El territorio de la velocidad, la Autopista Acceso Norte
Más que una vía de conexión, la autopista es un territorio en sí mismo: un paisaje de velocidad, congestión, accidentes, desigualdades y encuentros fugaces. En el Acceso Norte, miles de vehículos reproducen cada día, sobre el asfalto, las tensiones y contradicciones del Área Metropolitana de Buenos Aires.
por Dino Buzzi
Los autos, camiones y motos se atolondran cada mañana, imperiosos, en el vasto territorio de la autopista Acceso Norte. El asfalto vibra y la superposición permanente de capas y capas de ruidos de motores tiene una cualidad usualmente reservada a los fenómenos naturales, la de la aparente eternidad: esa melodía estupefaciente parece no tener un inicio concreto, mucho menos un final programado. Permanece, supera, triunfa.
La gente se sube a sus vehículos para ir a sus trabajos, para repartir mercadería, para llevar a sus hijos a la escuela. Cada carril tiene sus propios derechos y responsabilidades, y del mismo modo en que sucede dentro de la ciudad, cada tramo de la autopista tiene su esencia, como si se tratase de “barrios” internos, tramos de ese gran objeto lineal con características y signos distintivos propios. El aire hediondo sobre el Río Reconquista, la inevitable extrañeza de las divisiones en ramales, y los ejercicios pletóricos de la arquitectura de la alta velocidad, como el edificio-marquesina de Mascardi en el cruce con la ruta 197 o el posmodernismo lo-fi de toques californianos de los hoteles alojamiento de la zona de Pacheco.
La velocidad de la autopista, su esencia y característica principal, es capaz de provocar una fascinación singular e irresistible. A más de 100 km/h, todo se reduce a sus formas, colores e impresiones más básicas. Los objetos son esencia, síntesis, expresión mínima y económica de la realidad. Allí donde se pierden los detalles, las imperfecciones y anfractuosidades se licuan en un conjunto de imágenes de ensueño, materiales ideales para restos diurnos que luego regresarán, distorsionados, en forma de sueños o pesadillas.
Como si tuviese una afinada y controladísima capacidad de generar ilusiones (en este caso excepcional, sí se puede hacer una mentira, además de decirla), la autopista demanda, a cambio de cumplir parcialmente el sueño de volar, dos recompensas en forma de apuesta: la primera, definitivamente más trágica, es la de tomar y retribuir el amor mortal que le profesan los conductores en uno de los tantos incidentes viales que suceden con frecuencia a lo largo de su traza. Sangre, vísceras, nafta premium, hierros retorcidos, fuego y sirenas. Vivir, reproducirse y morir en la autopista bajo la estrella de Henry Ford, Gianni Agnelli, JG Ballard y Xi Jinping. Subirse a un auto para emprender un viaje a alta velocidad es, entre otras cosas, una apuesta. Y ninguna lotería que se precie como tal puede solamente dar premios, también debe otorgar, ocasionalmente, algunas suertes adversas.
La segunda recompensa, más cotidiana y resignada, la de los embotellamientos, es la contraparte lenta (pero segura) de esa tómbola que supone emprender la aventura de la autopista cada día de la vida. Minutos que se desgranan como en un desierto, movimientos mínimos, la conciencia de que se va la vida arriba del auto. La sociedad vertiginosa que ayudó a moldear la imagen y el concepto del automóvil como un objeto todopoderoso a mediados del siglo XX redactó en la letra más chica y poco clara posible el pacto abúlico de la congestión. Son los largos kilómetros de autos, camionetas, colectivos y camiones avanzando a paso de hombre, entre la ansiedad y la pena, los que nos recuerdan que la civilización es, esencialmente, demora. El orden cuesta tiempo, y el espacio no es infinito: no hay suficiente para que todos lleguen rápido, cómodos y vivos, el territorio de la autopista no es capaz de satisfacer semejante calibre de pretensiones en todos y todas.
La velocidad de la autopista, su esencia y característica principal, es capaz de provocar una fascinación singular e irresistible. Allí donde se pierden los detalles, las imperfecciones y anfractuosidades se licuan en un conjunto de imágenes de ensueño, materiales ideales para restos diurnos que luego regresarán, distorsionados, en forma de sueños o pesadillas.

Desde la reivindicación que hizo el crítico inglés Reyner Banham de las autopistas angelinas en su clásico Los Ángeles: La arquitectura de cuatro ecologías, en los años ´70, la lectura de las redes de autopistas como un sistema de espacios en sí mismo (visión superadora respecto a la idea de que son meros conectores), parece no solo persistir, sino más bien estar más viva que nunca. En la situación actual, un nudo que combina crecimiento poco planificado de la mancha urbana, desinversión y caída de usuarios en el transporte público y a las puertas de una nueva revolución del automóvil de la mano de la industria china, el territorio de las autopistas tiene una vitalidad y una continuidad asegurada.
Un número alrededor de 350.000 vehículos circula diariamente por la autopista Acceso Norte. Concebida en la década del 40 por la Dirección Nacional de Vialidad, se extendió a lo largo de los años favoreciendo el crecimiento sobre la zona norte del Área Metropolitana de Buenos Aires. Sobre sus carriles, se desarrolla toda una sociología pocket del universo que la circula cada día. Desde los utilitarios cuentapropistas, a bordo de camionetas de porte mediano y chico hasta las omnipresentes SUV, intérpretes de los deseos imaginarios de la clase media alta, la autopista funciona casi como una feria de atracciones del siglo XIX en la que es posible ver a las distintas partes de la sociedad interactuar y desenvolverse en una reproducción a escala de la sociedad: la enorme y aparentemente interminable pista de asfalto es el escenario de conflictos de preeminencia, prejuicios de todo tipo, antipatías y alianzas estratégicas ocasionales entre personajes que, a priori, no podrían ser aliados en otros contextos. Este diorama tiene, de todos modos, una característica fundamental que lo separa de otras instancias de la vida en sociedad. Desde un Audi último modelo a una Fiorino incansable, cacheteada por los años de trajín, todos están igualados por las mismas velocidades máximas y mínimas, las mismas normas de tránsito, los mismos peajes. El idioma universal de la autopista nivela, con más de una limitación, pretensiones de todos los colores.
La “belleza de la velocidad”, como la llamaba Tommaso Marinetti, socio fundador del futurismo italiano y cultor de una profunda fascinación por el automóvil, puede prescindir de la belleza de la ciudad. La autopista presume un movimiento lineal que corta el espacio como una navaja y una capacidad de atención afinada solo para los letreros publicitarios, las grandes infraestructuras y las fachadas-marquesina. Prodigios que, en el fondo, son apenas comprensibles, imágenes basura, un scrolling continuo, análogo y casi anticipatorio del de las redes sociales, en el que la ciudad se reduce a sus formas y manifestaciones más básicas. Todo queda atrás, nada permanece.
Pareciera que los edificios se asoman hacia la autopista pidiendo permiso: es tan poca su potencia frente al flujo incesante de vehículos que quedan relegados al mero rol de una escenografía o un simulacro, espectadores de un fenómeno mucho más relevante que el de su estática y transitoria presencia. Los edificios forman, como afirma Robert Venturi sobre Las Vegas, un sistema de inflexiones hacia la autopista a través de la forma y la posición. Por momentos, sus torsiones parecieran ser reverencias temerosas ante una fuerza mayor y no comprensible del todo, manifestación de una nueva forma de tener miedo.
Con la caída de la noche, la autopista finalmente se apacigua. Las luminarias, los tendidos eléctricos, los tanques de agua y las fachadas emiten señales intermitentes y oscuras de sentido, son enormes bestias en un estado de reposo mudo y ciego. En ese estado de vida suspendida, lo que reina es un silencio parcial e intranquilo, pues todo ese lugar mantiene una especie de conciencia respecto de que su maravilloso e imprescindible destino es el de reactivarse cada madrugada con la llegada de los primeros adelantados que buscan evitar los embotellamientos y ganarle unos minutos a la autopista.
Pareciera ser más fácil pensar el final de Buenos Aires tal como la conocemos (sus divisiones administrativas, sus estructuras fiscales, sus letanías políticas) que el fin de las autopistas que la atraviesan en todas las direcciones, rabiosa representación material del urbanismo realmente existente del Área Metropolitana de Buenos Aires.
Son los largos kilómetros de autos, camionetas, colectivos y camiones avanzando a paso de hombre, entre la ansiedad y la pena, los que nos recuerdan que la civilización es, esencialmente, demora. El orden cuesta tiempo, y el espacio no es infinito: no hay suficiente para que todos lleguen rápido, cómodos y vivos.