Algo salió mal con los millennials
Una de las narrativas más potentes de los millennials era que venían a democratizar la democracia: iban a llevar participación ciudadana y transparentar la política allí donde la democracia crujía, y libertad política allí donde había opresión. Pero algo salió mal.
Para cuando terminaba la primera década del siglo, parecía que los milennials se quedaban con todo. Por entonces, los nacidos a partir de 1990 empezaban a entrar al mercado del trabajo y a marcar el tiempo de la industria cultural. Si bien los milennials se cuentan desde 1981, los nacidos en la década del 90 eran los primeros “nativos digitales”, los que llegaron con internet bajo el brazo y, por eso, se suponía que le iban a sacar varios cuerpos a las generaciones anteriores. Hagamos cuentas: un millennial promedio, nacido en 1990 en un país con acceso a internet, urbano y de clase media, para cuando a los 10 o 12 años de edad se asomó al mundo, usaba motores de búsqueda (Google), compartía de manera gratuita contenido con derechos de autor (Napster), y publicaba contenido propio sin intermediación editorial (Blogger). En breve conocerían Facebook y Twitter. Zafaron de la parte unidireccional de internet y entraron directamente en la era de las redes sociales y los smartphones. Este fue el “muro de Berlín” de los millennials. El destino estaba servido, y así fue como pasaron de ser usuarios de tecnología, luego productores de contenido —con el tiempo los llamamos influencers— y, por decantación, en emprendedores. Iban a crear sus propias empresas, su propia sociedad y su propia democracia. Más que adaptarse al mundo, se decía por 2010, era el resto del mundo el que debía prepararse para ser aceptado por los millennials. Tenían el mundo en un puño y una altísima valoración de sí mismos.
Pero algo salió mal.
Más de 15 años después de aquel diagnóstico, hoy a los millennials se los llama “la generación quemada”. Trabajan un montón pero en laburos precarios. Tienen menos ahorros y menos hijos que sus padres y abuelos. La pax liberal con la que llegaron al mundo se les murió en los brazos. ¿Qué les pasó? Se dice que cada generación atraviesa una crisis económica global. Los millennials tuvieron dos: la crisis de las hipotecas subprime de 2008 era la suya, pero cuando llegó la pandemia de 2020 fue un cachetazo imposible de superar. Sin embargo, hay un tercer factor, menos explorado, que les rompió el sueño de ser el kilómetro cero de la humanidad. La llamaremos “la traición de Silicon Valley” y empieza con una foto.

En abril de 2018, Mark Zuckerberg está sentado ante un comité del Congreso de los Estados Unidos. Pálido, parece un niño asustado. Está rodeado de hombres y mujeres con gesto adusto y preocupado. El saco oscuro (¿es la primera vez que lo vemos de traje?) le queda un talle grande y lleva una corbata de color violeta. Parece vestido para una fiesta de 15. Sin embargo, está dando explicaciones por el uso de datos privados de los usuarios de Facebook en campañas electorales. ¿Qué significó esto para la cultura millennial?
Una de las narrativas más potentes de esta generación era que ellos venían a democratizar la democracia: iban a llevar participación ciudadana y transparentar la política allí donde la democracia, siempre imperfecta, crujía, y libertad política allí donde había opresión. Con la ayuda de los smartphones, la conectividad ubicua y un ego enorme, iban a corregir aquellas desviaciones que años de luchas, movilizaciones, elecciones y ¡guerras! no habían logrado: igualdad y libertad. Alrededor de esa misión construyeron sus mitos fundacionales. WikiLeaks, que nace en 2006 y debuta con la filtración en 2007 del asesinato de civiles y periodistas iraquíes en Bagdad a manos de militares estadounidenses; la Primavera Árabe, los movimientos de protesta contra regímenes dictatoriales en Túnez, Egipto, Libia, Siria, Yemen y Argelia en 2010, facilitados por herramientas de comunicación instantánea y redes sociales; o la llamada Revolución de los Jóvenes en Egipto, en 2011, que provocó la caída de Hosni Mubarak, que llevaba 30 años en el poder. En Argentina tuvimos un intento de mito fundacional rápidamente fallido. Fue el Partido de la Red, fundado por los entonces emprendedores tecnológicos Santiago Siri y Esteban Brenman en 2012, que venía a transparentar la actividad política, se presentó a elecciones en 2013 por la Legislatura de Buenos Aires y recibió el 1% de los votos.
Si bien los milennials se cuentan desde 1981, los nacidos en la década del 90 eran los primeros “nativos digitales”, los que llegaron con internet bajo el brazo y, por eso, se suponía que le iban a sacar varios cuerpos a las generaciones anteriores.

Por entonces el obamismo estaba en su esplendor. Fluía el dinero para políticas de inclusión LGBT, el respeto a derechos civiles y para acciones de concientización por el cambio climático, tres temas que, según las encuestas, movilizaban a los millennials no importa dónde vivieran o con qué posibilidades materiales contaran. Así empezaron a brotar líderes sociales y políticos con una fuerte combinación de narrativa personal, impacto global y una comprensión casi natural del funcionamiento de los medios y las redes sociales. Los millennials tenían sus héroes. Eran tapas de revista y tendencias en redes Edward Snowden, el consultor tecnológico que contó de la existencia de programas de espionaje de la CIA y de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos; y el soldado Bradley Manning (hoy identificada como Chelsea Manning tras cambiar de género en 2013), proveedor de WikiLeaks en los conflictos afganos. Las persecuciones judiciales y mediáticas contra ambos —podemos sumar aquí a Julian Assange, fundador de WikiLeaks, aunque no pertenezca a la generación millennial— los volvieron modelos de civismo y resistencia al poder político. Pero no eran los únicos. No paraban de crecer los íconos de esta generación: Joshua Wong, “el heredero de Tiananmen”, líder estudiantil y de la llamada “Revolución de los paraguas” en Hong Kong; Malala Yousafzai, que ganó el Premio Nobel de la Paz por su lucha contra los talibanes para garantizar el derecho a la educación a mujeres y niñas; o la iraquí Nadia Murad, activista de derechos humanos, secuestrada durante tres años por el Estado Islámico y también Premio Nobel de la Paz en 2018 por su militancia contra el uso de la violencia sexual como arma en guerras y conflictos armados.
Todos ellos, por supuesto, sostenidos por los creadores del nuevo mundo. Evan Spiegel (Snapchat), Ryan Graves (Uber), Drew Houston (Dropbox), Brian Chesky (Airbnb), Marcus Persson (Minecraft), por poner algunos ejemplos, todos millennials, que convirtieron en faros generacionales bajo la premisa de que creaban sus compañías no solo por la oportunidad de volverse mega ricos, sino por algún tipo de altruismo, alrededor de las ideas de democratizar la comunicación, horizontalizar las relaciones de poder, eliminar las intermediaciones y disminuir la brecha digital. Esa narrativa se hizo carne en la generación millennial. Destacado entre todos, el gran héroe, Mark Zuckerberg (Facebook). Hasta que llegó Cambridge Analytica.
Cambridge Analytica era una compañía británica nacida en 2013 que aplicaba la exploración y el análisis de datos a procesos electorales para la creación de campañas políticas. Solo en 2014, apenas un año después de creada, trabajó en 44 campañas políticas estadounidenses. En 2015 trabajó para la campaña presidencial del republicano Ted Cruz y, en Argentina, para el PRO en la campaña presidencial de Mauricio Macri. En 2016 asesoró al luego victorioso Donald Trump y fue clave en la campaña para la salida del Reino Unido de la Unión Europea, el brexit. Una confesión de antiguos empleados de Cambridge Analytica a The Guardian y The New York Times reveló que la empresa había recopilado datos de 87 millones de usuarios de Facebook para utilizarlos en propaganda política en favor de Cruz primero y de Trump luego. Por esto es que Zuckerberg terminó testificando y pidiendo disculpas ante el Congreso de los Estados Unidos. Pero ya era tarde. La plataforma que nació para ver en qué andan tus compañeros del secundario y que empujó revueltas por derechos civiles en el mundo árabes se había convertido en el primer caso conocido de uso de algoritmos con objetivos políticos. A partir de allí y en muy pocos años, Silicon Valley pasó de ser un enclave progresista, idealista, donde vivían y creaban empresarios tecno-hippies con OSDE 10.000 y a donde soñaba retirarse Barack Obama en 2016 para convertirse en emprendedor, a transformarse en el epicentro (hoy compartido con Texas) de empresas de tecnología socias del Estado en el control de la discusión pública, la vigilancia ciudadana y la fragmentación política. Esta “traición de las élites”, que mostró cómo la tecnología se volvía en contra de los usuarios y creadores de contenido, fue una desilusión para los millennials.
Los millennials crecieron con un relato muy fuerte: el trabajo tiene que tener sentido; las empresas pueden cambiar el mundo, la tecnología democratiza. Y se fueron desilusionando en el camino. El problema es que las organizaciones que prometían todo eso (Google, Facebook,etc) terminaron mostrando algo bastante clásico en la historia del capitalismo: la lógica del poder y del negocio termina reabsorbiendo las promesas idealistas. El escándalo de Cambridge Analytica es paradigmático: expuso crudamente que la infraestructura tecnológica que prometía democratizar la comunicación también podía ser usada para manipularla.
Quien habla es Andrés Hatum, profesor en Management & Organization de la Escuela de Negocios de la Universidad Torcuato Di Tella, Phd en Management and Organization en Warwick Business School (Universidad de Warwick, Inglaterra), licenciado en Ciencias Políticas (UCA) y Executive MBA (IAE), autor de numerosos libros sobre gestión de organizaciones, y colaborador de La Nación. Se especializa en procesos de cambio organizacional y cultural, gestión del talento, coaching directivo y equipos de alta performance. No dice su edad, pero sabemos que no es millennial, aunque los conoce muy bien de las aulas y las empresas.
Andrés reconoce en conversación con Supernova que si bien no podemos hablar de fracaso generacional, sí es cierto que aquella necesidad millennial de poner un propósito a su vida más allá de la ruta de estudio y trabajo, se volvió una desilusión:
Creo que pasaron tres cosas, bastante interesantes: Primero, que el propósito no desapareció, pero se volvió sospechoso. Hoy el discurso de empresa con propósito sigue vigente, pero perdió inocencia. Los empleados —no solo millennials— son mucho más escépticos frente a esas ideas. Segundo, se desplazó del nivel organizacional al individual. Antes la expectativa era quiero trabajar en una empresa que cambie el mundo, creo que hoy es más realista: quiero que mi trabajo no me destruya, y si puedo, que tenga algo de sentido. Finalmente, las organizaciones adoptaron el lenguaje millennial, no necesariamente la práctica. Muchas empresas incorporaron ideas y prácticas de diversidad, sustentabilidad, pero en muchos casos como capas discursivas más que como transformaciones profundas. Los millennials no fracasaron, pero sí chocaron con un límite estructural. Descubrieron que cambiar organizaciones complejas no es una cuestión generacional, sino política, económica y de poder. Y eso generó algo interesante: una generación menos ingenua. En definitiva, como siempre pasa, se adaptaron.
La adultez les pasó una factura tremenda, mucho peor de la que sufrimos los Generación X, que en todo caso no nos hacíamos demasiadas ilusiones con nada. Pero los millennials tuvieron —tienen aún — que enfrentar la paradoja de ser la generación más preparada de la historia, y a la que más difícil se le hace acceder y mantenerse en un mercado de trabajo que, en un principio, parecía diseñado a medida por y para ella. Ninguna encuesta les da bien: tienen menos ingresos, menores tasas de empleo y menores tasas de emancipación, propiedad, fertilidad o riqueza potencial que las generaciones previas. Es probable que sean la primera generación en la historia económica moderna en terminar en peor situación que sus padres.
Pero algo salió mal y en muy pocos años, Silicon Valley pasó de ser un enclave progresista, idealista, donde vivían y creaban empresarios tecno-hippies con OSDE 10.000 y a donde soñaba retirarse Barack Obama en 2016 para convertirse en emprendedor, a transformarse en el epicentro (hoy compartido con Texas) de empresas de tecnología socias del Estado en el control de la discusión pública, la vigilancia ciudadana y la fragmentación política.
Por supuesto que nada está garantizado, pero se suponía que los millennials conquistarían una mayor seguridad laboral, mejores salarios e incluso más tiempo libre. “Sin embargo, cuanto más trabajamos, cuanto más eficientes demostramos ser, peores se vuelven nuestros trabajos: salarios más bajos, peores beneficios y menor seguridad laboral. Nuestra eficiencia no ha logrado frenar el estancamiento salarial; nuestra constancia no nos ha hecho más valiosos. De hecho, nuestro compromiso con el trabajo, por muy explotador que sea, no ha hecho más que fomentar y facilitar dicha explotación. Toleramos que las empresas nos traten mal porque no vemos otra opción. No renunciamos. Nos convencemos de que no nos esforzamos lo suficiente. Y conseguimos un segundo empleo”, dice la escritora y periodista Anne Helen Petersen en su libro No puedo más. Cómo los millennials se convirtieron en la generación quemada.
Andrés Hatum la entiende a la perfección:
Los millennials fueron la primera generación en intentar explícitamente romper con el modelo de vivir para trabajar. Instalaron temas clave como balance vida-trabajo; bienestar; salud mental y flexibilidad. Pero al mismo tiempo, fueron también la primera generación en vivir plenamente bajo condiciones de conectividad permanente, difuminación total de fronteras entre trabajo y vida, y presión por auto-gestión constante. Me parece una paradoja brutal porque es una generación que buscó liberarse del trabajo y terminaron llevándolo en el bolsillo 24/7. Hermoso. Además, se suma otro fenómeno: la internalización del mandato de productividad. Si antes el control venía del jefe, hoy muchas veces viene del propio individuo. Es lo que en tus propios términos podríamos llamar una forma de autoexplotación sofisticada.
¿Y qué fue de la democracia alla millennial? Quizás al final de cuentas eso no les salió tan mal. Quizás estas democracias low battery de Javier Milei y Donald Trump y las que vendrán sean el lado B del sueño millennial, un daño colateral: altísima penetración de la tecnología, deificación de los empresarios tecnológicos, destrucción de la autoridad y reinado del algoritmo. Al final lo lograron, aunque no fuera exactamente como lo querían. Pero bueno, como nos enseñan las fábulas de Ésopo: ten cuidado con lo que deseas.
Los millennials tuvieron —tienen aún— que enfrentar la paradoja de ser la generación más preparada de la historia, y a la que más difícil se le hace acceder y mantenerse en un mercado de trabajo que, en un principio, parecía diseñado a medida por y para ella. Ninguna encuesta les da bien.