A favor de las ideas radicales

Vivimos un tiempo radical, atravesado por eventos brutales, caóticos, inesperados, insólitos e insurreccionales respecto de un orden anterior. En este contexto, surgen ideas radicales, que no se adaptan al “sentido común” de la época y crean nuevas conexiones. Este tiempo, comunmente percibido, capturado y resignificado por la derecha, nos invita a preguntarnos si quizás ya no es hora de que la izquierda salga de su postura defensiva y asuma un destino afirmativo.

por Luis Diego Fernández

La auténtica esencia del "radicalismo" es la conservación del origen. Las "revoluciones" son formas aparentes del "radicalismo", que conducen directamente a ese poder de lo revolucionado que ahora ha quedado desencadenado. 

Martin Heidegger, Cuadernos negros. Reflexiones XII, 1939.

El filósofo español Paul B. Preciado en su último libro Dysphoria mundi (2022) nos recuerda lo que dice Hamlet en la escena quinta del acto primero en la célebre obra de William Shakespeare cuando el protagonista habla con el fantasma de su padre y descubre que este ha sido asesinado por su tío: “Time is out of joint”. Frase de difícil traducción que podría remitir a los siguientes significados: “el tiempo se ha salido de sus bisagras”, “el tiempo se ha desajustado”, “el tiempo está descontrolado” o “el tiempo está desquiciado”. No resulta casual que Preciado se sirva de la potencia de esta expresión para caracterizar el devenir histórico que atravesamos luego de la pandemia (de la que ya nadie parece querer hablar, como si fuera un trauma colectivo que conviene olvidar rápidamente) en el que comenzamos a percibir de manera evidente que algo abruptamente se había roto y los sucesos que recién comenzábamos a vivenciar eran el testimonio más brutal de lo anunciado por Hamlet: el tiempo había mutado. Preciado sitúa el antecedente metafórico de esta temporalidad siniestra en el incendio de la Catedral de Notre Dame el 15 de abril de 2019 como alegoría política de lo que se avecinaba: el 31 de diciembre del mismo año las autoridades taiwanesas le comunicaban a la OMS la existencia de casos de una neumonía grave de origen desconocido en la ciudad de Wuhan. Finalmente, el 9 de enero de 2020 el gobierno chino anuncia al mundo la primera muerte causada por coronavirus. Más adelante, el ciclo pandémico se vio intervenido por un acontecimiento inédito: el asalto al Capitolio de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021 por parte de una multitud armada de seguidores del presidente Donald Trump que se negaba a reconocer la derrota frente a Joe Biden. La cereza en el postre de esta intensidad temporal la colocará el envío de tropas armadas de Rusia a Ucrania el 24 de febrero de 2022 iniciando una guerra que aún continúa luego de casi cuatro años. 

Efectivamente, desde hace por lo menos un lustro asistimos a una ruptura en la dinámica temporal; quiebre del que sin embargo ya se mostraban previamente ciertos indicios nada menores (la crisis subprime en 2007 y 2008, el Brexit el 23 de junio de 2016 y la victoria del primer Trump el 8 de noviembre de 2016), un conjunto de anomalías que producían disrupciones significativas en la segunda “pax americana” que vivimos luego de la caída del Muro Berlín y la disolución de la Unión Soviética hasta entrado el siglo XXI en el marco de la globalización económica-tecnológica y el llamado “fin de la historia”. La llegada de la tormenta pandémica del COVID-19 catalizó el movimiento de las placas tectónicas sociales, políticas y culturales y mostró de manera desencarnada y pornográfica la pulverización de un orden, así como la disolución de lo verosímil, razonable, posible e imaginable que era contenido por este consenso legal y moral. Este acontecimiento que estamos habitando desde hace por lo menos una década en general y con contundencia desde hace cinco años se caracteriza por la radicalidad y la ruptura del ideario normativo y conceptual de ciertas pautas del mundo occidental posterior a 1945 que podemos llamar, a grandes rasgos, “liberales” o “republicanas” que eran compartidas por posiciones progresistas y conservadoras que tendían hacia el centro. Todo eso cambió y quizá la mejor síntesis del presente instintivo, pulsional, deseante e inmoderado que vivimos lo sintetice la declaración de Trump luego de la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero del presente año en Caracas cuando frente a la pregunta de un periodista del New York Times sobre la existencia de límites para decidir las intervenciones militares estadounidenses en el extranjero afirmó: “Sí, hay una cosa. Mi moral. Mi mente. Es lo único que puede detenerme. Yo no necesito del derecho internacional”. El trumpismo en su versión 2.0 condensó desde su inicio el 20 de enero de 2025 el signo de la radicalidad contemporánea que hace literalmente que cualquier declaración de Trump deba ser tomada muy en serio por más delirante que parezca en primera instancia. En esta dirección el creciente interés de manera persistente de apropiarse de Groenlandia por parte de Estados Unidos, por vía comercial o militar, de ningún modo es un disparate sino un signo más del mismo devenir histórico propio de un tiempo que indudablemente se salió de sus clavijas y ya no responde a las mismas categorías con las que pensábamos “lo razonable” o la “lógica” política pero también filosófica. No se trata de una puja entre racionalidad e irracionalidad sino más bien que la racionalidad histórica previa ya no se encuentra más operativa para describir la configuración del mundo actual y asistimos a la emergencia de una nueva racionalidad visibilizada específicamente a partir de la década del veinte del siglo XXI. 

Vivimos un tiempo radical, atravesado por ideas radicales, pero este tiempo fue percibido, capturado y resignificado por la derecha dejando a la izquierda en un desierto que resulta alternativamente intrascendente, patético u obsoleto.

Imagen editable

Frente a la constatación de la sucesión de eventos brutales, caóticos, inesperados, insólitos e insurreccionales respecto de un orden anterior, una de las primeras reacciones es la defensiva, proteger las normas y cuidar “lo bueno” del idilio de la paz anterior (que en rigor habría que problematizar si realmente fue así). Esta fue la posición que el progresismo asumió de manera nítida desde hace por lo menos una década, pero en verdad quizá deberíamos retroceder hasta el inicio del siglo XXI. La postura progresista descansaba sobre la protección de cierto orden burocrático del bienestarismo liberal (cada vez más difícil de financiar) que devino a la postre en una afinidad insípida y pacata por la moderación, el estatismo y la corrección política. La radicalidad que décadas pasadas dotaba a la izquierda de su impertinencia, osadía, innovación conceptual y sensualidad se había desvanecido por completo. Pensemos que los elementos creadores, subversivos, anárquicos, libertinos y transgresores de la censura eran constitutivos del pensamiento de izquierda durante las décadas del sesenta y setenta en nombres propios de intelectuales como Michel Foucault, Gilles Deleuze o Félix Guattari o de cineastas como Jean-Luc Godard, Pier Paolo Pasolini, Michelangelo Antonioni o Rainer Werner Fassbinder, pero extensibles hasta las primeras formulaciones de la teoría queer (creada al margen del Estado al interior de la contracultura de New York y California) entre 1980 y 1990. Esa radicalidad de izquierda, crítica y verdaderamente enriquecedora en su apertura de nuevas perspectivas, salvo excepciones puntuales, no existe más hace por lo menos dos décadas. 

Vivimos un tiempo radical, atravesado por ideas radicales, pero este tiempo fue percibido, capturado y resignificado por la derecha dejando a la izquierda en un desierto que resulta alternativamente intrascendente, patético u obsoleto. Las dos versiones del trumpismo, en particular su segunda declinación, son la muestra granítica de estos tiempos desplegados en el llamado auge de las nuevas derechas que gozaron de excelente salud luego de la pandemia, tomando a la victoria de Javier Milei el 19 de noviembre de 2023 como otro engranaje más en esta cadena erupciones volcánicas que quiebran “lo razonable”. La recuperación de las ideas radicales estos últimos cinco años hizo que la tradición libertaria actualmente viva su segunda edad de oro luego de la primera durante la década de 1970 en los Estados Unidos. El libertarismo, como pensamiento radical y utópico, encontró luego de 2020 un territorio fértil en el cual cosechar luego de décadas de sembrado en silencio y paciencia monacal. De predicar frente a grupos minúsculos a que el término “libertario” circule por medios masivos y mainstream, esta modificación no es tanto un efecto de la individualidad del propio Milei (aunque en gran medida su habilidad comunicativa reconocible fue just in time) sino precisamente de los tiempos que habitamos que fijaron condiciones de recepción que fueron más que auspiciosas para el florecimiento de las ideas radicales.

Un breve rastreo por la tradición libertaria torna claro como el agua el radicalismo de la misma cuando leemos estos cuatro pasajes de autores referenciales de su linaje. En la conferencia “Conservadurismo: un obituario” de 1960 Ayn Rand afirmaba: 

El “conservadurismo” siempre ha sido un nombre engañoso, impropio de Estados Unidos. Hoy en día, no ha quedado nada para “conservar”: la filosofía política asentada, la ortodoxia intelectual y el estado de cosas son en verdad colectivismo. Aquellos que rechazan todas esas premisas básicas del colectivismo son radicales en el sentido amplio de la palabra: “radical” significa “fundamentalista”. Hoy, los luchadores del capitalismo tienen que ser, no “conservadores” en bancarrota, sino nuevos radicales, nuevos intelectuales y, sobre todo, nuevos y dedicados moralistas.

   Milton Friedman en Capitalismo y libertad (1962) sostenía, en consonancia con Rand, que “el liberal del siglo XIX era un radical, tanto en el sentido etimológico, como en el sentido político. Su heredero moderno también debe ser radical”. El economista de la Escuela de Chicago, de igual modo que la novelista objetivista, subrayaba la necesidad de no conservar nada de su presente, en particular, obviamente, las intervenciones estatales asumidas como “razonables” tanto por izquierda como por derecha. Por su parte, Murray Rothbard en su Manifiesto libertario (1973) decía:

Todo credo “radical” ha sido acusado de “utópico”, y el movimiento libertario no es una excepción. Algunos libertarios incluso sostienen que no deberíamos ahuyentar a la gente por ser “demasiado radicales”, y que por lo tanto toda la ideología y los programas libertarios deberían mantenerse ocultos de la vista. En el campo del pensamiento estratégico, es conveniente que los libertarios presten atención a las lecciones de los marxistas. Si el libertario se niega a enarbolar las banderas del principio puro, del fin último, ¿quién lo hará? La respuesta es que no lo hará nadie, y por lo tanto otra gran fuente de deserción recientemente ha sido el erróneo camino del oportunismo.     

   Finalmente, en su clásico del paleolibertarismo Democracia: el Dios que fracasó (2001), Hans-Hermann Hoppe remarca que “los libertarios deben distinguirse de los demás practicando y defendiendo las formas más radicales de intolerancia y discriminación contra los igualitaristas”. Como vemos, en cada una de estas apreciaciones la radicalidad se encuentra relacionada con las siguientes cuestiones: el “fundamentalismo”, la “novedad”, la ruptura con el orden del statu quo del cual no hay nada que conservar, lo “utópico”, el rechazo de los oportunistas sin principios, el repudio de las políticas “gradualistas” como modos de negociación con el poder estatal o directamente la necesidad de desplegar formas extremas de discriminación contra todo igualitarismo. Esta muestra de intervenciones libertarias en su variedad de líneas internas (objetivistas, monetaristas, austríacas, minarquistas, anarcocapitalistas, paleolibertarias) coinciden en un núcleo de radicalidad como eje de su propuesta. No hay nada más lejano en estos textos libertarios que la actitud defensiva de la izquierda presente dado que el orden a “resguardar” en aquellos tiempos era alternativamente progresista o conservador pero convergente en la dimensión consensuada de cierta lógica estatizante, burocrática y normativa. Las nuevas derechas del siglo XXI se sirven de esta retórica para apelar a una actitud punk y contestataria que desprecia toda forma de moderación y acuerdo. La izquierda, por el contrario, completamente ajena a su impulso revulsivo de otrora, se guarece en la victimización, la endogamia y la defensa de “causas nobles” con procedimientos anticuados y maneras que buscan no importunar a nadie. Resulta evidente porque la radicalidad se encuentra como pez en el agua en el territorio de las nuevas derechas cuyo repertorio se sirve de relecturas de libros de la tradición libertaria que en algunos casos tienen más de setenta años pero que adquieren su actualidad remozados desde la cosmética y la memética de la virtualidad hiperbólica del siglo XXI. 

No es inteligente en ningún plano el rechazo de las ideas radicales porque ese gesto de alejamiento, en favor de lo “razonable”, también implica desprenderse de la dosis de locura necesaria para dotar a la política de una dimensión inventiva

Considero que no es inteligente en ningún plano el rechazo de las ideas radicales porque ese gesto de alejamiento, en favor de lo “razonable”, también implica desprenderse de la dosis de locura necesaria para dotar a la política de una dimensión inventiva. El pensamiento inmoderado y radical abre a nuevos imaginarios, quizá a primera vista esquizoides o psicotizantes, propios de una aspiración maximalista o utópica que no negocia nada de su construcción mental ideal, pero en el marco histórico que recorremos desde hace más de una década resulta necesario abrazarlo para poder surfear una época de gran mutación y de incertezas permanentes sin caer en clichés biempensantes o posturas defensivas lastimosas. Más aún, si se quiere recuperar la radicalidad perdida de la izquierda hay que fugar hacia “la idiotez” en el sentido en sentido en el cual la entendía Deleuze: para el idiota todo es posible, el idiota es alguien que cuestiona la creencia y el “sentido común” de la época, que no se adapta a “lo razonable” y crea nuevas conexiones que para el resto normalizado parecen imbéciles porque no tienen lógica, de ahí su “idiotez”; en este aspecto, el idiota es el germen de la virtualidad política, es decir, representa el momento previo de caos e indeterminación que permite pensar todo de nuevo. Son los “razonables” los que aún miran el mundo con anteojos obsoletos, mientras que el idiota encarna la posibilidad latente, desde una inacción aparente, del nacimiento de una nueva perspectiva. 

   Las ideas radicales de la tradición libertaria pueden resultar a menudo “idiotas” precisamente por su inaplicabilidad, pero ¿qué sentido tiene hablar de “aplicabilidad” cuando el orden pasado se dinamitó? Por otra parte, la "aplicabilidad" de las ideas es algo absurdo. Las ideas potentes nos abren los ojos a nuevas imágenes que a veces pueden ser horribles o distópicas respecto de lo real pero también diseñar paraísos o espacios deseantes inéditos. Además, un filósofo no hace "política pública" sino crea conceptos y en algunos casos nos da las pautas de nuevas formas de vida. Un filósofo no es un abogado ni un juez, incluso Immanuel Kant, modelo de pensador liberal-republicano y normativo, creó nociones que parecen el resultado de haberse tomado un LSD, solo pensemos en la demencia genial de algo llamado “imperativo categórico” que obliga a que frente a determinada situación todos actuemos del mismo modo por deber. Precisamente, por esta cualidad inventiva y fascinante siempre me atrajo el pensamiento radical, así sea de izquierda o de derecha, por caso: la filosofía heideggeriana, el libertarismo estadounidense, el hedonismo libertino, los franceses anarcodeseantes de mayo del 68 o la teoría queer proveniente de la cultura drag. Lo moderado en lo intelectual no tiene sentido cuando justamente el terreno de las ideas se constituye en una dimensión lúdica que nos permite crear imágenes con la mayor libertad posible.

   La política radical que vivimos hace más de una década recupera ideas radicales, pero no tanto porque los intelectuales creen esas ideas sino, contrariamente, porque son los acontecimientos de este mundo los que las producen. Los mejores filósofos son detectives o médicos: siguen la pesquisa y hacen diagnósticos en función de síntomas. Consecuentemente, estoy a favor de las ideas radicales básicamente por tres razones: en primer lugar, porque nos fuerzan a pensar todo sin condicionamientos ni miedos ni preconceptos ni red de contención, en tiempos de inmoderación y locura no hay nada que perder si pensamos siguiendo el delirio, al revés, hay todo para ganar; en segundo lugar, las ideas radicales nos permiten diseñar nuevos imaginarios quizá demenciales pero potentes y sexys, atractivos e idiotas a la vez, algo más que necesario para llamar la atención de los ciudadanos-usuarios en épocas de proliferación de datos e información continua; y, en tercer lugar, porque no hay forma que no apoye las ideas radicales dado que la tradición filosófica siempre destruyó desde la insumisión el “sentido común”, desde Sócrates y Diógenes hasta Nietzsche y Heidegger. Como filósofo me gusta pensarme adscripto a este camino anárquico, cínico y libertario.  

Lo que era impensable hace solo un par de años hoy no solo es posible sino en muchos casos fue actualizado, por eso el pensamiento radical es el más “realista” para operar transformaciones en la coyuntura

   Lo nuevo no surge de lo defensivo, por más que esta postura sea quizá necesaria provisoriamente y de modo táctico en ciertas instancias electorales, sino de lo radical. Lo que era impensable hace solo un par de años hoy no solo es posible sino en muchos casos fue actualizado, por eso el pensamiento radical es el más “realista” para operar transformaciones en la coyuntura. Si la izquierda quiere recuperar su influencia en la intervención sobre la realidad tiene que aprender de la derecha, como el libertarismo se nutrió de las estrategias del marxismo. Por ello considero que el libertarismo de izquierda es una posición en esta dirección aún no explorada que transito hace tiempo desde una mirada que pretende recuperar la radicalidad por izquierda nutriéndose de la simiente de la libertad. Y esta vía necesita de un manifiesto al respecto. En definitiva, la izquierda tiene imperiosamente que destrozar sus vacas sagradas (Estado, igualdad, políticas identitarias) para resignificarse desde otros escenarios que potencien el delirio. 

Lo radical no necesariamente tiene que ver con una política revolucionaria, más bien esta es la forma terminal y visible de algo mucho más profundo. Las ideas radicales requieren regresar al origen para detectar que este siempre inaugura la posibilidad de “otro comienzo” desde cero, de raíz.