Collar de ahorque
Antes de convertirse en Stalin, Soso Dzhugashvili compartió los años del seminario con un perro indómito. Una historia sobre obediencia, lealtad, violencia y las primeras lecciones de poder.
por Sebastián Robles
A Lenin le gustaban los gatos. El Camarada Supremo, en cambio, prefería los perros. Ya viejo, después de la guerra, recordaba con ternura a Yashka, el mastín siberiano que lo había acompañado en el destierro, cuando apenas era un joven agitador revolucionario. Decía que había sido el primero. No era cierto. Otro lo precedió, aunque durante años eligió olvidarlo.
Mucho antes de Siberia y de las fotos en las que los muertos desaparecían de a uno, Iosif Stalin fue Soso Dzhugashvili, un seminarista pobre de Tiflis. En el invierno de 1896, mientras estudiaba a los Padres de la Iglesia, apareció en el seminario un perro malo. Nadie sabía de dónde venía. Esa ignorancia duró más que muchas personas.
En las catacumbas del seminario, lejos de la mirada de los sacerdotes, los jóvenes se reunían por las noches para discutir a los Romanov, Darwin, Bakunin, Robespierre y la conveniencia de poner bombas en lugares donde antes no había pasado nada. El perro se limitaba a echarse y gruñirles a los sacerdotes. Esa fue la primera virtud que Soso le reconoció. Algunos alumnos decían que había llegado desde Gori, donde los perros andaban sueltos por la calle y dormían en la puerta de la iglesia o junto al mercado. Otros sostenían que había seguido a un soldado ruso hasta la ciudad y que después lo había abandonado. Soso no participó en el debate. Un perro se volvía malo cuando no respondía a la voz de ningún amo, punto. La historia de Occidente lo confirmaba.
Era un animal de tamaño mediano. Su cabeza daba la impresión de pertenecer a un cuerpo más pesado. Tenía el pelo oscuro, las patas manchadas de barro y una oreja cuya mitad había sido arrancada en una pelea. Durante el día dormía cerca del portón, donde recibía patadas y sobras de la cocina. A la noche desaparecía. Lo habían visto en los alrededores del mercado armenio, disputando fémures de ovejas y carcasas de aves con otros perros, y también cerca del río, donde los borrachos se quedaban dormidos y a veces perdían algo más que la conciencia.
Al principio Soso le llevó huesos y restos de grasa que escondía en los bolsillos de la sotana. Probó llamarlo con un silbido y después con dos nombres distintos, elegidos con la seriedad que reservaba para los seudónimos. El perro aceptaba la comida y se alejaba. Una mañana desapareció. Soso lo buscó cerca del río. El animal volvió cuatro noches después, con sangre seca en el hocico y una herida nueva sobre el lomo. Cuando quiso tocarlo, le mostró los dientes. Soso retiró la mano y escondió en el bolsillo el pedazo de pan que todavía sostenía. Al día siguiente no fue a buscarlo.
Con el paso de las semanas, el perro dejó de llamar la atención. Una tarde, Sergo Pilsudsky lo encontró al pie de la escalera que conducía al subsuelo. Quiso apartarlo con el pie y el perro le mordió la botamanga. Pilsudsky retrocedió con indignación desproporcionada, como si el animal hubiera impugnado su jerarquía en el movimiento revolucionario. Soso, que venía detrás, se detuvo a mirar la escena. Después sacó del bolsillo un pedazo de pan negro y lo tiró contra la pared. El perro soltó la tela, caminó hasta el pan y lo comió sin apuro. Pilsudsky se acomodó el pantalón.
—Deberías enseñarle a obedecer —dijo.
Al día siguiente recurrió a Davit, el encargado de las calderas, que había criado perros para el ejército.
—Necesito que obedezca.
Davit le mostró un collar de cadena.
—Lo va a lastimar —dijo Soso.
—Ése es uno de sus beneficios.
Soso levantó la vista.
—¿Cuáles son los otros?
—El perro deja de tirar. El dueño deja de gritar.
—No es poco.
Davit pasó la cadena entre los dedos.
—En el Seminario hablan mucho de la libertad. Rousseau, Bakunin, los Evangelios. Todos saben cómo administrarla.
—¿Y usted?
—Yo conozco perros.
Levantó el collar.
—Libertad para los animales tranquilos. Para los demás, collar de ahorque. Y que se vayan a la mierda.
El perro movía la cola. Los miró con ojos espejados.
Iosif Stalin fue Soso Dzhugashvili, un seminarista pobre de Tiflis. En el invierno de 1896, mientras estudiaba a los Padres de la Iglesia, apareció en el seminario un perro malo. Nadie sabía de dónde venía. Esa ignorancia duró más que muchas personas.
En esos mismos días, en Tiflis se imprimían panfletos, se organizaban huelgas, se denunciaban infiltrados de la Ojrana y se discutía el destino de la humanidad. Soso leía a Marx en traducciones deficientes y escribía poemas que publicaba con seudónimo. Las reuniones clandestinas, que se celebraban en los sótanos del Seminario, se parecían a las ceremonias religiosas. Los estudiantes estaban sentados alrededor de una mesa, iluminados por dos velas, con el fervor que producían la lectura de Kropotkin y algunas infusiones orientales. Pilsudsky exponía objeciones al terror jacobino. El perro apareció en la escalera y olfateó el aire húmedo del sótano. Luego se sentó en un rincón, como si los vigilara.
A partir de entonces lo vieron todas las noches. Nadie lo invitaba y nadie se animaba a impedirle la entrada. Pilsudsky propuso echarlo, porque el olor distraía y la revolución exigía cierto orden. Otro alumno, Giorgi, dijo que no estaba mal tener un guardián en la escalera. La idea provocó un asentimiento general. Si alguien bajaba con comida, lo dejaba pasar. Si alguien bajaba con las manos vacías, lo olfateaba con desconfianza. Durante las discusiones, mientras los demás se esforzaban por distinguir entre violencia revolucionaria y violencia criminal, el perro dormía con el hocico apoyado sobre las patas delanteras.
Una noche, cuando la reunión se quedó sin argumentos y las velas se habían consumido casi por completo, Pilsudsky señaló al perro.
–¿Cómo se llama?
–No se llama –dijo Soso.
–Todo tiene un nombre.
Pilsudsky volvió a sus papeles, con un vago aire de derrota. Estaba escribiendo una lista de tareas para la semana siguiente. Había que conseguir tinta y copiar unos folletos. Soso agregó, sin levantar la vista:
–Si algún día hace falta, va a venir.
El día llegó menos de una semana después, aunque no de la forma que Soso esperaba. El nuevo profesor de latín, un sacerdote joven de manos largas y uñas cuidadas, bajó al subsuelo cuando la reunión ya había empezado. No estaba solo. Lo acompañaban dos auxiliares del rectorado, uno con una lámpara y otro con un cuaderno donde, presumiblemente, se disponía a anotar los nombres de los asistentes.
El perro levantó la cabeza, olfateó el aire y se puso de pie con una lentitud desagradable. El sacerdote alcanzó a decir que venían en nombre del rector. Después gritó. El perro se le prendió del tobillo y lo hizo trastabillar contra la pared húmeda del sótano. La lámpara cayó al suelo, uno de los auxiliares salió corriendo y el otro quedó inmóvil, con el cuaderno apretado contra el pecho, como si todavía esperara que la burocracia lo protegiera de las dentelladas.
Soso se lanzó hacia el animal. Metió dos dedos entre los eslabones y tiró. El collar se cerró alrededor del cuello, pero el perro no soltó al sacerdote. Cuando Soso tiró con más fuerza, giró la cabeza y le alcanzó la muñeca con los dientes. Sintió el aliento caliente sobre la piel. Durante un segundo quiso golpearlo. Después vio el cuaderno en el suelo y la lámpara apagada. El auxiliar escapó por la escalera. Retrocedió. Durante unos segundos, los revolucionarios contemplaron el espectáculo con una mezcla de terror y agradecimiento. Pilsudsky fue el primero en reaccionar. Tomó al perro del lomo y recibió un tarascón en la mano. Entonces Soso volvió a acercarse, le apoyó los dedos en la nuca y murmuró algo que los demás no escucharon. El perro soltó al sacerdote.
Libertad para los animales tranquilos. Para los demás, collar de ahorque. Y que se vayan a la mierda.

La investigación se concentró, como era previsible, en el animal. El sacerdote fue llevado a la enfermería. Los auxiliares dijeron que habían bajado al subsuelo por una sospecha menor, casi administrativa, y que no habían visto nada digno de mención. Esa misma noche los estudiantes quemaron los papeles comprometedores en una estufa de hierro.
Pilsudsky, con la mano vendada, sostuvo que el ataque había salvado a todos. Giorgi propuso adoptarlo como mascota de la célula. Esto disgustó a Soso, que no dijo nada. El perro había vuelto a echarse junto a la escalera, con el hocico manchado de sangre seca y una tranquilidad que parecía anterior a cualquier acontecimiento. Para los demás era un héroe menor, un instrumento involuntario de la causa. Para el rectorado, una amenaza sanitaria.
Las autoridades convocaron una reunión extraordinaria para decidir qué hacer con el animal. El rector se refirió a la higiene y disciplina. El profesor de latín, con el tobillo vendado, pidió una sanción ejemplar. Desde el fondo del aula, Soso escuchaba.
Esa tarde, durante el recreo, se acercó al perro con un pedazo de carne envuelto en papel. Lo había conseguido en la cocina después de convencer al ayudante de que el sacerdote herido necesitaba caldo. El perro lo olfateó sin entusiasmo. No movió la cola. Soso se agachó junto a él y dejó la carne sobre el piso de piedra, a una distancia suficiente para no perder los dedos. Mientras el animal comía, vio que Pilsudsky lo observaba desde el otro lado del patio, con la mano vendada. Se acercó cuando el perro terminó la carne.
–Los gatos son más independientes –dijo.
Soso lo corrigió:
–Nadie consiguió organizarlos.
Dos auxiliares recorrían el patio con sogas y un farol. Pilsudsky propuso esconder al perro en la imprenta. Giorgi dijo que podían soltarlo en el mercado armenio. Soso se quedó en el umbral. Los auxiliares bajaron.
Pudo haberlo llamado. Bastaban un silbido, un gesto. En cambio, dio un paso atrás. El perro mordió una soga, después una mano. Uno de los auxiliares pasó la otra soga por la argolla del collar y tiró con fuerza. El animal se alzó sobre las patas traseras y dio pelea hasta que el aire dejó de alcanzarle. Después obedeció. Cuando se lo llevaron, a rastras por el patio, Soso ya no estaba.
"Los gatos son más independientes", dijo Pilsudsky. Soso lo corrigió: "Nadie consiguió organizarlos".