Dietas para embarazadas
En este texto, incluido como epílogo en su reciente libro "En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento" (Lengua de Trapo / Adriana Hidalgo), Santiago Gerchunoff lleva hasta sus últimas consecuencias la obsesión contemporánea por convertir la crianza en un proceso de perfeccionamiento y a los hijos en obras indefinidamente mejorables.
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Hablamos de una época de prosperidad total. La maternidad se ha vuelto un afán de virtud cada vez más específico, separado, voluntario, explícito. Las técnicas de fertilización artificial han permitido el desplazamiento de la maternidad a los cuarenta-cincuenta años. Y cada vez hay más ideas, más productos, más manuales, más decálogos, más programas vinculados a la crianza y la formación. Ser padre implica una atención permanente y total a las posibles mejorías en la educación de los hijos.
Hablamos de una educación desatadamente progresista. Una crianza en la que los padres todo lo hacen inspirados en una convicción: la formación del hijo es un proceso inagotable, indefinidamente mejorable. Siempre, en todas y cada una de las áreas de su existencia hay algo que pulir, algo que agregar, algo que podar; porque es él, el chico, el que lleva el infinito dentro, el que es infinitamente perfectible. Como toda obra.
Esta clase de progresismo creativo no se conforma nunca (el rechazo al conformismo es una de las épicas más universales, histórica y geográficamente). No deja terreno sin explorar. No se conformó performando la educación del niño: intervino también en su alimentación, incluso en la del feto; es decir, en la alimentación de la madre durante el embarazo.
La alimentación de la madre durante el embarazo es el tema de esta historia.
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Como parte de este afán mejorativo, se fabricó un escáner cerebral del feto que permitía medir la evolución de su inteligencia a lo largo del embarazo. Se realizaron estudios comparativos de madres con dietas muy diversas, se cruzaron datos mundialmente, se sacaron conclusiones probabilísticas y se inició una ola de “dietas para embarazadas” que supuestamente influían en la inteligencia del feto.
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Florecieron entonces las dietas para embarazadas que harían más inteligentes a los futuros niños. Dietas biorregenerativas, dietas antigrasas, dietas gaseosas, hipercalóricas, nefropaneadas, siempre entusiasmantes. Dietas atractivas, lindos planes, sutiles organigramas alimenticios que sirven de mecha, de catalizador para esa ambición de grandeza que casi todos, más o menos dormida, llevamos dentro. Dietas para el futuro orgullo de las mamás. Dietas que harían mejor al mundo aumentando la presencia de mentes preclaras, de neonatos híperprometedores.
Las madres se sometieron una y otra vez, las modas variaban, pero ya no existió embarazada en el mundo desarrollado que no siguiera una dieta inteligenticia. En un primer momento las dietas no hicieron más que multiplicarse, pero al poco tiempo muchas pasaban de moda; finalmente quedaron cuatro o cinco que acaparaban todo el mercado.
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Se desarrolló entonces todo un sistema de antagonismos sociales y culturales alrededor de la elección de una u otra dieta inteligenticia: había dietas más mainstream y había dietas más alternativas, pero la propia naturaleza “innovadora” de las dietas inteligentizantes hizo que muchas opciones más bien alternativas, más rebeldes, más cool, menos rancias, más naturales, con menos aditivos, acabaran siendo las más exitosas. Entre lo tecnológico y lo naturista (esas dos formas de modernidad paradójicas que alimentan todas nuestras fantasías de progreso), en lo que a dietas inteligentizantes respecta, acabó triunfando la opción naturista. Pero tanto que el sistema se volvió monista, monolítico, cuando apareció la dieta definitiva, la dieta autotrófica. Un intento absolutista de volver a “lo más esencial de la naturaleza”: los mecanismos alimenticios de los organismos autótrofos. Auspiciada por estudios universitarios escandinavos, nació la dieta autotrófica o dieta marrón como popularmente se la conoció.
Esta dieta —que consiste simplemente en que las futuras mamás, entre el tercer y el quinto mes del embarazo, se alimenten exclusivamente de su propia caca— arrambló con todas las demás. Aún hoy es un desafío descubrir el secreto de su éxito, de dónde obtuvo su credibilidad, por qué se extendió tanto y tan rápido... Pero así fue: por doquier las futuras mamás comiendo su propia caca para dar a luz niños más inteligentes.
Es cierto que parecía un paso casi lógico después de otras dietas para embarazadas que venían triunfando, como las basadas en limpiezas internas a base de fruta podrida. En El rincón de Mariana, programa de televisión dedicado a recomendar dietas inteligentizantes, fue totalmente natural el paso de las dietas a base de granos de cereal crudo y té de savia a las dietas marrones. [De hecho, es probablemente uno de los momentos clave para la instalación de la dieta marrón el que una creadora de opinión tan importante en el campo de las dietas inteligenticias como Mariana Sarabia mostrara en cámara sus propias heces y se las comiera delante de la audiencia. Muchas madres antes temerosas se apoyaron en ese gran gesto para envalentonarse y comenzar a practicar la dieta marrón: “No tenemos nada de qué avergonzarnos: somos madres, somos solidarias, damos vida, damos amor y, por supuesto, damos luz e inteligencia al mundo. Comer nuestros desechos para hacer mejores a nuestros hijos es un gesto que debe enorgullecernos, y con él honramos la vida que nos fue dada.”]
La formación del hijo es un proceso inagotable, indefinidamente mejorable. Siempre, en todas y cada una de las áreas de su existencia hay algo que pulir, algo que agregar, algo que podar; porque es él, el chico, el que lleva el infinito dentro, el que es infinitamente perfectible. Como toda obra.
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La variedad —y, por tanto, también el conflicto— pronto se manifestó dentro de las dietas marrones. Por un lado estaban las dietas más “puristas”, las que insistían no solo en que la embarazada comiera caca durante el tercer y el quinto mes, sino que subrayaban también que debían comer solamente caca en ese período y, sobre todo, solamente caca propia. Estas dietas hacían más hincapié en el componente autotrófico. Esta variedad más “purista” lo era, sobre todo, porque de ella no se podía sacar provecho comercial alguno (salvo los libros sobre dietas y los cursos sobre dietas); no se podía vender ningún producto para la dieta, porque esta se basaba en lo que más gratuitamente nos pertenece a todos: nuestra propia caca. Esto hacía que muchos grupos anticapitalistas que habían sobrevivido milagrosamente a la evolución de la humanidad adoptasen dietas marrones “fuertes”, que fue como se llamaron.
Sin embargo, a nivel mayoritario, la tendencia fue la otra, la de las dietas marrones “débiles” o light: aquellas dietas que promocionaban las ventajas de ingerir caca durante los meses tres y cinco, sin importar que fuera solamente caca (se podía combinar un bol de caquita de entrada, con un cordero al horno de segundo) y, sobre todo, sin importar que fuera caca propia. Las dietas débiles fueron mucho más masivas, y esto gracias a sus plataformas de lanzamiento publicitario, a que su retórica se nutría de lo rentable que eran como negocio: se empezaron a vender pastillas de caca para embarazadas en tiendas naturistas primero, como productos raros (hechos en principio en alguna granja noruega por un grupo de ecologistas de vanguardia), pero rápidamente se inició una producción industrial de pastillas de caca. Su éxito residía en que eran más fáciles de ingerir que la caca fresca de uno mismo porque venían deshidratadas y secadas, como si de galletas más suaves se tratara.
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En realidad, ya desde el primer decenio de expansión masiva de las dietas marrones, se empezaron a fabricar en varios parques industriales chinos pastillas de caca saborizadas. Unas deliciosas pastillas que estaban hechas con caca humana, pero con sabores variados añadidos a la materia original para facilitar y hacer agradable la ingesta de la embarazada. Los empresarios chinos que tuvieron la idea estaban atacando sin saberlo la esencia autotrófica de la dieta, privilegiando la visión de la dieta como dieta de la caca, sin importar que fuera propia o no. Así se había desarrollado en el gigante oriental toda una cadena industrial que tenía como eslabón inicial los puntos de recogida de caca fresca diseminados en cientos de miles de pueblos chinos miserables. Poco, muy poco, pero algo se pagaba por la caca a los agradecidos campesinos que pululaban por los puestos de recogida. Esta red daba trabajo (o al menos algo que vender) a millones de personas. Según lo describió Martín Carrara en su mítico blog de viajes: “Las colas de chinos escuálidos esperando para defecar a cambio de un puñado de monedas eran tan largas que se perdían en el horizonte, como una serpiente gris, entre los valles y colinas del Asia profunda”.
Las pastillas de caca saborizadas se vendieron por toneladas; principalmente se exportaban a Europa y América. No había góndola de supermercado que no las tuviera en todas sus variantes (de color, de olor, de sabor, de textura). En un momento dado, las pastillas empezaron a recibir algunas reclamaciones por parte de las asociaciones de consumidores europeas. Poco a poco, se instaló en los medios de comunicación una sospecha: los fabricantes chinos podrían no estar usando verdadera caca humana fresca para la confección de las pastillas saborizadas, sino comida común y corriente, “disfrazada” de caca humana saborizada. La BBC mandó a un enviado especial que filmó un impactante documental desenmascarando “la pérfida sustitución china de caca fresca humana por un compuesto macerado al sol de frutas, verduras y cereales”. Ante la conmoción y alarma de los consumidores occidentales, el gobierno chino negoció un juicio rápido, en el que una camarilla de empresarios locales fue condenada. El caso se cerró sin mucha investigación y con él todas las fábricas de pastillas de caca chinas.
Entre lo tecnológico y lo naturista (esas dos formas de modernidad paradójicas que alimentan todas nuestras fantasías de progreso), en lo que a dietas inteligentizantes respecta, acabó triunfando la opción naturista. Pero tanto que el sistema se volvió monista, monolítico, cuando apareció la dieta definitiva, la dieta autotrófica

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Por supuesto, los primeros impulsores de la campaña de desprestigio que sufrieron las pastillas chinas fueron los puristas, los practicantes de dietas de la caca fuertes. Para ellos, la pastilla china era ya rechazable desde el preciso momento en que era declarada y explícitamente caca no-propia de la mamá en dieta. Hubo una institución clave en la animada vida de esta facción purista: la Liga de la Caca, una organización internacional que se presentaba como una red de ayuda a las embarazadas que quisieran someterse del modo más auténtico a las dietas marrones. En cientos de ciudades alrededor del orbe había reuniones semanales, conferencias e incluso turnos de ayuda individualizada a las futuras mamás comedoras de caca puristas. Fue en esas conferencias y reuniones donde se empezó a tejer y a difundir la indignación con las pastillas de caca industriales, verdaderas encarnaciones de la “mercantilización banalizadora de la esencia de la dieta autotrófica”.
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Aun así, lo que efectivamente acabó pocos años después con las dietas marrones no fue la desaparición de las pastillas chinas, sino una radicalización del movimiento original que terminó disolviéndolo sin querer. Hablamos de la subsunción de las dietas marrones en las dietas del asco.
A partir de la observación y el estudio de una comunidad coprófaga de California con una larga trayectoria, un grupo de antropólogos brasileros determinó que, si bien muchas de las coprófagas practicaban ya (sin saberlo) la dieta de la caca desde hacía años (en efecto, de toda la vida, las embarazadas de la comunidad comían su propia caca por gusto durante cada embarazo), los test de inteligencia posteriores de sus hijos no indicaban nada parecido a inteligencias superiores (eran chicos normales…). Las dietas marrones no hacían efecto en las madres que comían caca por gusto. Entonces, los investigadores sudamericanos lanzaron la hipótesis selectiva del asco: la dieta no funcionaba en las coprófagas porque no es la caca misma la que provoca el incremento de inteligencia en el feto, sino el asco de la madre al comerla. Al no sentir asco, sino gozo al comer su propia caca, el organismo de la coprófaga preñada no aumenta la inteligencia del feto. Según esta teoría, lo importante era comer algo asqueroso entre los meses tres y cinco; que fuera caca, propia o ajena no tenía en realidad ninguna importancia. Lo único que importaba es que la madre sintiera asco al comer en esos meses, un asco profundo. [ Esta teoría explicaba de modo retroactivo que hubiera literatura abundante defendiendo que las pastillas de caca chinas saborizadas, en su enorme mayoría, sí estaban hechas de caca humana auténtica; si no funcionaban, era porque quitaban el elemento clave en el proceso inteligentizador del feto: el asco.]
Al convertirse en “dietas del asco”, las dietas marrones se fueron deshilachando casi hasta desaparecer. No fue posible forjar una industria sobre “el asco”, porque el asco es difícil de vender, y cada embarazada podía elegir no exactamente “a su gusto”, sino más bien “a su asco”: hay quien siente asco por los mejillones, hay quien siente asco por el queso, hay quien siente asco por las hormigas, etcétera. Ya no hacía falta comer caca, cada cual podía elegir entre las miles de opciones de cosas asquerosas que pudiera imaginar.
Con el paso del tiempo, las dietas inteligenticias fueron desapareciendo de la escena; el asco no resulto tan vendible como la caca. [También es interesante, para ver hasta qué punto la filosofía académica ya era entonces una mera herramienta sofisticada de algunos estudios culturales especialmente pedantes, señalar el éxito enorme que tuvo un paper de un profesor de la Universidad de Locarno, titulado «La esencia de la dieta de la caca: ¿la caca o el asco? El giro kantiano aplicado a las dietas de la caca». El texto era de una sutileza extraordinariamente retorcida. Su argumento, en pocas palabras, el mismo que el de los defensores de las dietas del asco, pero expuesto desde el punto de vista del conocido giro kantiano: «si lo que origina el efecto inteligentizador (mejorador) del feto en ese momento clave (semanas tres a cinco) no es ningún componente de la caca propia, sino el asco sentido por la mamá en el acto de comer la caca, se puede decir también que no es en el objeto (la caca), sino en el sujeto (la mamá comedora de caca), donde tenemos que situar la clave del proceso mejorador del feto. Es la sensación producida por la caca (no la caca misma, nouménica) la que actúa decisivamente sobre el proceso de formación de la materia gris del feto».]
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Solo sobrevivieron algunas sectas “autotróficas” extremistas. Muy extremistas. La parte más purista de la Liga de la caca no es que no hubiera aceptado el giro kantiano, el giro hacia el asco como centro de la dieta, sino que le había parecido insuficiente en su radicalismo. Pronto surgieron dos o tres gurús, que en diferentes partes del mundo, propagaban que no era el asco, sino el sacrificio de comer algo asqueroso, el sacrificio de la madre al comer, lo que aumentaba la inteligencia del feto. No era el asco el principio activo, sino el efecto físico (alguna enzima liberada) de la conciencia de la madre de estar realizando el sacrificio de comer con asco durante tres meses para aumentar la inteligencia de su hijo. De modo que cuanto más sacrificio al comer, más pura era la dieta y más inteligencia podía ganar el feto. La búsqueda de comidas sacrificiales se volvió el núcleo obsesivo de estos grupúsculos hiperpuristas.
El caso más extremo conocido fue, sin duda, el de “la loca de Moratalaz”, en el que se descubrió a una mujer (un cuadro importante de La Liga, dicen) de 42 años que, en el afán de dotar de más inteligencia a su tercer hijo, se había comido a los otros dos y a su marido entre los meses tres y cinco del embarazo.
No era el asco el principio activo, sino el efecto físico (alguna enzima liberada) de la conciencia de la madre de estar realizando el sacrificio de comer con asco durante tres meses para aumentar la inteligencia de su hijo. De modo que cuanto más sacrificio al comer, más pura era la dieta y más inteligencia podía ganar el feto.