El eterno retorno del antisemitismo francés

Francia fue el primer país europeo en emancipar jurídicamente a los judíos y, al mismo tiempo, uno de los grandes laboratorios del antisemitismo moderno. Desde el caso Dreyfus y Vichy hasta los nuevos odios del presente, un recorrido por más de dos siglos de un prejuicio capaz de transformarse y encontrar siempre nuevos lenguajes políticos.

por Salvador Lima

El 27 de septiembre de 1791, la Asamblea Nacional Constituyente francesa votó casi de apuro, en una de sus últimas sesiones, un decreto que llevaba dos años atascado entre discursos e indecisiones. Se trataba del otorgamiento de la ciudadanía francesa a los judíos asquenazíes de Alsacia y Lorena, tras la emancipación ya concedida a los judíos sefardíes del sur de Francia, en 1790. Significativamente, la aprobación del decreto no fue seguida de fanfarrias ni debates finales memorables, sino que se trató de un trámite resuelto sobre la hora. Ese contraste entre la magnitud del gesto y la banalidad casi administrativa resume bien la relación ambivalente que Francia mantendría con sus judíos durante los siguientes dos siglos y medio.

Siendo el primer país europeo en emancipar jurídicamente a sus judíos, Francia ha sido también uno de los escenarios más persistentes del antisemitismo moderno. Esa paradoja solo se entiende si se sigue un hilo histórico complejo y se comprende que el antisemitismo francés no ha tenido un único dueño

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Siendo el primer país europeo en emancipar jurídicamente a sus judíos, Francia ha sido también uno de los escenarios más persistentes del antisemitismo moderno. Esa paradoja solo se entiende si se sigue un hilo histórico complejo y se comprende que el antisemitismo francés no ha tenido un único dueño. Nacido y consolidado como una ideología característica, pero no exclusiva, del nacionalismo conservador y católico de la Tercera República, el antisemitismo francés sobrevivió mutado en la extrema derecha de posguerra y, desde inicios del siglo XXI, ha encontrado un vector nuevo en sectores de la izquierda radical y del universo asociativo multicultural e islamista, frecuentemente bajo el paragua del antisionismo. Esa capacidad de adaptación es, probablemente lo que convierta al antisemitismo en un objeto de estudio tan resistente a los relatos partidistas. Un recorrido histórico honesto debe reconocer que el prejuicio antijudío ha encontrado, en cada época, una ideología o cultura política disponible para instrumentalizar su lenguaje.

La Tercera República y la promesa de la asimilación

En 1791, el Estado pudo decretar la igualdad de todos sus ciudadanos ante la ley, pero no pudo obligar a la mayoría de la sociedad francesa, profundamente rural hasta finales del siglo XIX, a dejar de percibir a los judíos como un grupo aparte. Mientras siguiera existiendo una identidad religiosa, comunidades organizadas o simplemente un apellido reconociblemente judío, siempre había un residuo de diferencia para el ‘israelita’ francés. En otras palabras, la ciudadanía formal avanzó mucho más rápido que la aceptación social real. Fue recién durante la Tercera República (1875-1940) que el republicanismo laico y universalista pareció ofrecer el marco ideal para una minoría judía que había apostado todo a la ciudadanía francesa como mecanismo de asimilación. Sin embargo, esa misma República había nacido impugnada por una derecha antiparlamentaria que, formada por monárquicos, católicos tradicionalistas y nacionalistas humillados por la derrota de 1871, veía en el judío emancipado el arquetipo de todo lo que rechazaban en la modernidad republicana, es decir, el enemigo interno, el capitalismo financiero, el cosmopolitismo y la pérdida de una Francia ‘auténtica’, rural y católica.

Esa hostilidad se apoyaba en tensiones sociales reales. El primero era la heterogeneidad interna de los judíos de Francia. Aunque los sefardíes del sudoeste eran, en su mayoría, pequeños en número, hablantes de francés, y ya asimilados a las costumbres burguesas locales desde el siglo XVIII, los askenazíes de Alsacia y Lorena eran mucho más numerosos, en su mayoría hablantes de yiddish, organizados en comunidades autónomas y dedicados en buena medida al pequeño préstamo rural, una actividad que los ponía en contacto cotidiano con un campesinado francés frecuentemente endeudado. En segundo lugar, en las últimas dos décadas del siglo XIX, la fuerte migración de askenazíes alsacianos, polacos y rusos hacia París y Lyon, ciudades donde hasta entonces el judaísmo había sido minoritario, aumentó bruscamente la visibilidad social de los judíos en el comercio, las finanzas y las profesiones liberales, favoreciendo una asociación simbólica entre el apellido judío y las altas finanzas que ofrecía una imagen perfecta para el resentimiento antiliberal.

En 1886, Édouard Drumont sistematizó esa animadversión en La France juive y fundó, a través de su periódico La Libre Parole, un antisemitismo de masas con pretensiones ‘científicas’ y económicas, no solo religiosas. Drumont no era un excéntrico marginal, sino que sus publicaciones e ideas circulaban en reuniones de la clase alta, cuarteles y sacristías. A ese antisemitismo de salón se sumaría el antisemitismo de turba callejera. En 1892, el escándalo financiero del Canal de Panamá, en el que dos financieros judíos, Cornelius Herz y Jacques de Reinach, aparecieron implicados en el pago de sobornos a decenas de parlamentarios, fue explotado sistemáticamente por Drumont y por la prensa nacionalista como prueba de una supuesta ‘conquista judía’ de las finanzas y la política republicanas. 

El auge del antisemitismo en clave económica-conspirativa coincidió además con un giro intelectual que hizo del judío una categoría racial.

El Affaire Dreyfus

El auge del antisemitismo en clave económica-conspirativa coincidió además con un giro intelectual que hizo del judío una categoría racial. El antijudaísmo cristiano tradicional había aceptado que la conversión religiosa disolvía, en principio, la diferenciación del judío. Desde mediados del siglo XIX, el auge de las teorías raciales pseudocientíficas—como el Essai sur l'inégalité des races humaines (1853-1855) de Artur de Gobineau, la ‘antroposociología’ de Georges Vacher de Lapouge, o Die Grundlagen des neunzehnten Jahrhunderts (1899) de Houston Stewart Chamberlain—hizo del judío una raza biológicamente distinta e inasimilable, y no ya un simple disidente religioso. Contra el ideal de la emancipación, si el problema era racial, ni la ciudadanía, ni la asimilación cultural, ni siquiera la conversión religiosa bastaban para disolver la sospecha. 

Fue exactamente esa lógica la que convirtió a Alfred Dreyfus, un judío asimilado, con ninguna práctica religiosa visible y plenamente integrado en la élite militar francesa, en un blanco perfecto. Para la nueva versión pseudocientífica del antisemitismo, la asimilación del capitán Dreyfus era menos una prueba de lealtad que la evidencia de que se trataba de un ‘meteco’ lo suficientemente hábil como para camuflarse e infiltrarse en el corazón mismo del Ejército. De hecho, el grado en el cual la sociedad francesa se hallaba predispuesta a creer en la culpabilidad de Dreyfus queda demostrada por la indiferencia o aceptación sin cuestionamientos con las que la prensa establecida recibió la condena contra el capitán alsaciano por espionaje alemán. Fue luego de que el coronel Georges Picquart reabriera el caso en 1897 y que Émile Zola publicara su célebre ‘J’accuse…!’, con el comandante Ferdinand Walsin Esterhazy señalado como el verdadero traidor, que empezaron los cuestionamientos serios contra el Ejército, aunque la sociedad francesa, fuera de París, siguió mayoritariamente hostil o indiferente.

Lejos de limitarse a quienes simplemente creyeron en la culpabilidad del capitán alsaciano, los antidreyfusards eran una coalición de nacionalistas, monárquicos, católicos integristas y militares que decían defender el honor del Ejército, y que veían en Dreyfus y sus aliados una conspiración judeo-masónica contra la Francia católica. Mientras duró el caso, no solo agitaron las páginas de la prensa y los debates parlamentarios, sino que también animaron motines callejeros y saqueos de comercios judíos en varias ciudades francesas. De ese fermento nació la Action Française de Charles Maurras, una organización que codificó el antisemitismo como parte de un nacionalismo integral coherente y que tendría una gran influencia en la política contrarrevolucionaria francesa durante décadas. 

En general, los apoyos a Dreyfus vinieron de republicanos y radicales, caracterizados por sus posturas anticlericales y sus opiniones negativas sobre el Ejército, al cual veían como una casta reaccionaria alejada de los valores de la Tercera República. Por otro lado, hubo católicos y conservadores entre los dreyfusards, como el honrado coronel Picquart, quien defendió la inocencia de Dreyfus contra todas las presiones de sus superiores y a pesar de sus prejuicios personales contra los judíos. En contrapartida, durante 1894-1897, la mayor parte de la izquierda no tomó posición y mantuvo una estricta neutralidad. Para buena parte de la intelectualidad socialista, el caso Dreyfus era meramente escándalo interno de la república burguesa y movilizarse para defender a un capitán de artillería, miembro de una familia rica de industriales alsacianos, no tenía nada que ver con la causa proletaria. Tales prejuicios no eran una novedad, sino que provenían de antisemitismo popular decimonónico que asociaba al judío con el capital financiero y parasitario. No fue hasta la publicación del artículo de Zola que los intelectuales socialistas, como Jean Jaurès, comenzaron a movilizarse a favor del campo dreyfusard

En todo caso, cuando en 1899 el capitán Dreyfus fue indultado por decreto presidencial, el campo dreyfusard fue el que consolidó a la izquierda republicana y socialista como el espacio político donde el antisemitismo resultaba, en principio, ideológicamente incompatible con sus propios principios universalistas. Como resultado, socialistas, radicales y republicanos confluyeron en el llamado Bloc des gauches, la coalición que gobernó Francia entre 1899 y 1905 y que fue la que finalmente impulsó la separación de la Iglesia y el Estado y dio la rehabilitación judicial a Dreyfus en 1906. La derrota del bloque católico-nacionalista antidreyfusard, sin embargo, no significó el fin del antisemitismo francés sino su repliegue hacia los márgenes intelectuales y militantes de la derecha, donde se mantuvo latente y organizado hasta que las condiciones de los años treinta le devolvieran centralidad política.

La herencia de Argelia y Vichy

Los años treinta profundizaron esa fractura, gracias a la desmovilización de veteranos descontentos de la Primera Guerra Mundial, la crisis económica, la llegada de refugiados judíos huyendo del nazismo y el ascenso de las ligas de extrema derecha, como Croix-de-Feu, Camelots du Roi, Action Française, y el Parti Populaire Français. Adoptando métodos aprendidos del fascismo italiano y elementos del racismo biológico importados de Alemania, la prensa y las ligas nacionalistas normalizaron un lenguaje autoritario en contra de la democracia francesa y de exterminio simbólico del judío mucho antes de la ocupación alemana. El antisemitismo metropolitano tuvo también un laboratorio particularmente virulento en Argelia, cuya sociedad de colonos europeos había desarrollado una cultura política con fuertes componentes racistas y antisemitas. En 1870, el decreto Crémieux había naturalizado en bloque a cerca de 35.000 judíos argelinos, otorgándoles la ciudadanía francesa plena, mientras que la inmensa mayoría musulmana permanecía sometida al Code d’indigénat. Al afrancesar en una generación a los sefardíes argelinos, el nuevo estatuto alimentó el resentimiento de los colonos europeos contra los judíos, quienes como ciudadanos franceses podían ahora competir en la vida comercial y municipal de Argelia. La hostilidad antisemita entre los colonos cristalizó con la creación de la Liga Antijudía de Argel y el periódico L'Antijuif, que organizaron durante la década de 1890 manifestaciones y presiones que llevaron a los movimientos nacionalistas metropolitanos a mirar hacia Argelia como un modelo de movilización patriota. En agosto de 1934, la ciudad de Constantina sería escenario de un pogromo de tres días que dejó 25 judíos muertos, protagonizado por militantes nacionalistas que en los años siguientes confluirían con la Révolution nationale del mariscal Pétain.

En lo ideológico e institucional, la Francia de Vichy fue la culminación estatal de la tradición antidreyfusard, un régimen autoritario y católico-conservador que hizo del antisemitismo una política de Estado. El gobierno de Pétain y Laval no se limitó a colaborar pasivamente con la Alemania nazi, sino que promulgó por iniciativa propia el Statut des Juifs de octubre de 1940, excluyendo a los judíos de la función pública, la enseñanza y numerosas profesiones, y organizó con su propia policía las redadas que enviaron a 76.000 personas, entre una población de 330.000 judíos franceses, a los campos de exterminio. El hecho de que la maquinaria persecutoria fuera en gran parte francesa y no meramente alemana fue lo que llevó, medio siglo después, al presidente Jacques Chirac a reconocer oficialmente en 1995 la responsabilidad del Estado francés en la deportación de sus propios ciudadanos, rompiendo con la ficción gaullista que había presentado a Vichy como una excepción ilegítima ajena a la República. Ese reconocimiento estatal tuvo, apenas dos años después, su correlato judicial, entre 1997 y 1998, con el juicio a Maurice Papon, secretario de la prefectura de Gironde durante la ocupación alemana y luego prefecto de París y diputado de la Asamblea francesa, por su responsabilidad directa en la deportación de cerca de 1.690 judíos, entre 1942 y 1944. 

Del tabú moral a la legislación memorial

Aunque, en 1945, el ‘descubrimiento’ del Holocausto había convertido al antisemitismo explícito en un tabú moral y político en la Francia de posguerra, esto no equivalió a su desaparición total. En cierta forma, el nacionalismo contrarrevolucionario y su vertiente antisemita sobrevivieron, atenuados y recodificados, en los márgenes de la derecha nacionalista y, sobre todo, del Ejército. Las sucesivas amnistías de 1947 y 1951 devolvieron a la vida pública a buena parte de los oficiales depurados por su cercanía a Vichy, quienes encontraron en Indochina (1946-1954) y en Argelia (1954-1962) un espacio ideal para reciclarse. De las redes sociales y profesionales de camaradería de la Algérie française saldrían, tras 1962, buena parte de los cuadros y militantes que nutrirían al Front National de Jean-Marie Le Pen, quien antes había militado en las filas del poujadismo, movimiento populista de derecha, y servido como oficial paracaidista en Argelia. 

Desde 1972, el Front National combinaría un discurso antiinmigración, cada vez más inclinado contra el islam, con guiños ocasionales al negacionismo y la nostalgia colaboracionista, sin que eso le impidiera establecerse en el panorama electoral francés. Desde 2011, Marine Le Pen ha realizado la operación de ‘desdiabolización’ del partido, expulsando o marginando a las voces más impresentables, como su propio padre, y distanciándose de la herencia antisemita y petainista. Rebautizado como Rassemblement National en 2018, el partido ha virado su discurso identitario hacia la defensa de una Francia romantizada, formada por agricultores, trabajadores y pequeños burgueses que habrían sido perjudicados por la globalización, la Unión Europea y la inmigración musulmana. 

Mientras el partido de la familia Le Pen se erigía en representante de los nostálgicos de la vielle France, la Quinta República intentaba dotarse de herramientas contra el resurgimiento del antisemitismo y del racismo, a través de leyes contra el odio racial y religioso y el negacionismo del Holocausto y la creación de la Délégation interministérielle à la lutte contre le racisme, l'antisémitisme et la haine anti-LGBT. Sin embargo, este mismo aparato legal, pensado para penalizar a simpatizantes fascistas, se ha visto puesto a prueba por el desplazamiento del antisemitismo hacia nuevas formas que no encajan con facilidad en las categorías pensadas para combatir el racismo de extrema derecha. 

El desplazamiento que interesa a este recorrido comienza a gestarse a finales de los años ‘60, con la descolonización y la Guerra de los Seis Días de 1967. Antes de esa fecha, buena parte de la izquierda francesa había mirado con simpatía al Estado de Israel

Descolonización, tercermundismo e Israel

El desplazamiento que interesa a este recorrido comienza a gestarse a finales de los años ‘60, con la descolonización y la Guerra de los Seis Días de 1967. Antes de esa fecha, buena parte de la izquierda francesa había mirado con simpatía al Estado de Israel, gobernado ininterrumpidamente por un partido Laborista y percibido como un proyecto socialista de kibutz y refugio de supervivientes del genocidio. Sin embargo, después de 1967, y de manera más marcada tras la guerra de Yom Kippur de 1973, amplios sectores de la izquierda comenzaron a reinterpretar el conflicto árabe-israelí como una lucha anticolonial entre un Israel ocupante, aliado del imperialismo occidental, y un pueblo palestino oprimido y colonizado. Esa lectura formaba parte de un movimiento intelectual dentro de la Nueva Izquierda que, desencantada con la ortodoxia marxista, encontró un nuevo sujeto revolucionario en las luchas de liberación nacional del Tercer Mundo. Intencionalmente o no, el antisionismo entre las clases ilustradas europeas sirvió de vehículo para reintroducir imaginarios antisemitas clásicos, como la idea de un lobby judío todopoderoso que controla los medios y la política occidentales, la negación o relativización del Holocausto y el traslado de la hostilidad antisionista hacia las comunidades judías en Europa.

En Francia, este proceso fue intensificado, desde los años ‘90, por el crecimiento de una población de origen magrebí y africano en las banlieues de las ciudades francesas, en un contexto de desempleo, discriminación y creciente influencia del islamismo político como discurso de identidad y protesta. En esas periferias urbanas circuló, especialmente a partir de la Segunda Intifada, un antisemitismo popular que mezclaba resentimiento social, identificación con la causa palestina y prejuicios religiosos, que se tradujo en agresiones a individuos y establecimientos judíos. Fue el asesinato de Ilan Halimi en 2006, secuestrado, torturado durante semanas y asesinado por una banda que lo eligió específicamente por ser judío, el hecho que obligó a la sociedad francesa a admitir que el antisemitismo contemporáneo ya no procedía mayoritariamente de los círculos identificados con el nacionalismo integral.

Tal diagnóstico fue formulado tempranamente por intelectuales judíos franceses de trayectorias distintas. Alain Finkielkraut, un soixante-huitard maoísta que derivó en su madurez hacia un conservadurismo cultural, y Bernard-Henri Lévy, figura del liberalismo atlantista y proisraelí, coincidieron en alertar, desde comienzos de los años 2000, sobre un nuevo antisemitismo nacido en las periferias urbanas francesas y legitimado por cierto idealismo tercermundista entre la izquierda. Esa tesis fue recibida con enorme resistencia por la intelectualidad progresista francesa, que la acusó de servir para estigmatizar en bloque a las poblaciones de origen magrebí y de desviar la atención del racismo y la discriminación que esas mismas poblaciones sufrían en el mercado laboral, la vivienda y el sistema policial. 

Intencionalmente o no, el antisionismo entre las clases ilustradas europeas sirvió de vehículo para reintroducir imaginarios antisemitas clásicos, como la idea de un lobby judío todopoderoso que controla los medios y la política occidentales, la negación o relativización del Holocausto

Conviene aclarar, que la derecha francesa está lejos de haber resuelto su propia relación con el antisemitismo en el siglo XXI. Éric Zemmour, pese a ser judío de origen argelino, fue procesado tras haber declarado en 2019 que ‘Vichy protegió a los judíos franceses y entregó a los extranjeros’, una tesis falsa que el consenso historiográfico rechaza de plano. El propio RN de Le Pen ha debido excluir o sancionar en cada ciclo electoral reciente a candidatos locales sorprendidos con comentarios o publicaciones abiertamente antisemitas. Al mismo tiempo, resulta revelador que esa misma derecha se haya vuelto marcadamente proisraelí desde 2023. Este giro no responde a una revisión genuina del antisemitismo conservador sino a una reconversión instrumental que pretende utilizar a Israel como aliado natural contra el islam, el enemigo que hoy define la identidad política de la extrema derecha francesa. 

Islamo-gauchisme: un término de combate o un fenómeno real 

En cuanto a la izquierda francesa, la definición de dónde termina la crítica legítima a la política de Israel y dónde empieza el discurso antisemita se ha convertido en el terreno de disputa política central de la última década. Es en ese contexto donde emerge el concepto de ‘islamo-gauchisme’ (islamoizquierdismo), acuñado por el politólogo Pierre-André Taguieff en 2002 para describir las alianzas tácticas entre organizaciones de izquierda radical y movimientos islamistas. Aunque el término circuló durante veinte años como categoría minoritaria, en 2020 fue adoptado por miembros del gobierno de Emmanuel Macron como una forma de deslegitimar a sectores universitarios, acusados de ‘intoxicar’ las instituciones académicas con estudios poscoloniales y de interseccionalidad importados de los Estados Unidos y presuntamente cómplices o condescendientes con el islamismo. En respuesta, el Centro Nacional de Investigación Científica emitió un comunicado diciendo que ‘islamo-gauchisme’ no correspondía a ninguna realidad científica, mientras que numerosos investigadores dentro y fuera de Francia lo han impugnado como una etiqueta de trinchera política, utilizada por la derecha reaccionaria para desacreditar a la crítica antirracista, decolonial y propalestina. 

Dicho esto, es imposible negar que existe un problema real detrás de la polémica por la izquierda. Desde mediados de la década de 2010, el ala de la izquierda decolonial e interseccional, cercana a La France Insoumise (LFI) de Jean-Luc Mélenchon y a asociaciones como los Indigènes de la République, ha sido acusada de relativizar las causas del terrorismo yihadista al enfocarlo primordialmente como una reacción al racismo estructural o a la política exterior occidental, ha defendido el uso del hijab en escuelas y espacios laborales como mera expresión de libertad individual y ha sido muy reacia a señalar las dinámicas patriarcales, homofóbicas o antisemitas dentro del colectivo musulmán francés. Además, la convergencia discursiva de LFI con sectores islamistas se suma las posturas benevolentes de Mélenchon con la Rusia de Putin las cuales, junto a su euroescepticismo y su rechazo frontal a la OTAN, lo acercan a posiciones geopolíticas que Le Pen sostiene desde la derecha nacionalista.

Al mismo tiempo, el posicionamiento de LFI choca con otras vertientes dentro de la izquierda francesa, como el feminismo republicano de figuras como Élisabeth Badinter y Fadela Amara y la socialdemocracia encarnada por Raphaël Glucksmann, que sostienen el ideario secular y acusan a la izquierda interseccional de sacrificar el universalismo igualitario en nombre del relativismo cultural y de tolerar expresiones de antisemitismo cuando estas se presentan revestidas de antisionismo. Por ejemplo, la negativa a calificar de terrorista el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, la participación o cercanía con manifestaciones donde se han coreado consignas como ‘desde el río hasta el mar’, o episodios puntuales de dirigentes de LFI acusados de relativizar la violencia contra judíos franceses y civiles israelíes. 

De hecho, desde 2012, el panorama del antisemitismo en Francia ha registrado una mutación trágica. Mientras que las agresiones, profanaciones y amenazas antisemitas por parte de la extrema derecha han permanecido vigentes en los registros policiales, la mayoría de los atentados dirigidos explícitamente a matar ciudadanos judíos han provenido de una franja del islamismo radical. Por ejemplo: el atentado de Mohamed Merah contra la escuela judía Ozar Hatorah de Toulouse en 2012, que dejó cuatro muertos, entre ellos tres niños; el ataque yihadista contra el supermercado kosher Hyper Cacher de Vincennes en enero de 2015, cometido por Amedy Coulibaly en connivencia con los autores del ataque a Charlie Hebdo; el asesinato de Sarah Halimi en 2017, arrojada por su vecino desde la ventana de su apartamento entre gritos antisemitas y coránicos; y el asesinato de Mireille Knoll, superviviente del Holocausto, en 2018, también atribuido por la justicia francesa a motivos antisemitas. 

Tras el 7 de octubre de 2023, el Ministerio del Interior francés ha registrado un saldo de actos antisemitas que trepó a 1.676 en 2023, una multiplicación por casi cuatro respecto a 2022, y que se mantuvo en niveles similares, en 2024, con 1.570 hechos registrados. Significativamente, la comunidad judía, apenas el 1% de la población francesa, ha concentrado en 2024 más de la mitad de todos los actos racistas y antirreligiosos del país. Ese pico, documentado tanto por fuentes oficiales como por observatorios independientes, se ha producido en un clima donde buena parte de la movilización propalestina en Francia coincide con los espacios de influencia de la izquierda ‘insumisa’ y del activismo universitario, lo que ha reforzado, con independencia de si se acepta o no la etiqueta ‘islamo-gauchisme’, la percepción de que ese es hoy el terreno donde el antisemitismo encuentra su caldo de cultivo más activo.

Un antisemitismo sin dueño fijo

El recorrido francés desde Drumont y los antidreyfusards, pasando por la ideología autoritaria y racial de Vichy y la Algérie française, hasta las polémicas actuales sobre Mélenchon y el ‘islamo-gauchisme’ demuestra que el prejuicio antisemita ha sido capaz de adaptarse a lenguajes ideológicos radicalmente distintos, sin perder como núcleo funcional la construcción del judío como explicación totalizadora o chivo expiatorio de un malestar político o social. En buena medida, las ideologías que han albergado al antisemitismo francés han tenido sus momentos de éxito gracias a unas narrativas autocomplacientes que dejaban al odio antijudío en un lugar secundario. Los antidreyfusards se veían a sí mismos como los defensores del honor nacional, no como antisemitas sin escrúpulos; los funcionarios de Vichy se veían como los administradores razonables de una derrota, no como cómplices de un genocidio; y la actual izquierda ‘insumisa’ se ve a sí misma como la campeona del antirracismo universal, no como una nueva anfitriona del prejuicio que dice combatir, aun cuando su épica antisionista tenga en ocasiones ecos del antisemitismo secular. En otras palabras, a lo largo de ciento treinta años, el antisemitismo francés ha avanzado casi siempre disfrazado de otra cosa, sea patriotismo, orden, justicia social, o solidaridad internacional. En el fondo, el desafío que hoy le pega en la cara a muchos franceses no es tanto si son capaces de condenar el antisemitismo en abstracto, cosa que nadie se niega a hacer, sino si son capaces de reconocerlo en el espejo de sus propias convicciones.