A favor del gobierno de las máquinas
Con era digital se cierra el paréntesis de Gutenberg, la vieja era escrita en la cual la autoridad emanaba de los textos y sus intérpretes. El pensamiento lineal, lógico y reflexivo que dio origen al orden jurídico es reemplazado por un mosaico reactivo, emocional y basado en patrones. Es coherente que a esta nueva mentalidad le corresponda un nuevo derecho compatible con la cognición maquínicamente constituida.
por Juan Iosa
Para entender el futuro que se nos viene encima, primero debemos entender las tres grandes eras de la cognición humana, dependientes a su vez de tres cambios tecnológicos. Pues la tecnología no solo cambia nuestras herramientas; cambia cómo pensamos.
La primera es la era oral.
Durante el 99% de nuestra existencia, vivimos en un mundo oral, sin escritura. ¿Cómo se regulaba, y se regula, una sociedad oral? A través de la memoria del anciano, la costumbre del grupo, el ritual alrededor de la fogata. El pensamiento oral es inmersivo, situacional y total. No es analítico ni distante; es participativo y emocional. La verdad no se encuentra en un texto; se experimenta en el calor del momento. El “juez” (el anciano, el chamán) no interpreta un código; él es memoria viva, costumbre hecha cuerpo. La justicia es una conversación en tiempo real. Y el peor castigo no es la cárcel sino el exilio: ser desconectado de la horda o la tribu.
La segunda es la era escritural.
Hace unos pocos miles de años inventamos la escritura. Y hace apenas 500, la imprenta. Nosotros vivimos en ”el paréntesis de Gutenberg”. O vivíamos. La escritura reconfiguró nuestro cerebro. Nos sacó de la inmersión de la tribu y nos dio el silencio del individuo. El pensamiento se volvió lineal, secuencial, lógico y abstracto. Ya no experimentábamos la verdad; la leíamos. Y de este nuevo cerebro lineal nacieron los artificios más poderosos de la era escritural. Entre otros el Estado-nación y su sistema operativo: la ley escrita.
Este es el ecosistema que hace posible la cultura jurídica tal como todavía hoy la concebimos. Jueces, abogados y teóricos del derecho somos una clase interpretadora. Nuestra existencia misma, nuestro poder social y nuestra función, dependen de la tecnología del texto. ¿Por qué? Porque el texto escrito es un artefacto extraordinario: es fijo, pero también es ambiguo. Está muerto en la página. Y crea un vacío cognitivo entre la norma general y abstracta (el artículo del código) y el caos particular y sangriento de la vida real (el caso). Nosotros somos los especialistas que operamos en ese espacio. Nuestro trabajo es la hermenéutica: tender un puente entre el texto muerto y el hecho vivo. Nuestro poder emana de esta habilidad. Somos, en el sentido más literal, los sacerdotes de la palabra escrita.
La tercera es la era digital, post-alfabética: la era de la pantalla.
Como todo paréntesis, el de Gutenberg también está destinado a cerrarse. La era digital no es una continuación del mundo escrito; más bien es su inversión. Es el retorno, con esteroides tecnológicos, a la mentalidad de la cultura oral. Estamos en una cultura postalfabética. Hemos dejado la línea lógica del libro por el scroll infinito del reel. El pensamiento digital no es lineal; es un mosaico. No es reflexivo; es reactivo. No es lógico; es emocional y basado en patrones. Volvemos a un mundo inmersivo, pero la fogata ahora es una pantalla dispersa en miles de millones de celulares alrededor del globo. La “verdad” ya no es lógica; es viral. El consenso de la tribu ha regresado, pero ahora se mide en likes, en shares, en tendencias algorítmicas.
En esta nueva era oral-digital cuyo amanecer estamos presenciando, la lenta, abstracta y distante justicia del Estado escrito se siente obsoleta. Y muy pronto lo será (ayer escuché a Elon Musk hablando sobre los servicios jurídicos que piensa prestar mediante Grok y todo el sistema digital de X).Y aquí es cuando termina nuestra historia, la de los abogados y juristas. Lo que viene es otro mundo.
En esta nueva era oral-digital, reactiva y basada en patrones, cuyo amanecer estamos presenciando, la lenta, abstracta y distante justicia del Estado escrito se siente obsoleta
Lo introduciré mediante una historia. Pues esta nueva cultura digital, con todas sus similitudes con la oral, merece ser contada antes que analizada.
Estamos en el año 2030. Claudia, trabaja para Alphabet Legal Services, una compañía que vende a sus usuarios un servicio de arbitraje en conflictos particulares. El edificio de los viejos tribunales es ahora un museo de la era de Gutenberg.
Claudia se conecta a la plataforma de Alpha Legal Sevices. Tiene un caso de incumplimiento contractual. Su asistente virtual, Themis 7.0, ya ha procesado el conflicto. Y aquí está el núcleo. Themis 7.0 no es un intérprete de textos. No le importa lo que el legislador quiso decir en 2026. Ese es un ejercicio de arqueología textual, propio del Paréntesis de Gutenberg.
La IA de Themis 7.0 hace algo radicalmente diferente: calcula. Su lógica no es hermenéutica; es estadística. No abre un código civil. Barre billones de puntos de datos para encontrar una solución optimizada basada en:
1. Patrones de Comportamiento: ¿Cómo se han resuelto 500 millones de disputas similares cargadas en la plataforma?
2. Consenso Moral: ¿Cuál es el ”sentimiento” moral actual de la red sobre la justicia en este tipo de casos? (Lo sabe por cada like que todos entregamos gratuitamente).
3. Eficiencia de la Red: ¿Cuál es la solución que genera menor fricción, i.e., menos recursos?
Themis 7.0 no es “justa” ni “legal” en el sentido abstracto de nuestros códigos. Es “justa” en el sentido inmersivo de la nueva tribu digital: refleja perfectamente el consenso social, o al menos el consenso de la mayoría moral.
La capacidad de garantizar la cooperación social ha sido transferida desde el Estado a Alpha Legal Sevices. ¿Y el monopolio de la violencia?
Claudia mira su pantalla. La parte demandada se niega a cumplir el laudo de Themis 7.0. Claudia autoriza la Ejecución de Nivel 1. La sanción es espectacularmente similar al castigo de la era oral: la desconexión forzosa.
El mundo del demandado se apaga. Su auto no arranca. Sus créditos no funcionan. Sus puertas no se abren. La desconexión es el castigo supremo en una sociedad donde la conexión lo es todo. Es el exilio de la fogata digital.
El Paréntesis de Gutenberg se está cerrando: estamos volviendo a la mentalidad de la tribu, una tribu postalfabética que valora la eficiencia del algoritmo por encima de la reflexión lógica
¿Es terrible?
Esta historia es plausible no sólo por los desarrollos tecnológicos de los cuales somos testigos sino por el cambio en la cognición humana que los acompaña. El Paréntesis de Gutenberg se está cerrando. Estamos volviendo a la mentalidad de la tribu. Una tribu postalfabética que valora la eficiencia del algoritmo por encima de la reflexión lógica. El sistema de Alphabet Legal Services triunfa no porque sea “más justo” en el sentido textual que actualmente defendemos. Triunfa porque es cognitivamente compatible con el nuevo ser humano.
Nosotros los abogados, estemos de uno u otro lado de la barandilla, somos la clase interpretadora. Nuestro poder emana del texto. Cuando finalice la mutación y el ser humano esté mucho más vinculado a las máquinas lingüísticas que a los escritos, habremos dejado de ser necesarios y nuestra existencia como abogados llegará a su fin.
Hay un sentido claro en que este es un panorama catastrófico: la gran mayoría de los puestos de trabajo jurídico se perderán: no tendrá sentido estudiar derecho pues no habrá abogados. Quedarán, a lo sumo y con suerte, asistentes como Claudia cargando los datos en las máquinas y tal vez alguna instancia humana de revisión de lo decidido por ellas. Pero las formas de vida asociadas al derecho habrán desaparecido. Incluso hoy todo ese mundo leguleyo que conversaba y se reía en los pasillos de tribunales, que tocaba la puerta del juzgado para hablar con la secretaria o la jueza, que recibía a un notificador de carne y hueso trayendo buenas o malas noticias, está en vías de extinción.
Habrá perecido también el modo de legitimación personal propio del derecho moderno: la idea de que el derecho vale porque es expresión de la voluntad del pueblo. Ello porque el pueblo se expresa a través de leyes, leyes que quedan escritas en textos a ser interpretados por abogados. Pero en nuestra distopía tecnológica (o tal vez sea una utopía, no lo sé, estas cosas siempre son ambivalentes), la máquina trabaja exclusivamente calculando la similitud del nuevo caso con casos pasados, como hacían los jueces del antiguo régimen. De modo que el derecho (si lo que queda es digno de tal nombre) ya no requerirá de leyes ni, en consecuencia, de acudir a la voluntad del pueblo como vía de legitimación.
Habrá que lamentar entonces la pérdida de la entrañable posibilidad de acudir al pueblo como modo de legitimación de nuestras prácticas normativas y coercitivas. Tengamos en cuenta, sin embargo, que, como decía hace un momento, en la medida en que las decisiones sean adecuadas a la moral positiva de la mayoría, al menos de la mayoría que acude a las máquinas para resolver sus disputas, el sistema será estable. Y eso es algo a valorar.
¿Pero será legítimo? Es claro que si contáramos con algo tan potente como la idea de pueblo como instancia de legitimación del poder de adjudicación, no tendremos tanto que lamentar. Obsérvese que si estamos ante un modelo de arbitraje, i.e., uno que depende del acuerdo entre partes para someter el caso a la adjudicación maquínica, entonces la legitimidad de la decisión y de su posible imposición coactiva será equivalente a la del acuerdo al que llegaron las partes. ¿Pero qué pasa si pensamos no ya en un arbitraje al que las partes se someten voluntariamente sino en un sistema coactivo que se les impone tal como lo hace el derecho público vigente? ¿Es posible pensar la legitimidad de tal sistema? No lo sé. Solo sé que si ese sistema es compatible con la nueva cognición humana maquínicamente constituida, entonces el viejo sistema habrá dejado de existir. Podremos quedarnos añorando el viejo principio de legitimidad, pero será un principio que no tendrá nada que legitimar.
Si el futuro del derecho se parece al modelo que estoy elucubrando, bien nos valdrá entonces ponernos a pensar sus condiciones de legitimidad, si puede tenerlas.
¿Cabe entonces estar a favor del gobierno de las máquinas? O, para ser más precisos y limitar adecuadamente la idea expuesta en el título de este ensayo, cabe celebrar una adjudicación maquínica? Todavía es muy pronto para saberlo. Sus costos están bastante claros. Pero no he desarrollado sus beneficios. No lo haré aquí. Sí quisiera cerrar dando cuenta del modo en que me parece sensato estar a favor de tal gobierno. Si la adjudicación maquínica se adecúa mejor a nuestra nueva cognición recién adquirida, entonces es la única posible. Es, o será, necesaria. Y tiene todo el sentido pensar sobre aquello que es tan probable, casi necesario que suceda. Por lo tanto este texto debió haberse llamado ”a favor de pensar el gobierno de las máquinas”.
Si la adjudicación maquínica se adecúa mejor a nuestra nueva cognición recién adquirida, entonces es la única posible
