Elogio a una institución
Dos abuelos, dos maneras de aferrarse a un mundo que cambia. Uno encuentra refugio en la tradición y termina aislado por ella; la otra entiende que para conservar un legado hay que aprender a traducirlo. Entre ambos, una nieta intenta pensar qué hacemos con lo que heredamos.
Yo era el favorito de mi madre y le dije Mamá, te equivocaste de hijo. Ella me respondió “No, Dios ya me ayudará a entender”. A mí Dios me puso esta familia en mi camino: era una familia a la que le habían dado la espalda. Fue difícil, pero yo sabía que era lo correcto. La vida es blanca o negra, y uno transita los grises, pero Dios deja claro qué es lo que está bien.
Así explica mi abuelo que a los 21 años se casó con la ocho años mayor que él ─madre de cuatro hijos─ ex mujer de su jefe en una época en que no existía el divorcio. Una mujer con la que no tenía nada que ver. Mi abuela amaba la ciudad, el cine y el chusmerío. Él era un hombre enamorado de todo lo que ella odiaba: el campo, el silencio y la religión. Apenas los hijos dejaron la casa, empezaron a dormir en cuartos separados. Decían que era porque ella dormía tarde, y mi abuelo temprano, y era cierto. Mi abuelo iba al campo y ella se quedaba y en contrapunto dormía con la tele, la radio, y la luz prendida.
Años después, ambos dirían que el otro les mintió. Probablemente mintió mi abuela, que estaba en desventaja en toda esta historieta. Su versión de los hechos es menos religiosa: ella encontró en él una salida. Dejó a un hombre violento por uno dispuesto a ocuparse cuando nadie más en su círculo social la iba a aceptar. Fue un escándalo. ¿Pero de qué iba a vivir sino? Una mujer que no sabía realmente hacer nada (y que no veía en eso un problema: hacer no es cosa de mujeres. A mí todavía me dice preocupada: ¡Conseguite algo! ¡Lo que sea! ¡Lo peor es nada!)
Lo peor era nada, y en este hombre (que la amaba) ella encontró amparo de por vida. Mi abuelo es la personificación de Dios, Patria y Familia. Pone en escena sus creencias con método:
La Familia tiene un protocolo, forma de ser y hay rituales de paso (trató mal a los novios de sus hijas hasta que se casaron y pasaron al rango “familia”, por ejemplo).
La patria tiene el valor del arraigo. Y como terrateniente, se aferra a un tipo de patria. Es leal y monógamo con ella: nunca salió del país. No hay por qué. En su patria, tiene todo lo que puede llegar a querer en diez vidas. ¿Qué hay afuera que no haya ya acá?
Y Dios es quien vela por e introduce estas verdades en nuestras vidas, solo interpretable por unos pocos.
Cuando hago una retrospectiva, yo lo que veo es alguien que se alejó de toda su familia, habla mal de su patria (de la gente, no de la tierra. Es un país de vivos y chorros, etc, etc) y que se comprometió a amar a Dios por sobre todas las cosas, olvidando amar al prójimo como a uno mismo en el camino. Su Dios es demasiado grande, demasiado hermoso, para ser el otro.
Este hombre es la misma persona que, años después, cuando mi madre se divorció, decidió que no iba a hablarle más por dos años. Y cuando me fui a vivir sola, me dijo que era una mala hija, que estaba abandonando a mi familia en el momento en el que más me necesitaba. La misma familia a la que él no llamaba más a saludar, a modo de amonestación.
Desgraciadamente para él, Dios está ocupado y solo le dejó a los otros, que nunca hacen lo que él quiere. Pero él sostiene que lo importante es Dios, la Patria, y la Familia (aunque se le haya vuelto una contradicción) y va a morir con eso aunque lo haga miserable.
La Familia tiene un protocolo, forma de ser y hay rituales de paso. La patria tiene el valor del arraigo. Y como terrateniente, se aferra a un tipo de patria. Es leal y monógamo con ella: nunca salió del país. Y Dios es quien vela por e introduce estas verdades en nuestras vidas, solo interpretable por unos pocos.
Lo blanco y lo negro
Los mandatos son un arrullo para mi abuelo. Que existan mandamientos, parábolas, el Bien y el Mal, le es un consuelo. En ese sentido, ante la pregunta de si hay tal cosa como una verdad o logos universal, mi abuelo estaría del lado de Platón. Claro que lo hay. Está lo blanco, está lo negro, y están nuestras limitaciones que nos alejan de los deseados absolutos. Nuestra falla de carácter y debilidad ante el pecado nos mantienen dentro de la cueva, pudiendo ver solo sombras y permaneciendo ciegos ante la grandeza e infinito amor que es Dios. Pero no hay duda de que el plano de las ideas (para él, lo divino) existe.
Y fue construido con la palabra. ¿Qué es Dios sino La Palabra?
Solo Dios tiene la capacidad de crear con la palabra. Para el resto de los mortales existe un tomo dividido en dos que presta una guía detallada con ejemplos para vivir de forma luminosa, y una serie de rezos como herramienta diaria para navegar el día a día.
Para el resto de los mortales, el uso de la palabra es constatativo y describe el estado de las cosas.
En “cómo hacer cosas con palabras”, Austin habla de las expresiones que no describen absolutamente nada, sino que crean la cosa misma. Cuando un juez dice: "Lo condeno a cinco años”, la condena ocurre porque se pronuncia. Mi abuelo podría haber dicho “Me enamoré y el amor fue más fuerte” o “no era lo correcto pero es a lo que yo quería apostar”. Podría haber dicho que a su vida le faltaba un momento de rebeldía para afirmar su lugar en el mundo. Pero él no creó una realidad, fue testigo de una intervención divina: Dios le puso una Familia en el camino. Y al decirlo lo hizo. Y al hacerlo, nadie más tendría permiso para esa excepción. En ese sentido, solo Dios tiene agencia. O la capacidad de hacer uso de la palabra en términos performativos.
Mi abuelo es un tipo de campo, tradicional, que creció pupilo por decisión de la familia para que se desencariñara de un padre que se moría. Creciendo, decidió que esta decisión fue correcta. Que lo que hacía su familia, por amor, debía ser correcto. “Dios aprieta pero no ahoga, pioja. Él nunca te va a pedir más de lo que podés dar.” Pero al evaluar su situación, él realizó una lectura basada sobre las acciones y razones (lo que hizo y dijo su familia) y no sobre un criterio más grande. Se enfocó en los gestos, los ritos, y no en el mandato principal del catolicismo, que es el amor al otro y a Dios por sobre todas las cosas. Entonces lo blanco, y lo que más adelante le serviría de referencia para reconocer lo blanco, tomó una única forma posible. Esa operación (inoportuna) repetida en el tiempo funciona como apilar mal un jenga: con que una sola operación sea extravagante o poco inteligente, el margen de maniobra que queda para moverse prospectivamente se acota. Es una aplicación rígida y acumulativa de la tradición.
Así, a medida que la vida de mi abuelo se desenvolvió, la familia dejó de responder a las categorías que él conocía. Su mujer no respondía a los estándares de una buena mujer. Sus hijas no cumplían con los mandatos que hacen a una persona buena. Y con los años, este hombre se retiró de la ciudad y se aisló, para poder sobrevivir a una vida que solo le dejó un consuelo, el de su madre, cuando le dijo: “Un día, tal vez, Dios me ayudará a entender”.
Dios puede traducir como medio o como fin
Yo tengo otra abuela. De otra rama de mi familia. Esta abuela también tiene campos. También tiene un apellido que quiere sostener, y mucho más, porque su bagaje pesa más que el de mi otro abuelo. Le atormenta que no sepamos la influencia que tuvieron nuestros ancestros en la formación política de nuestro país y extraña cuando las niñeras eran frauleins que te educaban y hacían de madre (y de esclavas, pero eran otras épocas). Hizo mucho énfasis en la importancia de la educación a lo largo de su vida. Sus hijos fueron a la universidad y se casaron bien. En resumidas cuentas, la otra rama de la familia tiene el mismo interés por mantener la tradición. Pero ella entiende que las instituciones, para ser preservadas, se deben adaptar. En ese sentido, mi abuela entiende, al menos en términos prácticos, lo mismo que entiende Bárbara Cassin sobre Austin en sus libros: que la palabra no es un acto descriptivo, sino una práctica social. Cuando hablamos no producimos actos puntuales, producimos modos de existencia. En Elogio a la traducción, Cassin se interesa en la palabra performativa de Austin pero con la mirada puesta en una pregunta: ¿el fin del lenguaje es la verdad? ¿o las verdades que puede crear?
Por principios religiosos, mi abuela jamás podría hablar de más de una verdad. Pero en términos prácticos, sabe que hay verdades más y menos útiles. Todo universal sirve a un propósito. Si queremos que otros universales se acerquen a nuestro universal, debemos realizar operaciones de traducción inteligentes.
Por principios religiosos, mi abuela jamás podría hablar de más de una verdad. Pero en términos prácticos, sabe que hay verdades más y menos útiles. Todo universal sirve a un propósito.

El problema de mi abuelo es que no entendió esas operaciones de traducción como un mecanismo permanente, sino como un acto único cuyo fin es producir una traducción definitiva. Mi abuelo quiso que las instituciones le digan qué hacer. Entregó su vida y esperó, y ellas no cumplieron. Mi abuela, en cambio, es la institución. Comprende que para mantener las virtudes vigentes, debemos comprender las diferencias que nos separan del otro y a partir de ellas tomar decisiones. Sabe que la historia sólo tiene valor si está al servicio de la vida (aunque no creo que le simpatice ser comparada con Nietzsche) y que cuando el conocimiento histórico se vuelve un fin en sí mismo, produce individuos incapaces de actuar, crear o transformar el presente.
Mi abuelo, en estos términos, es un inútil: vive en una casa remota venida a menos en Tandil, mirando incomprensiblemente a los grandes templos que ya no pueden hacer nada por él, aferrado a tres nociones de comunidad que lo dejaron solo.
Intraducibles
La traducción es una operación violenta con un precio y un riesgo a pagar. Implica poner en tela de juicio la propia creencia constantemente y ponerla a interactuar con la realidad. Es un precio que mi abuela está dispuesta a pagar en pos del amor y el control: hoy que Dios tiene competencia, la patria se dibuja y desdibuja, y las familias se conforman de polículos, ensambles, triejas, ella hace su labor diaria de hormiga para convencer a quienes la rodean, a quienes van a llevar adelante su legado, de lo contrario. Y es posible que lo logre, porque entiende el entramado de la conversación. El mandato familiar es su campo de juego, y cuanto más flexible sea, mejor podrá atrapar a las generaciones venideras.
Ahora, ¿qué sucede con lo intraducible? Para gente como mi abuelo, lo posible es lo que se traduce. Y su rigidez no le permite hacer operaciones de recorte y traducción. Mi abuelo, por ejemplo, necesitaba una enfermera. Buscó y encontró una a quien nadie contrataba, pobre, por su labio leporino y lo fea que era. Nos enteramos después, solo por una visita de la familia, que la enfermera con quien iban a misa medía un metro noventa, tenía una fuerza increíble, y era claramente una chica trans. Algo que mi abuelo no podría traducir ni poner en palabras. Y su entorno tampoco. Por ende no es.
El mandato familiar es su campo de juego, y cuanto más flexible sea, mejor podrá atrapar a las generaciones venideras.