Evita contra Perón
El 16 de octubre de 1945 el coronel Juan Domingo Perón puso fin a su relación con Eva Duarte, siguiendo el consejo de sus asesores. Eso daría lugar a un largo enfrentamiento político que llevó a Evita a encabezar el movimiento antiperonista.
16 de octubre de 1945. Mi querida Eva: desde el día en que te dejé, con el dolor más grande que puedas imaginar, he reflexionado y comprendí que debemos separarnos. Esta distancia ha servido para darme cuenta de que debemos sacrificarnos por las causas más altas en lugar de dejarnos embriagar por las pasiones más bajas. Sé que debería decirte esto personalmente, pero conociendo tu genio prefiero mantener el Río de la Plata de por medio. También sé que te costará soportar la falta de un líder en tu vida, pero el pueblo necesita un conductor y vos fácilmente podés encontrar un chofer. Hasta siempre. Juan Perón.
Dieciséis líneas manuscritas, garabateadas en la prisión de la isla Martín García con la letra temblorosa, propia de un hombre hastiado que teme un escándalo femenino a vuelta de correo. Apenas dieciséis líneas fueron suficientes para desatar la mayor tormenta política argentina del siglo XX. Ese papel minúsculo, sobrante del envoltorio de unos cuernitos de grasa de la panadería insular, provocó un corte inédito en la historia del peronismo y del país.
Juan Domingo Perón y Eva Duarte se conocieron en 1943. Ella conducía en Radio del Estado un programa llamado La audición de mi vida, donde promovía la obra del gobierno militar y, especialmente, la de “El Coronel”. Ese coronel, desde luego, era Perón, militar que se había ganado el apoyo del pueblo gracias a su desempeño al frente de la Secretaría de Trabajo y Previsión. La actriz se conmovía con la vocación popular de Perón, y no tardó en hacer pública su identificación con el líder. “Alguien debía ocuparse de los trabajadores, y es Perón quien por primera vez se atreve a hacerlo”, declaraba en su programa. De hecho, la relación logró mantenerse en secreto durante varios meses, hasta que Evita (como llamaban a la actriz sus oyentes más fieles), en uno de sus típicos arrebatos, echó todo a perder. Una tarde, el auditorio de la radio recibió la visita de Libertad Lamarque, estrella del tango y el cine argentinos. Tras la actuación de la invitada, Eva Duarte se acercó a implorar a Lamarque que no volviera a cantar, y especificó que no lo hiciera “por el bien del pueblo”. La Diva del Tango no toleró lo que consideró una afrenta y, sin dudarlo, estampó a Eva una sonora cachetada y la amenazó con hacerla echar. La respuesta de Eva, inoportuna y altanera, no se hizo esperar: “Para que lo sepas, marrana gritona, el único que me pone la mano encima es el coronel Perón”. Al día siguiente, todo el país hablaba del romance.
El 22 de enero de 1944, en un festival que se llevó a cabo en el estadio Luna Park, a beneficio de las víctimas del terremoto de San Juan, Perón y Evita decidieron sentarse juntos en la primera fila para hacer una presentación formal de la pareja y poner fin a los rumores. No fue una velada más, porque, a pesar de que el Vicepresidente y la actriz intentaron moverse con naturalidad, ambos eran conscientes de que las miradas de todo el estadio, lleno como en sus mejores noches de duelo boxístico, estaban posadas sobre ellos. De hecho, el Coronel estaba tan nervioso por las habladurías que temblaba, y tal vez por eso muchos de los presentes creyeron que el asiento de Perón estaba recibiendo un remezón del terremoto cuyano. La pareja fue desde entonces tapa de todas las revistas y la comidilla de la sociedad porteña; tanto, que hasta llegó a popularizarse un chiste que graficaba la relación: “Me dijeron que al coronel Perón le gusta tanto vestir de etiqueta que todas las mañanas se levanta con l’evita”.
El 8 de octubre de ese mismo año, sin embargo, el idilio comenzó a desmoronarse. Reunidos especialmente para proyectar el futuro del peronismo y diseñar los movimientos de su líder, amigos, camaradas y asesores políticos del secretario de Trabajo convencieron al propio Perón de que una mala actriz no era el ideal de mujer que se esperaba para un caudillo. No era lo único que tenían para decirle a Perón. Junto con la opinión demoledora que el entorno del Coronel tenía de la joven conquista –a quien no dudaba en calificar de “trepadora como gato”–, el grupo también había elaborado un plan para deshacerse de ella sin generar ningún tipo de sospechas. La estrategia no incluía violencia física sobre la novia del Coronel, pero no descartaba algún tranvía volcado o algún carro incendiado para darle mayor verosimilitud a la historia. La idea fue sencilla: fingir una insurrección militar, llevar a Perón a la Isla Martín García y organizar una movilización importante a Plaza de Mayo para reclamar por su libertad. Era, creían, la excusa perfecta que le permitiría a Perón abandonar su hogar de la calle Posadas sin reproches, y poner distancia de las insoportables rabietas de Eva. Como el día elegido para la confabulación coincidía con el cumpleaños número 50 de Perón, los organizadores de la campaña se atrevieron a diseñar un eslogan electoral: “Perón cumple”.
El plan fue ejecutado tal cual lo previsto, y los resultados fueron los deseados tanto por el grupo de asesores como por el propio coronel Perón. La última esquela, escrita informalmente y remitida desde la isla Martín García, llegó a manos de Eva y entonces fue el fin. O el principio.
La temperamental ex pareja del líder laborista había alcanzado tal grado de fanatismo antiperonista que las paredes del país se poblaron con consignas como “Eva o Perón”

Si el ambicioso militar y político que se escondía debajo del uniforme del coronel Perón hubiera podido intuir la reacción de Eva, la pareja tal vez no se hubiera deshecho; si no por amor, al menos para evitar la venganza. Pero no. El brillante estratega, el sagaz diplomático, el lúcido analista, el afilado hombre de armas no supo, no pudo o no quiso prever las consecuencias de su temeraria decisión. Y la respuesta de esa mujer despechada contra el líder justicialista resultó tan feroz que en pocos años llegó a decirse que Eva Duarte constituía “la rabia de Juan Perón”.
No era para menos. Una década después de aquel histórico renunciamiento a Evita, Juan Perón escapó de la Argentina mientras las plazas de todo el territorio nacional se llenaban de pancartas con el rostro de Evita que rezaban: “La Abanderada de la Libertadora”.
Eva y la oligarquía
Para la campaña por las elecciones de 1946, el enfrentamiento de Eva Duarte con Juan Domingo Perón ya era claro y manifiesto. La temperamental ex pareja del líder laborista había alcanzado tal grado de fanatismo antiperonista que las paredes del país se poblaron con consignas como “Eva o Perón”, “Eva evita la patria laborista” y “Perón es el Eje, Evita nos protege”. La actriz aprovechaba cada espacio que le ofrecía la Unión Democrática para recordar que Perón le había mostrado una carta fechada en 1940 en la que el dictador italiano Benito Mussolini lo consideraba un “alumno ejemplar”, y les advertía a los votantes que Perón era “un populista demagogo” y que, aunque admiraba a Hitler, aun así llevaría el país a la ruina.
La respuesta peronista fue igualmente dura. Acusaron a Eva Duarte de aglutinar detrás de sí a “una bolsa de gatos” que incluía no sólo a colegas actrices deseosas de fama y dinero rápidos sino también a radicales de la UCR, comunistas stalinistas, pronorteamericanos seguidores de Roosevelt, y a la propia Evita, “el felino mayor”, según la llamaban los peronistas más radicalizados. No dudaron en definir a la máxima representante femenina de la flamante Unión Democrática como “una resentida que se viste con pieles y joyas mientras se llena la boca hablando del pueblo”. Y hasta echaron a correr el rumor de que era amante del embajador norteamericano Spruille Braden. La revista El Caudillo, órgano oficial de la campaña peronista, llegó a acicatear a la ex del Coronel desde un título de tapa: “Eva: quién llega primero, ¿Braden o Perón?”.
El triunfo en las urnas de Juan Perón agudizó la disputa. El flamante Presidente ordenó que Eva dejara de trabajar en las radios oficiales y se prohibió la mención de su nombre, por lo que los medios oficialistas se vieron obligados a referirse a ella con eufemismos hirientes como “la traidora de la causa”, “la cómica sin gracia” y “la despechada encamisada”. En la alta sociedad porteña, la actriz generaba cierto recelo por su origen humilde, su escasa formación y su condición de hija de madre soltera, pero el fanatismo con el que se empeñaba en combatir a Perón le abrió las puertas de lo que los peronistas definían como “la oligarquía”. Cuando el gobierno creó la Fundación Juana Sosa, en homenaje a la madre del Presidente, Evita no tardó en conseguir un coqueto solar en Recoleta, perteneciente a la familia Uriburu, donde instaló la Fundación Eva Duarte para disputarle la acción social al peronismo.
La guerra por la caridad
La pelea por ganarse el fervor popular desgastó a los dos bandos. “A los negros cabeza les está regalando todo en lugar de darles una pala y enseñarles a agachar el lomo y trabajar por dos mangos, como se debe”, señalaba la ex novia del Coronel. Por su parte, en 1950, el líder justicialista ordenó investigar si era cierto que la Fundación Eva Duarte regalaba novelas románticas sin final a las trabajadoras, y que les entregaban las últimas páginas después de votar por la oposición.
Mientras el Ejecutivo repartía cámaras fotográficas de rayos x que permitían obtener instantáneas en las que se podía ver desnudas a las personas, Evita inició una campaña para que los “descamisados” que simpatizaban con Perón sacaran créditos para comprar camisas en Harrod’s, “así dejan de andar semidesnudos por ahí, como si fueran indios”. La figura de Evita creció tanto que la Unión Industrial Argentina, la Cámara de Comercio Argentino-Norteamericana y el Club de Lobbistas le ofrecieron ser candidata a Presidente. Era, creían, la única persona capaz de enfrentar la demagogia populista de Perón. Se enfrentaban, sin embargo, a una paradoja: Evita podía llegar a ser la primera candidata a presidente que no podría votarse a sí misma porque el voto femenino aún no estaba permitido. Los médicos, sin embargo, se ocuparon de despejar toda duda cuando desaconsejaron la candidatura de Eva; su salud, afirmaron, se deterioraba día a día. “Larga y penosa enfermedad clínicamente conocida como cáncer”, decía, escueto, el inapelable diagnóstico de los especialistas en pólipos, bultitos y tumores. Aunque se había entusiasmado con la idea de enfrentar a su ex pareja en las urnas, Eva decidió dar un paso al costado y no presentarse a elecciones.
El flamante Presidente Perón ordenó que Eva dejara de trabajar en las radios oficiales y se prohibió la mención de su nombre, por lo que los medios oficialistas se vieron obligados a referirse a ella con eufemismos hirientes como “la traidora de la causa”
El enfrentamiento era cada vez más ríspido, y tras la reforma constitucional y la reelección de Perón, Evita atacó sin sutilezas al Gobierno del General. “Lo único que sostiene a este régimen despótico son esos negros ignorantes que levantan los pisos de parquet para hacer asados y llenan de tierra las bañaderas para sembrar tomates”, dijo en uno de sus últimos reportajes. “Ése es el aluvión zoológico que tapa los negocios sucios de Perón y sus amigos, los sindicalistas.”
El 27 de julio de 1952, Eva Duarte falleció. El Gobierno no emitió ningún mensaje oficial sobre la muerte de Eva, pero una gran cantidad de peronistas desfilaron esa noche por las plazas de todo el país con antorchas encendidas, festejando la noticia. Algunas versiones que nunca pudieron ser corroboradas aseguraban que lejos de condolerse, Perón pasó la madrugada con algunas jóvenes de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), a quienes habría sacado a pasear en su motoneta por los jardines de la residencia presidencial de Olivos.
En los hogares de la clase media y alta, en cambio, inundados por la tristeza, miles de porteños distinguidos prendieron velas junto al retrato de Eva en su memoria, y hasta un grupo de sacerdotes sugirió ese mismo día que la Iglesia argentina pidiera su canonización. Los militares, que tramaban un golpe contra Perón, se preguntaron qué pasaría con el dinero recaudado por la Fundación de Evita entre empresarios de los Estados Unidos y Europa que estaba depositado en el exterior. “No se preocupen, algún día volverá y serán millones”, explicó frotándose las manos el por entonces ascendente almirante Isaac Rojas.
El 28 de julio, un día después de la muerte de Eva, en el auditorio de la Sociedad Rural se reunieron civiles y militares opositores para escuchar la grabación del último mensaje de quien se había convertido en su líder más carismática: “Si es preciso haremos justicia con nuestras propias manos. Yo le pido a Dios que no permita a esos insensatos levantar la mano contra nuestros uniformados porque, ¡guay de ese día! Ese día, mis generales, ¡yo estaré desde el cielo con los empresarios, con las damas de caridad, con las multinacionales, con los uniformados de la Patria, para no dejar en pie ni una sola alpargata peronista!”. En el salón Martínez de Hoz de la Rural, las palabras de Evita, “la abanderada de la Libertadora”, provenientes de una fonola de última generación, retumbaron como una maldición.
La resistencia a Perón
La profecía del discurso de despedida de la despechada antiperonista pareció cumplirse el 16 de septiembre de 1955, cuando los aviones que apoyaron el levantamiento militar que derrocó a Perón llevaron en sus cabinas el retrato de Evita “como símbolo de la resistencia contra el régimen”, según explicó después el capitán Francisco Manrique. Los militares triunfantes aprovecharon la popularidad de la imagen de la actriz y organizaron los muy exclusivos “Campeonatos Evita”, en los que los niños de la alta sociedad pagaban una abultada cuota para practicar deportes ecuestres, cricket, hockey, rugby y golf. Las damas de alcurnia adoptaron la imagen de Eva como modelo: su estilo para vestir y su peinado eran imitados por cuanta señora de doble apellido quisiera destacarse. Y cada reunión de beneficencia era presidida por enormes cuadros en los que Evita lucía siempre espléndida bajo la consigna “Seremos como Ella”.
Su figura controvertida volvió a reaparecer con fuerza en los años 70. La primera mención que enardeció a los peronistas fue la del dictador Alejandro Lanusse, quien para graficar sus dudas acerca de las posibilidades de que el veterano líder se animase a volver al país después de un exilio de 18 años, expresó en 1972: “Como diría Evita: ‘No creo que a Perón le dé el cuero’”. Al año siguiente, una nueva invocación a la Dama de Hierro de las fuerzas armadas sirvió para renovar el resentimiento que dividía a los argentinos en torno a su figura. Fue cuando el capitán ingeniero Álvaro Alsogaray, a través de su partido, la Nueva Fuerza, recuperó un viejo slogan de los años 40 para aplicarlo en tono imperativo a la campaña electoral de 1973: “Evita la patria socialista, vota liberales”.
Fue por esos años cuando la fama de Eva Duarte traspasó las fronteras argentinas para volverse un personaje universal gracias a la opera rock No llores por mí, oligarquía.
La dictadura instaurada el 24 de marzo de 1976 financió varias versiones locales de esa ópera para alimentar el mito. El dictador Jorge Rafael Videla se ocupó personalmente de repatriar los restos de la actriz, que en 1974 habían sido robados por un comando de Montoneros y depositados en un cementerio cubano. Las caracterizaciones que de Evita hicieron Elena Cruz primero y Moria Casán años después –en una versión discutida a causa de su por entonces considerado “alto voltaje erótico”– convirtieron a ambas actrices en iconos indiscutidos de la cultura procesista de aquellos años.
Las caracterizaciones que de Evita hicieron Elena Cruz primero y Moria Casán años después –en una versión discutida a causa de su por entonces considerado “alto voltaje erótico”– convirtieron a ambas actrices en iconos indiscutidos de la cultura procesista de aquellos años
Con la llegada de la democracia, en 1983, la polémica en torno al recuerdo de Eva Duarte fue apagándose lenta pero inexorablemente. Aquella mujer que en décadas anteriores había sido motivo de divisiones irreconciliables –se estaba a favor o en contra de Eva, nadie era indiferente a su papel dentro de la política nacional– terminaba condenada a ser, a lo sumo, un capítulo menor en los libros de historia. Y frases del estilo “esto con Evita no pasaba”, que muy de vez en cuando podían escucharse en boca de algún jubilado de las Fuerzas Armadas o algún chofer de taxi, en el contexto de las instituciones democráticas que tanta sangre y palabrerío había costado recuperar, no podían sonar sino como expresiones trasnochadas.
Carlos Menem fue el primer peronista que reivindicó a la Abanderada de la Libertadora en 1991, cuando inauguró un retrato suyo en el salón de actos de la UIA y, en su discurso de apertura, comparó a Eva Duarte con Isabel Perón. “Las dos le dieron grandes alegrías al General, aunque una eligió el camino del enfrentamiento y la otra el de la intrascendencia”, afirmó entonces Menem.
El reencuentro con el peronismo duró poco. En 2003, cuando apenas habían pasado dos semanas de la asunción de Néstor Kirchner a la presidencia de la Nación, la primera dama Cristina Fernández organizó un acto oficial en el que ordenó que el jefe de la custodia presidencial bajara del placard de la residencia de Olivos una percha con un tapado de visón perteneciente a Evita que había sido donado al Estado por las damas de caridad durante el menemismo. “El retiro de este tapado del placard de la quinta presidencial”, subrayó una emocionada Cristina Kirchner, “debe ser leído como un claro mensaje en el sentido de que los argentinos ya no abrigamos pensamientos antidemocráticos como los que la dueña de esta prenda supo difundir en su nefasto paso por la historia de nuestro país”. Los aplausos inundaron el cambiador presidencial. Fue la última mención pública que hasta hoy se ha hecho de quien fuera una de las mujeres más polémicas de la historia argentina moderna.
“Pateamos lingotes de oro en el Banco Central”
“He dado mi vida para que los terratenientes, la gente bien de mi país; mis queridos uniformados, no caigan en las garras del populismo. Desde que Perón llegó al gobierno, el pueblo educado perdió gran parte de sus conquistas. Los patrones se ven obligados a negociar con gremialistas que sólo quieren imponer feriados que exaltan la figura del Presidente, y los países desarrollados ven con horror cómo las masas de negros analfabetos deciden las políticas nacionales. Cuando tuve la desgraciada suerte de cruzarme en el camino del Tirano, él mismo me llevó de paseo por el Banco Central y, con mi inocencia de aquellos días, pateamos juntos los lingotes de oro que caían sobre los pasillos; tanta era la riqueza argentina. Hoy no queda nada de eso, todo lo puso en manos de los descamisados ignorantes, de los grasitas que llenaron sus panzas con vino en lugar de educar a sus hijos. El resto del patrimonio nacional se lo están llevando Perón y sus cómplices, esos que le dijeron un día que Evita molestaba y a los que les tengo que agradecer que me hayan alejado del déspota.”
(Fragmento de La razón de mi ira, escrito por Eva Duarte en 1951. Este libro fue de lectura obligatoria en los colegios primarios por orden del dictador Pedro Eugenio Aramburu a partir del triunfo de la Revolución Libertadora.)
Opiniones
“Esa mujer era puro rencor y odio. Cuando intentó competir con la acción social del General mediante su Fundación, llamaba a los pobres ‘descamisados’ y ‘grasitas’, nada más alejado del movimiento peronista que semejantes conceptos racistas y gorilas que sólo podían provenir de una desclasada que quiso aprovecharse de su aventura con Perón para ser recibida en los cenáculos de la oligarquía más rancia.” (Antonio Cafiero, dirigente del PJ, 1983)
“No nos importaba si su odio visceral contra el Tirano tenía origen en férreas convicciones ideológicas o en el rencor y el resentimiento de toda mujer despechada. Lo único que realmente nos importaba era su profunda militancia antiperonista, que era incansable y permanente. Por eso, presidir nuevamente la cena anual de esta aristocrática Fundación Eva Perón en nuestra casa, la histórica sede del Jockey Club de la Avenida Alvear que nos acoge desde hace décadas, es para mí uno de los honores más altos que podía conferírseme.” (Amalia Lacroze de Fortabat, 1977)
“Esa mujer que fue peronista pero recapacitó”
“...la escena en que Evita (Madonna) sale del shopping cargada de bolsas y luciendo un vistoso tapado de piel de oso panda puede resultar algo inverosímil. Sin embargo, gana sentido y verosimilitud cuando los dos mugrosos niños cartoneros (Macaulay Culkin y el eterno Gary Coleman), con sus cabellos pulguientos y sus naricitas llenas de mocos, se le acercan para pedirle limosna y Eva, visiblemente incómoda, no puede ocultar su mueca de asco ante el olor de los pequeños, se quiebra y decide huir haciendo equilibrio sobre sus tacos altos hacia el Rolls Royce descapotable que la espera en doble fila. (...) La caracterización de Juan Domingo Perón (Elton John) es rigurosa y muy sobria; aparece representado como un pelele caprichoso, poco viril y demagogo, que no usa cubiertos para comer, pedorrea ante sus ministros y tiene, como única motivación, el ejercer el poder de modo despiadado. (...) La propia Madonna explicó, en rueda de prensa, que aceptó el papel de la controvertida y valiente militante antiperonista porque siempre sintió ‘atracción por esas mujeres fuertes que luchan por sus ideales aún a riesgo de ganarse la enemistad de muchos, como Condoleezza Rice, Margaret Thatcher, Mirtha Legrand, Lita de Lázzari o Inés Pertiné’.”
(Fragmento de la crítica publicada en el diario La Nación en ocasión de la versión cinematográfica aggiornada que Hollywood produjo, en 1999, de No llores por mí, oligarquía, con Madonna en el papel protagónico.)
CRONOLOGÍA
1946
Enero. En plena campaña electoral, Eva Duarte lanza una frase que escandaliza a los partidarios peronistas: “Yo mejor que nadie sé que el coronel Perón no será capaz de conducir al país porque es impotente para eso y para muchas otras cosas”.
Abril. El recién electo presidente Juan Perón recibe de regalo una yegua de carrera y le pone el nombre “Santa Evita”.
1949
Noviembre. Evita inicia una gira por los Estados Unidos y se entrevista con el presidente Harry Truman, a quien le manifiesta su deseo de que “la Argentina abrace el capitalismo liberal y abandone para siempre la tiranía despótica”.
1951
Febrero. “Esta gorila me tiene las pelotas por el suelo”, grita Perón luego de cortar violentamente el auricular del teléfono, en su despacho. En el momento, los testigos del acceso de furia no se animan a preguntarle al General a quién se refiere con eso de “gorila”, aunque luego puede saberse que la maldición está dirigida a Eva y no a la simio hembra del Circo Sarrasani que ha aprendido la gracia de discar el número telefónico de la Casa Rosada.
1967
Julio. La dictadura de Juan Carlos Onganía homenajea a Eva Duarte y le da el título de “Evita Capitana del Ejército”, en un acto realizado en el Colegio Militar de la Nación.
1977
Junio. El Partido Comunista argentino acepta reconocer como “luchadora popular” a Eva Duarte en el marco del apoyo a la dictadura de Jorge Rafael Videla a cambio de la venta de trigo a la Unión Soviética.
2004
Agosto. Inauguran en Pilar el exclusivísimo barrio privado “Evita Country Club”, que es galardonado con la norma de seguridad APN (A Prueba de Negros), y cuenta con retratos del icono de la seguridad, Eva Duarte, en las garitas de vigilancia, en los generadores de la red de alambre electrificado, y hasta en las cuchas de los 44 perros dobermann que habitan el predio.
Carlos Menem fue el primer peronista que reivindicó a la Abanderada de la Libertadora en 1991, cuando inauguró un retrato suyo en el salón de actos de la UIA
* Una primera versión de este relato fue publicado como «Evita capitana» en Ucronías Argentinas: Diez historias que pudieron haber cambiado la historia. de Javier Aguirre, Eduardo Blanco Fernando Sánchez, publicado por Penguin Random House Grupo Editorial Argentina en 2012.