A favor de migrar
"Migrar", una palabra tal vez demasiado "correcta", de informe de organismo internacional, que oculta en la asepsia de esa media lengua la potencia de mil definiciones contradictorias. De las miles de razones distintas para irse, y del cátalogo interminable de vidas posibles que se abren después de la decisión original. Migrar es un duelo. Migrar es un vitalismo
por Andrés Mainardi
"Uh, recuerdo un día como hoy,
me fui de casa a tocar rock & roll,
y no volví nunca más"
Fito Páez – La rueda mágica
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La marroquí que trabaja cuarenta horas por semana por la mínima en una panadería y estudia español todas las noches para rendir el examen para su ciudadanía. El ucraniano que no consigue trabajo porque vino de acogida con la Cruz Roja y no sabe hablar ningún otro idioma que el de su tierra. La colombiana que vino sola, sin papeles y pinta uñas por cinco euros la hora en un local del centro regenteado por una familia china. La familia china que regentea el local. La norteamericana que teletrabaja para una multinacional, desayuna flat withe con leche de coco y cobra más de 3000 euros al mes. El noruego programador que renta un piso que no para de aumentar su precio debido a la oferta y demanda del nomadismo digital. El hijo de un venezolano que consiguió trabajo en Globo antes que su papá en Uber porque tiene la edad y el cuerpo para ese tipo de empleo. Las italianas que vienen por dos años, con dinero de su familia, a realizar un Máster en una de las escuelas de diseño más prestigiosas del país. El magrebí que llegó hace una semana porque su primo le dijo que había un puesto de trabajo para él en la construcción. La ecuatoguineana que cuida a una pareja de ancianos con alzhéimer. La pareja de jubilados londinenses que se cansaron de vivir en el frío y el gris. Y yo, argentino, qué no sé muy bien qué carajo estoy haciendo acá.
Todas estas vidas se pueden encontrar, una mañana y un día cualquiera, en la sala de espera de una oficina pública de extranjería.
Entonces, ¿qué es migrar?
Algo que no es igual para nadie. Y que es más difícil para quien no tiene un lugar a donde volver.
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La gallega de la primera ola que llegó con el marido, el hijo recién nacido y se instaló en un pueblito cerca de Villa María, en la provincia de Córdoba e hizo toda su vida ahí hasta que se murió. El cura de la segunda ola que se vino en medio de La República porque no aguantó más y encontró empleo de guarda en el ferrocarril cerca de Chivilcoy. El rojo que emprendió viaje con lo que le quedaba de dignidad cuando se dio cuenta que la derrota más que inminente ya era un hecho. El hambre, la falta de empleo, la guerra, las oportunidades. El trauma. Agitar pañuelos frente a barcos que zarpan. Las migraciones que se hicieron para sobrevivir y después se transformaron en vida. La del barco que te cuentan siempre. La del tatarabuelo asturiano que desde que puso un pie en la tierra nueva se quedó mudo hasta morir de tristeza. La de la bisabuela que fundó una escuela. La de la abuela que tuvo una panadería durante cincuenta años hasta que la cerró porque nadie de la familia quiso seguir su oficio.
Entonces, ¿de dónde venís?, ¿a dónde vas?, ¿quién sos?, ¿por qué estás acá?, ¿qué es allá?, ¿dónde queda acá?
La partida de nacimiento de mi bisabuelo Fermín Delgado dice que nació en Cabrejas del Pinar. Al día de hoy ese pueblo tiene 288 habitantes, queda dentro de la comarca Pinares, que queda dentro de la provincia de Soria, que queda dentro de la comunidad autónoma Castilla – León. Todo esto a mil kilómetros sobre el nivel del mar. En la altura. En invierno nieva y hace mucho frío. Hay un arroyo y un bosque. Dicen que una vez mi tatarabuelo, que era leñador, se metió ahí dentro a buscar leña y se encontró con una manda de lobos que lo persiguió hasta el hartazgo. Dicen que se salvó tirándole piedras y metiéndose en el arroyo en pleno otoño (a veces la anécdota se deforma y las estaciones van cambiando).
Para conseguir mi ciudadanía española apliqué a la Ley de Memoria Democrática. Migrar es construir una memoria. Mayormente se migra a países democráticos. Y toda democracia lleva en sí una violencia original.
Y toda migración lleva dentro una mentira.
Una mentira para contar una verdad.
Para conseguir mi ciudadanía española apliqué a la Ley de Memoria Democrática. Migrar es construir una memoria. Mayormente se migra a países democráticos. Y toda democracia lleva en sí una violencia original.
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Están los que migran para conseguir trabajo. Están los que migran para conocerse. Están los que migran para hacer dinero. Dinero, dios mío. A mi todo eso me da un poco de paja. En verdad creo que se migra para desconocerse. Para encontrar el desamparo. La orfandad que te permite ver el mundo desde un punto de vista hermoso y terrible. No soy de esos que creen en la moral de la experiencia. No estoy de acuerdo con la idea del emotional trip de la globalización. No me gusta el plan de la performance identitaria del traveller. Me angustian los que se la dan de profundo por haber viajado. Los que se ponen las banderitas en Instagram de los países donde vivieron. Mayormente el que se la da de viajado nunca salió de su casa de su casa mental. Migrar posta es atreverse al desconcierto. Al exilio. Salir del vientre materno. Abandonar la guarida del padre. Enfrentarse a lo inhóspito. Dejar de ser un poco ese que tus amigos de la secundaría creías que eras.
Anoche me fui a dormir escribiendo este texto. A la madrugada soñé con Argentina. Caminaba sin destino por un barrio de mi ciudad con una valija color roja. Estaba perdido. Me metía en un kiosco y compraba una cerveza. Salía y me subía a un taxi. El taxista era mi hermano Nacho, el más grande y me hablaba en gallego. Le dije, por favor, a España.
Me levanté todo transpirado.
Migrar también es aceptar que te gusta estar lejos.
Que te fuiste a conocer otro lugar y ese lugar te terminó conociendo a vos.
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Tengo amigos que migraron porque no aguantaron más las lógicas de una ciudad que le cerró todas las puertas. La muerte puede ser un trabajo en la Municipalidad. Tengo amigos que migraron porque tenían talento y mala suerte. El zeitgeist cultural puede ser la sombra donde la locura se pierde. Cuando no te cuidás una ciudad pueden ser muchos pueblos chicos. Un infierno grande. Tengo otros amigos que migraron porque estaban aburridos. Ahora están aburridos en otros países. Tengo amigos que migraron porque creían que era la edad de hacerlo. Ahora están pensando qué es lo que tienen que hacer según la edad de este momento. Tengo amigos que migraron porque querían escapar de sus familias. Ahora la llaman todos los días.
Migrar es habitar las contradicciones.
No hay un por qué. Hay días.
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El militante setentista que se exilió porque si no lo fusilaban. El familiar que lo acompañó porque o lo chupaban o se moría de tristeza. El sesgo ahí. La mina que se carteaba con la cúpula guerrillera desde un piso en Barcelona. Migrar es de buchón o cobarde. Ambas. El tipo que despidieron del laburo en los noventa, agarró la indemnización, la mujer, la criatura y se hizo camarero en Mallorca. Ahora es encargado. Termina la jornada de laburo. Se fuma un pucho mirando el atardecer más lindo España y cuando le pregunta por qué se fue putea a Menem por lo alto, pero por dentro le agradece un montón. La parejita de ingenieros que se fue a vivir a Madrid en los 2000 y ahora no puede subir fotos a redes sociales porque sienten culpa de la vida que tienen porque una vez el papá de él le dijo que habían traicionado a la patria y que de verdad eran una minúscula parte de la fuga de talentos de un país.
Migrar es traicionar a la patria. Migrar es traicionar a la idea de patria que tiene tu papá. Migrar es inventarte una patria. La nueva. La tuya.
La que te contás para irte dormir.
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No pierdas el acento. Qué feo no poder ir a la cancha. La carne allá no es tan buena. Cada cuánto tiempo pensás en un asado. Los españoles son todos boludos. Allá con un poco de viveza sos jefe en cualquier lugar. Qué gracioso escuchar la palabra coger y no poder reírte. Hacé como Messi, hablá en argentino, che. No te hagas el boludo. No te olvides de mí hasta que vuelvas. Volvé. No vuelvas. Te extraño.
Migrar es bancarte las demandas.
Migrar es un acto egoísta.
Migrar es extrañar.
Migrar es no hacerlo.
Foto de tu sobrino. Foto de tu sobrina. Foto de tu viejo. Foto de tu vieja. Foto de tus hermanos. Foto del club. Foto de la esquina donde tomabas birra y fumabas porro con los pibes antes de entrar al partido. Foto de tu hermanito en la escuela recibiendo la bandera. Foto de tu ex gata que ahora vive en la casa de un amigo. Foto de tu ex departamento a donde ahora vive otro amigo. Foto de tu amigo. Foto de tus amigos. Foto del hijo de tu amiga. Foto del auto nuevo de tu amiga. Foto del río. Foto del bar. Foto.
Migrar es que te lleguen fotos.
Migrar es aceptar ser una ausencia.
Bancártela.
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Nunca voy a tirar el pasaje que dice Ezeiza – Madrid, 26 de abril de 2024. Tampoco la remera del primer laburo que conseguí de cocinero en un bar vegano durante temporada. Menos la entrada del recital donde conocí a mi primer amigo lugareño. Migrar es conocer gente y hacerte nuevos amigos. Eso está buenísimo. Caer de cuenta que la solidaridad es transoceánica. Que si te proponés armar una comunidad lo podés hacer donde quieras. Migrar es conocer las costumbres del nuevo lugar donde estás viviendo. Su lenguaje. La lengua. El otro en minúsculas. Caer de cuenta que te gusta que te cuenten sus raíces. Migrar es desraizarse y enraizarse otra vez. Construir una nueva cultura entre la que tenías y la que estás armando.
Ahora digo que soy de dos ciudades. Amo Rosario y amo Valencia. Soy un privilegiado. Lo sé. No me cae bien la gente que se viene a vivir a otros países y exalta lo que dejó del suyo. Eso me parece una impostura terrible. Mal gusto. Gente que no se anima a perder nada. Las peñas de fútbol en el extranjero me parecen patéticas. Forzadas. Muchas veces lucran con la soledad y el desamparo de la gente, son unas ratas. No me gusta lo que hace rígida a una persona. No me gusta hacer lo que esperan de mí. Soy más de la escuela de Borges y la tradición, si sabés de dónde sos y quién sos no te hace falta mostrarlo veinticuatro siete. No hay que arrodillarse ante las imposiciones ni los ideales. Podés ser argentino y hablar del universo. No hace falta correrla de gaucho si cuando vivías en Argentina tomabas Coca Cola y mirabas las NBA. Eso es una gilada. El tango es lindo hasta el punto en que te melancoliza el organismo. Por eso me gusta más el rock. Será la edad, no lo sé. O seré así siempre.
Migrar es un acto rockero.
Migrar es hablar como Calamaro.
Migrar es aceptar que el mejor Fito Páez de la historia nació en Madrid.
Exiliarse es una forma de éxito.
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No soy de esos que creen en la moral de la experiencia. No estoy de acuerdo con la idea del emotional trip de la globalización. No me gusta el plan de la performance identitaria del traveller. Me angustian los que se la dan de profundo por haber viajado. Los que se ponen las banderitas en Instagram de los países donde vivieron.

Es domingo. A la tarde me junto con Guille, Flor y Ana a tomar unos mates. Les cuento que voy a escribir una nota sobre migrar. A favor de migrar. Guille ayer hizo un costillar para sus compañeros de trabajo (la gran mayoría españoles) en la Pobla de Farnals. Yo también hice asados ahí para mis amigos argentinos. La última vez que hice uno me crucé con un santiagueño que estaba asando para treinta personas. Tenía la piel, la cara, los ojos y las manos de un hombre de duro y de trabajo. Tenía la piel, la cara, los ojos y las manos que yo no tengo. Ese tipo también migro. Ese tipo es más argentino que todos los argentinos juntos. Ese tipo migró y lleva encima una cruz pesadísima. Cuando habla de Argentina se le humedece la vista. Migrar es que se te humedezca la vista cuando hablás de tu país. El tipo veía como cocinaba el asado con emoción. Se emocionaba con mi asado. Soy bueno asando, pero no me la creo, más que nada porque lo hice toda mi vida. Conozco el punto de los cortes, el tiempo, las mañas. El asado es técnico, pero también sabiduría, inconsciente ancestral puro y duro.
En un momento mientras conversábamos, le digo al santiagueño que migré hace menos de un año, el me replica que hace veinte, en ese momento mira la parrilla como quien mira el vacío y sentencia: “Te falta mucho llanto todavía, pibe”. Cuando me dice eso siento la tristeza del lugar común. La melancolía del ser migrante de otro tiempo. Colgarse del cable del teléfono esperando que contesten del otro lado del océano en Navidad. Lo miro con indiferencia, un poco con bronca también, hay algo soberbio de su parte, lastimero. Eso de no haberme curtido. De algún modo también me apena y recupero un gesto de misericordia, no puedo ser tan duro con alguien tan blando. Le devuelvo una sonrisa y el tipo me pasa un trago de cerveza, saca su celular y pone con un parlantito de bluetooth unos temas de Peteco Carabajal. La música habla mejor que él. Dice su pena de una forma más elegante.
Migrar es cantar tu pena.
Migrar es cantar.
Migrar es extraño.
Soy más de la escuela de Borges y la tradición, si sabés de dónde sos y quién sos no te hace falta mostrarlo veinticuatro siete. No hay que arrodillarse ante las imposiciones ni los ideales. Podés ser argentino y hablar del universo. No hace falta correrla de gaucho si cuando vivías en Argentina tomabas Coca Cola y mirabas las NBA.
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Por las mañanas trabajo en una cafetería, pero no me copa la de Cordera. No vivo lavando copas de gente mejor que yo. Laburo para tener horas para escribir. Curro para comprar tiempo para lo que me gusta. Algo que aprendí a hacer acá y no me da vergüenza. Todo lo contrario. Mis compañeros de trabajo son mexicanos, ecuatorianos, bolivianos y peruanos. A la mañana vienen al bar cientos de clientes. Hay muchos españoles que son racistas. Lo digo por la cara de desprecio que ponen frente a ellos, no frente a mí. Hay unos a los que todos odiamos. Los jóvenes clase media alta que conectan sus laptops, escuchan música toda la tarde con auriculares, piden su café con bebida vegetal y dejan todo sucio. La bronca es porque no los miran a los ojos. Yo veo que lo hacen más con ellos que son morochos y no conmigo. Migrar es suerte genética. Por eso esos días sí que me percibo latinoamericano. San Martín y Bolívar contra los pijos que viste total look de Zara. Solidaridad migrante como la vez que me caí en la calle y una paraguaya vendedora ambulante me regaló un cuñapé para que se me pase el mal rato. Es difícil pensarse como migrante latinoamericano. Siento que es algo que puedo hacer por contexto. Me siento latinoamericano cuando estoy entre latinoamericanos frente a europeos. Más que nada porque cuando hablo con mis compañeros de trabajo muchas veces no coincido. La gran mayoría del tiempo pienso en qué soy otro tipo de migrante. Veo sus colores de piel, sus modismos y casi siempre siento una lejanía insoportable. Me doy cuenta que ellos también. Un poco me odian. Un poco yo también. Un poco me quieren. Un poco yo también. Migrar es habitar eso. Ver la diferencia en su estado más cruel y esperanzador.
Soy de la generación del tren a Mar del Plata, del No al ALCA, del sueño de la Patria Grande y el latinoamericanismo forzoso. El MERCOSUR como fantasía de homogeneización emocional. El sueño socialdemócrata de algunos que creyeron que América Latina podía tender los lazos de solidaridad y cooperación de la Unión Europea. Pero se olvidaron que primero, lo más importante era forjar una relación económica y no simbólica. No hacía falta darle ofrendas a la Pachamama y hacer el viaje del Che. Vacacionar en La Habana, vivir en un piso en Belgrano. Argentina también es el Chaco y Santiago del Estero, pero la mayoría de la gente no vacaciona ahí.
Migrar a veces es tener bronca de lo que se dice de migrar.
Migrar es tener bronca.
Migrar es transformar esa bronca en otra cosa.
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Hay una vieja entrevista a Atahualpa Yupanqui en la que cuenta qué es lo que extraña de Argentina mientras vive en París. Ahí describe a su caballo, a la Cruz del Sur, a su algarrobo. Lo hace de una forma tan bella y hermosa que es imposible de traducir en otras palabras que no sean la de él. Migrar en pensar en cuál es tu caballo, tu Cruz del Sur, tu algarrobo. Migrar se te hace más fácil si tenés principios. Migrar es conocer argentinos que hablan mal de tu país y odiarlos profundamente. Migrar es que esa gente te de un poco de pena. Lástima a nadie, maestro. Migrar es una batalla entre la resistencia y la integración. No ser un cipayo, pero tampoco ser un termo. Migrar es tener responsabilidad ciudadana en el lugar donde estás y también códigos con el lugar del que venís. Migrar es tener rituales y recordar la frase de Francisco: “La patria es un don, la nación una tarea”. Migrar es entender que lo nacional no está dado, que se hace todos los días.
Migrar es extrañar a tu hermano más chico porque sabés que es el único que todavía tiene un arco de personaje por desarrollar y te apena no estar ahí para seguir recorriéndolo. Migrar es pensar en tu herencia. Migrar es sacar un pasaje de visita y pensar que lo primero que querés hacer es ir a verlo. Darle los regalos que te pidió. Migrar es no buscar entre los muertos lo que está vivo. Migrar es no buscar entre los vivos lo que está muerto. Migrar es no negar a tus abuelos, buscar la historia. Migrar es no negar a tus viejos, buscar el perdón. Migrar son tus pares. Migrar es tu novia que te acompaña desde el día cero y no aparece en todo el texto, pero es la razón principal por la que estás acá. Migrar es pensar que si un día tenés un hijo con ella querés que nazca en Argentina. Migrar es esperar que nazca.
Migrar es algo terriblemente hermoso.
Estoy a favor de hacerlo porque lo hice.