo decible y representable? ¿Qué es aquello que no estamos dispuestos a mostrar? 

Una respuesta rápida no podría dejar de mencionar la cuestión estética. No importa qué se muestre, sino cómo se muestre. 

Después de todo, habrá que hacerle caso a Boris Groys cuando señala que en el mundo actual todos somos artistas y diseñadores de nosotros mismos y que, en ese sentido, nuestra primera responsabilidad ya no es ética sino estética. ¿Acaso se trata de diseñar una estética dedicada a moldear nuestros secretos y obsesiones para que sean tolerables (y por qué no likeables) a la vista ajena? Sigo obsesionada con el tema.

En el mundo actual todos somos artistas y diseñadores de nosotros mismos y que, en ese sentido, nuestra primera responsabilidad ya no es ética sino estética