A favor de los intelectuales en el debate público
La Argentina tiene una larguísima tradición de hombres y mujeres formados en la educación superior, capaces de sostener un debate sobre temas específicos y aportar su visión sobre el país y el mundo. Su espacio en los medios se vio reducido por la invasión de gente formada en el ágora de las redes sociales.
No todo tiempo pasado fue mejor, salvo que no se crea en la idea de evolución. En todo caso, las épocas son distintas, acaso equiparables en algunos aspectos; en otros, la memoria personal atada a la fría estadística muestran que las condiciones de vida de la sociedad argentina se degradaron en las últimas décadas. No solamente en lo material: el nivel del debate intelectual, en particular el que tiene la marca de los medios como escenario para el debate, resulta de una pobreza franciscana, para decirlo con amabilidad. Alcanza un recorrido por el periodismo mainstream, en especial el audiovisual (el de mayor penetración) para ver en acción a un elenco estable que hace de la opinión un dogma, que incurre en falacias, que hace el elogio permanente de la superficialidad y, lo más preocupante, que se encarga de establecer la peligrosa idea de que una chicana tiene el mismo peso que un argumento.
El panelismo televisivo ha triunfado. Y hay que tomarlo en serio: de esa escuela de formación de cuadros salieron un presidente y varios de sus funcionarios. Sumemos el rol nada menor de las redes, el streaming, los influencers. Un puñado de caracteres en X pueden entronizar a lo que otrora se llamaba líder de opinión. En tiempos no tan lejanos a los de la extrema digitalización, cuando había soportes físicos y la lecto-escritura tenía un monopolio que nadie imaginaba bajo la amenaza de teléfonos celulares con Internet, redes, cámara de fotos, apuestas on line y acceso al home banking, quienes ocupaban ese rol era académicos, escritores, profesores. Intelectuales, en suma.
La Argentina tiene una larguísima tradición de hombres y mujeres formados en la educación superior, capaces de sostener un debate sobre temas específicos y aportar su visión sobre el país y el mundo. Su espacio en los medios se vio reducido por la invasión de gente formada en el ágora de X. La agenda de la opinión y la interpretación de los hechos ya no pasan por un sociólogo (por poner un ejemplo), sino por alguien que usa un nombre de fantasía en una red social. Literalmente. O por algún advenedizo capaz de discutir al mismo tiempo el financiamiento de la industria cinematográfica y el drama de la violencia política en la Argentina de los años 70 y ser tomado como voz autorizada en ambos temas.
El fenómeno es mundial, claro, pero hay atenuantes. Veamos el caso español. Allí no se llegó, al menos no a la manera argentina, a las profundidades a las que nos acostumbramos. Lo que aquí es el panelismo, allá es la tertulia, tanto en radio como en televisión, y las diferencias con lo que vemos por estos pagos son abismales: no hay griterío, se escuchan argumentos, hay tiempo para exponer y desarrollar ideas y, sobre todo, se arman debates en serio entre propuestas contrarias. Por acá solamente se escuchan los del palo y, cuando hay algún atisbo de debate, entran en escena los peores exponentes disponibles, y no con enjundia argumental, precisamente. Lo que queda, cuando se producen esos cruces, es apenas ruido.
Sur, Contorno y después
Muchos interlocutores del debate público suelen ser escritores. La Argentina tiene una larga tradición al respecto, inseparable de publicaciones que amplificaron esas voces. Jorge Luis Borges es quizás el primer nombre que asoma. La célula madre del Borges-que-interviene-en-el-debate-público es, sin ninguna duda, “Definición del germanófilo”, un artículo publicado en la revista El Hogar a fines de 1940 y que recién volvió a circular en 1986 con la publicación de Textos cautivos. En el marco de la neutralidad argentina en la Segunda Guerra, y ante el avance hasta entonces imparable de la Alemania nazi, Borges muestra su desprecio al nazismo. El texto entronca con otro más citado, “Anotación al 23 de agosto de 1944”, incluido en Otras inquisiciones, en el que celebra la capitulación del régimen de Vichy. Allí arriesga que “Hitler quiere ser derrotado”. Estas cuatro palabras, desligadas de la construcción previa para llegar a esa conclusión, habrían servido entonces, de haber habido redes sociales y canales de noticias en los cuales debatir como los de ahora, a que pensadores de la talla de, digamos, @GoebbelsTeAma o @GordoFranz hicieran un pormenorizado análisis. Bioy Casares quizás hubiese anotado en su diario: “Hoy no come Borges en casa, se fue a debatir con un influencer”.
En rigor, Borges y los integrantes de la revista Sur tuvieron sus refutadores, a los que también les habrían quedado chicos los expertos de hoy en día: los integrantes de la revista Contorno. Casi medio siglo después de su irrupción, uno de sus creadores se despachó con todo en el más impresionante cruce entre intelectuales que se vio en televisión. Fue en 1998, cuando David Viñas se opuso a un grupo de ensayistas que adherían al menemismo, en algunos casos, y a la Alianza en otros. Creer que alguno de los habitués a los canales de noticias pudiera resistirle hoy una discusión a Viñas sería, dicho al estilo del autor de Los dueños de la tierra, un hecho metafísico.
El caso Feiling
Para entonces, la literatura argentina había perdido a uno de los escritores más brillantes de su generación, la camada que había salido a la luz en los primeros años de la democracia. Su temprana muerte, a los 36 años, impidió no solamente el desarrollo de una obra en expansión, sino también un rol como incipiente polemista, acotado a diarios (en tiempos en que los diarios eran medios importantes), pero que daba cuenta de un estilo con un manejo formidable de la ironía: C. E. Feiling.
El panelismo televisivo ha triunfado. Y hay que tomarlo en serio: de esa escuela de formación de cuadros salieron un presidente y varios de sus funcionarios

Las incursiones periodísticas de quien fuera bautizado como Charles Edward Anthony Keith Feiling y anotado en el registro civil como Carlos Eduardo Antonio Feiling (pero firmaba con las iniciales y fue conocido como Charlie Feiling) se recopilaron en un interesantísimo volumen titulado Con toda intención, que vio la luz en 2005, ocho años después de su muerte. Feiling no escribió abiertamente sobre política sino a partir de la literatura, y algunos textos de los años 90 podían leerse en esa antología al calor del kirchnerismo entonces gobernante. Por ejemplo, “Literatura militante”, en sus apenas tres párrafos, es provocador desde el título.
Allí, Feiling relata la convocatoria de escritores y periodistas, en mayo de 1997 (apenas dos meses antes de la muerte del escritor) que acompañaron la presentación del habeas corpus por Rodolfo Walsh y los escritos que una patota de la dictadura robó de la casa que habitara el autor de Operación Masacre después de haberlo secuestrado. Luis Bruschtein, uno de los asistentes, en su despedida a Feiling que fue éste quien tuvo la idea de la convocatoria. Aquel acto tenía una significación determinada en ese momento; muy distinta hubiera sido después de 2001, cuando una de las esquirlas del estallido de ese año fue la revalorización de Walsh y la lucha contra la impunidad. Como es sabido, todavía no se sabe el destino final del cuerpo de Walsh ni sus papeles fueron restituidos, con lo que ese reclamo sigue vigente. De haberse hecho en estos tiempos, el título “Literatura militante” y el uso que la derecha argentina hizo de Walsh en relación al atentado contra la Policía Federal en 1976, probablemente hubiera expuesto a Feiling y a los concurrentes al escarnio televisivo y radial de ciertos comunicadores.
Otro texto de Con toda intención cuya experiencia de lectura también daría pie a diversos usos en este presente es “Cangallo”. A partir del nombre que tuvo hasta 1984 la actual calle Teniente General Juan Domingo Perón, Feiling indagó en los orígenes del movimiento político más importante de la Argentina y de su contracara, el gorilismo, para tratar de determinar los cánones según los cuáles Fulano o Mengano representan (o no) “el verdadero peronismo” y su opuesto. En ese texto, descarta la tesis de que los extranjeros son incapaces de entender el peronismo, en base a la crónica de The Times de Londres sobre los sucesos del 17 de octubre de 1945, titulada “Todo el poder a Perón”, algo que los diarios de la época no supieron o no quisieron afirmar. Al calor del reverdecer antiperonista de los últimos años (el momento clave fue, sin ninguna duda, la crisis de la 125), “Cangallo” mantiene el filo intacto. Sobre todo por el recurso de dedicar casi toda su extensión a qué representa el peronismo, para cerrar con esto, que además anticipó recursos sobre el llamado lenguaje inclusivo: “La desgracia de todo esto para el gorila, claro, es que él/ella también están preso/a de una frase simétrica a ‘X no es el verdadero peronismo’”. Si la derecha argentina fuera ilustrada, no se le habría escapado del radar esa nota en estos tiempos (en 1996 no le prestó intención a la ironía, porque la discusión entonces parecería cerrada); Feiling quizás hubiera salido por radio, y hasta lo habrían cruzado en un móvil con un panel de peronólogos y antiperonólogos. Pero lo más factible es que no se hubiese dado esa discusión. Un poco porque el sesgo de confirmación de la prensa mainstream trata de evitar voces que alteren el discurso impuesto, y otro poco porque, justamente, la derecha argentina abandonó toda ilustración: hubiera pasado de alto un texto desafiante, que no habría generado interés. O directamente no habría leído la nota. La discusión tampoco la daría ahora, pero por otro motivo, como ya se verá.
Política desde la ficción
Con toda intención es una manifestación explícita, desde el periodismo, de algo que Feiling planteó de manera implícita en sus tres novelas. El agua electrizada, Un poeta nacional y El mal menor son tres relatos de ficción anclados en cuestiones políticas. Hoy, a diferencia de los años 90, la lectura política de la obra de ficción sería lo primero que resultaría llamativo. Esto no quiere decir que los lectores de entonces no lo advirtieran, si no, simplemente, que el contexto de desmovilización post-hiperinflación no generaba la posibilidad de discusiones como las que hoy se generarían.
Precisamente, El agua electrizada está ambientada en los meses de la debacle hiperinflacionaria del alfonsinismo. Narrada como un diario personal, es un relato policial que toma un hecho real: la aparición de dos cadáveres en una bañera. Corrieron ríos de tinta sobre lo que se pensó como un crimen hasta que se descubrió que había sido un accidente. Feiling tomó el episodio como disparador, lo convirtió en un asesinato y llevó el doble crimen a un terreno que ya parecía vedado por la impunidad: el terrorismo de Estado.
Publicada en 1992, El agua electrizada usó el género policial para acercarse al horror de la ESMA en los tiempos de vigencia del Punto Final, la Obediencia Debida y los indultos. En el pasaje más impactante del libro, el narrador, que es un alter-ego de Feiling, suma al Nunca Más a la narración, ficcionaliza a partir de legajos de la Conadep en una operación que difumina los límites entre lo real y lo ficticio.
De 1993 es Un poeta nacional, que examina, a partir del relato de aventuras, la idea del escritor representativo de lo nacional. Esteban Errandonea es enviado a inspeccionar una cárcel en la Patagonia a fines del siglo XIX, una misión que en la vida real le cupo a Leopoldo Lugones, el escritor en el que se basó Feiling. De hecho, hay una alusión al cumpleaños del personaje, el 13 de junio, natalicio de Lugones instituido en la Argentina como Día del Escritor. Teniendo en cuento el derrotero lugoniano desde el anarquismo y el socialismo hasta el conservadurismo y el proto-fascismo, Feiling traza una parábola que quizás dialogue más con este momento que cuando fue publicada en cuanto a la persecución de la protesta social y el odio a los inmigrantes.
Bioy Casares quizás hubiese anotado en su diario: “Hoy no come Borges en casa, se fue a debatir con un influencer”.
Feiling usó la ficción para plantear algunas discusiones. Y eso lo hizo de manera más sutil, en su tercera novela, también una exploración de género, en este caso el terror. El mal menor (1996) tomó como modelo la tradición anglosajona; el propio Feiling hizo la reivindicación de Stephen King, cuando todavía no había un reconocimiento del valor de su obra. A lo que se agrega que dictó un curso sobre el género de terror en el Centro Cultural Rojas y compiló una antología, cuyo fascinante prólogo se incluyó en Con toda intención. Allí deja de manifiesto que el género de terror y el relato gótico han operado para, desde lo fantástico, poner en debate cuestiones que en su momento (siglo XIX) no se podrían haber expresado en la novela realista, como la homosexualidad y la lucha de clases. El telón de fondo de El mal menor es la Argentina en el apogeo de la convertibilidad, el momento del triunfo del neoliberalismo, y a partir de ahí creó la primera gran ficción de terror, mucho antes del boom de Mariana Enriquez. De la nada, aparecen estiletazos como éste: “Francamente, el aeropuerto de Santiago no me pareció gran cosa; si eso era el milagro económico chileno, los grandes éxitos de Pinochet se habían limitado al rubro secuestro, tortura y muerte de opositores”.
Un compartimento estanco
La muerte de Feiling no solamente privó a la literatura argentina de un talento enorme (su siguiente novela iba a ser un fantasy, titulado La tierra esmeralda) sino, probablemente, de alguien que incidiera en el debate público desde su posición de intelectual. El vacío que dejó el autor citado como ejemplo en estas líneas no significa que no haya otros que lo pudieran ocupar. Es que, si viviera, más allá de las ganas que tuviera (o no) de sentarse a discutir con las luminarias de turno, el propio sistema de medios lo hubiera descartado. Porque la facultad de pensar (esto es, de argumentar), no tiene cabida en la Argentina degradada de estos años, envuelta además en la idea de espectacularización de los medios y la noción de que si algo se puede decir en menos de 200 caracteres en una red social, no hay por qué explayarse.
Ha habido excepciones, muy contadas. Una fue Beatriz Sarlo. Su célebre intervención en 678, guste o no, estuvo a años luz de lo que se ve hoy. Y no solamente por ella, sino también por sus interlocutores. La visita fue a raíz del libro La astucia y el cálculo, en el que analizaba la figura de Néstor Kirchner, fallecido meses antes. La discusión fue con antagonistas que habían leído el libro. Sarlo acaso tuviera que lidiar con gente que no es que leyó un libro reciente o sabe al menos tres títulos de su producción: no, directamente no se fija ni en Wikipedia. El caso inverso lo ofrece el apellido Rozitchner, cuya primera referencia es (debería ser) la de un filósofo de fuste, uno de los pensadores y ensayistas más profundos y provocadores de la segunda mitad del siglo XX. La significación actual de ese apellido no es la misma en el presente.
Podría hacerse un listado de grandes intelectuales argentinos; escritores, filósofos, sociólogos, economistas, historiadores, que con innegable claridad podrían aportar algo por encima de la chatura habitual. No hace falta dar nombres. Algunos, muy en cuentagotas, aparecen de vez en cuando y por lo general no tienen cabida en las principales señales de televisión, al menos las más consumidas. Hay una suma de factores, ya no solamente a nivel de los conductores o de la propia línea editorial, sino de los productores. Rehenes del rating, apuestan a cierto elenco estable y eso lleva a la desidia y la pereza: no se molestan en buscar nuevos nombres. La ignorancia a la que someten a sus audiencias con la renuncia explícita a la discusión en serio se combina con la vagancia a la hora de mirar una agenda de contactos y van a lo seguro. Pero no sólo eso.
El sonido y la furia
No sea cosa que aparezca alguien que rompa el esquema. Y ahí no hay rating que valga. La presencia de alguien que garantiza audiencia está directamente ligada, en este ecosistema, a que no genere alteraciones en el discurso dominante. Ese es el principal agravante. Porque a la vagancia y la desidia de conductores y productores se suma la comodidad de saber que la charla de café televisada (con las debidas disculpas a los contertulios de bar) no ofrecerá ninguna incomodidad. Si por esas cosas del destino aparece alguien que sacude las estructuras, directamente se lo ralea.
En esas condiciones, la renuncia al debate en serio es abiertamente explícita. Y la contraparte, la que marca la agenda, ni siquiera es equiparable con algo cercano a la calidad expositiva de las voces que faltan. En ese sentido es donde se aprecia la degradación intelectual del pensamiento de derecha, que no fue capaz de generar versiones análogas y contrapuntísticas de lo que fueron, por ejemplo, Hernández Arreghi o Jauretche, salvo que se piense, y se afirme desembozadamente, que ese lugar le cabe a Ricardo Zinn, el ultraliberal autor de La segunda fundación de la República, publicado en 1976. Aquellos hablaban desde el lugar del peronismo proscripto; el otro, desde una ilegalidad avalada por el Estado terrorista. En esas condiciones el diálogo es imposible. Y queda de manifiesto cada noche en señales de noticias que pueden llegar a tener hasta cinco puntos de audiencia. Por ejemplo: medio millón de espectadores. Y así todos los días. El efecto a largo plazo, acumulado durante años no genera otra cosa que un público que repite ideas y conceptos vertidos al vacío como si fueran verdades reveladas.
Resulta que llevamos más de cuarenta años de vigencia del Estado de derecho en la Argentina; hay, en los papeles, un pie de igualdad y la democracia garantiza la pluralidad de voces. Pero, justamente, es ahí, en los papeles: en la práctica, se perpetúa un diálogo que en rigor parece un monólogo. Feiling, el modelo elegido en estas líneas, acaso suscribiría desde su estirpe british aquel pasaje de Macbeth inmortalizado en el título de una novela de Faulkner: It is a tale told by an idiot, full of sound and fury signifying nothing. Si no se quita el ruido y la furia del debate público, si no entran las voces que faltan, la calidad será la del sonido y la furia que imperan.
La presencia de alguien que garantiza audiencia está directamente ligada, en este ecosistema, a que no genere alteraciones en el discurso dominante