España, el país que no cabe en su selección

La selección española no termina de producir una pasión nacional simple. Pero lo que en el fútbol aparece como debilidad puede leerse, en política, como una virtud: España muestra con una nitidez incómoda que un país también es capaz de sostenerse y brillar sin cerrar del todo la discusión sobre qué significa pertenecer a él.

por Santiago Gerchunoff

¿Qué le pasa a España con su selección? ¿Por qué la alegría no termina de explotar nunca del todo, incluso cuando el equipo juega bien, gana y entusiasma? Creo que los problemas de popularidad de la selección española no son una rareza futbolística, sino una representación de lo más interesante que tiene España como país: eso que los españoles, con su inclinación al autoflagelo, llaman “el problema de España”, y que también puede verse (desde fuera, pero no del todo, como en mi caso) como una rara forma de virtuosidad política. La dificultad para producir una unidad sentimental simple alrededor de la camiseta dice algo luminoso sobre una democracia obligada a vivir sin una idea completamente pacificada de sí misma.

Cada vez que juega la selección española se espera de ella algo que en España nunca es del todo sencillo: que represente a la nación sin demasiadas comillas, sin que la palabra España llegue al estadio cargada de explicaciones previas. La aparición de Lamine Yamal y Nico Williams puede inducirnos a leer esa dificultad dentro de un debate europeo más reciente, el de las selecciones multiculturales y los hijos de inmigrantes que encarnan de pronto una nación distinta de su postal antigua. Francia vive ese debate desde hace décadas, y también lo conocen Bélgica, Holanda o Alemania. España entra ahora en esa conversación con una selección más mestiza, más africana, más atravesada por familias que vinieron de otros lugares y por chicos que crecieron ya dentro de España. Esa imagen incomoda a una derecha nacional que quisiera que los héroes del país se parecieran más a la postal antigua del país, y entusiasma a una izquierda que a veces celebra cada aparición multicultural con el alivio de quien cree haber encontrado por fin una patria moralmente presentable.

Pero España no necesitaba esperar ese debate para tener problemas de identidad con su selección. Antes de preguntarse si un hijo de inmigrantes puede representar a España, España ya se preguntaba, de una manera más vieja y más íntima, si la nación española misma podía ser representada sin que alguien desconfiara de esa representación. Bastaba mirar una convocatoria y empezar a contar catalanes, vascos, madrileños, jugadores del Madrid o del Barça, futbolistas que no demostraban la emoción suficiente cuando hacían un gol, o futbolistas que se envolvían en una bandera y quedaban inmediatamente bajo sospecha de querer decir más de lo que decían. En muchos países la selección ofrece durante unas semanas una tregua sentimental bastante barata. En España, incluso la tregua tiene que negociar con la historia.

Para un argentino, esa dificultad resulta muy visible. Argentina puede estar rota por casi todo y, durante un Mundial, producir una unanimidad emocional que la política no consigue nunca. Esa unanimidad es hermosa, excesiva, infantil, muchas veces insoportable y por eso mismo poderosa. La selección argentina permite imaginar que el país existe de una vez, entero, sin tener que discutir durante un rato qué quiere decir esa existencia. España no dispone con tanta facilidad de ese descanso. Puede entusiasmarse, ganar, celebrar, llenar plazas y balcones, pero la palabra España no llega nunca completamente limpia. Arrastra Cataluña, Euskadi, Madrid, Barça, Real Madrid, franquismo, antifranquismo, nacionalismos periféricos, izquierda incómoda con la bandera, derecha demasiado cómoda con ella. En términos futbolísticos, es una putada. En términos políticos, es fascinante.

La selección española muestra en el terreno sentimental del fútbol aquello con lo que la política española tiene que lidiar en el terreno institucional: la dificultad de producir una unidad común cuando la pluralidad que debe integrarse no se deja absorber del todo por una identidad estabilizada. Esa dificultad se entiende mejor si se acepta que la política española no se ordena en un solo eje. En España no alcanza con saber si alguien está a la izquierda o a la derecha, porque esa distinción, decisiva en cualquier democracia europea, se cruza enseguida con otra pregunta igual de cargada: qué relación tiene cada fuerza con la palabra España, con las lenguas que no son el castellano, con los nacionalismos periféricos, con la memoria del centralismo y con la sospecha, muchas veces heredada, de que la nación común nunca es del todo común para todos.

La dificultad para producir una unidad sentimental simple alrededor de la camiseta dice algo luminoso sobre una democracia obligada a vivir sin una idea completamente pacificada de sí misma.

En ese cruce está lo que vuelve a España políticamente única: la forma en que su viejo problema nacional deja ver, casi sin disimulo, el problema general de toda unidad política. En una democracia europea normal, por decirlo rápido, la posición de un partido se entiende sobre todo por su lugar en el conflicto entre izquierda y derecha, por su manera de ordenar la relación entre mercado y Estado, por la importancia que le da a la igualdad o a la libertad económica, por el modo en que imagina la distribución de la seguridad y del esfuerzo. En España esa línea existe, y pesa muchísimo, pero nunca actúa sola. Se cruza con una cuestión territorial que no es un simple debate administrativo entre centralización y federalismo, porque en ella se mezclan lenguas, agravios, lealtades históricas, deseos de independencia y miedos a la desintegración. Cuestiones aparentemente existenciales. Por eso alianzas que en un plano parecerían imposibles pueden volverse necesarias en otro, y acuerdos que desde la economía resultarían razonables quedan bloqueados por la cuestión nacional. Antes de llegar al desacuerdo sobre el Estado de bienestar aparece muchas veces una palabra más caliente, y esa palabra puede ser España, Cataluña, Euskadi, nación, unidad o autodeterminación.

De ahí viene una parte de la teatralidad española, y también una parte de su inadvertida perspicacia. Los pactos que muchos españoles viven como anomalías, vergüenzas o síntomas de ingobernabilidad son muchas veces el resultado inevitable de una sociedad tan rica que no cabe en un solo eje. La nostalgia de mayorías limpias suele olvidar que una mayoría demasiado limpia, en un país con tantas lealtades cruzadas, puede esconder la fantasía de que una parte consiga gobernar como si la otra no existiera. La democracia española obliga a casi todos, tarde o temprano, a negociar con aquello que dicen detestar. Cuando el independentismo participa de la gobernabilidad, la épica de la ruptura tiene que mezclarse con la cocina parlamentaria, con leyes concretas, presupuestos, abstenciones calculadas y renuncias parciales a la pureza de las asambleas. Cuando el españolismo quiere gobernar un país real y no solo defender una idea moral de España, descubre que no puede tratar como cuerpos extraños a sensibilidades, lenguas y votos que forman parte de ese mismo país. La izquierda y la derecha, si quieren gobernar, tienen que pasar por ahí. Y ese terreno, con todo lo que tiene de oportunismo y de frase indigna, también impide que una parte convierta su victoria en propiedad moral del país.

La emergencia de la figura de Isabel Díaz Ayuso permite ver con claridad la tensión interna del sistema político español, porque muestra cómo una solución en un eje puede convertirse en un problema en el otro. Ayuso fue, en cierto sentido, la salvación del PP cuando el viejo bipartidismo se rompió y la derecha empezó a temer que Vox se la comiera por el costado. Su éxito consistió en ofrecer dentro del propio PP una derecha más desacomplejada, más agresiva, más cercana en tono y en reflejos a quienes consideraban demasiado tibias las versiones moderadas o institucionales del partido. Para muchos votantes del PP tentados por Vox, Ayuso funcionó como una razón para quedarse, para elegir loyalty: no hacía falta abandonar el PP para encontrar una derecha que hablara sin pedir perdón. En España, una parte del impulso trumpista se reparte entre Vox y el ayusismo, con la diferencia nada menor de que Ayuso opera dentro del principal partido de la derecha tradicional.

Pero esa misma solución se convierte en problema cuando el PP pretende gobernar España entera. La tendencia que Ayuso encarna, y que en muchas comunidades autónomas se traduce en pactos con Vox, ayuda a cerrar la fuga por la derecha, pero vuelve mucho más difícil cualquier entendimiento con los nacionalismos periféricos, sobre todo con aquellos partidos que podrían pactar con una derecha estatal conservadora, como hicieron en otro tiempo CiU o el PNV con Aznar, pero que no quieren quedar tocados por la proximidad de Vox. El PP necesita una Ayuso para que Vox no lo vacíe; esa necesidad le estrecha el mapa de alianzas que le permitiría gobernar un país donde la mayoría absoluta es una fantasía tan dulce como difícil.

Ahí se ve la lógica compleja y profunda de la política española. Lo que abre una posibilidad en un eje la cierra en el otro. El PSOE tiene más margen para pactar con nacionalismos vascos o catalanes porque su veto principal está colocado en Vox, no en ellos; al mismo tiempo, cuando se acerca demasiado a las fuerzas situadas a su izquierda, puede volverse menos cómodo para partidos nacionalistas que no son necesariamente de izquierdas en el terreno económico. En un sistema así nadie se mueve en una sola línea, y cada avance, cada gesto de coherencia en un plano, produce necesariamente incomodidades en otro. 

En ese cruce está lo que vuelve a España políticamente única: la forma en que su viejo problema nacional deja ver, casi sin disimulo, el problema general de toda unidad política.

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El llamado “problema de España” puede leerse entonces de otro modo. No solo como una rareza local, ni como una enfermedad histórica que otros países habrían superado por nombrarse con menos angustia, sino como una encarnación especialmente intensa y brillante del problema central de la política moderna: cómo hacer de muchos, uno. La teoría política moderna nace alrededor de esa pregunta. Hobbes la formuló con una claridad brutal: una multitud no actúa como multitud; para que haya acción política tiene que producirse una voluntad pública capaz de decidir y obligar. El Estado moderno es la gran construcción artificial que permite tratar políticamente una pluralidad de individuos y puntos de vista como un sujeto único.

La democracia liberal hereda ese problema sin resolverlo del todo a la manera hobbesiana. Necesita una unidad capaz de decidir y sostener una legalidad común, aunque esa unidad se volvería peligrosa si confundiera su autoridad con una voz única y definitiva. Por eso la democracia no cancela el problema de lo uno y lo múltiple: lo vuelve habitable. España resulta especialmente interesante porque muestra esa tensión con una nitidez incómoda. Su unidad existe, desde luego; nadie vive en una pura suma de fragmentos, sino en un Estado con instituciones, leyes y una vida cotidiana común. Y, al mismo tiempo, esa unidad está recorrida por pluralidades que no aceptan ser reducidas a diferencias decorativas. Cataluña y Euskadi no funcionan como simples regiones con folclore, lenguas simpáticas y gastronomía exportable. El nacionalismo español tampoco es una pura defensa administrativa de la Constitución, porque muchas veces confunde la existencia del Estado con la posesión moral del país. Todo eso hace que España sea difícil de representar, en el fútbol y en el Parlamento, y hermosa para vivirla y para pensarla.

Por eso conviene desconfiar de la autoflagelación española ante sus propias ambigüedades. La ambigüedad no siempre es cobardía, cálculo mediocre o falta de principios. En política, y especialmente en sociedades partidas por pertenencias que no coinciden, puede ser una condición de la convivencia. La situación menos ambigua es la guerra, porque la guerra simplifica lo que la política intenta mantener abierto: define bandos, exige lealtades sin matices y vuelve sospechosa cualquier demora. La democracia representativa existe, en buena medida, para suspender esa claridad mortal y reemplazarla por una discusión ordenada, gris, insuficiente, llena de fórmulas intermedias y acuerdos siempre revisables.

España dramatiza mucho más de lo que rompe. Se rompe en las tertulias televisivas y radiales, durante una investidura o cada vez que alguien necesita anunciar que esta vez sí, que ahora sí, que el país ya no aguanta más. Después, de alguna manera, la vida común sigue, los adversarios vuelven a hablar, los independentistas administran competencias, los constitucionalistas dependen de votos incómodos y los partidos descubren que sus líneas rojas eran más móviles de lo que parecían. Ese teatro puede pudrir la conversación pública, pero también permite representar la fractura sin consumarla del todo. Es la esencia misma de la democracia liberal contemporánea.

¿Cuál es, entonces, el problema de la selección española? Que incluso cuando parece hablar solo de fútbol sigue obligada a representar el viejo problema español. Una pregunta nueva es si ahora no puede empezar a hacer otra cosa: no resolver el viejo problema, quizá, sino desplazarlo. Tanto la ilusionante actuación de España en el actual Mundial, como la memoria todavía poderosa de 2010, recuerdan que una selección que gana puede producir momentos de unidad que la política no consigue fabricar por sí sola. Esa unidad es pasajera, sentimental, llena de equívocos, y precisamente por eso puede ser políticamente significativa sin convertirse en programa político. Durante un torneo, los países se permiten simplificaciones que en la vida institucional serían peligrosas. El fútbol necesita una taxatividad que la democracia no puede permitirse: se gana o se pierde, se sigue o se queda fuera. Esa claridad, que en política puede acercar a la guerra, en el fútbol tiene la forma inocente y brutal del resultado.

Quizá la selección española esté empezando a cambiar de pantalla, aunque no porque vaya a dejar atrás el viejo problema territorial ni porque Lamine Yamal y Nico Williams ofrezcan una identidad española por fin reconciliada. Más bien ocurre lo contrario: su aparición impide que España siga discutiendo su selección únicamente en los términos de su viejo expediente interno —Cataluña, Euskadi, Madrid, Barça, Real Madrid, la bandera, el himno, la sospecha de españolismo y la sospecha inversa de deslealtad— y la obliga a sumar una pregunta más parecida a la del resto de Europa: quién puede ser español en un país atravesado por la inmigración y por generaciones para las que esa convivencia forma parte de la vida cotidiana. No es una solución del problema de España, sino una ampliación de su ambigüedad. La selección no vuelve más simple la unidad española; la vuelve menos ensimismada. Para el fútbol, quizá siga siendo una desventaja. Para pensar la política, y para entender la rara vitalidad de España, no es poco.

Quizá la selección española esté empezando a cambiar de pantalla, aunque no porque vaya a dejar atrás el viejo problema territorial ni porque Lamine Yamal y Nico Williams ofrezcan una identidad española por fin reconciliada. Más bien ocurre lo contrario: su aparición impide que España siga discutiendo su selección únicamente en los términos de su viejo expediente interno.