Bajar la guardia, la amistad como licencia para lo peor

La amistad suele pensarse como un vínculo que nos mejora o ennoblece. Pero tiene otra función, igual de importante y menos confesada: ofrecernos un espacio donde decir lo que no diríamos en ningún otro lugar, donde el juicio se suspende y lo inconfesable circula sin castigo. No tanto una escuela del bien como una zona de excepción moral.

por Íñigo Lomana

La palabra amigo puede tener tres significados: «conocido», «camarada» o «antagonista». [A los antagonistas] empiezas aborreciéndolos o queriéndolos y después te inspiran unas oleadas sucesivas de odio y de cariño, de sentimientos positivos y negativos. […] En todo caso, resulta imposible ignorarlos u olvidarlos. Son parte de ti, como una especie de complemento.

Philip Larkin (1941)

Con la excepción del amor, la maternidad y, por supuesto, el deseo, puede que ningún otro objeto de especulación despierte tanta ansia de palabrería y atraiga a tal cantidad de charlatanes como la amistad. El hecho de que sea uno de los pocos vínculos humanos que no parece cumplir una función meramente instrumental, y que no se sostiene mediante coerciones institucionales o tomas selectivas de rehenes —como con frecuencia ocurre, por ejemplo, con los niños en las relaciones de pareja—, lo vuelve extremadamente frágil y misterioso. Y tal vez esa sea la razón por la que ha ejercido una fascinación tan poderosa sobre la imaginación colectiva y ha dado pie a un universo tan desconcertante de generalizaciones cursis y grandilocuentes. Muchas de ellas, al menos las que a mí más me interesan, giran en torno a dos grandes ejes argumentales, uno centrado en el hedonismo y otro en la virtud, que a veces se combinan de manera muy sofisticada para dar pie a una retahíla de conjeturas aún más empalagosas. 

De acuerdo con la tesis hedonista, la forja de una amistad es siempre un horizonte de entusiasmo común, una expectativa infinita de goce y alegría; todo lo demás —aguantar los momentos de flaqueza, las confesiones de vicios, asistir al triste espectáculo del fracaso, la equivocación y el derrumbe— son deudas que uno contrae con los amigos a cambio de los momentos de dicha compartidos: obligaciones más o menos engorrosas que, cuando no existe un equilibrio perfecto entre la satisfacción que nos proporcionan y la amargura que se vuelca sobre nosotros, terminan por devorar cualquier lazo de camaradería. Según la teoría de la virtud, por otro lado, la amistad constituye una suerte de panóptico a medida, con su atmósfera gótica de voyerismo correctivo y servidumbres microfísicas, cuya finalidad es que dos personas se observen con detenimiento, se obliguen a rendir cuentas y vayan pastoreándose hasta alcanzar alguna cima en el monte alto de la rectitud o la excelencia. Seguro que lo han oído un montón de veces: «Los amigos nos ayudan a ser mejores personas». 

Pero ¿es ese el modelo al que se ajusta siempre la amistad, el único papel que desempeña en nuestra vida? Hagamos una prueba: echen un vistazo a su bandeja de correo o a los mensajes de WhatsApp que han intercambiado con sus amigos más cercanos, repasen los encuentros más recientes que han tenido con ellos. Estoy seguro de que, además de la ternura y las referencias a recuerdos, proyectos o pasiones, también detectarán un reguero de cinismo o incluso de pura perversidad. ¿No notan que los intercambios rezuman una sustancia viscosa que va volviéndose más densa cuanto mayor es el grado de intimidad con su interlocutor? ¿No dirían ustedes que esta forma controlada de resultar odioso en el refugio de la privacidad, esta especie de entusiasmo negativo, puede ser un pegamento social tan potente y una fuente de satisfacciones tan reconfortante como tener los mismos gustos o dejarse encandilar por las mismas aficiones? 

Cuando estamos en presencia de un amigo, tarde o temprano todos nos vamos un poco de la lengua, nos pasamos de la raya, nos servimos de los demás —de otros amigos, de otras personas, de puras abstracciones— para ser gratuitamente ofensivos, hasta traicioneros. De hecho, nuestros vínculos de amistad suelen afianzarse ampliando las fronteras de lo que podemos contarnos, y en esa carrera hacia la comunión total siempre acabamos llegando a un recoveco particularmente lúgubre en el que se acumulan prejuicios, fantasías retorcidas y opiniones aberrantes. Infinidad de relaciones naufragan al quedar expuesto el fondo de abyección que en mayor o menor medida todos albergamos, pero ¿acaso pueden llegar a ser auténticamente íntimos quienes no se sobreponen a ese descubrimiento y consiguen convertirlo en un nuevo punto de partida?

Podría ser, pues, que el verdadero valor de la amistad no consista tanto en contribuir a nuestro progreso moral como en ofrecernos la oportunidad de encarnar —al menos de vez en cuando, medio en broma, medio en serio— la peor versión de nosotros mismos, el yo más aborrecible de cuantos llevamos dentro. Me van a permitir que, para no caer yo también en las generalizaciones, ilustre la hipótesis algo exagerada que acabo de urdir con un caso muy particular: el de Philip Larkin y Kingsley Amis, dos escritores británicos del siglo pasado que fueron amigos durante más de cuarenta años. Su relación está muy lejos de resultar modélica. Muchos la considerarán, no sin cierta razón, demasiado sórdida o masculina, y no hay duda de que es demasiado inglesa, con todo lo que eso conlleva de frialdad, mezquindad y chifladura. Pero tiene la ventaja nada desdeñable de que se desarrolló fundamentalmente por carta, y eso nos permite ver con gran detalle que las redes de complicidad entre dos personas se tejen muchas veces, por no decir siempre, con algunos hilos mugrientos.

El hecho de que sea uno de los pocos vínculos humanos que no parece cumplir una función meramente instrumental, y que no se sostiene mediante coerciones institucionales o tomas selectivas de rehenes —como con frecuencia ocurre, por ejemplo, con los niños en las relaciones de pareja—, lo vuelve extremadamente frágil y misterioso.

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Philip Larkin (1922-1985) y Kingsley Amis (1922-1995) se conocieron en abril de 1941 en la Universidad de Oxford, donde acababan de matricularse para estudiar Literatura Inglesa. Pese a tener unos orígenes similares —los dos habían crecido en el seno de familias tradicionales y pertenecían a entornos de clase media convencionales—, sus formas de ser eran tan llamativamente distintas que nadie en aquella promoción de estudiantes pudo dar crédito a la rapidez con que congeniaron. Larkin era un dandi tartamudo y miope que solía pasearse por el college con pantalones color borgoña, chalecos estampados y lazos extravagantes; un joven de apenas dieciocho años, retraído, culto y huraño cuya precoz alopecia no le ayudó en nada a resolver las enormes dificultades que tenía para relacionarse con los demás, en especial con las mujeres. Amis, por su parte, era un fanfarrón pendenciero y borrachín al que le gustaba tomárselo todo a broma; un cínico cautivador cuyas dotes para el engaño y el flirteo lo llevarían a convertirse, con el tiempo, en un maestro del adulterio. El primero soñaba ya con labrarse una carrera como narrador, pero conquistó la cima de la literatura inglesa con la poesía; el segundo mostró desde sus comienzos cierta inclinación por la lírica, pero acabó pasando a la historia de las letras británicas como el mejor novelista cómico de su generación. 

 Después de un año de tanteos, conversaciones y cogorzas en el pub, la Segunda Guerra Mundial los separó: Larkin, que padecía graves problemas de vista, se libró del reclutamiento y pudo quedarse en Oxford; Amis, por el contrario, tuvo que suspender sus estudios para incorporarse al Regimiento de Señales del Ejército británico en Catterick (Yorkshire). Lejos de distanciarse, siguieron cultivando su amistad por carta y fueron sentando las bases de una relación anómala e inquietante que ya nunca perdería su carácter eminentemente epistolar. En la correspondencia de esa época vemos cómo van fortaleciéndose los lazos y decantándose las afinidades: comentan los últimos discos de jazz que han escuchado; describen el tedio de sus respectivas existencias; confiesan sus múltiples miedos —al fracaso, al paro, a la pobreza, a que los cace alguna novia— y sus incipientes ambiciones literarias; se dan consejos para publicar sus primeros proyectos narrativos o poéticos, y se entretienen intercambiando historias semipornográficas, plagadas de estereotipos, sobre internados femeninos y escarceos lésbicos. 

También hay, por supuesto, muestras de cariño, chismorreos intrascendentes sobre ligues o conocidos, planes para encontrarse o pasar las vacaciones juntos y recapitulaciones de sus últimos encuentros. La década de 1940 avanza. Amis regresa del frente para terminar la licenciatura en Oxford, Larkin comienza a trabajar como bibliotecario en una serie de pueblecitos ingleses, a cada cual más siniestro, y el trasiego de cartas entre ellos se vuelve frenético. Cada vez insisten con mayor frecuencia en lo gracioso que les resulta su corresponsal, y esa capacidad para hacerse reír va convirtiéndose poco a poco en el rasgo que más valoran del otro. Como pronto descubrirán, el humor es una herramienta extraordinariamente útil para seguir profundizando en su relación a partir del denso mundo de fobias y aversiones que cada uno esconde: para explorarlo juntos, para deformarlo aún más y para transformarlo en el pilar de su amistad. «Tú eres —señala Amis en 1947—, la única persona de este mundo que odia las mismas cosas que yo y con la misma intensidad.» 

El surtido de objetos sobre el que vuelcan sus casi infinitas reservas de odio es inmenso, y con los años irá ampliándose aún más: Beowulf y la literatura anglosajona —«esputos purulentos de elefante»—; la obra del poeta neorromántico Dylan Thomas —«ponzoña gonorreica»—; John Keats —«un auténtico mendrugo»—; Emily Dickinson —«no vuelvas a permitir que nadie la elogie en tu presencia» (Amis)—; los franceses y los estadounidenses —«que el Diablo se lleve a Estados Unidos» (Larkin)—; los niños, el turismo, la familia… Y desde luego ellos mismos, pues en ningún momento paran de ridiculizarse. Nada, sin embargo, parece inspirarles tanto desprecio como la pretenciosidad del mundillo literario —los injustificados aires que todo aspirante a escritor suele darse— y las mujeres: «me parecen sobre todo aburridas y patéticas», sostiene Amis; «por lo que he podido ver, ni una sola mujer se libra de ser boba. Y el matrimonio es una institución asquerosa; a menos, claro, que marido y mujer estén forrados y puedan vivir cada uno por su cuenta. ¡Imagínate tener que acostarte todas las noches con una momia decrépita!», añade Larkin. 

¿No dirían ustedes que esta forma controlada de resultar odioso en el refugio de la privacidad, esta especie de entusiasmo negativo, puede ser un pegamento social tan potente y una fuente de satisfacciones tan reconfortante como tener los mismos gustos o dejarse encandilar por las mismas aficiones? 

Como es lógico, el torrente de cinismo acabó volviéndose contra ellos. Según algunos biógrafos, Larkin había sentido desde el principio cierta envidia por los alardes sexuales y el porte donjuanesco de Amis. Pero una cosa era que su amigo pudiese disfrutar de las delicias coitales que a él se le tenían negadas y otra muy distinta que empezase a acaparar también la fama y el reconocimiento literario. La publicación en 1953 de Lucky Jim, el debut narrativo de Amis, supuso un acontecimiento en el Reino Unido: el libro se vendió como rosquillas y el estatus de su autor cambió de la noche a la mañana. Y Larkin, que había fracasado con sus dos primeras novelas y había renunciado ya a vivir de la escritura, experimentó aquel episodio como una auténtica traición. Desde Hull —la pequeña localidad de Yorkshire adonde se trasladó dos años después para trabajar de bibliotecario y dedicarse en sus ratos libres a la poesía—, asistió devastado a la metamorfosis de su amigo, que pasó de ser un azote de la farsa cultural a convertirse en un habitual de los cócteles y de los viajes pagados a cuenta del British Council. En 1959, al verlo aparecer en un programa de televisión, Larkin confesó a su amiga Patsy Strang: 

Soy un cadáver devorado por la envidia, la impotencia, el fracaso, la envidia, el hastío, la pereza, la petulancia, la envidia, la incompetencia, la ineptitud, la dejadez, la lujuria, la envidia, el miedo, la alopecia, los problemas de circulación, la amargura, la insignificancia, la envidia, la cobardía, la hipocresía, la nostalgia, etc. 

La fuente del humor en la que Amis y Larkin solían chapotear alegremente se había secado y, con ella, la fértil correspondencia que mantenían. Entre finales de los años cincuenta y principios de los setenta, no se cruzaron más que un puñado de cartas.

A finales de la década de 1970, Larkin cayó en una profunda depresión y en su mente se desató una lucha demoledora entre el miedo a morir y el cansancio de estar vivo. El fallecimiento de su madre Eva en 1977, a la que estaba muy apegado, lo afectó de tal manera que a partir de entonces fue incapaz de escribir una sola estrofa solvente. Y para tratar de sobrellevar ese bache emocional, del que sin embargo nunca llegaría a reponerse, recurrió a sus dos grandes aficiones: la ginebra y las cartas. El intercambio epistolar con su amigo Amis recuperó, pues, la frecuencia de los primeros años y adoptó un tono, si cabe, aún más brutal: denigran, menosprecian o parodian a prácticamente todos sus compañeros de profesión, desde Anthony Powell —«el enano caracaballo»— hasta Salman Rushdie —«el paki Salmagundi»—; se lamentan por el estado en que según ellos se encuentra el país —«pronto seremos un paraíso fiscal cuyas únicas fuentes de ingresos consistirán en la prostitución y en la exhibición de la reina»—; defienden los recortes presupuestarios de la primera ministra Margaret Thatcher; comparten sus fantasías sexuales más depravadas —el bondage y el spanking—, y atacan a los sindicalistas, a los funcionarios públicos y a los inmigrantes.  

Nuestros vínculos de amistad suelen afianzarse ampliando las fronteras de lo que podemos contarnos, y en esa carrera hacia la comunión total siempre acabamos llegando a un recoveco particularmente lúgubre en el que se acumulan prejuicios, fantasías retorcidas y opiniones aberrantes

Entre insulto e insulto tienen tiempo, sin embargo, para ir relatándose, con una mezcla de humor y autodesprecio casi igual de excesiva, sus sucesivos achaques y desengaños: la sordera, los estragos del alcoholismo, las fobias geriátricas, el terror a la enfermedad y a la soledad. A pesar de las bravatas y la grosería de muchas cartas, resulta conmovedor ver cómo comparten el pánico que les produce envejecer, cómo fingen que sus problemas de salud son poco importantes para no preocuparse demasiado el uno al otro y cómo se acompañan —aunque sea siempre desde la distancia— hasta casi el mismo final. Philip Larkin murió el 2 de diciembre de 1985. El 21 de noviembre, justo antes de salir hacia el hospital del que nunca volvería, dictó una última carta. Estaba dirigida, por supuesto, a su amigo Kingsley Amis: 

De momento no me hacen más que pruebas, pero es evidente que están buscando algo y espero de verdad que no lo encuentren. A eso hay que añadir que subsisto a base de Complan (el batido que les sirven a las viejas chochas en las residencias), así que —como podrás figurarte— tengo el ánimo por los suelos. […]  En fin, la cinta se acaba. Imagíname guardando el pijama en la maleta y afeitándome para el suplicio de hoy. Y reza para que todo vaya bien.

A mí también me resultan en ocasiones perturbadoras las palabras de Larkin y Amis. Pero a menudo me pregunto qué derecho tenemos a hurgar en el tejido íntimo de una relación para someter a un escarnio público retrospectivo a quienes sostuvieron valores que, por fortuna, la mayoría de nosotros ya hemos dejado atrás. Es evidente que muchos de los prejuicios con que Larkin y Amis aderezan sus cartas no tenían para ellos, dos hombres nacidos en 1922, el mismo carácter intolerable que en la actualidad. Pero también parece claro que tienden a exagerarlos porque están convencidos de que sus comentarios nunca trascenderán las fronteras del vínculo que mantienen: porque han decidido jugar a ser caricaturas repulsivas para divertirse y sentirse más cerca. La realidad, de hecho, ha terminado desmintiendo muchas de las afirmaciones que realizaron en su correspondencia: cuando a Larkin, director de la Biblioteca de la Universidad de Hull, le llegó el momento de aplicar las recetas de austeridad que tanto había defendido en privado, intentó proteger a la mayor parte de sus subordinados, y cuando Jomeini dictó la fetua contra Salman Rushdie, del que se habían reído a mandíbula batiente, Amis salió de inmediato a defenderlo. Como otras amistades, aquella fue también una representación en la que cada cual ofreció su peor cara: una oportunidad para bajar la guardia y admitir delante de otra persona que a veces no podemos dejar de ser repugnantes. 

En una carta del año 1946, Kingsley Amis escribió lo siguiente a Larkin: 

Me gusta hablar contigo más que con cualquier otra persona porque no tengo la sensación de estar confesándome y, por lo tanto, puedo reconocer una serie de sentimientos turbios, indecentes, rastreros, humillantes, crueles, arbitrarios, displicentes, desmesurados, obscenos o depravados, pero sobre todo porque siempre estoy al borde del ataque de risa y porque sé que detestas las mismas cosas que yo sin la menor contemplación. 

Es una definición bastante aceptable de la amistad, ¿no les parece?

Como otras amistades, aquella fue también una representación en la que cada cual ofreció su peor cara: una oportunidad para bajar la guardia y admitir delante de otra persona que a veces no podemos dejar de ser repugnantes.