El 23F español: anatomía de un destino

Esta ucronía parte de una hipótesis precisa: el 23F no fracasa, el golpe triunfa. Desde allí, el texto reconstruye una España que cambia de régimen sin fundar uno nuevo, donde la violencia inicial se transforma en administración, el orden reemplaza a la legitimidad y la historia se desvía sin romperse del todo. Una trayectoria alternativa que modifica actores, lenguajes y ritmos para llegar al mismo lugar.

por Tomás Di Pietro Paolo

I. El golpe sangra

Adolfo Suárez yace inerte en el suelo.

El cuerpo ha quedado torcido, apoyado contra el banco azul, como si hubiese intentado sentarse por última vez. La sangre se extiende despacio, oscura, sin prisa. Se filtra entre las baldosas, alcanza el borde de un zapato. Nadie la limpia. Nadie se acerca. Nadie sabe aún quién manda.

Antonio Tejero sostiene el arma con ambas manos. Teniente coronel de la Guardia Civil, bigote de reglamento. No tiembla. El cañón apunta al techo del hemiciclo, no como gesto teatral: como advertencia. Ahí se concentra ahora el poder. Las cámaras de Televisión Española siguen grabando pero no están emitiendo en directo. La luz roja permanece encendida. La imagen queda fijada antes de que el país pueda verla.

Durante un segundo —uno solo— el Congreso no reacciona. Luego llegan los cuerpos al suelo, el golpe seco de las bancadas, un murmullo de respiraciones contenidas. 

No hay gritos prolongados. No hay resistencia. El miedo no explota: se instala.

Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente castrense de La Transición,  se pone de pie. Da un paso adelante. No es bravura. Es reflejo. El uniforme todavía pesa lo suficiente como para hacerlo avanzar.

El hombre al mando del operativo ordena que todos se tiren al suelo.

—¿De orden de quién? –, confronta Mellado.

La respuesta es un disparo único, seco, en el medio de su frente. El cuerpo cae hacia delante. La cabeza golpea el suelo con un sonido breve, casi doméstico. Nadie pronuncia su nombre. Nadie se mueve.

Santiago Carrillo permanece sentado. El hombre que había dejado atrás la épica para salvar a su partido, la retórica para conservar un lugar en la mesa, sabe que él es el siguiente. Ajusta las gafas con un gesto automático, administrativo. Alza la mirada, acepta su destino.

Entonces llega la cizaña: Tejero vacía el cargador de su parabellum en más de diez balazos, un rosario sádico que rebota en la bóveda del Congreso. El cuerpo se desploma entre papeles y escaños vacíos. Muere el comunismo que aceptó abandonar la revolución para seguir existiendo.

Mártires de la traición, los tres habían llegado hasta allí traicionando el pasado para ser leales a su tiempo. El golpe de Estado no solo los mata. Cancela la posibilidad de que esa secuencia de ajustes imperfectos siguiera produciendo algo parecido a un presente.

Tres cuerpos. Cientos de diputados inmóviles. Un arma concentrando la autoridad.

Nadie aplaude. Nadie protesta. 

La obediencia no se discute: se adopta.

Afuera, el país tarda en entender. En Valencia, los tanques salen con puntualidad marcial. En otras capitanías, el silencio pesa más que cualquier adhesión. En los bares, el rumor crece. Alguien dice: esto no podía seguir así. Nadie responde.

Desde Zarzuela, el silencio se alarga. No es indecisión. Es cálculo. Se escuchan informes, se miden lealtades. La calle no se mueve. El golpe no ha provocado rechazo. Ha producido espera.

Alfonso Armada avanza. Secretario de la Casa del Rey, conspirador de despacho. Llama, promete, pide serenidad.

—Tranquilo, Antonio. El Rey te ampara.

Cerca de la medianoche, el emblema de TVE irrumpe en las pantallas. Juan Carlos, impecable en frac militar, rostro pétreo bajo la luz cenital. El encuadre es limpio. La voz, firme. No menciona a los muertos. No condena a nadie.

—Españoles. Atravesamos una situación excepcional que exige responsabilidad. He dado instrucciones para la formación de un gobierno de unidad que restaure el orden y la prosperidad. España es una y una será.

No habla de democracia. Habla de continuidad.

El mensaje dura lo justo. El país no estalla ni se levanta. Se acuesta.

Al día siguiente hay tráfico, trabajo, colegios. El Congreso sigue cerrado.

El 23 de febrero de 1981 no inaugura un régimen nuevo. Ajusta uno existente.

Después, todo ocurre como ocurre siempre: por inercia. 

El golpe de Estado no solo los mata. Cancela la posibilidad de que esa secuencia de ajustes imperfectos siguiera produciendo algo parecido a un presente.

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II. El orden se administra 

Durante los primeros años del Gobierno de Reorganización Nacional, España no se recompuso: se replegó. 

No hubo celebraciones ni adhesiones fervorosas. Hubo orden. Horarios. Rutina. El país intentó aceptar la grisura, como precio por no volver a sangrar en público.

Alfonso Armada gobernó con discreción quirúrgica. Hablaba poco, firmaba mucho, delegaba la violencia. No necesitaba carisma: necesitaba continuidad. Y la tuvo.

La purga militar fue silenciosa. No hubo juicios ni escarmientos ejemplares. Hubo destinos forzosos, ascensos congelados, jubilaciones anticipadas. La disciplina se administró como una hoja de cálculo.

El gabinete se compuso de generales reciclados en gestores, juristas del franquismo tardío y tecnócratas sin biografía visible.

Manuel Fraga apareció cuando fue útil, imprescindible para tranquilizar a Europa. Fue nombrado ministro de Exteriores. No como rehabilitación, sino como maquillaje civil.

Felipe González cruzó el Atlántico la misma noche del golpe. Desde Ciudad de México fundó La Voz del Sur, un periódico clandestino que envejeció pronto en consignas sin destinatario. Se convirtió en exiliado elegante, asiduo a cócteles de embajadas, más citado que leído, una referencia moral sin efecto práctico. 

España siguió sin él.

La economía recibió un tratamiento seco. Capital árabe en Canarias. Consorcios japoneses para SEAT. Devaluaciones calculadas. Alemania compró sol. Francia compró fruta. España vendió brazos, playa y silencio.

La adhesión a la Comunidad Económica Europea se aplazó en nombre de los valores, mientras los acuerdos bilaterales se firmaban en nombre del interés. España quedó suspendida en una neutralidad útil: fuera de la OTAN, pero colaboradora; fuera de la CEE, pero funcional.

La anestesia llegó en forma de bares llenos. 

Y allí donde no hubo anestesia, hubo guerra.

En el País Vasco, el miedo empezó a marcar horarios. En Cataluña, la violencia dejó de ser abstracta el día que explotó un artefacto en un Camp Nou lleno. Durante semanas, nadie habló de otra cosa. Luego se habló de otra cosa.

La respuesta del Estado fue nocturna y eficaz. Algunos cuerpos aparecieron. Otros no. Las familias aprendieron a dejar de preguntar.

España no se hundió. Se sostuvo. El Estado que había nacido del golpe no se desmanteló. Aprendió a administrarse.

Durante los primeros años del Gobierno de Reorganización Nacional, España no se recompuso: se replegó. 

III. La resaca

Los años noventa llegaron de golpe. El mundo había cambiado y España creyó llegar a tiempo.

Una mañana de 1992, desde la ventanilla de un tren de alta velocidad recién inaugurado, un directivo observaba las grúas alineadas como soldados. Encendió un cigarro y pensó: por fin dentro.

Mientras tanto, en una sucursal bancaria, un empleado explicaba una hipoteca a cuarenta años. Usaba la palabra oportunidad. El cliente firmó. Ambos sonrieron.

En 1996, Armada entendió que su ciclo se agotaba. No fue derrocado: se retiró. Abandonó El Pardo sin juicio, dejando atrás un país cansado pero funcional.

El Estado nacido del 23F no cayó. Se reconvirtió. No hubo ruptura institucional ni ajuste de cuentas. Hubo traspaso. El régimen mutó sin admitirlo. Su heredero no fue un general, sino un civil con pasado tolerable: Antonio Hernández Mancha, al frente de una derecha reformulada que hablaba el idioma de Bruselas.

Llegaron las privatizaciones. El crédito. El PIB crecía. En los bancos, los plazos se alargaban y las garantías se relajaban. Nadie lo llamaba riesgo: lo llamaban confianza. 

Duró doce años.

En 2008, la música se detuvo. Desahucios. EREs encadenados. Aulas prefabricadas en los patios de los colegios.

Pero España no se hundió. Se ralentizó.

Cuando el cansancio se volvió estructural, apareció una grieta.

IV. El corte

El detonante fue menor y por eso mismo eficaz: una subida acumulada de tarifas en Cercanías, retrasos crónicos, trenes abarrotados. El 22M empezó como protesta urbana y terminó como síntoma.

De ese ruido emergió un grupo improbable: jóvenes, formados, disciplinados por la precariedad más que por la doctrina.

Su líder llevaba coleta. Hablaba bien. Citaba a los clásicos con tono pedagógico y a los adversarios con una calma estudiada. No prometía revolución. Prometía orden.

El lenguaje fue marxista —aún buscaba su oportunidad—, pero no tuvo épica. Clases, explotación, planificación. No como destino histórico, sino como protocolo de emergencia.

En términos estrictos, no fue por asalto: hubo cesión. Crisis fiscal. Colapso territorial. Instituciones exhaustas. El gobierno antecesor les transfirió competencias “temporales”. No las devolvieron. 

Desde ese momento, no hubo elecciones competitivas ni alternancia real: el poder dejó de poder perderse. 

A los seis meses, ningún trámite era rápido, pero todos eran obligatorios. Nadie sabía quién firmaba, pero todo venía firmado.

El régimen fue breve, pero intenso. Apenas tres años.

Publicidad prohibida. Cuotas de optimismo en la prensa. Economía política en los colegios, con manuales impresos en papel reciclado del BOE. 

El Parlamento siguió reuniéndose, pero dejó de decidir.

Los conflictos laborales pasaron a llamarse desajustes de encuadre.

Cataluña proclamó la independencia. Europa no la reconoció. 

Nadie intervino.

Nada estalló.

Nada se movió.

Luego empezó a pesar.

Felipe González cruzó el Atlántico la misma noche del golpe. Se convirtió en exiliado elegante, asiduo a cócteles de embajadas, más citado que leído, una referencia moral sin efecto práctico. 

V. El desgaste organizado

Cuellos de botella. Créditos clientelares. Retórica endurecida para compensar resultados menguantes. 

Las protestas regresaron, pero ya no eran ideológicas. Eran administrativas: salarios, suministros, permisos.

España no pedía libertad. Pedía que funcionara.

El régimen no cayó por un levantamiento. Se agotó.

Como antes Armada, terminó aplastado por la estructura que había construido para sostenerse.

No fue derrotado: quedó obsoleto.

No dejó una alternativa. Dejó una alergia a las ideas grandes.

La salida no fue una revolución inversa. Fue cansancio organizado.

Se restituyeron elecciones sin épica. Se devolvieron competencias sin ceremonia. Europa volvió cuando dejó de exigir convicción y aceptó estabilidad.

Nadie habló de refundación. Se habló de normalización.

En 2008, la música se detuvo. Desahucios. EREs encadenados. Aulas prefabricadas en los patios de los colegios. Pero España no se hundió. Se ralentizó. Cuando el cansancio se volvió estructural, apareció una grieta.

VI. El método

El país ya no buscaba justicia ni igualdad. Buscaba a alguien que no creyera en nada.

A veces sólo se puede ser leal al presente traicionando el pasado. No es una virtud: es una competencia.

Él no llegó para cambiar el sistema, sino para hacerlo viable otra vez.

Llegó con una promesa modesta: menos relato, más resultados.

En campaña apareció con una tijera industrial.

—Esto es para cortar —dijo—. No para negociar.

Repitió una palabra como diagnóstico: comunismo. Todo lo que no funcionaba entraba ahí. Su imagen subía.

No prometía un mundo nuevo. Prometía que el existente entregara lo que prometía, lo que los vecinos ya tenían.

Pactó cuando convino. Rompió cuando estorbó. Cambió de lenguaje sin cambiar de reflejos. 

La pandemia suspendió el país. Presupuestos prorrogados, gestión automática.

El método volvió a adaptarse. Si antes había recortes, entonces hubo protección. Si antes hablaba de libertad, habló de cuidado. El mecanismo fue el mismo. La figura también.

Cuando alguien pronunciaba su nombre completo —Pedro Sánchez Pérez-Castejón— ya no designaba a un líder, sino una forma de gobernar: absorber conflicto y continuar. Administración de la caída.

Las regiones no volvieron por convicción. Volvieron porque era más barato coordinar que sostener la excepción permanente. Cataluña fue la primera.

Un domingo cualquiera, en un bar lleno, la gente mira un partido. Gritan un gol. Piden otra ronda. El camarero baja el volumen.

España sigue. 

Cuando alguien pronunciaba su nombre completo —Pedro Sánchez Pérez-Castejón— ya no designaba a un líder, sino una forma de gobernar: absorber conflicto y continuar.