Devoción e intemperie. Crónica política de San Cayetano
Una crónica etnográfica de la festividad de San Cayetano que recorre las calles de Liniers y la marcha hacia Plaza de Mayo. Así, los autores buscan indagar qué queda de la mística popular, la fe y la organización colectiva en una Argentina atravesada por la crisis de sus mediaciones políticas, sociales y religiosas.
Tentaciones etnográficas
En agosto, la festividad de San Cayetano se presentó como una tentación etnográfica. Un artefacto cultural precioso, hecho de creencias, tradición, mercado y espectáculo; ideal para pensar la Argentina que camina hacia otro año electoral. La fecha coincidía con el décimo aniversario de la reactivación de la marcha por Tierra, Techo y Trabajo por parte de los Cayetanos, las organizaciones de la economía popular. Con afiches y posteos en Instagram. Con Francisco y con León
Frente a este panorama rico, en la previa igual profesábamos dudas y ansiedad. ¿Serán muchos, serán pocos los fieles en Liniers? Que sean muchos, que sean pocos ¿Dice algo del mundo del trabajo, de sus futuros, de sus riesgos? ¿Se hablará de política en la vigilia? ¿Escucharemos murmullos anti-mileístas en la calle Cuzco o solo plegarias individualizadas? ¿Cuánto de ese catolicismo como verba política perdura entre los restos arqueológicos del mundo asalariado?
A partir de estas preguntas planificamos una cobertura de varias semanas. Reuniones con organizadores, convivencia con marchantes, peregrinos, buscas y animadores. Lectura veloz de la cobertura mediática, de los posteos en IG, de los likes a nuestras propias publicaciones digitales. Con estos elementos montamos esta historia, que no agota la interpretación del evento (imposible con objetos poliédricos) pero que intuye, corrobora y se deja sorprender.
Una fila de agradecidos
El primer abordaje en terreno lo hicimos en la tarde-noche del seis. El escenario estaba dispuesto en la vereda del templo, y a partir de allí, la fila se extendía hasta Bynon y los accesos a la autopista. Empezamos a recoger testimonios de feligreses, que armaban su propio ritual entre silletas y carpas improvisadas, compartiendo mates, interactuando con los vendedores ambulantes que pululaban de aquí para allá, porque “Sanca” es también una oportunidad laboral, un mercado circunstancial estructurado bajo premisas muy simples pero milenarias: “si hay mucha gente, puede haber venta”.
Uno de ellos, Carlos, nos soltó un comentario desconcertante:
Estoy acá en San Cayetano porque no tengo trabajo. Yo soy albañil, vivo en Morón pero me puse a vender [bizcochos] porque de lo mío no hay más. Y me vine para acá, para vender. Yo pensé que había, que había gente. Hay poca gente y menos trabajo. Y la gente no está (…)El clima cambió pero la gente sigue sin aparecer. Acá no está (…)
Más tarde, el devenir de un 7 de agosto soleado falseó su conjetura, y el peregrinaje fue incesante. Pero había algo en sus palabras, en esa menguada fila de madrugada de Liniers, que conectó con nuestra propia sensación de desajuste: ese San Cayetano no cuadraba con nuestras expectativas,
En la planificación pensamos el evento como una ventana para asomarse a la Argentina mileísta. Pero, con el telón de fondo de la discusión por Ley de Tierras, la marcha y represión del jueves 6, el décimo aniversario de los cayetanos y las tensiones explícitas entre la Iglesia Católica y el gobierno de Milei, intuíamos (¿esperábamos?) una crítica social a flor de piel.
Sin embargo, lo que escuchamos en la vigilia tuvo otro registro:
Vine para agradecer todo lo que me ayudó San Cayetano. El año pasado no pude venir por una cuestión de salud. Pero este año si pude y vengo a agradecer que ya estoy un poco mejor. Tengo trabajo, pero el sueldo no alcanza. San Cayetano es todo. Siempre me ayudó, a mi, a mi familia. Todo lo que le pedí me lo cumplió. Vengo temprano porque todos los años hice lo mismo: una forma de agradecerle a San Cayetano es esperar y entrar a las 12 de la noche. (Verónica, 36 años, de Rafael Castillo).
Hoy vengo a agradecer. Hace muchos años que venimos. Hemos pasado épocas malas. Pero son más las buenas. Empezó mi mamá hace más de 30 años y después nos fuimos enganchando los hijos. Hoy vine con mi marido y mi hijo. Y bueno, a agradecer y pedir por la juventud. Para mi San Cayetano es todo. Nos criamos creyendo en él, pidiéndole a él. Agradecemos por salud y trabajo. No solamente nosotros, también mis hijos. Pido por la juventud porque siento que les falta oportunidad de trabajo para ellos, que son a los que les cuesta empezar, comprar un terreno, hacer su casa. (Gabriela, 55 años, de Ituzaingó).
Soy de Benavidez. Y vengo a agradecer por el pan y por el trabajo. Por la salud de la familia. Vengo a agradecer y a pedir. Por el pan de cada día, que no nos falte. Por los chicos de Argentina. Para los compañeros. El trabajo está jodido, jodido, jodido. Pero hay que luchar. No hay que bajar los brazos. Soy seguidor de San Cayetano, tengo el santo en mi casa. Pero hoy es la primera vez que vengo (Javier, 42 años, de Benavidez)
En su repetición, el agradecimiento organizaba estos y otros relatos mediante un bucle narrativo. La fila que encontramos en San Cayetano era, fundamentalmente, una fila de agradecidos. Hombres y mujeres creyentes, familias enteras ofrendando amor al Santo por su amparo en un presente dificultoso. A su tiempo, advertimos cómo la gratitud conducía a la petición inclusiva, la conciencia material a la búsqueda de lo divino, el cuidado de sí al rescate de lo colectivo (“la juventud, los chicos de la Argentina”). Conciliaciones a tono con el carácter holista y relacional de los sectores populares. Pero salvo excepciones, no emergía en los registros una crítica social abierta, con culpables señalizados y planes de revolución. Parecían decir “ menos mal que lo tenemos a Sanca en medio de la intemperie”.
La fila que encontramos en San Cayetano era, fundamentalmente, una fila de agradecidos. Hombres y mujeres creyentes, familias enteras ofrendando amor al Santo por su amparo en un presente dificultoso.
Una brújula en las vías
Las dinámicas territoriales siempre proporcionan pistas. Ver y entender cómo la gente se mueve, cómo se desplaza, qué lugares transita y cuáles niega permite identificar lógicas claves de lo social.
En esa línea, en la mañana del siete notamos que las vías del Sarmiento operaban como una frontera social doble. De un lado, la calle Cuzco y las primicias de la dinámica del santuario: baños químicos, vendedores ambulantes, negocios abiertos, santerías, escenario adornado, fila de creyentes, música de parroquia, curas confesando en la calle. Del otro, ya en Avenida Rivadavia, bombos, tacuaras, un tractor, banderas movimientistas mezcladas con las figuras de San Cayetano, la Virgen, un gran Francisco de yeso. Unas ollas guiseras, carros con bolsones de rafia, cucharones, palas, cascos, unos panes y unas plantas de lechuga se van arrimando a la bendición. ¿Los que marchan por San Cayetano, acuden a los pies del Santo? ¿Los que llegan a sus pórticos saben que pasa del otro lado de Avenida Rivadavia? A priori, solo cosechábamos indicios de mundos sociales tabicados.
En el flujo de creyentes, marchantes, curiosos y gente en otra frecuencia, dos personalidades rompieron la lógica separatista. El arzobispo de Buenos Aires Jorge García Cuerva y Esteban “el gringo” Castro, ex secretario general de la UTEP. Solo a ellos vimos tramar interacciones en ambos espacios. Siguiendo una intuición nos dividimos para seguir sus itinerarios y palpar en vivo las potencias y los límites de los proyectos encarnados en sus figuras.
Una periferia sin escenario
8.20 a.m del viernes 7 y en el tumulto de periodistas, militantes y curiosos alguien le acerca un micrófono a García Cuerva en plena avenida Rivadavia. Mientras espera que los cuerpos y los cables se acomoden, reparte saludos y apretones de manos con los dirigentes que se le acercan y hasta le piden fotos. En su soltura y dominio escénico, denota el habitus del trato diario con el poder. Su genética complementa todo: se le escucha claro, sale en todas las fotos, domina el cuadro, espera y modula los tiempos para que resulte nítido y amplificable su bendición de herramientas, señal de largada de la marcha. “Bien ahí porque siguen creyendo en el trabajo, (...) bien ahí, dice Dios, y por eso hacemos esta bendición”
Los que rodean, lo observan, lo escanean, asienten y finalmente certifican con aplausos. Aunque ha cambiado el interlocutor eclesiástico, ya es una tradición este evento de largada para las organizaciones de la economía popular. Saldrán en una procesión de 14 kilómetros hacia Plaza de Mayo bajo la consigna de Pan, Paz, Tierra, Techo y Trabajo. Lo hacen hace diez años, desde los tiempos cambiemistas cuando el protocolo antipiquete era una mímica, se movilizaban trescientas mil personas y con el amparo del santo salieron las leyes de Emergencia Social y de Barrios Populares. Los tiempos presentes y hostiles desarmaron la masividad pero la marcha siguió en pie.
Enjambre de periodistas mediante, el arzobispo alcanzó a saludar al gobernador de la provincia de Buenos Aires, de fugaz presencia. Luego cruzó las vías rumbo al santuario, solo escoltado por sus colegas de sotana. Lo esperaban allí los devotos, las transmisiones televisivas, la homilía.
Para ese momento, la fisonomía del santuario había cambiado. Más gente, más movimiento, más sol. El entorno del escenario ya era un bloque compacto al que costaba llegar e inclusive acomodarse. En ese interín nos cruzamos con un cura conocido. Intercambiamos impresiones y nos dice: “Ahora hablá Jorge. No se la pierdan”.
Jorge hizo gala otra vez de sus virtudes anfibias. En el sermón, tomó el lema “San Cayetano aquí tienes a tu pueblo” para estirarlo y decir fuerte lo que le pasaba a ese pueblo:
Un pueblo cansado de promesas incumplidas y de dirigentes que hablan de los pobres, pero que no están cerca de sus necesidades y se dan la buena vida. (...) Un pueblo que no quiere resignarse a que el trabajo sea una mercancía y que haya que tener dos o más empleos para llegar a fin de mes o caer en la trampa de los créditos, que endeudan y asfixian a muchísimas familias. Un pueblo que sabe que la solución a los problemas sociales está en una clase dirigente que a veces parece mirar para otro lado y pone toda su energía en descalificaciones y debates estériles que no resuelven la vida de nadie (...)
Los destinatarios del mensaje eran elocuentes. Sin citas, en su discurso estaban los nombres que buscábamos la noche anterior. Cada sentencia del arzobispo cosechaba aplausos y coronaba un cuadro que parecía radiante, pleno, sin fisuras. La foto de ese momento era perfecta: una fiesta popular, una iglesia viva, curas del santuario con “olor a oveja”, lenguaje llano, sensibilidad social. Jóvenes de colegios parroquiales animando un voluntariado incesante y, fundamentalmente, dirigentes por encima de la media.
No obstante, una foto puede ser un espejismo, porque congela imágenes perfectas, pero sin contexto. Y el contexto es el que dice que esa misma iglesia, la de liderazgos políglotas, roce social y cariño popular es una organización en un momento crítico, vis-à-vis el número de adhesiones. Según los datos más recientes del Barómetro de las Creencias en Argentina (OCREAR-UBA), el catolicismo representa el 57,6 % de la población argentina; 30 puntos porcentuales menos que en 1960.
¿Cómo entender esta crisis de hegemonía? ¿Por qué pierde fieles una iglesia que en teoría “lo tiene todo”? Respuesta corta: en San Cayetano se escenificó una versión más entre muchos catolicismos en disputa. Respuesta larga y estructural: aun en sitios como Liniers, se repite un guión y con él, una falla: la periferia nunca toca el escenario. En un tiempo donde la experiencia y el testimonio otorgan certificados de credibilidad, el creyente de a pie (el que no es cura, ni parroquiano) tiene remotas posibilidades de ocupar el centro y contar su historia. Chances reales de publicitar un relato que contagie y anime.
En San Cayetano se escenificó una versión más entre muchos catolicismos en disputa. Respuesta larga y estructural: aun en sitios como Liniers, se repite un guión y con él, una falla: la periferia nunca toca el escenario. En un tiempo donde la experiencia y el testimonio otorgan certificados de credibilidad, el creyente de a pie (el que no es cura, ni parroquiano) tiene remotas posibilidades de ocupar el centro y contar su historia. Chances reales de publicitar un relato que contagie y anime.

Liniers- Plaza de Mayo- Liniers
“No se puede separar la fe de la lucha, porque el pueblo no separa la fe de la vida”. Esta es la frase mantra del Gringo Castro desde agosto de 2016 a la fecha. Sin responsabilidades de conducción en el mundo organizativo de la economía popular, el líder de Cuartel V habitó libremente el 7 de agosto.
A las 7.30 a.m ya estaba frente al escenario principal de la parroquia. Quería conseguir su identificación como servidor del santuario y colaborar con la organización del evento. Hace tiempo protagoniza un trabajo evangelizador, llevando a la Virgen a los encuentros de trabajadores, a los miércoles de represión, o a San José 1111, o los más diversos reductos del campo nacional y popular.
Pegaba el sol de las 8.30 y caían las gotas de agua bendita sobre Rivadavia, y entre la multitud, lejos de la centralidad, se distinguía la presencia del Gringo. Compartía la procesión hacia el centro neurálgico de la ciudad.
La marcha se fundía en la geografía porteña. Del caos de Liniers al silencio de Villa Luro, de la Basílica de San José al Congreso de la Nación. La columna de tres cuadras dialogaba con los transeúntes. Con los curiosos que frenaban su marcha, los que se asomaban a los balcones, los desconcertados entre la Virgen y la imagen de algún mártir piquetero. Con los cuestionadores, los que mandaban a laburar; los automovilistas que insultaban y esperaban, los que insultaban y no esperaban, y el de Uber que desesperaba. Con los que aplaudían, los que caminaban un rato, los que les hacían la V y luego cuestionaban a los administradores de la pobreza.
El Pato, misionero de la Virgen y de Francisco, venía peregrinando junto a sus compañeros desde Luján, salió de la columna y le dio una estampita a un trabajador de la construcción. Al rato comentó: “Me gustaba ver que la gente no cerraba sus negocios. En los primeros San Cayetano, iban cerrando los comercios, ponían seguridad en la puerta. Ahora veíamos todo abierto, eso me daba mucha alegría porque la gente nos fue conociendo, y más allá de algún comentario, se veía la paz”.
Las organizaciones encontraron legitimidad para sus demandas al amparo de un santo. Pero ¿si en ese mismo proceso encontraron su limitación? ¿Puede convivir el deseo de reconocimiento con el carácter disruptivo de un movimiento social? ¿Qué queda de una masa que no irrumpe, que no desordena, que se pierde en el diálogo con la ciudad?
Modesta, la columna cayetana parecía un poco más nutrida que sus últimas ediciones y los controles policiales, más relajados. ¿Mayores ánimos de movilización, nuevos actores en la marcha? ¿Credenciales de voluntad pacífica o la memoria fresca de la tarde represiva? Paralelamente, la marcha mantenía su sincretismo original. Las figuras de la Virgen, San Cayetano y el Negro Manuel convivían con las banderas de organizaciones y sindicatos, las entonaciones del cancionero católico, los redondos y una cumbia. Pero el despliegue estético era más sobrio que otras veces, ya no estaban todos con sus espigas, ni los estandartes con Evita, Jesús, Fidel Castro y Múgica, uno o dos bombos y no más. Una dimensión de la mística, de la épica, del fervor político-religioso, se mostraba estabilizada. Acaso por el clima apático, la impotencia contextual, la ausencia de esa masividad que hace diez años fue sorpresa.
A nuestro juicio, la mística normalizada también expresaba naturalidad: los militantes que profesaban la fe católica encontraron hace tiempo una instancia organizacional para la autoafirmación identitaria, otros comenzaron a acercarse a la fe o a una nueva sensibilidad en torno a ella y su diálogo con la práctica política. Esa naturalidad, en tanto intuición, encontraba eco en algunos testimonios:
Creo que Francisco hizo mucho bien… porque en determinado momento parecía que estaba tan alejada, la Iglesia, la religión de los problemas sociales (…) Y Francisco, (...) al tener tanta claridad en su doctrina social en torno, no solamente a la defensa de los más pobres, sino a su derecho a organizarse y a pelear, al apoyar esas luchas (…) hizo que mucha militancia se reencontrase con la fe y los que por ahí no tienen fe, reencontrarse con el valor humanista del cristianismo, reflexionó Juan Grabois en plena procesión.
A contramano de la deriva estadística del catolicismo en Argentina, al interior de los movimientos populares se desarrolla hace tiempo una no novedosa afinidad político-religiosa que podríamos insinuar se profundizaba en tiempos de rechazo presidencial a la doctrina social de la Iglesia.
Eran las 17.30, la marcha ya había llegado a destino, el acto terminó y volvimos a Liniers para una última ronda de testimonios y observaciones. Frente a nosotros, caminando por la calle Bynon, paseaba el Gringo con su credencial de “servidor” a la par de la fila de devotos que esperaban su momento para llegar al santo.
Conclusión. A todos les cuesta armar un full
Como en el funeral del Indio, también nosotros buscamos las primicias de la rebeldía en una manifestación popular. Pero en el campo sólo encontramos piezas sueltas: animadores convencidos, tradiciones familiares, códigos comunes, símbolos reconocidos. También los límites ya citados. La desorientación frente a ellos desnudó sesgos inconfesos. Al fin y al cabo, ¿qué es lo que debe pasar? ¿Qué es lo que queremos que pase? ¿Que los devotos crucen la vía y finalmente marchen? ¿Qué el discurso del obispo decante en la conducta electoral?
En eso que no se arma y desajusta expectativas se desnuda la otra intemperie: la crisis sistémica de las mediaciones conocidas frente a las novedades de este segundo cuarto de siglo XXI. A la Iglesia le cuesta, a los movimientos les cuesta. A los partidos, a los sindicatos y a las familias también. En el punto final, San Cayetano actualiza la pregunta que flota hace decenios: ¿qué organizaciones acompañan a los individuos del presente?
A la Iglesia le cuesta, a los movimientos les cuesta. A los partidos, a los sindicatos y a las familias también. En el punto final, San Cayetano actualiza la pregunta que flota hace decenios: ¿qué organizaciones acompañan a los individuos del presente?