Espejos virtuales
En los años cincuenta, dos sociólogos definieron a la amistad como homofilia: nos hacemos amigos de quienes se parecen a nosotros, ya sea por estatus o por creencia. Con la digitalidad, ese sesgo se transforma en una profecía autocumplida: nos agrupa por correlaciones de datos y, al mismo tiempo, crea la segregación.
por Emmanuel Biset
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El gran Émile Durkheim supo mostrar hacia fines del siglo XIX que el suicidio —si la vida vale o no vale la pena de ser vivida, es la pregunta fundamental de la filosofía, sostenía Albert Camus— era un fenómeno social. Aquello que parecía tocar la fibra más íntima del sujeto, si vivir o morir, podía ser explicado por esa ciencia emergente llamada sociología. Más de cincuenta años después, en el año 1954, dos sociólogos llamados Robert K. Merton y Paul F. Lazarsfeld ensayaron una explicación sociológica de otro fenómeno que parece tocar nuestra intimidad: la amistad.
En un artículo titulado “La amistad como proceso social” se preguntaron algo muy simple: ¿cómo hacemos amigos? Pero, ¿de dónde surgía esa pregunta? Hacia finales de la Segunda Guerra Mundial, el mismo Merton con otros colegas realizaron una investigación para analizar dos proyectos de viviendas públicas, uno de ellos exclusivamente para blancos; en el otro, se mezclaban blancos y negros. Hacia finales del año 1948, terminaron de escribir un informe titulado “Patrones de la vida social” que nunca fue publicado, pero anticipaba el origen de la pregunta por la amistad: con quiénes nos vinculamos en un vecindario y, en última instancia, si es posible y cómo la convivencia racial.
Seis años después de esta preocupación urbanista, en alianza con la metodología dura de Lazarsfeld, ya existían suficientes elementos para desandar lo que la sociología tenía para decir. La respuesta que la sociología dio fue que la amistad es un proceso social donde la semejanza genera conexión. ¿Qué significa esto? Simplemente que nos hacemos amigos de gente que se nos parece. Para dar cuenta de esto, Merton y Lazarsfeld propusieron la palabra homofilia (homos: igual; philia: amistad/amor), que definieron como la tendencia a establecer vínculos con quienes comparten características sociales y valores similares. Somos seres sociales por naturaleza, es decir, vamos por la vida con un espejo que confirma quiénes somos, qué pensamos y cómo actuamos.
Pero la cosa no es tan simple. Uno se puede parecer a otro, señalan Merton y Lazarsfeld, por dos cosas: o bien por compartir estatus social, o bien por compartir valores. De allí que diferencien entre homofilia de estatus y homofilia de valores: o nos hacemos amigos de personas que comparten posiciones sociales similares (sea la clase, el género, la raza, la edad, la educación), o nos hacemos amigos de personas que comparten nuestras creencias, nuestros valores o nuestra ideología. Nuestros amigos piensan como nosotros o nuestros amigos son parte del mismo grupo social. A veces eso no coincide y la cosa se pone interesante.
Pero, ¿las personas similares se eligen como amigas, o las personas que se hacen amigas se vuelven similares por influencia mutua? En el primer caso, sería una elección donde buscamos gente parecida a nosotros, en el segundo caso, somos semejantes simplemente porque los entornos sociales ya son homogéneos (vamos a las mismas escuelas, tenemos trabajos parecidos, nuestros barrios se parecen). O elegimos estar con gente como nosotros o, de tanto estar juntos, nos terminamos pareciendo. En cualquiera de los casos, resultaría reconfortante que, luego del trabajoso ejercicio de conocer gente, uno se encuentre frente a un espejo. Más de setenta años después resuena en nuestros oídos: envío a mi hijo a esa escuela para que construya las relaciones del futuro; no puedo estar en la misma mesa que una persona que cree tal cosa. Parece que mezclarse es un problema desde hace tiempo.
Estas relaciones de parecidos con parecidos surgen de entornos que generan proximidad. La cosa es simple: para hacernos amigos tenemos que, por lo menos, encontrarnos. Si los barrios generan proximidad física, los entornos digitales generan proximidad virtual. Estar cerca es condición necesaria de amistad, pero no suficiente. Nos conocemos porque compartimos actividades conjuntas, sea la escuela o el trabajo, que nos ponen en contacto de manera habitual. La proximidad genera contacto; en contacto descubrimos semejanzas y, entonces, nos hacemos de amiguitos.
Simplemente que nos hacemos amigos de gente que se nos parece. Para dar cuenta de esto, Merton y Lazarsfeld propusieron la palabra homofilia.
Para no dar vueltas, definamos: la amistad es el conjunto de “espejitos de colores” que confirman quiénes somos. No vaya a ser que lo olvidemos.
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¿Y por qué uno debería preocuparse por lo que dos señores sociólogos escribieron hace tanto tiempo? Porque nos ayudan a entender el corazón del presente. En el año 2021, Wendy Chun publicó el libro Discriminating Data para pensar cómo aquellas semejanzas construidas por la proximidad física en barrios hoy se generan en entornos virtuales de públicos con sesgos compartidos. Si a mediados de la década del 90 proliferaron los estudios sobre barrios cerrados (o countries, en su denominación vernácula) como entornos de creciente homogeneización, en la actualidad esto parece trasladarse a las segmentaciones virtuales. Uno abre su red social favorita y el siempre sensato algoritmo trabajador nos arroja un conjunto de publicaciones que se parecen bastante a lo que pensamos. Dejamos el celular reconfortados con tanta gente de buenas creencias, posiciones políticas correctas y un preciso conjunto de fotografías que evidencian esos compromisos.
Wendy Chun va a mostrar que la cosa no ha cambiado tanto: si las ciudades se fueron zonificando para encontrarse con gente parecida, las redes sociales fueron construyendo barrios como cámaras de eco que confirman sesgos. Sin embargo, estos barrios virtuales no son mero resultado de encuentros azarosos, sino un objetivo deliberado. No se trata solo de sesgos de confirmación, sino de segmentar activamente a los usuarios según preferencias. Y, nuevamente, para entender esto, se puede volver un poco la mirada hacia los estudios preocupados a mediados del siglo XX por la influencia de los medios de comunicación. Ya en 1955, Elihu Katz y Paul Lazarsfeld publicaron un libro titulado Personal Influence, donde mostraban que la estructura de amistades y contactos cotidianos determina qué información creemos y qué decisiones de consumo o voto tomamos.
En un mundo donde la información que se genera día a día, segundo a segundo, tiene una magnitud imposible de procesar, resulta necesario generar nodos, vectores, clusters. Estos recortes son modos de generar homofilia virtual: maneras de segregación que corroboran que tendemos a ser similares a nuestros amigos. ¿Y cómo se produce esto? Porque la ciencia de redes contemporánea cambia el modo de ordenar el mundo, ya no se busca un principio de causalidad, sino identificar correlaciones: lo que importa es generar patrones en una cantidad inmensa de datos, midiendo cómo varían juntas dos o más variables. Sin embargo, no se trata de una correlación aplicada sobre una tabula rasa, puesto que la misma elección de las variables se asienta en prejuicios históricos. Se usa una recolección masiva de datos para, supuestamente, mejorar poblaciones, esto es, intervenir para moldearlas. Donde la segregación es estrategia y axioma: la correlación fue inventada por seguidores de la eugenesia para cultivar futuros que repitieran un pasado selectivo.
Si hoy los barrios virtuales surgen de una medición de “likes”, segundos en que la mirada se detiene en una publicidad o solicitudes de amistad, no surge de mundo caótico ni de una multiplicidad de posibilidades, sino de un recorte específico que predice y moldea. La correlación de datos se transforma en análisis predictivo porque cada usuario no es tratado como una singularidad única, sino que es segregado en grupos según afinidades y pequeñas desviaciones raras, esto es, por sus gustos “auténticos”. Las correlaciones de nuestros likes nos conocen mejor que nosotros mismos: un psicoanálisis matemático que hace de nuestros deseos latentes un microtarget publicitario. Los algoritmos de recomendación de Netflix, Amazon o Spotify funcionan precisamente con una lógica correlacional del tipo “a los usuarios a quienes les gustó X, también les gustó Y".
O elegimos estar con gente como nosotros o, de tanto estar juntos, nos terminamos pareciendo. En cualquiera de los casos, resultaría reconfortante que, luego del trabajoso ejercicio de conocer gente, uno se encuentre frente a un espejo.
De modo que la amistad adquiere nuevos matices con la posibilidad de encontrar patrones mediante la correlación de grandes cantidades de datos. Donde nunca se parte de cero, sino de una grilla preconstituida donde encajamos en un grupo u otro. Las cámaras de eco que confirman nuestros sesgos no son fallos, sino una meta buscada. Además, estos agrupamientos por preferencias comunes, por semejanza compartida, no se generan en la actualidad por gustos similares, sino de grupos enardecidos de personas que confirman su semejanza mediante el odio a un enemigo común. Escribe Wendy Chun: “Los barrios de las redes sociales son como estos grupos de limaduras de hierro magnéticamente polarizadas, en los cuales las limaduras con la misma polaridad se repelen entre sí y se mantienen pegadas debido a su atracción abrumadora hacia el polo opuesto".
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A mediados del siglo XX, la expansión de los medios masivos de comunicación generó una especie de contrapunto respecto a sus efectos para la democracia: o bien parecía expandir la esfera pública, posibilitar un acceso horizontal a la información y generar un público más ilustrado en los asuntos comunes; o bien parecía generar un público manipulado, controlado por los grandes formadores de opinión, fácilmente direccionable por la repetición de horas y horas de pantalla. La relación con los medios de comunicación del siglo XXI parece repetir este contrapunto: o se presenta como una posibilidad inédita para la democracia o como una manipulación sin precedentes. Romper este contrapunto resume buena parte de los esfuerzos que tenemos que hacer para pensar la cosa.
Como se han cansado de escribir una gran cantidad de teóricos a lo largo del siglo XX, entre quienes vale destacar el recién fallecido Jürgen Habermas, la democracia moderna no puede entenderse sin la construcción de una esfera pública expandida donde la mediación de la comunicación resulta central. Si la expansión geográfica de los Estados y la cantidad de ciudadanos convierten en una quimera cualquier ilusión de una asamblea donde se ejerza la democracia directa, los asuntos públicos solo pueden conocerse por los medios de comunicación. Dicho de otro modo, la democracia requiere la constitución de un espacio donde los ciudadanos puedan obtener una visión general de los asuntos políticos y tomar decisiones en función de ello.
La amistad es el conjunto de “espejitos de colores” que confirman quiénes somos.
El problema es que ese espacio ha cambiado radicalmente cuando la mediación tecnológica desplazó los medios de comunicación tradicionales por redes sociales con públicos fragmentados. Pasamos de ciudadanos que interactúan políticamente entre sí a grupos conformados como agentes de predicción cuyos deseos son mediados y facilitados por plataformas digitales. En la actualidad, esa mediación adquiere otras dimensiones porque es posible utilizar las correlaciones en grandes cantidades de datos para producir mensajes con target microsegmentado. Los algoritmos de microsegmentación utilizados por Cambridge Analytica para influir en las elecciones (como el Brexit o las presidenciales de EE. UU. en 2016) ya no buscaron entender la psicología profunda de los votantes, sino establecer una correlación: si a un usuario le gusta tal marca de cosméticos y tal tipo de música, es necesario producir tal mensaje para convocar su voto. En este caso resulta evidente cómo la amistad, como agrupamiento de semejantes, no sólo surge de reconocer patrones, sino también de incidir en preferencias.
De allí que sea necesario no sólo mostrar cómo la historia del pensamiento correlacional surge de los proyectos eugenésicos, sino desmontar su lógica. Esto requiere evidenciar cómo los patrones que identifican las correlaciones no sólo suponen grillas previas, sino que son efectos de lo que se busca corroborar. La segmentación funciona como hiperstición, o como profecía autocumplida, se diagnostica que al segmento de la población que escucha tal radio, vive en tal barrio y estudia tales carreras universitarias, tiene determinadas preferencias electorales, pero al mismo tiempo se está generando esa segmentación, se la está produciendo efectivamente mediante agrupamientos algorítmicos. Los algoritmos gobiernan generando una analítica predictiva del comportamiento basada en grupos de semejantes.
Si esto es así, la tarea es producir diferencia allí cuando sólo hay semejanza. En la actualidad, el vocabulario de la amistad se generalizó para cualquier vínculo por redes sociales: “tal persona te solicitó amistad”, “agregar a mejores amigos”, “tantos amigos en común”. Esta expansión de la palabra no es sino una expansión de una lógica de la segregación que se organiza en torno a un odio común. Por ello resulta fundamental diseñar diferentes algoritmos que generan modos de conexión en la diferencia, esto es, que más que confirmar sesgos habiliten el conflicto. O mejor, que transformen una polarización odiante que despolitiza en un conflicto que pueda tramitarse políticamente. Ni odio, ni confirmación: conflicto político. De algún modo es necesario desaprender nuestro comportamiento en redes y generar intervenciones específicas en el algoritmo para posibilitar vínculos que no confirmen certezas previas.
Si las ciudades se fueron zonificando para encontrarse con gente parecida, las redes sociales fueron construyendo barrios como cámaras de eco que confirman sesgo.
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A mediados de la década de 1990, Jacques Derrida publicó un extenso libro titulado Políticas de la amistad. Fruto de un seminario dictado por años, se dedica a rastrear en la tradición filosófica los modos de pensar la amistad. De Aristóteles a Montaigne y a Nietzsche. En este recorrido, Derrida le otorga estatuto filosófico a la corroboración sociológica de Merton y Lazarsfeld: muestra que desde la Grecia clásica la amistad fue pensada a imagen de la fraternidad —el mejor amigo es como un hermano—, y de este modo el amigo es quien se nos parece, con quien compartimos lazos de sangre, el que tiene una genealogía parecida. Lo decimos a menudo: somos tan amigos que no hace falta hablar para saber lo que pensamos. Es contra esa tradición que Derrida indaga qué puede ser una amistad no ordenada por el hermano, sino por el extranjero. Una amistad donde uno es conmovido por aquel que es diferente, con quien no compartimos una lengua común. Por esto mismo, en algunos pasajes Derrida se muestra ofuscado contra quienes sostienen que en la actualidad hay que volver a pensar la comunidad o lo común. Se repite como un mantra, lo sabemos, que frente a una sociedad individualista tenemos que volver a construir lazos comunitarios. A Derrida no le gustaba mucho la idea: tras lo común vio siempre una pulsión a aceptar sólo al que se nos parece.
Todo este asunto de la amistad no es sino, para Derrida, un ajuste de cuentas con uno de los pensadores mayores de la política del siglo XX: Carl Schmitt. De derecha a izquierda, cualquier posición que reivindique el estatuto irreductible del conflicto tuvo que recurrir a su pensamiento; de derecha a izquierda, cualquier posición que sostenga que la política tiene una lógica propia que no se reduce a explicaciones económicas o sociológicas tuvo que volver a sus textos. Para Schmitt, la política se define por la relación amigo-enemigo, es decir, mediante la construcción de una unidad política de amigos frente a un enemigo. Esto fue siempre así, desde los griegos hasta el siglo XX. Y el sueño recurrente de un liberalismo del diálogo eterno o de un socialismo que confía en leyes económicas es un mundo sin política, esto es, evitando tomar decisiones. Por eso mismo, Derrida dedica páginas y páginas a discutir con él, buscando una definición de amistad que, sin negar el conflicto, desactive la oposición amigo-enemigo. La cosa es si podemos pensar una política que sea un modo de tramitar la relación con aquellos que no son como nosotros.
En el lejano año 1999, con guión de Charlie Kaufman y dirección de Spike Jonze, se estrenó ¿Quieres ser John Malkovich? En la película, John Cusack encuentra un portal para acceder a la cabeza de John Malkovich y, en los vericuetos de esa mente, no sólo ve el mundo como Malkovich, sino que todos se transforman en Malkovich. Parábola infernal de la amistad, o de las redes sociales: dentro de nuestras cabezas solo podemos vernos reflejados en todo lo que percibimos. Nos encontramos a cada paso con nosotros mismos, la vida parece un soliloquio de palabras frente al espejo. Olvidarse de uno mismo un rato parece imposible cuando las redes nos confirman a cada paso lo hermoso que es el mundo cuando todos piensan como uno.
En un libro demencial titulado El libro de las preguntas, Edmond Jabès supo escribir este verso: “También eres, donde nada vela, el olvido hecho de cenizas de espejo”. Ese verso me persigue hace décadas. No sé bien qué significa. Cenizas de espejo. El olvido. Una forma de amistad que no anhela confirmación. Y entonces un terreno de la política donde lo que existen no son solo grupos autocelebratorios construidos sobre el odio del diferente.
Parábola infernal de la amistad, o de las redes sociales: dentro de nuestras cabezas solo podemos vernos reflejados en todo lo que percibimos.