Corea del Sur: tango coreano para el desarrollo
El milagro coreano no puede explicarse únicamente por la Guerra Fría ni por la política industrial. Entre el Han, la experiencia colectiva del sufrimiento, y el Heung, la capacidad de convertir ese dolor en impulso vital, Corea del Sur construyó una de las economías más innovadoras del mundo.
Mi amigo Dante Choi ⎯Choi Do Sun su nombre de origen⎯, coreano que llegó a la Argentina con 12 años sin hablar una palabra de español y forjó una carrera como empresario industrial en esta maravillosa máquina de integrar que es la Argentina, me dijo una vez que el éxito de Corea del Sur no puede entenderse sin comprender cómo los coreanos interpretan el sufrimiento y qué hacen con él. Y me explicó que como pueblo que ha sufrido invasiones que esclavizaron a parte de la población, hambrunas y guerras civiles cruentas encontraron su propia palabra para expresar ese sentimiento.
El Han (한 - 恨) es un concepto bastante complejo de traducir. No es solo una palabra; es casi un rasgo de la identidad cultural coreana. Es una mezcla de dolor profundo, tristeza, melancolía, arrepentimiento y una resiliencia silenciosa. Un tango. Es el sentimiento que queda cuando se sufre una injusticia o un dolor extremo pero no se puede hacer nada para cambiarlo, por lo que te lo tragas y lo dejas madurar en el alma. Y no es un sentimiento individual, sino colectivo. Es la amargura colectiva en el tiempo que se arrastra forjando identidad.
No es solo “estar triste”. Es un sentir pasivo y acumulativo que no explota en rabia inmediata; se guarda. Es un nudo en la garganta que se lleva durante años. Es un camino de aceptación, pero sin rendición. La vida es injusta pero se sigue adelante. “It’s not about how hard you hit; it’s about how hard you can get hit and still moving forward; how many punches you can take and still moving forward”, le dijo Rocky a su hijo cuando este dudó de él proyectando sus propios miedos ¿Será Rocky Balboa descendiente de coreanos?
Si bien es melancólico, el Han tiene la esperanza encubierta. Una paciencia vinculada al perdurar. Lo inmediato es para los débiles. En el aspiracional profundo de la cultura coreana, los verdaderamente fuertes aceptan sin dejar de avanzar y usan su paciencia para dar vuelta las cosas. Y allí aparece, en espejo, el Heung (흥). Es el sentimiento opuesto de alegría colectiva, ritmo, ganas de bailar y celebrar. Los coreanos usan el Heung para purgar y sobrellevar el Han. Y para trabajar.
Partiendo de esta base vamos a tratar de aproximar una explicación que nos permita conocer más a Corea del Sur, el país que pasó de granja sin destino a potencia industrial y económica en menos de 50 años.
Pelucas de silicio
Existe una comodidad analítica muy extendida que tiende a interpretar las trayectorias de desarrollo como si fueran dictámenes de una geografía inalterable. Se suele escuchar que la transformación de Corea del Sur se explica de manera casi exclusiva por la “geopolítica de la guerra fría”: para que no crezca la amenaza comunista tan a tiro con el vecino del norte y las cercanías soviéticas y chinas, llovieron recursos occidentales que guiaron un proceso de desarrollo. Este determinismo es, cuando menos, metodológicamente perezoso. No inválido, pues como veremos en breve, muchos de estos elementos incidieron. Pero sí perezoso. Y es injusto con el punto de partida coreano y su devenir posterior. Hacia el inicio de la década de 1960, el territorio surcoreano era un ladero de la historia económica periférica, devastado por una guerra civil cruenta, carente de recursos naturales tradicionales y con una inestabilidad política crónica.
La estructura de sus exportaciones durante ese período temprano ilustra la precariedad de su tejido industrial. La canasta exportadora surcoreana no se sostenía en semiconductores ni en astilleros de vanguardia, sino en bienes primarios de bajísima complejidad tecnológica, algas secas y, fundamentalmente, pelucas de cabello humano. Pensemos un segundo este paralelismo: Mientras la economía argentina procesaba los debates del desarrollismo frondizista y consolidaba los eslabonamientos de su industria pesada, los planificadores en Seúl lidiaban con las restricciones de una economía que competía en los márgenes más degradados del comercio global y en donde el negocio de mayor proyección global era el de amortiguar las implicancias estéticas de quienes sufrían de alopecia en occidente.
La mutación que experimentó Corea del Sur entre 1970 y 1990 destruye la tesis del fatalismo productivo. No estamos ante una transición orgánica que demandó el siglo y medio requerido por las potencias occidentales, sino ante una compresión deliberada de las etapas de acumulación y asimilación técnica. Para la economía política del desarrollo, el caso coreano no es un milagro metafísico; constituye la demostración práctica de que las ventajas comparativas no se heredan de manera pasiva, sino que también se conciben estratégicamente, alineando Estado, privados y aprovechando en su favor las condiciones globales.
El éxito de Corea del Sur no puede entenderse sin comprender cómo los coreanos interpretan el sufrimiento y qué hacen con él. El Han (한 - 恨) no es solo una palabra; es casi un rasgo de la identidad cultural coreana. Es una mezcla de dolor profundo, tristeza, melancolía, arrepentimiento y una resiliencia silenciosa. Un tango.
Sin abandonar los manuales pero permitiéndome la digresión; en este camino el Han sirvió como combustible para capitalizar oportunidades. Esa tristeza latente, ese compendio de heridas históricas provocado por siglos de invasiones, sometimientos y privaciones materiales pero que no decanta en una melancolía paralizante o del resentimiento estéril, operó como un mecanismo de resiliencia activa. La decisión consciente de canalizar el trauma histórico en una voluntad de superación implacable, una disciplina colectiva orientada a revertir la sumisión mediante el poderío económico y tecnológico.
El Han encontró espacio en una geopolítica que ofrecía oportunidades. Durante la década de 1970, este combustible cultural se amalgamó con una crisis de seguridad nacional que actuó como catalizador definitivo del rumbo industrial. El quiebre lo determinó el denominado Nixon Shock de 1969. Bajo la nueva doctrina exterior estadounidense, Washington notificó que ya no proporcionaría apoyo militar directo a sus aliados asiáticos, abriendo la compuerta para el retiro de sus tropas de la península. Esta alteración del tablero geopolítico coincidió con una creciente militarización y agresividad por parte de Corea del Norte, un rival que durante los sesenta había consolidado una plataforma de industrialización militar muy superior a la del sur. Es decir, lejos de que lluevan recursos, la oportunidad estaba en tomar decisiones activas al saber que no podía dependerse de ello.
Corea del Sur se descubrió desarmada, desprotegida por su principal aliado y con la certeza material de que sus fábricas metalúrgicas básicas eran incapaces de proveer insumos de calidad para la defensa nacional. La urgencia no era meramente comercial; la diversificación de la estructura productiva se convirtió en la condición indispensable para la supervivencia soberana. La industrialización acelerada se ejecutó bajo la presión de un reloj de arena militar.
El blueprint de los fierros
Frente a este escenario de vulnerabilidad extrema, el dictador Park Chung-hee decretó en enero de 1973 el lanzamiento del Plan de Promoción de la Industria Pesada y Química (HCI, por sus siglas en inglés). Este hito significó una ruptura radical con el esquema previo de promoción de exportaciones horizontales y agnósticas respecto al sector, bajo el cual los incentivos se aplicaban de forma uniforme a cualquier actividad exportadora. El giro HCI implicó una selectividad quirúrgica y vertical coordinada desde el Ejecutivo.
El plan concentró los recursos nacionales en seis sectores considerados estratégicos: acero, metales no ferrosos, construcción naval, maquinaria, electrónica y petroquímica. Se priorizó la producción de bienes intermedios e insumos difundidos, bajo un razonamiento de largo plazo: el desarrollo de insumos industriales intermedios permitiría, en primera instancia, abastecer de materiales críticos a la industria de defensa nacional y, en segunda instancia, alcanzar las escalas necesarias para competir en el mercado internacional, tomando como referencia directa el sendero de planeamiento delineado por Japón.
En un reciente paper que me fascinó, Nathan Lane (no, no el actor de La Jaula de las Locas de 1996, peliculón, sino un economista y profesor de la London School of Economics) desarticula la hipótesis de que esta especialización fue el resultado espontáneo de las fuerzas del mercado y de un clima de apoyo internacional a la aventura industrializadora coreana. Los inversores internacionales y los organismos multilaterales manifestaron un escepticismo explícito ante los proyectos surcoreanos. En 1969, tanto el Banco Mundial como el EXIM Bank estadounidense bloquearon el financiamiento para la construcción de la planta siderúrgica integrada de Pohang (POSCO), dictaminando formalmente que Corea del Sur "no poseía ventajas comparativas en la producción de acero".
El Estado coreano desoyó el dogma de las ventajas estáticas y desplegó un instrumental de intervención masiva estructurado sobre dos pilares específicos: el crédito dirigido y subsidios fiscales condicionados por objetivos.
Sobre el primero; las instituciones financieras locales fueron alineadas para inyectar capital de manera preferencial en los sectores promovidos por el HCI. Cerca de la mitad del crédito interno se transformó en "préstamos de política" (policy loans), con tasas de interés significativamente inferiores a los niveles de mercado y con plazos de amortización extendidos. Las asignaciones de fondos de la banca comercial y del Korea Development Bank (KDB) reflejan un quiebre de tendencia nítido a partir de 1973, concentrando el flujo de financiamiento en maquinaria y bienes intermedios.
En cuanto a los subsidios, a través de leyes como la reforma de Tratamiento Fiscal Especial para Industrias Clave, las firmas de los sectores estratégicos accedieron a un menú de exenciones impositivas, créditos fiscales por inversión en bienes de capital y regímenes de depreciación acelerada que deprimieron la tasa marginal corporativa efectiva para el bloque HCI, manteniéndola disociada del resto de la manufactura hasta el inicio del proceso de liberalización en 1979.
La mutación que experimentó Corea del Sur entre 1970 y 1990 destruye la tesis del fatalismo productivo. No estamos ante una transición orgánica que demandó el siglo y medio requerido por las potencias occidentales, sino ante una compresión deliberada de las etapas de acumulación y asimilación técnica.
De los chaebols y la micro de la asimilación a la conquista de mercados
El despliegue de las grandes variables macroeconómicas surcoreanas adquiere su fisonomía real cuando se examina la dimensión de las firmas. La literatura económica neoclásica suele adjudicar el éxito industrial a incentivos abstractos; sin embargo, las lecturas contemporáneas de la economía del desarrollo señalan (ver este hermoso post en el substack de Noah Smith) que el núcleo de este proceso radica en una acumulación concreta: ingenieros, plantas industriales, asimilación de tecnología existente y capacidad de manufacturar bienes competitivos a escala global. El milagro, desde esta perspectiva, es un subproducto del aprendizaje práctico (learning by doing).
En el centro operativo de este esquema se ubicaron los chaebols, los grandes conglomerados familiares que funcionaron como las puntas de lanza del giro HCI. La inteligencia coreana no radicó en la invención tecnológica temprana ni en la innovación de frontera (que domina hoy su industria), sino en la velocidad de la ingeniería inversa y la asimilación del conocimiento. Con la promesa de no hacerla larguísima, querido lector, me detengo solo en dos ejemplos: Hyundai y Samsung.
Hyundai nace en la construcción naval. Al iniciar el plan en 1973, Chung Ju-yung (fundador del grupo) no disponía de ingenieros navales experimentados ni de astilleros secos. La firma sorteó la falta de acumulación técnica comprando diseños británicos (de la firma Scott Lithgow) y licencias de motores europeas. Sus operarios e ingenieros aprendieron a soldar y ensamblar bloques de acero gigantescos mientras construían, en simultáneo, el propio astillero de Ulsan y sus dos primeros superpetroleros para un armador griego. El error de diseño se corregía sobre la marcha bajo una presión financiera (y gubernamental dictatorial) asfixiante, transformando una debilidad estática en una competencia dinámica de clase mundial.
En el caso de Samsung, aunque hoy se la asocie a la vanguardia digital, comenzó ensamblando televisores en blanco y negro de baja calidad mediante joint ventures con la japonesa Sanyo. El holding utilizó los subsidios estatales y los créditos dirigidos no para adormecerse en el mercado interno consolidando una “eterna Tierra del Fuego asiática” de ensamble sin valor, sino para financiar la curva de aprendizaje en componentes de precisión. Copiaban, desarmaban, asimilaban y luego competían afuera; el acceso a las divisas y a los favores del Estado estaba rígidamente condicionado al éxito exportador.
Esta dinámica no es solo anecdotario de marcas que luego fueron exitosas, sino que se comprueba a nivel agregado en la densidad económica coreana. En el paper ya mencionado, Lane demuestra que las plantas operantes en los sectores estratégicos del giro HCI registraron niveles de productividad total entre un 1% y un 6% superiores a las firmas no expuestas a la política industrial en el período post-1979. Los datos revelan que la acumulación de experiencia productiva generó reducciones significativas en los costos unitarios y en los precios de salida. El dinamismo surcoreano no se fundó (solamente) en la ventaja estática de salarios deprimidos (repito, no solamente), sino en la velocidad con la que sus corporaciones absorbieron el conocimiento técnico de las máquinas importadas.
A su vez, estas políticas verticales, las que en otras experiencias de desarrollo que, si no tienen fecha de vencimiento, consagran protecciones devenidas en “curros”, tuvieron un impacto horizontal que favoreció la difusión industrializadora de Corea. Mediante el uso de matrices insumo-producto históricas, Lane aísla los efectos indirectos del giro HCI y demuestra la existencia de potentes externalidades de red forward (hacia adelante).
Las industrias manufactureras no beneficiadas directamente por el subsidio estatal, pero intensivas en el uso de insumos provenientes del sector químico y metalúrgico coreano, experimentaron una expansión significativa en su valor agregado. El testeo empírico confirma que una mayor exposición a los encadenamientos hacia adelante del bloque HCI se tradujo en una caída de los precios de los productos manufacturados aguas abajo y en un incremento en las tasas de entrada de nuevas plantas industriales. Lejos de actuar como un lastre monopólico, la siderurgia y la petroquímica proveyeron una plataforma de insumos estables que subsidió de manera indirecta la competitividad del resto del parque manufacturero (Hola Aluar ¿cómo estás, todo bien, como vienen tus cosas?) En contraste, los encadenamientos hacia atrás (backward) fueron limitados, confirmando que la tracción provino del diseño estratégico de los sectores base.
Este esquema de spillovers domésticos confluyó en una alteración estructural de la inserción internacional coreana. El éxito de la estrategia vertical no se midió en el confort del mercado interno protegido, sino en la exigencia de las góndolas globales. Lane verifica esto en tres indicadores. En primer lugar, una evolución de la ventaja comparativa coreana, donde con posterioridad a 1973, los sectores impulsados incrementaron su Índice de Ventaja Comparativa Revelada (RCA) de Balassa un 13% más que el resto de las manufacturas tradicionales. A su vez, las industrias promocionadas verificaron un aumento de 10 puntos porcentuales en la probabilidad de consolidar una ventaja comparativa sostenible en los mercados globales. Y por último, y tal vez más importante, esto tuvo persistencia en el tiempo: Las estimaciones que contrastan la evolución coreana con placebos internacionales confirman que el despegue exportador no fue un fenómeno transitorio de los años setenta, sino una trayectoria que aceleró su pendiente durante la década de 1980, mucho después de que los subsidios directos del régimen de Park Chung-hee hubieran sido desmantelados.
La inteligencia coreana no radicó en la invención tecnológica temprana ni en la innovación de frontera (que domina hoy su industria), sino en la velocidad de la ingeniería inversa y la asimilación del conocimiento.

Llegar e intentar mantenerse
Hoy Corea del Sur es otra. Su estructura productiva cambió radicalmente. Logró, entre otras cosas, ser uno de los principales productores de petróleo refinado, sin ser un país petrolero. Hacen punta en tecnología e innovación y explotan nuevos mercados: el K-beauty de a poco destrona a las cremas y perfumes de Francia; el cine coreano gana Oscars (desnudando la profundidad del Han de la clase trabajadora coreana en historias como Parasite), el K-Pop es un fenómeno (de laboratorio y diseño de estudio) cultural de escala. La economía del conocimiento coreana destaca en una Asia innovadora. Persiste la estrategia.
Cinco décadas después y habiendo superado otras crisis como el sismo macroeconómico de fines de los 90s y la crisis financiera global de 2008 busca su lugar en la fragmentación globalizada que empuja la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China. Y lo hace acelerando su política industrial. La gloria o Devoto.
La velocidad del cambio tecnológico no perdona los letargos. Mientras en los años setenta la clave fue dominar la escala física de los insumos difundidos, la frontera de la densidad económica coreana se juega en un nuevo "súper ciclo" de hardware avanzado: la memoria de alto ancho de banda (HBM, por sus siglas en inglés), el insumo crítico e insustituible que alimenta los aceleradores de inteligencia artificial de los centros de datos en todo el mundo. Las corporaciones que antes ensamblaban televisores en blanco y negro hoy registran márgenes operativos récord, reescribiendo los cronogramas de inversión estatal junto al Ejecutivo para adelantar más de una década la construcción de masivos clústeres de semiconductores de memoria.
A la par, el Ministerio de Comercio, Industria y Energía surcoreano ha puesto en marcha la iniciativa M.AX (Manufacturing AI Transformation), una agresiva estrategia que apunta a desplegar 500 fábricas totalmente integradas bajo modelos de inteligencia artificial física hacia el año 2030. Para un país cuya manufactura representa un tercio de su Producto Bruto Interno, la asimilación ya no consiste en copiar maquinaria extranjera, sino en digitalizar y automatizar de punta a punta su tejido de proveedores intermedios. La entrada en vigencia a comienzos de 2026 de la Ley Básica de Inteligencia Artificial formaliza legalmente este nuevo andamiaje de gobernanza, blindando el financiamiento público y coordinando los incentivos de la K-Chips Act para consolidar la autonomía tecnológica frente a las restricciones que las potencias occidentales imponen a los mercados asiáticos.
El desafío principal hoy no es superar las pelucas como principal producto: es una economía hiper-expuesta a la competencia de escala de China, en un escenario donde las ventajas comparativas dinámicas exigen mantener una delantera tecnológica implacable para prosperar y no acumular “pasivos en el Han”.
Hoy Corea del Sur es otra. Hacen punta en tecnología e innovación y explotan nuevos mercados: el K-beauty de a poco destrona a las cremas y perfumes de Francia; el cine coreano gana Oscars (desnudando la profundidad del Han de la clase trabajadora coreana en historias como Parasite), el K-Pop es un fenómeno (de laboratorio y diseño de estudio) cultural de escala.