A favor de renunciar

En tiempos de aceleración, aparece la tentación de frenar, como propuso el spot viralizado del Partido Verde británico. Este texto propone algo más productivo: cambiar de dirección, preguntarnos a qué queremos renunciar, y recuperar el control sobre nuestras vidas.

por Sebastián Zirpolo

Estas últimas semanas estuve muy a favor del statement, en forma de video, del Partido Verde británico, en donde un varón blanco recita, mientras camina, trota y corre por escenarios suburbanos de una ciudad, escenas de la vida cotidiana de gran parte de las clases medias de las democracias occidentales: pérdida de ingresos, quiebre en las relaciones intrafamiliares, suba constante del costo de los bienes y servicios, deudas, deterioro de la salud, un escenario impensado en el comienzo de este siglo, pero que se desató y se viene acelerando desde la crisis financiera global de 2008, un fenómeno ultra analizado en las economías del primer mundo pero sub analizado en Argentina a la hora de explicar nuestra propia crisis, explicación que se centra más en procesos políticos locales y, aunque un poco menos, en la pandemia. El narrador del video sostiene que las personas, para evitar el deterioro que los persigue, corren detrás de trabajos mal pagos y en malas condiciones, degradando su calidad de vida en todos los frentes. Y en una referencia directa al clima de época aceleracionista, propone detenernos para observar a quiénes beneficia esta propuesta: un grupo pequeño que se lleva los beneficios de la riqueza que el resto de la sociedad produce, con la complicidad de la clase política. Huele a espíritu adolescente.

El video recorrió círculos politizados y energizó, por un rato, por todo el rato que puede durar algo en las redes sociales, a personas del espectro opositor al gobierno nacional, desde el centro hasta la izquierda, pasando por el progresismo que está disperso en todo ese degradé ideológico. ¿Qué fue lo que le (nos) gustó a los intensos y a los profesionales de la política? El lenguaje directo, sin eufemismos ni rebusques, la escenografía suburbana, realista ―un recurso muy usado en la híper hypeada campaña de Zohan Mamdani en Nueva York―, y, en un impacto buscado, el momento en que el actor del video propone detenerse y culpar a los ricos. 

Pasados unos días, ahora no estoy tan a favor del video. Estoy a favor, sí, de pensar en esta carrera hacia la nada, pero no de frenar, que es solo una linda metáfora. Porque no es posible, ¿cierto? El deterioro continúa todo el tiempo. Todo está ardiendo. 

Por trabajo suelo conversar con políticos, referentes en general del espacio del centro, todos ellos honestamente preocupados por el deterioro. Todos coinciden en que es momento de escuchar al ciudadano. De juntarse y dejar hablar y escuchar. La propuesta es genuina pero al mismo tiempo no deja de formar parte de aquella carrera loca de la que habla el video del Partido Verde. La predisposición del referente político a escuchar siempre es una buena noticia, pero lo que suele pasar en esos encuentros es que se produce una conversación redundante, catártica, donde las personas cuentan y los políticos escuchan sobre cómo el deterioro se está comiendo la energía vital de gran parte de la sociedad. Mi hipótesis: para reconducir esa conversación hace falta ir con una pregunta cuya respuesta permita congeniar aquello que el espacio político puede ofrecer con aquello que la sociedad demanda después de hacer catarsis. Sin una pregunta, es muy probable que en la conversación surjan ideas, pistas, pero que pasen de largo.

Todo está ardiendo: ¿cuál es la pregunta que hay que hacer?

Guerras climáticas. Por qué mataremos (y nos matarán) en el siglo XXI, del sociólogo alemán Harald Welzer, es un libro sobre el deterioro. Welzer construye escenarios de violencia para las próximas décadas, centrados en conflictos armados derivados del calentamiento global, y plantea que son, a esta altura, infranqueables. El cambio climático, dice, es inevitable, y también es inevitable la violencia, inherente al hombre y protagonista central, incluso posibilitadora, de la Modernidad. Sin embargo, Welzer no se rinde al pesimismo y se pregunta qué podemos hacer para que él no esté en lo cierto, para que su hipótesis fracase. 

La respuesta que ensaya no tiene que ver con acciones ecológicas (“separá la basura de los plásticos”) sino culturales, y aquí es donde el video del Partido Verde, Welzer, nuestros líderes políticos y nosotros mismos habitamos la misma sala. El deterioro es un problema sobre qué hay que hacer para evitarlo y sobre cómo hay que hacerlo. Y, dice Welzer, 

no podemos responder a la pregunta de qué hay que hacer y cómo hay que hacer si no se responde antes cómo se quiere vivir. Esta pregunta no puede dejar de ser respondida. Cómo se quiere vivir en el futuro en la sociedad de la que uno forma parte es, de hecho, una pregunta cultural, ya que obliga a plantearse cuestiones como quiénes deben formar parte de esa sociedad y cómo debe organizarse la participación, cómo deben distribuirse los bienes materiales e inmateriales.

En lugar de detenernos, como dice el Partido Verde, que es una linda imagen pero es improductiva, quizás lo que tengamos que hacer sea cambiar de dirección. Y eso quizás se logre cambiando la pregunta que nos impulsa. ¿Cómo queremos vivir? Más concreto: en estas nuevas condiciones globales y locales, íntimas y públicas, personales y sociales: ¿qué es el éxito? La utopía de una democracia liberal global que iba a traer progreso y equidad estalló con el ataque terrorista a las Torres Gemelas  y terminó de esfumarse con el sueño de la clase media con la crisis de las hipotecas subprime. No habrá ni una ni la otra y todo lo que prometía ese paquete, que consistía en la posibilidad de convertirse en un ciudadano del mundo, accediendo a las bondades del capitalismo global, ya no está ni estará. Entonces: ¿a qué podemos llamarle tener una vida exitosa, a estar conformes con ella?

Para reconducir la conversación entre la política y la sociedad hace falta ir con una pregunta cuya respuesta permita congeniar aquello que el espacio político puede ofrecer con aquello que la sociedad demanda después de hacer catarsis

Esto no es una pregunta seudo religiosa ni new age. Mucho menos conformista. Es una pregunta que necesita pensarse de manera política, porque tiene implicancias sobre el futuro. Se trata, en definitiva, de relatar una nueva historia sobre nosotros. Welzer lo llama un renacer del pensamiento político. Siguiendo con la metáfora de la carrera alocada, Welzer dice que “demorarse con desesperación y sin trascendencia en el universo arbitrario de un capitalismo globalizado no nos conduce a ninguna parte”. Pensar el futuro ―una idea, un proyecto― para uno mismo es animarse a pensar aquello que aún no ha sido pensado. “Esto puede sonar ingenuo pero no lo es”, dice Wezler. “Lo que es ingenuo es pensar que el tren que marcha hacia la destrucción progresiva de las condiciones de supervivencia de muchas personas (nota: recordemos que Welzer habla de los efectos del calentamiento global, pero bien podemos reemplazarlo por la reforma laboral que impulsa el gobierno de Javier Milei, o el desfinanciamiento de la ayuda a poblaciones en estado de vulnerabilidad) modificará su velocidad y dirección porque uno corra en su interior a contramano del sentido de la marcha”. 

¿Puede realmente todo ser pensado de nuevo? En 2019, el filósofo y sociólogo francés Bruno Latour fundó un grupo de investigación y experimentación para explorar, a través de encuentros y talleres, nuevas maneras de reforzar nuestra capacidad de transformación colectiva de cara a la urgencia climática. Cuando en 2020 estalló la pandemia y cuarentena, Latour encontró la excusa ideal para plantear escenarios de reseteo. Así, elaboró una guía de preguntas para que las personas reflexionen durante el encierro. Pregunta Latour: ¿Cuáles son las actividades que ahora se suspendieron y que usted no querría que se retomen? ¿Por qué esta actividad le parece nociva? ¿Qué medidas recomienda para que los obreros que no podrán continuar en las actividades que usted ha eliminado, vean facilitada su transición hacia otras actividades? ¿Cuáles de las actividades que se encuentran actualmente suspendidas le gustaría que se reanudaran o fueran creadas desde cero?

Si comenzamos, dice Latour, cada uno por nuestra cuenta, a interrogar todos los aspectos de nuestro sistema de producción, nos volveremos eficaces interruptores de la globalización; tan eficaces, gracias a los millones que somos, como el famoso coronavirus y su manera única de globalizar al planeta. No se trata de retomar o modificar un sistema de producción, sino de renunciar a la producción como principio fundamental de nuestra relación con el mundo. No se trata de una revolución, sino de una disolución, pixel por pixel. Esto no significa decrecer, o vivir de amor y de agua fresca; sino de aprender a seleccionar cada segmento de este famoso sistema supuestamente irreversible, de cuestionar cada una de las conexiones que se dicen indispensables, y de verificar poco a poco lo que es deseable y lo que ha dejado de serlo.  

Tarea: revisar conexiones supuestamente indispensables, verificar las deseables, desechar las que ya no lo son. ¿Cómo queremos vivir? 

El también filósofo francés Alexandre Monnin da un paso más que el propuesto por Latour. Mientras éste se enfoca en el deseo individual, Monnin propone escalar la discusión a nivel colectivo. La llama “política del renunciamiento”, y es, dice, una herramienta para que las sociedades se saquen de encima aquello que está afectando sus condiciones de vida. Se trata, dice Monnin, de identificar y renunciar a los “comunes negativos”, esto es, realidades compartidas con efectos nocivos para la calidad de vida, como pueden ser desechos y residuos que ya no se pueden reabsorber, infraestructuras y tecnologías “zombies”, e incluso instituciones que en lugar de cumplir su función, se corrompen y dañan, discriminando o victimizando, a sectores de la población a la que deberían asistir, como por ejemplo la policía. “El concepto de renuncia (o renoncement), no es un acto de frugalidad personal o una postura moralista, sino una herramienta política colectiva esencial para democratizar nuestro futuro”, dice Monnin. La herramienta tiene varios pasos que incluyen la adopción de responsabilidades colectivas frente al renunciamiento, que no vienen al caso y podemos profundizar en otro momento. Lo interesante por ahora es lo que Monnin llama trazar una "línea de cresta" o término medio entre dos extremos peligrosos: el mantenimiento del business as usual (que lleva al desastre) y la salida global inmediata y violenta de la civilización técnica. “Al elegir democráticamente qué hilos de su red "destejer" o erosionar, la sociedad recupera la agencia política sobre su destino material”, dice. 

Estos ejercicios por ahora nos quedan lejos, pero podríamos ir empezando. Todos sabemos que el modelo político que nos propone esta época es un modelo que divide a la sociedad entre gente que sirve y gente superflua. Gente que no. De hecho la carrera de la que habla el video del Partido Verde es una competencia para no quedar entre la gente que sobra, de ahí que detenernos no sea una opción. La única opción que nos queda es pensar todo de nuevo. Hacernos una pregunta vital y trascendental (¿cómo quiero vivir?, o ¿cómo debería ser mi vida para que yo esté conforme con ella?, o ¿cómo es para mi una vida exitosa? o cualquier pregunta que nos lleve a cuestionarnos cada aspecto de nuestra vida teniendo en cuenta el contexto actual), contestarla y, cuando tengamos la respuesta, así como estamos, al trotecito, sin perder ritmo, renunciar y cambiar el camino.

Hacernos una pregunta vital y trascendental, cualquier pregunta que nos lleve a cuestionarnos cada aspecto de nuestra vida teniendo en cuenta el contexto actual, contestarla y, cuando tengamos la respuesta, así como estamos, al trotecito, sin perder ritmo, renunciar y cambiar el camino

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