Cómo resistir a la tiranía del futuro
El agotamiento histórico de la posmodernidad abre una época de cambios sin precedentes donde el futuro se experimenta como una fuerza incontrolable. Aún así, es posible pensar prospectivas y estrategias para navegarlas.
No hay manera de conocer el futuro, no tenemos acceso epistemológico a él: no hay archivo al cual consultar, no hay lugar en donde hacer trabajo de campo, no hay nada que poner debajo del microscopio. Todo lo que se diga, aún con los conceptos y teorías más sofisticados, no pasa de ser una especulación, una forma mal disimulada de proyectar esperanzas y temores. Sin embargo, como dijo Bertrand de Jouvenel: «si bien no puede haber ciencia del futuro, no podemos evitar pensar en él. Lo hacemos implícitamente: es mejor hacerlo explícitamente». Jouvenel llamó «arte de la conjetura» a este proyecto que primero fue una propuesta para el think tank Rand Corporation y luego un libro, aún no traducido al castellano.
Desde entonces proliferaron los estudios y ensayos sobre tendencias estadísticas y sobre «imaginarios de futuros». Pero no hacían otra cosa que estirar datos del presente hacia tiempos venideros. Aparentemente, y pese a todo el modernismo y posmodernismo puesto sobre el asador, todavía somos prisioneros del tiempo vivido, incapaces de pensar un tiempo distinto por vivir.
Pero ahora las cosas parecen estar cambiando. Sorprendido por un par de buenas performances de mercados de predicción como Kalshy o Polymarket, el economista Sajiv Sethi se dedicó a estudiarlos y concluyó que:
Parte del creciente interés en los mercados como mecanismos de pronóstico surgió del hecho de que los modelos estadísticos calibrados con datos históricos tenían dificultades para adaptarse a eventos históricamente sin precedentes.
En breve: los modelos estadísticos (por ejemplo, las encuestas) construyen sus predicciones empleando información pasada, trabajan sobre el supuesto de que el pasado sigue siendo una buena guía para el futuro. Eso funcionó durante un siglo y pico, el largo siglo XX de las estadísticas. Y de los sociólogos. En algún momento eso dejó de funcionar. En algún momento, como dice el historiador Zoltan Simon, empezamos a vivir «una época de cambio histórico sin precedentes». Hoy las estadísticas son alimento balanceado para los LLMs, al punto de que Agustín Berti y Javier Blanco señalan que «La IA generativa produce patrones probables basados en su aprendizaje a partir de datos históricos humanos. Se tiende a reproducir el pasado».
En ese contexto, la ventaja de los mercados de predicción según Sethi es su capacidad para absorber nuevas fuentes de información y responder rápidamente a eventos sin precedentes. Sethi es un economista serio y reconoce que los mercados de predicción hacen agua por todos lados. Pero quedémonos con la idea de que el pasado ya no sirve para explicar el futuro.
Después de la posmodernidad
Hay una interpretación ya canónica del lugar que fue teniendo el futuro a lo largo de la Historia. Se puede resumir así:
En las sociedades tradicionales, el pasado como experiencia acumulada pesaba más que el futuro como expectativa. De manera que el futuro era percibido como la mera repetición cíclica del pasado y así la Historia explicaba el futuro.
En la modernidad, el futuro como horizonte de expectativas pesaba más que el pasado. De manera que el porvenir estaba abierto y la Historia sólo podía explicar el sentido del tiempo, el irresistible flujo de eventos hacia el futuro.
En la posmodernidad, predomina el presente: el futuro vuelve a cerrarse porque todas las promesas de la modernidad (revoluciones, tecnologías, utopías) ya se cumplieron o se frustraron, y el pasado queda reducido a Memoria (ESMA, Auschwitz). El futuro solo es una derivación del presente y la Historia solo tiene que recuperar las memorias fragmentarias (relatos de esclavos, de mujeres, etc).
El fin de la posmodernidad, muy discutido en streamings y revistas digitales, puede deberse a que esta «época de cambios sin precedentes» (llámense Antropoceno, Gran Aceleración, Singularidad, Sexta extinción masiva, etcétera) cortó en gran medida nuestra conexión con los procesos del pasado. Con un pasado que explica menos cosas y un futuro abierto e imprevisible, podemos decir que recuperamos una especie de nueva modernidad, en la que el futuro está abierto y el pasado no influye.
Con un pasado que explica menos cosas y un futuro abierto e imprevisible, podemos decir que recuperamos una especie de nueva modernidad. Sin embargo tampoco nos sentimos muy modernos.
Sin embargo tampoco nos sentimos muy modernos. En parte, porque ya conocemos esa historia. Y agua pasada no mueve el molino: nada en la Historia se repite. A diferencia de la primera modernidad, hoy percibimos al futuro como una fuerza ingobernable que nos impide tener la confianza moderna en el progreso, y al mismo tiempo nos redirige hacia formas de irracionalismo mítico o místico que buscan compatibilizarse con la aceleración tecnológica.
La tiranía del futuro sobre el presente
En este punto conviene recuperar la filosofía aceleracionista. En particular, la de Nick Land, el único que se comprometió sinceramente con ese delirio, el único que entendió la idea (a costa de que nadie lo entendiera a él). Siguiendo a Kant y Deleuze, para Land el tiempo es un gran Adentro que habitamos, un lugar de fenómenos inmanentes. Y el futuro es el efecto de un gran Afuera, que se comunica con nosotros mediante el deseo irracional y nos arrastra hacia él. El capitalismo es el mejor conductor posible para movilizar ese deseo. Pero a veces el capitalismo no alcanza, y hay que acelerar: allanarle el camino al futuro para que nos lleve para siempre.
Esa idea de un futuro que nos arrastra de los pelos desde afuera del presente a una instancia desconocida es lo que define nuestra época. No es posmodernismo, tampoco es modernismo. Ni siquiera es una idea tan novedosa: Schopenhauer explicaba el amor como la atracción entre dos personas a partir de la fuerza que la generación futura aplica para que se apareen («todas las pasiones amorosas de la generación presente no son más que una meditación sobre la composición de la generación venidera»); Gilbert Simondon escribió sobre los objetos técnicos: «se trata entonces de un condicionamiento del presente por el porvenir, por lo que todavía no es».
El dominio del futuro sobre el presente permea casi todas las discusiones contemporáneas, desde la crisis climática al natalismo, desde la preocupación (laboral, cultural, existencial) por la IA hasta las teorías racistas del Gran Reemplazo, desde la huida del sistema fiduciario a través de las criptomonedas hasta la huida de la civilización a través de tantas utopías y distopías survivalistas, primitivistas, tribalistas. La convivencia entre la aceleración tecnológica y estas conductas y creencias primitivas no deberían sorprender a nadie que haya leído a McLuhan: «Estamos tan desamparados ante el mundo eléctrico como el nativo involucrado en nuestra cultura alfabetizada y mecánica»
Tres prospectivas
Este es un texto sobre prospectivas y aún no ofrecí ninguna. Empecé diciendo que no se puede estudiar el futuro y continué explicando que el futuro ya existe y que nos domina. Entiendo la violencia que pudiera sentir el lector. Si quisiéramos sintetizar todas las ansiedades que genera el dominio del futuro sobre el presente, podríamos condensarlas en tres grandes prospectivas:
1) Imperio
La idea de un gobierno mundial (o universal) es tan vieja como la idea de mundo. Y su frustración también: la Historia oscila entre intentos de gobierno mundial (Roma, Napoleón, Foro Económico Mundial, The Stack) y las reacciones particularistas, nacionalistas, soberanistas o antiimperialistas. Pero la escala planetaria del capital, de la tecnología y de su impacto ambiental se imponen y hoy todas las opciones apuntan a una forma de imperio o a otra: trumpismo judeocristiano hemisférico, modernismo plutócrata saudí (más o menos aliado con el trumpismo), neocatolicismo occidentalista (hispanista o no), altermundismo pro China, pro Rusia o, incluso, pro Irán. En todo caso, veremos al mundo (al capital, al futuro) fragmentarse en algunos de estos bloques imperiales. Todas las repúblicas tecnológicas, las dictaduras tecnocráticas sinofuturistas y fantasías tecnooptimistas que podamos consumir caben en alguno de esos bloques.
2) Repliegue
Buena parte de la imaginación actual está colonizada por visiones colapsistas del futuro (ambiental, civilizacional, tecnológica) que impactan en nuestro presente, en nuestra reflexión y organización, de varias maneras. La reacción más elemental es la anulación de la acción, el efecto paralizante por imágenes imágenes sublimes de caos y destrucción que invitan más a la contemplación que a la acción.
Otro efecto del colapsismo es la expectativa de repliegue civilizacional: la idea de un mundo postapocalíptico sin sociedad ni Estado, en el que cada familia sobrevive con sus recursos y deja a los perdedores del otro lado del alambrado. Survivalismo, bunkers, refugios en Nueva Zelanda o la Patagonia, pero también primitivismo, comunidades decrecionistas, venganzas de la Pachamama. Todo a una escala mínima, subsocial, de grupos humanos mínimos, familias o individuos perdidos en el bosque, que riman tan bien con la actual tribalización de las identidades.
3) Fuga
Finalmente, los proyectos de emigración extraterrestre aparecen como la forma más determinante de futuro, en la cual el propio planeta es entendido como parte de un pasado que el futuro dejará atrás. Esto trae una carga ética para el presente: si el destino está fuera de la Tierra, no hay motivos para sanearla. Pero no es necesario abandonar el planeta para desertar del mundo. El pasaje de activos monetarios a unidades digitales transferibles tales como las criptomonedas plantea el horizonte de marginarse de todas las formas normativas existentes y reemplazar las mediaciones políticas por reglas técnicas automatizadas.
El impacto de ese futuro en el presente es evidente y efectivo: desde el año 2001 los estados y los bancos no dejaron de emitir dinero para cubrir quiebras de corporaciones, aventuras militares e inversiones en infraestructuras computacionales y energéticas. Y ningún escenario posible lleva a pensar que vayan a dejar de hacerlo. Las nuevas monedas digitales buscan resguardarse ya no solo de ese colapso, sino de la sociedad que lo hace posible. Y, eventualmente, podrán emigrar también de este planeta que limita sus transacciones infinitas, en una nave de blockchain alimentada con reactores de fusión nuclear.
La tiranía del futuro sobre el presente permea casi todas las discusiones contemporáneas, desde la crisis climática al natalismo, desde las preocupaciones por la IA hasta las teorías racistas del Gran Reemplazo, desde la huida del sistema fiduciario a través de las criptomonedas hasta la huida de la civilización

Cómo resistir a la tiranía del futuro: soluciones prusianas
Estas tres prospectivas no son el futuro que inevitablemente nos espera, son el futuro que nos domina en el presente. La única manera de navegarlas sin sentirse rebasados es comprender el patrón de tiempo que nos gobierna. Y tratar de controlarlo nosotros. En definitiva, una prospectiva tiene sentido si nos ayuda a tomar una decisión.
Un ejemplo de esa lectura del tiempo la ofrece, paradójicamente o no tanto, un historiador. Christopher Clark se hizo conocido por Sonámbulos, un estudio de mil páginas sobre las causas de la Primera Guerra Mundial. También escribió una historia de Prusia. En Time and Power: Visions of History in German Politics, from the Thirty Years’ War to the Third Reich, Clark parte de la idea de que el poder político se ejerce a través de «temporalidades», esto es, formas de entender y vivir el tiempo, patrones de tiempo inmanentes a la acción y el pensamiento de las personas. Y toma como casos a cuatro grandes líderes prusianos: Federico Guillermo, el «Gran Elector» (1620–1688); Federico II (1712–1786), también llamado «Federico el Grande»; el canciller Otto von Bismarck (1815–1898); y, finalmente, Adolf Hitler (1889–1945), quien, cabe agregar, no era prusiano.
Federico Guillermo, Margrave elector de Brandemburgo durante la Guerra de los 30 años, luchó por hacer del ducado de Prusia un reino. En esa lucha se enfrentó a los poderes tradicionales locales, y lo hizo como quien observa el presente desde el punto de vista del futuro. Mientras los estamentos prusianos y el clero luterano invocaban antiguos privilegios, el Gran Elector hablaba de las emergencias militares, políticas y económicas que esperaban a Prusia en el futuro inmediato, hasta que esas emergencias se convirtieron en una nueva normalidad y le dieron forma al futuro mediato.
Federico II, nieto de Federico Guillermo, por el contrario, adoptó una postura atemporal. Era amigo de Voltaire y creía en el progreso. Pero, a diferencia de Voltaire, Federico era un rey y entendía que el progreso debía servir al Estado y no al revés. Ese progresismo conservador lo llevaba a prestar atención a todo lo que permanecía, a los muchos períodos y ámbitos de la Historia en los que prácticamente no había cambiado desde la Antigüedad. Allí era la naturaleza la que mandaba, no la Historia. Como tantas veces, el abuelo debió ser moderno por la necesidad de sobrevivir; el nieto, ya consolidado en la Modernidad, podía ser conservador.
Otto von Bismarck entendía, como casi todos los líderes del siglo XIX, que «el tiempo es como un río que nos arrastra hacia el futuro». Pero no se entregaba dócilmente a ese flujo: para Bismarck la Historia carecía de una meta, es más bien una sucesión de situaciones. El flujo del tiempo configura diferentes momentos, diferentes constelaciones de factores que hay que saber leer para actuar, como un ajedrecista mira el tablero para saber qué mover. Una vez movida una pieza, el tablero cambia irreversiblemente. Esa sucesión de tableros no indican el progreso hacia nada, sino la necesidad constante de leer el momento y actuar para equilibrar las fuerzas a favor.
Por último, los nazis. El tema preferido de la web, de los judíos y de los nazis. Para Clark, el nacionalsocialismo no tuvo una idea uniforme del tiempo: mientras Himmler coleccionaba runas nórdicas, Goebbels y Göring se fascinaban con la modernidad; Darré, con los campesinos; y Hitler, con la idea bíblica de un pueblo elegido. Aún así, Clark nota una particularidad: en el Revolutionsmuseum de Halle, inaugurado en 1934, la Sala de Honor en el primer piso contrastaba con el caos del pasado de la República de Weimar representado en la planta baja, demostrando, por un lado, la discontinuidad de la historia. Por otro lado, la planta baja también estaba dedicada a los mártires muertos del movimiento, demostrando el triunfo de la larga duración de la memoria germánica sobre la historia. En ese sentido, el regeneracionismo nazi contrasta con las miradas más hegelianas de los museos fascistas y bolcheviques, en donde la memoria del movimiento quedaba integrada en el curso de la historia como su resultado glorioso. «En el núcleo de la visión de la dictadura sobre su lugar en el tiempo ―concluye Clark― había un rechazo radical de la “historia” y una huida hacia una profunda continuidad con un pasado remoto y un futuro remoto».
Mirar el presente desde el futuro, como Federico Guillermo; concentrarse en lo que permanece en medio de todos los cambios, como Federico; estudiar cada momento del flujo de tiempo, como Bismarck; o huir de la Historia, como Hitler. Incluso un «tiempo de cambios históricos sin precedentes» admite un grado de decisión humana si va acompañada por un idea de lo que es el tiempo histórico.