Bernard Gui, el villano necesario

¿Cuál es la diferencia entre un villano y una figura histórica, entre una persona y un personaje, entre la historia y la memoria? Bernard Gui, el villano inquisidor de El nombre de la rosa, es una buena excusa para pensar en la necesidad de construir héroes y villanos.

por Mariano Ferrari

Hay personajes históricos que sobreviven por lo que hicieron. Otros terminan habitando el recuerdo gracias al papel que alguien escribió para ellos siglos después. Bernard Gui pertenece a esta segunda categoría.

Fraile de la Orden de Predicadores, fundada en 1216 por Domingo de Guzmán, inquisidor papal en Toulouse entre 1307 y 1323 y posteriormente obispo tanto en España como en Francia, fue autor de varias obras, entre ellas la destacada Practica Inquisitionis heretice pravitatis, un manual destinado a inquisidores, y la extensa Flores chronicorum. Sin embargo, hoy su nombre convoca, sobre todo a través del mundo literario y cinematográfico, la imagen del inquisidor de El nombre de la rosa, la célebre novela de Umberto Eco. En el olvido quedaron el cronista, el obispo y el prolífico escritor. Eco lo convirtió en villano y el villano terminó devorándose a la persona. 

La historia está llena de estas pequeñas derrotas póstumas. Hay reyes recordados por una anécdota que jamás ocurrió, como María Antonieta y su supuesta invitación a que el pueblo comiera pasteles, o Nerón y su deleite musical en pleno incendio de Roma. Hay exploradores cuya leyenda terminó eclipsando sus viajes y el verdadero alcance de sus expediciones. Hay revolucionarios reducidos a una pintura o una fotografía. La memoria rara vez conserva personas; prefiere personajes. Necesita figuras fáciles de identificar, rostros reconocibles, historias capaces de repetirse una y otra vez sin perder eficacia.

Bernard Gui quedó atrapado en ese mecanismo y, con él, terminó convertido en villano. Un villano para una época, la medieval, que a los ojos de los contemporáneos muchas veces necesita de estos personajes con una importante carga de apreciación negativa. Desde entonces, Gui dejó de depender únicamente de los documentos que hablan de él. Comenzó a vivir también en la literatura, el cine y las imágenes con las que seguimos representando ese pasado.

Esto no significa que Umberto Eco haya "inventado" a Bernard Gui. Sería una simplificación tan grande como la que este artículo intenta discutir. Lo que hizo fue bastante más interesante: entre cientos de personajes posibles eligió a aquel que podía condensar una determinada idea del poder medieval, o al menos la idea de ese poder que la novela necesitaba construir y problematizar. No podemos ser injustos con el escritor italiano. No estaba escribiendo una biografía sino construyendo un antagonista. Y los antagonistas, como los héroes, obedecen a las reglas del relato antes que a las de la historia. Fruto de esa elección, Gui terminó interpretando un papel que su propia vida nunca alcanzó a escribir.

Tal vez por eso la memoria se parezca menos a un archivo que a una sala de edición. No conserva el pasado: lo monta. Elige una escena, un plano, un diálogo y descarta otros. Decide qué gesto amplificar, qué rasgo volver inolvidable y qué duda dejar fuera del encuadre. Junta episodios que nunca ocurrieron de esa manera y separa otros que, vistos desde la historia, parecen inseparables. Luego corta, une, vuelve a cortar y finalmente nos entrega algo que ya no es exactamente lo que ocurrió, sino un relato imperfecto de aquello.

La historia trabaja de otra manera. También es imperfecta, pero no porque monte una narración sino porque convive con la contradicción. Cada documento nuevo que se aborda suele complicar al anterior. Cada testimonio consultado aleja aún más la posibilidad de resumir una biografía en una sola palabra. Si queremos armar un catálogo de villanos, la historia es un camino sinuoso y cargado de obstáculos. Mientras la memoria busca síntesis, la historia produce complejidad.

Quizás por eso ambas desconfían de cosas distintas. La historia mira con recelo a los personajes demasiado perfectos, a esos perfiles que parecen ajustarse sin fisuras a un modelo de héroe o de villano. La memoria, en cambio, sospecha de aquello que no puede simplificar y categorizar. Desconfía fundamentalmente de las contradicciones. Héroe o villano no es una pregunta para la Historia. En el mejor de los casos es una trivia para la memoria.

Nuestro hombre, Bernard Gui, quedó atrapado en ese cruce. Su reconstrucción histórica resulta incómoda. Fue inquisidor, algo que rápidamente podría colocarlo en el rol de villano. Sin embargo, deberíamos tener también algunas reservas y salvedades para evitar caer instintivamente en esa inferencia que podría llevar a un equívoco por simplificación. Gui fue también cronista, diplomático, administrador y obispo. Escribió tratados, genealogías, vidas de santos y uno de los manuales inquisitoriales más conocidos de su tiempo. Muchos de sus contemporáneos lo respetaban por ser un intelectual antes que por ejercer como inquisidor. Ninguna de esas facetas alcanza para borrar las demás. Conviven en tensión, atmósfera propia de cualquier biografía histórica. Obligan a pensar una vida antes que un papel.

Tal vez por eso la memoria se parezca menos a un archivo que a una sala de edición. No conserva el pasado: lo monta. 

El personaje literario, en cambio, funciona con otras reglas. Necesita ser reconocible desde la primera escena. No dispone del tiempo necesario para desplegar demasiados claroscuros. No puede detenerse a explicar que Bernard Gui también escribía crónicas o que era un intelectual respetado en su época. Un personaje no vive de las contradicciones, y menos aún cuando está puesto en un lugar en el que carga con toda una concepción negativa de prejuicios sobre una época. El personaje, para ser un villano, necesita vivir de su claridad.

Por eso Eco editó a Bernard Gui. No para mentir, sino para convertirlo en algo más eficaz que lo que la historia podía ofrecerle. Conservó al inquisidor y dejó caer al cronista. Conservó al perseguidor de herejías y dejó caer al obispo. Conservó los rasgos capaces de condensar una determinada imagen de la Iglesia medieval y dejó fuera del encuadre todo aquello que volvía esa imagen más compleja. El resultado fue un villano inolvidable, pero un hombre casi irreconocible.

Entre la historia y la memoria

Este procedimiento de edición no pertenece solamente a la literatura. Recordar siempre implica seleccionar, y toda selección supone una renuncia. Cada vez que una persona o una sociedad decide quién merece ser recordado también está decidiendo qué parte de esa vida quedará inevitablemente relegada. La memoria no falsea necesariamente el pasado; lo vuelve legible.

Quizás por eso historia y memoria rara vez trabajan del mismo modo. La historia tiene la obligación de desarmar los relatos demasiado simples. Por eso reconstruye contextos, recupera actores olvidados, recubre su paleta de colores con todos los matices que se le permitan utilizar, muestra que detrás de las decisiones aparentemente individuales hubo también instituciones, intereses, tradiciones y conflictos que forman parte del mismo juego. La memoria hace casi el movimiento inverso. Condensa. Recorta. Simplifica. Allí donde la historia encuentra una red, la memoria prefiere un rostro.

Eso explica también por qué los villanos resultan tan eficaces. No necesariamente porque hayan sido las personas más crueles de su tiempo, sino porque habilitan la posibilidad de una narración. Una de esas que merecen ser recordadas. Tenemos la tendencia a pensar que un villano es simplemente alguien que actúa con maldad, y cuyas acciones buscan el sufrimiento de otras personas. Sin embargo, en la trama del relato el villano cumple una función prácticamente tan importante como la del héroe, porque hace que lo heroico se vuelva inteligible en oposición al mal.

Bernard Gui no existe en la novela de Eco para explicar el funcionamiento de la Inquisición medieval. Si ese hubiera sido el propósito, probablemente habría fracasado. El inquisidor de El nombre de la rosa existe para ordenar ese mundo medieval alrededor de un modelo que la memoria pueda hacer propio. Una memoria que, en líneas generales, lee el pasado de ese período a partir de categorías negativas. Basta pensar en la frecuencia con la que se sigue utilizando "medieval" como un adjetivo descalificador para referirnos a cualquier práctica considerada intolerante, violenta o atrasada. Gui necesita convertirse en el personaje capaz de encarnar, casi por sí solo, toda esa carga simbólica.

Y allí el villano cumple otra función menos evidente. No solamente simplifica la moral del relato. También simplifica la de quienes lo leen. Nos permite identificar con facilidad aquello que debe ser rechazado y, al hacerlo, vuelve más sencilla nuestra propia posición frente al pasado. El problema es que, cuanto más eficaz resulta esa operación narrativa, más difícil se vuelve recuperar a la persona que quedó detrás del personaje.

Por eso Eco no habla de la construcción jurídica y teológica de la Inquisición medieval. Habla de un inquisidor. El desplazamiento parece menor, pero modifica por completo la manera en que imaginamos el pasado. Las instituciones rara vez tienen rostro. Los personajes, en cambio, sí. Y una vez que una época encuentra el rostro adecuado para representar un fenómeno, resulta muy difícil volver a separarlos.

La Inquisición, creada para extirpar la herejía, cambió a lo largo de sus casi siete siglos de existencia. Se transformaron sus procedimientos, los territorios donde actuó, los grupos perseguidos e incluso las disputas internas acerca de su funcionamiento. Pretender explicar todo ese proceso a través de un solo individuo sería tan insuficiente como comprender la Revolución francesa únicamente desde Robespierre o el Imperio romano solamente a partir de Augusto. Sin embargo, eso es exactamente lo que hacen los relatos cuando buscan volver inteligible un pasado complejo. Necesitan condensar procesos en personajes.

Bernard Gui terminó ofreciendo precisamente esa solución narrativa. Su figura permitía concentrar, en un solo personaje, el fanatismo religioso, la persecución de la herejía, la autoridad eclesiástica y esa imagen sombría de la Edad Media que la cultura contemporánea reconoce casi de inmediato. Pero toda condensación tiene un costo. Cada vez que un personaje consigue resumir un proceso histórico, algo inevitablemente queda fuera del encuadre. Desaparecen las discusiones teológicas, las diferencias entre unos inquisidores y otros, la diversidad de prácticas según las regiones y las épocas. Todo eso exige tiempo. Exige contexto. Exige aceptar que el pasado rara vez cabe en una escena.

Un villano, en cambio, apenas necesita una entrada, una frase o una mirada para instalar una idea que es mucho más grande que su propia existencia. La idea del mal. Eco eligió a Bernard Gui no porque fuera el inquisidor más importante de la Edad Media, sino porque era el que mejor funcionaba para la historia que quería contar. Su eficacia no era historiográfica, era narrativa.

Mientras la memoria busca síntesis, la historia produce complejidad. Quizás por eso ambas desconfían de cosas distintas. La historia mira con recelo a los personajes demasiado perfectos, a esos perfiles que parecen ajustarse sin fisuras a un modelo de héroe o de villano. 

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La necesidad de un villano

La cuestión es otra: ¿qué buscamos nosotros cuando convertimos a una persona en el rostro de una época? ¿Por qué ciertos individuos terminan cargando con significados que exceden por completo sus propias biografías? Porque al igual que cualquier persona, un villano se parece más a su época que a sus padres. El problema en este caso, es que no es la época, sino los imaginarios construidos acerca de esta.

Si Umberto Eco hubiera necesitado simplemente un inquisidor para poblar su novela, podría haber elegido a Jacques Fournier, Bernardo de Caux, Nicolás Eymerich o tantos otros. Cualquiera habría servido desde un punto de vista estrictamente histórico. Sin embargo, eligió a Bernard Gui. Y con esa elección hizo algo más que incorporar un personaje a una novela: contribuyó a fijar el rostro de una determinada idea de la Edad Media.

Las ideas pueden tener rostro; los procesos históricos, no siempre. La intolerancia religiosa, el fanatismo o la persecución de la herejía son fenómenos demasiado vastos para ser imaginados en abstracto. Necesitan una figura que los haga visibles. Bernard Gui terminó ocupando ese lugar. Allí donde la historia ofrecía una institución con siglos de desarrollo, la memoria encontró a un hombre vestido con un hábito dominico.

Por eso sería un error discutir si el villano de El nombre de la rosa es históricamente exacto o no. La pregunta verdaderamente interesante es otra: ¿por qué nos resultó tan verosímil? ¿Qué hizo posible que millones de lectores o amantes del cine aceptaran, casi sin resistencia, que ese inquisidor representara una época entera? La respuesta no está solamente en Eco ni en Bernard Gui. Está, sobre todo, en nosotros. En la imagen de la Edad Media que heredamos y en la necesidad de encontrar personajes capaces de darle un rostro.

Los héroes y los villanos nunca aparecen en un vacío. Necesitan un escenario donde sus acciones resulten creíbles. Durante siglos la cultura occidental fue construyendo una determinada representación de la Edad Media como el tiempo de la intolerancia, el oscurantismo y el fanatismo religioso. Esa imagen nunca fue completamente falsa, pero tampoco agotó la complejidad de un período de más de mil años. Como toda memoria, eligió algunos rasgos, descartó otros y terminó componiendo un relato capaz de explicar, desde el presente, aquello que la modernidad creyó haber dejado atrás.

Los héroes y los villanos dicen menos sobre el pasado que sobre la época que decide recordarlos. No solamente porque organizan la narración, sino porque organizan también nuestros juicios morales. Nos ayudan a distinguir entre aquello que admiramos y aquello que rechazamos. Son una forma de orientarnos en el pasado, pero también en el presente. Cada vez que una sociedad decide quién merece ocupar uno de esos lugares, está diciendo mucho menos acerca del personaje elegido que acerca de sí misma.

Eso también explica por qué los héroes y los villanos cambian según la época, las ideas, e incluso la política de turno. Lo que una generación considera admirable, puede convertirse en algo aborrecible para la siguiente. Lo que alguna vez fue leído como una virtud puede terminar siendo el rasgo que convierte en un villano a un personaje del pasado.

Bernard Gui no escapó a ese movimiento. Después de su muerte siguió teniendo varias vidas. Los historiadores lo transformamos en un objeto de estudio. Umberto Eco encontró en él al antagonista perfecto para encarnar los rasgos más aterradores en una novela ambientada en el siglo XIV. El cine le dio un rostro. La cultura popular terminó convirtiéndolo en una especie de sinónimo de la intolerancia medieval. Cada una de esas versiones dice algo sobre Bernard Gui. Pero ninguna dice solamente algo sobre él. Dicen, sobre todo, qué clase de Edad Media hemos decidido imaginar. 

Durante siglos la modernidad necesitó un pasado contra el cual definirse. La razón necesitó una época de superstición. La tolerancia necesitó una época de fanatismo. El progreso necesitó una época de oscuridad. Esa imagen nunca fue completamente falsa, pero tampoco fue nunca toda la verdad. Como ocurre con Bernard Gui, se construyó seleccionando algunos rasgos y dejando otros fuera del encuadre.

Quizás por eso seguimos utilizando "medieval" casi como un insulto. No porque conozcamos demasiado bien la Edad Media, sino porque conocemos muy bien la historia que decidimos contar sobre ella. Y ahí Bernard Gui vuelve a aparecer. No como un hombre sino como un villano que terminó cargando sobre sus hombros una época entera. Haciendo de esa época, un período narrable.

Es posible que dentro de muchos años haya otro que ocupe ese lugar. Porque la memoria no es inmóvil y cada generación necesita reescribirla para poder pensarse a sí misma. Y ahí quizás haya una hermosa ironía. Bernard Gui pasó buena parte de su vida escribiendo crónicas para evitar que el tiempo borrara ciertos recuerdos. Él elegía qué cosas narrar y qué memoria legar. Muchos siglos después es él quien termina distorsionado por el recorte del pasado que otros decidieron escribir.  

Y acaso allí resida la verdadera fuerza de los héroes y los villanos. No en que nos enseñen cómo fue el pasado. Sino en que revelan, casi siempre sin proponérselo, quiénes creemos ser nosotros cuando decidimos recordarlo.

 El villano cumple otra función menos evidente. No solamente simplifica la moral del relato. También simplifica la de quienes lo leen. Los héroes y los villanos dicen menos sobre el pasado que sobre la época que decide recordarlos.