A favor del periodismo

Lugar común: pegarle al periodismo. Por izquierda y por derecha, por arriba y por abajo, la que fuera la profesión occidental mas prestigiada 30 años atrás hoy se encuentra bajo acoso, jaqueada por los populismos de moda. "No odiamos lo suficiente a los periodistas": Acá se les declara su amor

por Silvia Mercado

"Al parecer, todos tienen problemas con las noticias" dice uno de los informes del Pew Research Center, la institución que desde el 2004 acompaña al periodismo y la opinión pública con investigaciones basadas en encuestas y análisis de datos, en un informe donde destaca que a mediados del siglo XX, los medios de comunicación estaban entre las instituciones más confiables de los Estados Unidos. Por el contrario, hoy se encuentran casi al final de la lista, superados solo por el Congreso. 

En ese estudio realizado en 2020, antes de la pandemia, el Pew encontró que menos de la mitad de los estadounidenses confiaba en que los periodistas actúan de acuerdo al  interés del público y, por el contrario, consideraba que "el público era más propenso a considerar que a las organizaciones de noticias no les importan a las personas sobre las que informan".

En una actualización realizada a fines de 2024, Pew destacó la brecha generacional, donde el 37% de jóvenes se informa a través de los news influencers en lugar de apelar al periodismo tradicional. Detectó, además, grandes diferencias entre los votan al partido republicano, quienes solo el 11% confía en el periodismo, contra el 58% de los demócratas. "La desconfianza hacia los medios de comunicación ha aumentado constantemente durante más de medio siglo debido a la polarización, la proliferación de fuentes de noticias en la era de internet y la reducción de la industria ante la disrupción económica", resumió Pew antes de dar algunas recomendaciones para que el periodismo recupere la confianza.

Aunque se trata de un proceso que viene de lejos, se puso en primer plano en las presidencias del disruptivo Donald Trump, quien llegó con la promesa de luchar contra "el gran periodismo", como militaban desde su primeros posteos los medios de ultraderecha como el  Breitbart News Network, que tenía una sección dedicada especialmente a la noble tarea de combatir a la "vieja guardia mediática". Trump le dio contenido político a ese malestar, utilizó todas las recomendaciones de los "ingenieros del caos" que diez años después conceptualizó Giuliano Da Empoli. El ejemplo del magnate del real estate cruzó mares y océanos y un día aterrizó, campante y estridente, en nuestra Casa Rosada.

Pew destacó la brecha generacional, donde el 37% de jóvenes se informa a través de los news influencers en lugar de apelar al periodismo tradicional. Detectó, además, grandes diferencias entre los votan al partido republicano, quienes solo el 11% confía en el periodismo, contra el 58% de los demócratas.

Quizás las nuevas generaciones de libertarios desconozcan el fenomenal aporte del periodismo a la investigación de casos de corrupción política y estatal. Desde el caso IBM-Banco Nación, al Caso Skanska, desde el Caso Ciccone al cuaderno de las coimas hasta el presunto lavado de dinero a través de alquileres de habitaciones de Hotesur y Los Sauces. ¿Sabrán que el Memorando de Irán fue expuesto por el periodista Pepe Eliaschev? ¿Tendrán alguna idea de que aquí hubo grandes tragedias como la de Once o la de Cromañón o la del ARA San Juan donde se buscó ocultar información que el periodismo logró exponer? ¿Quién estuvo al lado de esas familias de las víctimas y de todas las víctimas de las muertes y crímenes más atroces desde el reinicio de la democracia? ¿Qué se sabría de Yabrán? ¿Por qué creen que José Luis Cabezas fue asesinado en una cantera de las afueras de Pinamar? ¿Qué conoceríamos del triste destino de Luciano Arruga o de Santiago Maldonado? Y más cerca, cuánto conoceríamos del manejo espúreo de planes sociales, del caso LIBRA, del caso Andis, de sucesivas contrataciones a empresas amigas del Gobierno.

Es curioso que líderes políticos que fueron impulsados por los medios de comunicación y la trama tecnológica nacida con Internet, como Trump y Javier Milei, teniendo tantas cosas que hacer, estén tan obsesionados con lo que dicen los periodistas.  Alejo Schapire, feroz crítico del progresismo, no ocultó en la revista de derecha moderada Seúl: "lo que ocurre con Milei y Trump es que ambos deben en buena medida su existencia política a la mediática, a la mezcla de entretenimiento y periodismo. Fue a través de la 'batalla cultural' televisada que surgieron como divertidas excentricidades,... (lo que les permitió)  domesticar la opinión gracias al espacio mediático que les abriría la puerta de la Casa Blanca y la Rosada".

Controlar la narrativa

Es que los medios y redes sociales son fundamentales para controlar la narrativa. Al punto que, describe Schapire, "Milei no ve un problema en la asimetría de que un Jefe de Estado se enfrente a un periodista. Cree en la ilusoria horizontalidad del mano a mano de las peleas tuiteras. Y es probable que las puteadas a los reporteros queden solo en eso y que -ojalá- nadie sea perseguido o reprimido por el aparato estatal y que la dramatización de la corporación periodística no sea más que una sobreactuación contra un presidente que aborrecen. Nadie sabe qué va a pasar, es un nuevo paradigma, el de la trollcracia, a veces violenta, a veces divertida, a veces las dos al mismo tiempo".

No es algo nuevo para el periodismo, profesión liberal como pocas si es ejercida en un contexto democrático y -en formal ideal- sin la presión de anunciantes. Escribir, contar, exponer lo que el poder no quiere que se sepa es la base del periodismo en cualquier parte del mundo. Aunque, claro, los gobiernos prefieren la propaganda, la reproducción de su visión ideológica por un nuevo ¿periodismo? ejercido bajo la sumisión a cambio de no sólo de "pautas" o "sobres", o creación o supervivencia de algún medio o programa, sino de un poco de información que le es negada al resto de los periodistas. A esos ¿profesionales? solo les interesa mostrar su acceso al poder. Sucedió en todos los gobiernos. O casi. ¿Por qué Milei se iba a privar, si es hijo de ese proceso de furia contra el sistema, que incluye también a los medios y periodistas?

Claro que Milei representó ese odio social. Estaba como carne viva en la sociedad. Podría decirse que pocas cosas entiende mejor su electorado que esa retórica de deslegitimación que reza "no odiamos lo suficiente a los periodistas", una frase que seguramente escribió Santiago Caputo, el mago de la narrativa polarizadora local, un talento para cavar en la polarización.

Milei llegó al poder y se dio licencia para que cualquiera agreda a los periodistas en los chats que antes eran de amigos. De repente, pocos -fuera de los propios colegas- se solidarizaron con los insultados por el discurso violento del Presidente. Ser periodista se transformó en una estrella amarilla a la que señalar y evitar. Son los chupamedias de siempre. Fue así con el kirchnerismo. Lo es ahora, otra vez. 

¿Sabrán que el Memorando de Irán fue expuesto por el periodista Pepe Eliaschev? ¿Tendrán alguna idea de que aquí hubo grandes tragedias como la de Once o la de Cromañón o la del ARA San Juan donde se buscó ocultar información que el periodismo logró exponer? ¿Quién estuvo al lado de esas familias de las víctimas y de todas las víctimas de las muertes y crímenes más atroces desde el reinicio de la democracia? ¿Qué se sabría de Yabrán? ¿Por qué creen que José Luis Cabezas fue asesinado en una cantera de las afueras de Pinamar?

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 Pero ¿Milei sigue siendo un outsider o ya lidera una nueva casta? 

Lo que tal vez no tengan en cuenta los oportunistas de la moral, los que acomodan sus valores al poder de turno, es que la historia está en permanente movimiento. Y que si Juan Domingo Perón con unos pocos medios de comunicación que había en su época y control del insumo básico del periodismo como era el papel de diario tuvo un tercer mandato donde confesó que no le había servido en nada la censura y la autocensura, ¿alguien puede creer que en democracia el modelo libertario -o cualquier otro populismo de derecha o de izquierda- logrará domesticar al periodismo?** No se pudo en la dictadura de Nicolás Maduro, no se puede en la dictadura de los Castro. El periodismo siempre está al acecho e ingresa en los intersticios sociales para encontrar su audiencia, la que necesita que le cuenten lo que de verdad pasa.

Un reciente informe de Net Gen News en colaboración con Financial Times Strategies desmiente muchos de los lugares comunes actuales en torno a la información y el periodismo. Hay una frase, asegura, que nos ha quedado vieja, pero seguimos repitiéndola como si fuera una coartada: "la gente ya no quiere informarse". Este trabajo, afirma el consultor y comentarista Lluis Cucarella, "no solo la desmiente, sino que la deja en ridículo".

Más de la mitad de los consumidores "next gen" dice que se informa al menos a diario y una parte importante lo hace varias veces al día. Estas audiencias ya no son víctimas dócil del algoritmo, no hay una conducta pasiva, porque los consumidores añaden, podan, silencian, apagan notificaciones. El problema es que ya no hay una puerta para entrar y otra para salir, el problema no es la indiferencia: es el exceso, la fricción y el agotamiento. Aunque contrariamente a lo que puede suponerse, "el 65% prefiere profundidad antes que resumen. No quieren superficialidad: quieren elección y escalabilidad. Capas. Entradas rápidas y salidas profundas".

Y un dato se vuelve crucial: "los jóvenes pueden dedicar mucha atención a creadores o fuentes alternativas, pero siguen otorgando las puntuaciones más altas de confianza a medios tradicionales. Atención y confianza ya no coinciden. Y eso rompe el modelo mental de 'si me miran, me creen'". DANGER DANGER DANGER para trolls e influencers de noticias falsas.

Hace muchos años que uso una frase del sociólogo francés Dominique Wolton (78) en su libro "Pensar la comunicación". "No hay comunicación sin malentendido", dijo el director CNRS, donde dirige el proyecto "Comunicación y política". Es que lo viejo, funciona.

Este viernes 6 de febrero los colegas acreditados nos emocionamos ante la presencia del legendario periodista Roger Cohen, del New York Times, en la sala de conferencias escuchando las respuestas del jefe de Gabinete Manuel Adorni y el canciller Pablo Quirno sobre el reciente acuerdo comercial entre Argentina y los Estados Unidos. A los 70 años, Cohen estaba en la Rosada para buscar un reportaje a Milei, cuando podría hacerlo por vía digital. Como corresponsal en 60 países, entre ellos Irán, Irak e Israel, sabe de la importancia de estar en el lugar para ver lo que de otro modo se oculta. Sionista y a la vez crítico del nacionalismo israelí, cuando entramos a la sala estaba humildemente parado en el fondo, esperando que alguien le brinde alguna indicación. 

No me asombra su pasión por ver, escuchar, mirar, preguntar, escuchar, entender, y después comunicar. Soy periodista, y me nutro de ese ritual dominado por la curiosidad, donde no hay lugar para la indiferencia.

Por cierto, los periodistas estamos muy lejos de ser perfectos. ¿Alguien lo es? 

Nos equivocamos todos los días con los datos más variados. ¿Nadie se equivoca? 

Y seguramente no sopesamos la información a gusto de quien nos lee o nos escucha. ¿Existe el mundo donde todos pensemos exactamente lo mismo?

También es bien probable que hayamos cometido injusticias en nuestras coberturas. ¿Quién puede tirar la primera piedra?

Sin embargo, los periodistas tenemos la técnica y las fuentes que nos orientan y hasta las que pueden estar "operándonos", las que nos darán información fehaciente pero interesada, o directamente fake news. Porque de eso se trata este oficio mal pagado, que nos obliga al multiempleo. Lo nuestro es sumergirnos en la marea de la sobreinformación que muchas veces no tenemos posibilidad de procesar, asimilar y utilizar correctamente. Pero tenemos el método, la vocación y el coraje  ("periodismo es también coraje", dice Fernando Bravo). Cueste lo que cueste. Y caiga quien caiga.

Los periodistas tenemos la técnica y las fuentes que nos orientan y hasta las que pueden estar "operándonos", las que nos darán información fehaciente pero interesada, o directamente fake news. Porque de eso se trata este oficio mal pagado, que nos obliga al multiempleo. 

* "Lugar común, la muerte" es un libro de culto escrito por el periodista Tomás Eloy Martínez  en el año 1979 en Caracas, a donde se había exiliado por la dictadura argentina. Tiene retratos de Juan Manuel de Rosas, José López Rega y crónicas que cruzan realidad con ficción sobre Hiroshima y Nagasaki.

** Recordar que el prestigioso diario La Prensa tuvo que reducir drásticamente la impresión de sus ejemplares, que llegaron a tener un formato de 20 x 30, que se leían con lupa y con distribución mano en mano.