Amistades digitales

De los amigos incondicionales de la ficción noventosa a los seguidores de las redes sociales, un recorrido por cómo la virtualidad transformó los modos de vincularnos sin lograr, del todo, reemplazar la experiencia compartida.

por Ingrid Sarchman

1. Amigos serán amigos porque nada cambiará y no habrá que volver a empezar

A mediados de los 90 del siglo pasado, todo lo relacionado con internet, incluidas las relaciones que la virtualidad propiciaba, sonaba nuevo y extraño a los oídos. Salas de chat, nicknames, sign in, log off, email, send y receive, Yahoo, ICQ, AOL y otros tantos términos se instalaban en la vida cotidiana de manera abrupta. Y, aunque al principio, la ambigüedad de los anglicismos podía llevar a confusiones (todavía recuerdo cuando una compañera de trabajo creyó que alguien le había mandado un mensaje subido de tono porque el servidor se llamaba “Hotmail”), en poco tiempo esta jerga pasó a formar parte de los usos y costumbres. 

Unos años antes, la televisión abierta había puesto al aire dos programas de ficción que, a la distancia, podrían relacionarse por algo más que la masividad de sus respectivas  audiencias: Amigos son los amigos y La banda del Golden Rocket contaban historias sobre personas que se conocían por situaciones externas a su voluntad, pero que, a lo largo de la trama, terminaban siendo amigos íntimos. 

En el primer caso, la serie que se emitió por Telefé desde 1990 hasta 1993 contaba la historia de Carlos y Pablo (Carlos Calvo y Pablo Rago, respectivamente) que gracias a una confusión inmobiliaria obligaba a ambos a vivir bajo el mismo techo. A la diferencia de edad se sumaban otras diferencias relacionadas con el estilo de vida (uno era una especie de playboy mientras que el otro era un joven más bien recatado). 

Con el tiempo no solo iban aprendiendo a convivir, sino que se terminaban convirtiendo en una especie de pareja dispareja de amigos sostenida en el amor fraternal y la complicidad (de ahí el título). El programa fue tan popular que hizo que la gente empezara a usar “vos fumá” como expresión para tranquilizar a otro, “es una lucha” para describir el esfuerzo que conlleva la vida cotidiana y el término “pendex” para llamar de manera cariñosa a alguien más joven. Cada episodio terminaba con “Friends will be Friends” de la banda inglesa Queen, una canción lanzada apenas cuatro años antes.

En La banda del Golden Rocket, emitida por Canal 13 desde 1991 hasta principios de 1993, la reunión de los tres protagonistas se daba por la muerte del abuelo. Diego, Adrián y Fabián (Torres, Suar y Vena,respectivamente) eran primos hermanos pero por alguna vieja pelea familiar no habían tenido contacto entre sí por años. Cada uno vivía más o menos tranquilo hasta que recibían la triste noticia junto con otra más: el abuelo, antes de morir, había decidido heredarles un viejo auto de colección, el  Golden Rocket de 1950 que le daba nombre al programa. 

Esta situación los obligaba a encontrarse y decidir qué hacer. Y aunque la primera opción era venderlo, repartirse la plata y seguir con sus vidas, por esas cosas del destino, el auto quedaba en la familia y empezaba a formar parte de las vivencias de estos primos, que de a poco se convertían en íntimos amigos. El programa contaba las vicisitudes que atravesaban ellos entre sí, con sus parejas y otros personajes que iban apareciendo en escena. Como en Amigos son los amigos, las diferentes personalidades empezaban chocando hasta que la amistad se volvía incondicional. 

La canción insignia, “Juntos para siempre”, fue compuesta por Alejandro Lerner, quien la cantaba en la apertura junto a Esteban Mellino. Treinta y cinco años después es inevitable que los primeros acordes recuerden al programa. “Una vez más, te miro y mantengo el recuerdo. Tu eres continuidad y amor. Palabras de honor, un pacto de amistad. El mismo sentimiento sin edad. Nada cambiará, no habrá que volver a empezar…”, entonaban a coro Lerner y Mellino. 

A costa de parecer tendenciosa, o estar haciendo una teoría social algo forzada, podría pensarse que en estos versos se resumía algo del clima finisecular. Porque mientras en los libros se pregonaba la posmodernidad y la muerte de los grandes relatos de la mano de autores como Lyotard o Lipovetsky, entre otros, o la teoría de los “no lugares” de Marc Augé, ambas ficciones intentaban rescatar algo que todavía parecía querer subsistir: los lazos, los espacios físicos compartidos (un departamento, un auto, un bar) y por supuesto, un grupo de amigos que prometía, como lo decía la canción, un mismo sentimiento que se sostendría en el tiempo con los códigos inalterables. De alguna manera, las ficciones contradecían, incluso con frases de Perogrullo, el fin de un mundo conocido y seguro.

Sin embargo, las promesas de que Amigos serán amigos y que nada cambiará (porque) no habrá que volver a empezar se pusieron en entredicho cuando las personas, sentadas frente a una pantalla, advirtieron que sus nombres, apellidos, familias, trabajos, barrios y hasta género, podrían cambiarse. En ese sentido, la inestabilidad (junto con la inmaterialidad) que ofrecía la virtualidad podría ser una oportunidad única para quienes sí querían que algo cambiara, aunque más no fuera de manera imaginaria.

La banda del Golden Rocket, emitida por Canal 13 desde 1991 hasta principios de 1993, contaba las vicisitudes que atravesaban Diego, Adrián y Fabián (Torres, Suar y Vena,respectivamente) con sus parejas y otros personajes que iban apareciendo en escena. Como en Amigos son los amigos, las diferentes personalidades empezaban chocando hasta que la amistad se volvía incondicional. 

Imagen editable

2. Te busco, me buscas

Los primeros chat rooms, cuya traducción sería “salas de conversación” fueron espacios de reunión ofrecidos en las páginas de los principales buscadores ─como Yahoo primero, AOL más adelante y otros tantos─ y en los portales de los diarios. Clarín fue uno de los pioneros en ofrecer ese servicio. Algunas eran salas generales donde esas identidades ficticias se reunían alrededor de un fuego de intensidad oscilante mientras que otras se concentraban en temas más específicos (viajes, barrios, carreras, etc.). 

Y aunque la charla era grupal, podían abrirse espacios virtuales, las llamadas “salas privadas” para iniciar conversaciones entre dos personas. Todos los servicios eran gratuitos, porque la conexión mediante dial-up ya implicaba un costo adicional en la línea telefónica.

Por otro lado, para entrar en estos espacios, solo se exigía un nombre ficticio y una contraseña que permitiera una identificación mínima a los ojos de los otros igual de imaginarios. Ni siquiera había que poner una foto porque el sistema ofrecía dibujos genéricos. Recordemos que a fines del siglo pasado, las cámaras digitales apenas asomaban al mercado, de manera que no era común que nuestras caras estuvieran escaneadas. Pero lo más interesante no estaba tanto en la opción a reinventarse sino en que ese gesto solitario tuviera un correlato en otros tan iguales, cómplices y anónimos como uno mismo, y que entre todos construyeran nuevos lenguajes y nuevos códigos. 

Podría suponerse que el auge de los locutorios, locales provistos de computadoras conectadas a internet, alquiladas por tiempo determinado, fuera el correlato y la imagen de esta manera de relacionarse. Boxes separados por mamparas transparentes donde cada persona se conectaba con ese universo virtual sin registrar que, a lo mejor, quien escribía al lado, formaba parte de ese mismo grupo fraterno en el que se estaba participando justo en ese momento. 

Esta misma disposición subjetiva podría explicar el auge de los servicios de mensajería que aparecerían para la misma época. En 1996 se lanzó al mercado ICQ ─un juego de palabras que en inglés se pronunciaría como I seek you (te busco)─ cuyo ícono era una flor roja que se ponía verde al conectarse. Permitía, como decía su nombre, buscar a alguien y agregarlo a una lista de “amigos”. Para eso había que abandonar el anonimato. Luego se podía conversar de manera privada, mandar archivos e incluso ver cuando la otra persona estaba escribiendo (el famoso typing…). Cuando el mensaje llegaba, el sistema avisaba con un sonido muy característico, como de sorpresa, algo así como Uh, Oh! y la flor del remitente titilaba. 

Tres años más tarde, Microsoft lanzó MSN Messenger, un programa similar al anterior cuyo ícono principal era una especie de silueta con cabeza y cuerpo cónico que giraba al conectarse. El sistema de colores era distinto al de su antecesor: azul para la desconexión; verde, conectado; amarillo, conectado pero lejos de la pantalla. También ofrecía la opción de agregar avisos del tipo “ocupado” y similares. Además, podían mandarse zumbidos que no eran más que vibraciones del propio ícono para llamar la atención de alguien sin necesidad de hablarle (con palabras). Había otros sonidos que indicaban cuando alguien se conectaba con su consecuente aviso en la pantalla.

Para el año 2000, las relaciones virtuales no solo habían dejado de ser una excepción o un complemento de las “reales”, sino que, con su propia jerga, habían instalado un nuevo tipo de disposición física y mental a diseñarse y presentarse ante los demás con una imagen simple. El sistema ofrecía por default la foto de paisaje, una planta, un animal y otros objetos naturales, y más adelante, cuando las cámaras digitales se hicieron populares, la posibilidad de agregar una foto de perfil. 

Solicitudes de amistad, vibraciones, sonidos específicos y colores cambiantes predisponían a las personas a reaccionar ante los demás con efectos físicos y psíquicos concretos. Ansiedad ante la desconexión, frustración por la falta de respuesta, o excitación por una acción intencionada, pasaron a formar parte del estado anímico general. 

Podría suponerse que el auge de los locutorios fuera el correlato y la imagen de esta manera de relacionarse. Boxes separados por mamparas transparentes donde cada persona se conectaba con ese universo virtual sin registrar que, a lo mejor, quien escribía al lado, formaba parte de ese mismo grupo fraterno en el que se estaba participando justo en ese momento.

3. Solicitudes de amistad

La mensajería instantánea preparó el terreno para que Facebook floreciera apenas unos años después. Y aunque técnicamente ya existían algunas redes sociales como SixDegrees, Myspace o incluso LinkedIn, Facebook proponía una novedad: conectar gente que ya se conocía de la vida real. Y esa característica cambiaba las reglas del juego porque demandaba tres cosas: que las personas terminaran de abandonar el anonimato, que estuvieran dispuestas a escribir y exhibir su biografía online y que se conectaran en red con otras personas igual de dispuestas. 

En otras palabras, no se trataba solo de poner el nombre y apellido, acompañados con una foto (después de todo, si Facebook se ofrecía como libro de caras era justo que cada quien mostrara la suya) sino de acceder y permitir el acceso ajeno a un espacio compartido donde se exhibiera y se consumiera, de manera activa y en simultáneo, las vidas propias y las ajenas. 

Esta red cumplía la promesa (o la amenaza) del ICQ y además le agregaba un cuerpo, colores, paisajes, y eventos biográficos. Para quienes venían experimentando con los sistemas anteriores, este paso implicó, en principio, acercar las pantallas a la vida primero y la vida a las pantallas, después. Así, lo que en principio fue una excusa para ponerle nombre a las caras que ya se “tenían de vista”, tomó vida propia y en poco tiempo se convirtió en una red a cielo abierto de conexiones sin importar que fueran reales o solo permanecieran en la virtualidad.

Las personas pasaron a llamarse “perfiles” exhibidos en “muros” dispuestas a recibir y enviar “solicitudes de amistad” de otros perfiles en las mismas condiciones. En el caso de que la solicitud se aceptara, se pasaba a ser “amigos”, una condición que podría sostenerse en el tiempo en la medida que ninguno se “eliminara” o, en el peor de los casos, se “bloqueara”. Cuando esto sucedía, el perfil dejaba de verse en la lista de amigos, aunque las fotos en común (si acaso existieran) permanecían. Lo que se borraba era la “etiqueta”, la evidencia de que alguna vez se compartió un espacio, un evento, o incluso la vida íntima. (Sobre ese tema, vale mencionar el episodio especial de Navidad de Black Mirror en el que, a partir de una decepción amorosa, la mujer decide bloquear a su ex pareja y los efectos se dan directamente sobre el cuerpo. En el universo del filme las personas bloqueadas aparecen como una silueta rellena de ruido blanco, como cuando las pantallas no logran captar la señal del satélite).

Facebook, además, ofreció la posibilidad de establecer algunas marcas personales y biográficas como el lugar y la fecha de nacimiento, el colegio, la profesión y hasta el estado civil. Esos datos, que en un principio servían para propiciar las conexiones entre posibles conocidos que, por ejemplo, habían nacido en la misma ciudad o ido al mismo colegio, con el tiempo funcionaron como ayuda memoria. La fecha de nacimiento sirvió para que cada cumpleaños apareciera en una especie de calendario y así propiciar en el muro los saludos de los “amigos”.  Al final del día, estaba todo disponible para que el perfil saludado agradeciera de manera general a cada uno, una economía de la amistad. 

Con respecto al estado civil, al principio, solo se ofrecían las opciones obvias, pero con el tiempo, el sistema permitió agregar la opción de “es complicado”, una expresión usada, hasta ese momento en la conversación coloquial, que la red tomaba como forma de evadir una respuesta más rotunda. Lo complicado de la relación advertía que, aunque no se estaba soltero o soltera del todo, tampoco se estaba tan disponible. No fuera a ser que algún desprevenido interpretara erróneamente la foto de las últimas vacaciones con poca ropa y mirando el mar. Al fin y al cabo, desde mucho antes, las conexiones virtuales ya eran opciones también para los encuentros amorosos. Por eso, los zumbidos del MSN o las reacciones en forma de corazón podrían asumirse como parte del ritual del cortejo destinado a llamar la atención de la otra persona. Sobre el pasaje del “dicho al hecho” nada podemos decir, en este caso. 

Para el año 2000, las relaciones virtuales habían instalado un nuevo tipo de disposición física y mental a diseñarse y presentarse ante los demás con una imagen simple. Solicitudes de amistad, vibraciones, sonidos específicos y colores cambiantes predisponían a las personas a reaccionar ante los demás con efectos físicos y psíquicos concretos. 

4. De amigos a seguidores

Podríamos afirmar que, a comienzos de la segunda década de nuestro siglo, las principales redes sociales, como X (ex Twitter) e Instagram se ubicaron cómodamente en el terreno de la vida social. Si Facebook había tenido que lidiar con los prejuicios acerca de la autenticidad de lo mostrado, esto se debía a que sus primeros usuarios aún podían distinguir entre la vida real y una figurada, entre el original y su máscara. Sin embargo, la incorporación de esta tecnología a la vida cotidiana se llevó a cabo de manera tan certera, tan absoluta, que la misma jerga se asumió sin mayores reflexiones. 

Tanto fue así, que en una entrevista a Neil Harbisson, uno de los principales referentes del movimiento cyborg, señaló que la simbiosis con los dispositivos era tan fuerte que no decimos “mi teléfono celular se quedó sin batería” sino “me quedé sin batería”, o avisamos “estoy conectado” cuando estamos a punto de iniciar una videollamada. Podría pensarse que fue esta misma fusión la que habilitó, en primera instancia, a nombrar amigos a los contactos, entre otras consecuencias.

Sin embargo, ni X ni Instagram conservaron el formato inaugurado por Facebook. No solo porque sus usos y costumbres así como sus interfaces son menos integrales ─en un caso, se permiten solo 280 caracteres y no abundan las fotos y en el otro, se privilegia la imagen por sobre la palabra y las historias efímeras que duran solo 24 horas (salvo que se las guarde como “historias destacadas”)─ sino porque los contactos ya no se nombran como “amigos” sino como “seguidores” y “seguidos”. 

Por otro lado, cuando en Facebook se aceptaba una solicitud, ambas partes se convertían en amigos mutuos, había una sola lista compartida. Acá, en cambio, se distingue entre a quienes se elige seguir y a quienes se permite que nos sigan. Los términos y condiciones cambian si el perfil es público o privado. Mientras que en el primer caso, cualquiera puede convertirse en seguidor, en el segundo se debe enviar una “solicitud de seguimiento” y esperar su aprobación. 

La lista de seguidos no suele coincidir con las de seguidores, aunque muchos contactos pueden ser los mismos. Cuando eso sucede aparece un pequeño cartel en el perfil que advierte “se siguen mutuamente” y muestra la lista de seguidos propios que, a su vez, siguen a esa persona. De esta manera, X nos avisa que esa persona es más o menos cercana. Se supone que a mayor cantidad de gente conocida (aunque ese mismo conocimiento sea uno apenas virtual o incluso inexistente) más cercano también será a nosotros mismos. 

En Instagram, la información puede ser más críptica, no solo porque la interfaz no notifica si esa persona nos sigue (lo hace solo cuando empieza a seguirnos), sino porque para comprobarlo, es necesario buscar ese dato con “la lupita”, un modo de búsqueda que remite a un tipo de pesquisa detectivesca más relacionado con otras cuestiones que entran en escena. Después de todo, que lo que una red considerara “amigo” pase a ser un “seguidor” y no necesariamente “seguido” en la otra implica, claro está, algo más que una terminología.

A costa de sonar algo nostálgica con el libro de caras, red precursora en esto de construir identidades digitales ofrecidas al ágora virtual, la modalidad y el gesto de “tenerse” en la lista de amigos, implicaba, por lo menos en la intención, algún tipo de conversación pública. Una especie de emulación de la charla de bar en el “muro” propio o de alguien más. Y tal vez sea esta característica la que pueda explicar por qué, en los últimos años, esta red haya sido abandonada por los más jóvenes, y usada predominantemente por las personas mayores a 60 años. Después de todo, para una generación nacida en las redes puede resultar menos novedoso establecer lazos a cielo abierto. Es una hipótesis, nada más.

Facebook proponía una novedad: conectar gente que ya se conocía de la vida real. Y esa característica cambiaba las reglas del juego porque demandaba tres cosas: que las personas terminaran de abandonar el anonimato, que estuvieran dispuestas a escribir y exhibir su biografía online y que se conectaran en red con otras personas igual de dispuestas.

5. Te sigo, te etiqueto, te stalkeo, te bloqueo

Desnaturalizar las expresiones permite entender no solo las lógicas digitales sino también sus efectos en la vida analógica. En ese sentido, es evidente que la diferencia entre tener amigos o seguidores no se agota en la reciprocidad. Si seguir implica ir por detrás de alguien, entonces la red pone en evidencia su condición de exposición y espectáculo individual ante los demás. Detrás o delante, nunca en el mismo lugar.

Una de las primeras condiciones de existencia tiene que ver con la manera en la que se ofrece el perfil: público o privado. Por otro lado, si hasta hace un tiempo, las diferencias entre X e Instagram parecían más obvias y estereotipadas (en una se propiciaba la discusión pública, mientras que en la otra, predominaba la imagen) esto ya no puede sostenerse de manera tajante. 

Figuras públicas como presidentes, ministros pero también artistas (algunos devenidos en influencers) pueden ser seguidos y exponer sus ideas en 280 caracteres (aunque la versión paga permite escribir más, editar, y hasta monetizar las interacciones) o en imágenes con algún texto en su bajada. Estas publicaciones son diseñadas para que los seguidores “reaccionen” con emojis sin necesidad de que respondan (con palabras) Lejos de una charla real, las redes emulan una especie de tribuna pública más asociada con la frase certera que pondrá el dedo en la llaga de las audiencias, sin importar su tamaño, que con una relación de pares. 

Cuando se elige tener el “perfil cerrado” las interacciones quedan restringidas a quienes han sido aceptados como seguidores, es decir, aunque hay menor tráfico relacional, la relación asimétrica no cambia. Un tipo de asimetría que, además, potencia las decisiones individuales sobre el resto de las personas.

El acople constante entre el dispositivo celular y el cuerpo físico insta, además de lo mencionado por Harbisson un poco más arriba, a adaptar las escenas, incluso las que reúnen a verdaderos amigos, a la foto correspondiente. El posterior etiquetado no es otra cosa que la prueba de que “hemos estado ahí” con ese seguido/seguidor. La foto como condición de exposición habilita, además a ser “espiado”. Esta modalidad recibe el nombre de stalkeo, un anglicismo españolizado que remite al verbo stalk, es decir “acechar” de manera silenciosa y subrepticia, aunque a veces, el teclado juegue una mala pasada y toquemos un botón que delate nuestra presencia.

Si bien el asunto del bloqueo ya se ha mencionado un poco más arriba, no deja de llamar la atención las consecuencias reales y virtuales que puede tener esta acción sobre seguidos y seguidores. Mientras que Instagram hace desaparecer el perfil como si ese nombre dejara de existir por completo, en X el perfil sigue visible, aunque no podemos interactuar con él. Las consecuencias de esta situación podrían leerse como una provocación que solo aumentaría la ira o, por el contrario, como un modo indulgente para propiciar la calma cuando las relaciones sociales se complican.

6. Un juego compartido y singular

A pesar de los diagnósticos sombríos acerca de la exacerbación del individualismo impulsada por la exposición desmedida en cualquier red, no podemos negar que las personas siguen (seguimos) propiciando la amistad en distintas formas. Y más allá del meme resignado que afirma que sin foto nada ha sucedido (picture or it didn´t happen), es evidente que los amigos son algo más que zombies exponiendo su vida social ante los demás. Sin negar la importancia del dispositivo que media, edita y narra de manera particular esos vínculos, los amigos forman parte de nuestra historia: la memoria compartida, las charlas profundas o las risas ante la anécdota mil veces contada. Por eso, tal vez el desafío sea descubrir que, en este caso, la asimetría es algo solo relacionado con las palabras que, por una vez, no alcanzan para describir los lazos amorosos, por suerte. Y que todavía existen bares, departamentos y autos donde sentir que “nada va a cambiar porque no habrá que volver a empezar”.

A costa de sonar algo nostálgica con el libro de caras, red precursora en esto de construir identidades digitales ofrecidas al ágora virtual, la modalidad y el gesto de “tenerse” en la lista de amigos, implicaba, por lo menos en la intención, algún tipo de conversación pública. Una especie de emulación de la charla de bar en el “muro” propio o de alguien más.