Fragmentos del futuro próximo
El futuro volvió a convertirse en un campo de batalla. Entre la abundancia tecnológica, el ascenso de China, las utopías de Silicon Valley, el estancamiento y la posibilidad de la extinción, una cartografía de los mundos que ya compiten por suceder al presente.
por Tomás Borovinsky
Durante buena parte de las últimas décadas, se dijo mil veces, el futuro pareció desaparecer del horizonte. La lógica de la globalización y la expansión del mercado, con el fin de la Guerra Fría, produjeron la sensación de que las grandes alternativas históricas habían quedado atrás en ese “fin de la historia”. Los grandes conflictos políticos debían ser neutralizados y era el momento del multiculturalismo y la administración de las cosas. Por eso Mark Fisher partía del eslogan de Margaret Thatcher (“no hay alternativa“) para pensar otros futuros posibles y Nick Land, el Anakin Skywalker de la filosofía inglesa, decía que la época era demasiado lenta y pedía acelerar.
En un contexto en el que el mundo nacido en 1945 y refaccionado en 1989 se desmorona, una parte creciente de las élites tecnológicas y de las fuerzas políticas más dinámicas ya no discute cómo administrar el mundo existente: busca construir uno nuevo.

Peter Thiel suele insistir en que Occidente dejó de creer realmente en el progreso y sostiene que atravesamos desde hace décadas un período de estancamiento tecnológico. Según su diagnóstico ya muy difundido, que comparte con su socio y amigo Alex Karp, autor del libro The Technological Republic, los últimos grandes momentos prometeicos de la humanidad fueron la bomba atómica y la llegada del hombre a la Luna. Poco después del alunizaje de 1969, argumenta, se produjo un cambio cultural profundo simbolizado por Woodstock y el ascenso de una sensibilidad más orientada al consumo, la regulación y la administración de lo existente que a la conquista de nuevas fronteras tecnológicas. Los jipis tomaron el control.
Uno de los ejemplos que suele utilizar Thiel es la llamada "guerra contra el cáncer" lanzada por Richard Nixon en 1971. Pasó medio siglo y ¿quién viene ganando? Durante los últimos cincuenta años, la innovación se concentró casi exclusivamente en el mundo de los bits -computadoras, internet, software y aplicaciones- mientras que el mundo de los átomos - infraestructura material, energía, transporte y medicina- avanzó a un ritmo mucho más lento.
Esta tesis marca que, si los avances en el mundo físico hubieran seguido una curva semejante a la de las ciencias computacionales, hoy viviríamos en una realidad muy diferente. Habríamos logrado progresos mucho mayores en la lucha contra enfermedades complejas, desarrollar nuevas fuentes de energía y quizás incluso habitar otros planetas. En otras palabras, tendríamos los autos voladores que imaginaban las generaciones anteriores (y no solamente 140 caracteres).
Como dice Thiel en De cero a uno: “El progreso horizontal o extenso significa copiar cosas que funcionan, pasando de 1 a n. El progreso horizontal es fácil de imaginar porque ya sabemos cómo se ve. El progreso vertical o intensivo significa hacer cosas nuevas, pasar de 0 a 1. El progreso vertical es más difícil de imaginar porque requiere hacer algo que nadie más ha hecho. Si toma una máquina de escribir y construye 100, eso es progreso horizontal. Si tenés una máquina de escribir y construís un procesador de texto, has logrado un progreso vertical”. Lo que falta, entonces, es más progreso vertical.
Por eso al circular por una gran ciudad contemporánea vamos mirando el celular y sentimos que estamos en el futuro, con la pantalla guiándonos y los auriculares inalambricos. Pero al guardar el celular miramos la ciudad y vemos más o menos lo mismo que había hace un siglo. Edificios, autos, trenes, subtes, algún avión. Solo por eso Beatriz Sarlo podía decir, en un artículo de El País, que para entender las ciudades bastaba con leer a Georg Simmel, un autor fundamental pero que escribió sus textos sobre las metrópolis a principios del siglo XX.
Tenemos teléfonos inteligentes cada vez más sofisticados, pero seguimos viviendo en ciudades parecidas a las de hace un siglo, viajando a velocidades similares y enfrentando problemas energéticos, habitacionales y de infraestructura que parecían destinados a desaparecer. Desde esta perspectiva, el verdadero problema contemporáneo no sería una aceleración descontrolada sino exactamente lo contrario: décadas de estancamiento tecnológico en aquellos ámbitos capaces de transformar radicalmente la vida humana.
La efervescencia del presente de la cultura posmoderna neoliberal escondía la falta de innovación traficada como optimización y el progreso derivado en una versión ligeramente mejorada de lo que ya había. Incluso cuando internet transformó la vida cotidiana, lo hizo muchas veces bajo la promesa de hacer más eficiente lo que ya existía.
Sin ambargo la inteligencia artificial, la biotecnología, la automatización y la nueva carrera espacial volvieron a colocar la cuestión tecnológica en el centro de la historia. De pronto, el futuro dejó de ser una abstracción para convertirse en un campo de batalla. En un contexto en el que el mundo nacido en 1945 y refaccionado en 1989 se desmorona, una parte creciente de las élites tecnológicas y de las fuerzas políticas más dinámicas ya no discute cómo administrar el mundo existente: busca construir uno nuevo.
Abundancia, sinofuturismo, tecnofeudalismo e inercia son cuatro posibles maneras de imaginar el mundo que podría emerger durante las próximas décadas.
Si la innovación regresa, también vuelven las preguntas políticas. Porque las tecnologías no producen por sí mismas un único futuro. La inteligencia artificial puede expandir la prosperidad o concentrar el poder. La automatización puede liberar tiempo o profundizar desigualdades. La abundancia energética puede fortalecer democracias o consolidar nuevos imperios tecnológicos. La misma capacidad técnica puede dar lugar a órdenes políticos muy diferentes. Y la innovación misma se puede estancar. ¿Estamos realmente ante una gran aceleración? Demasiado pronto para saber.
Por eso resulta útil pensar en escenarios como formas de explorar posibilidades abiertas en el presente. Cada escenario combina una determinada trayectoria tecnológica con una determinada organización del poder. Algunos son optimistas. Otros inquietantes. Todos son plausibles.
Abundancia, sinofuturismo, tecnofeudalismo e inercia son cuatro posibles maneras de imaginar el mundo que podría emerger durante las próximas décadas. Cuatro escenarios diferentes a una misma pregunta.
Abundancia
Empecemos con el escenario más optimista. Un mundo donde asistimos a una innovación tecnológica radical pero donde esta hace sistema con la democracia. Hay bienestar y hay igualdad. En el libro Abundancia Ezra Klein y Derek Thompson presentan una visión bastante detallada de cómo podría ser el año 2050 si se lograra construir una sociedad basada en la abundancia. En este marco imaginan energía limpia y casi gratuita. En un mundo alimentado por una mezcla de paneles solares, turbinas eólicas, pequeñas centrales nucleares y pozos geotérmicos la energía sería tan barata que apenas se notaría en la factura mensual y no dejaría rastro de carbono.
El agua potable sería ilimitada. Gracias a instalaciones desalinizadoras masivas que utilizan membranas microbianas, el agua del océano se volvería potable y clara. Esto permitiría que ríos agotados volvieran a la vida y que ciudades desérticas como Phoenix o Las Vegas rebosaran de vegetación. Agricultura vertical y carne cultivada. Los alimentos no se cultivarían horizontalmente, sino en rascacielos agrícolas cercanos a las ciudades, utilizando luces LED cronometradas. Además, la mayor parte de la carne procedería de fábricas de carne cultivada, eliminando la necesidad de criar y sacrificar animales y permitiendo resilvestrar gran parte de la tierra antes destinada al ganado.
Habría "píldoras milagrosas" que retrasan el envejecimiento celular, curan adicciones y atenúan los efectos de la sobrealimentación. Estas moléculas fundamentales se sintetizarían en satélites en el espacio exterior bajo condiciones de ingravidez, enviándose a la Tierra mediante cohetes de bajo coste. Las calles estarían llenas de coches, camiones, bicicletas y motos eléctricas, en su mayoría autónomos y extremadamente silenciosos. El reparto de mercancías y medicamentos se realizaría mediante drones autónomos. Habría alta productividad por IA y ocio. La conjunción de la inteligencia artificial y reformas laborales permitiría que la gente complete en pocos días lo que antes era una semana laboral entera, sin reducir los sueldos. Esto resultaría en más tiempo para el ocio y las vacaciones. Habría también un IBU (Ingreso Básico Universal) que brinde a todas las personas un piso de dignidad humana.
En el mundo de la abundancia hay transporte supersónico ecológico. Los viajes de larga distancia, como de Nueva York a Londres, tomarían solo dos horas gracias a reactores que alcanzan niveles de Mach 2, utilizando combustibles sintéticos ecológicos. La vivienda es asequible y abundante. Es un futuro donde la construcción de viviendas no esté bloqueada por normativas obsoletas, permitiendo que vivir en ciudades dinámicas sea accesible para todos y no solo para los ricos.
Este es un escenario, como dijimos, optimista. Esperanzador. La innovación encontró camino por vías democráticas. Sin burocratización esclerótica y con un horizonte igualitario y participativo. Aunque puede fallar.
Sinofuturismo
“La historia universal debe comenzar con el Imperio chino”, afirmaba Hegel en sus célebres Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. Sin embargo, inmediatamente después relegaba a China a una suerte de inmovilidad histórica, sosteniendo que no participaba verdaderamente del movimiento de la historia universal. Pocas afirmaciones envejecieron peor. Si el siglo XIX fue europeo y el XX estadounidense, el sinofuturismo explora la posibilidad de que el XXI sea chino.
A diferencia del escenario de la abundancia, donde la innovación tecnológica convive con las instituciones de la democracia liberal, el sinofuturismo parte de una hipótesis diferente: la aceleración tecnológica continúa, pero bajo formas de organización política que no son liberales. El gran vencedor de la competencia tecnológica, económica y geopolítica del siglo XXI, en este futuro posible, es China, que se dispone a celebrar su centenario de la República Popular China con su modelo coronado en el año 2049.
Durante décadas, Occidente asumió que el desarrollo económico conduciría inevitablemente a la democratización liberal. China encarna un desafío a esa idea. Lejos de abandonar el control político, el Partido Comunista Chino logró combinar crecimiento económico, planificación estatal, capacidad industrial e innovación tecnológica a una escala sin precedentes. El resultado es un modelo alternativo de modernización que desafía algunos de los supuestos fundamentales de la modernidad occidental. Un desafío a Occidente: el mundo es cada vez más moderno, pero también cada vez menos occidental.
Desde la propia perspectiva china, este ascenso no constituye una anomalía sino un retorno histórico. Como sostiene Jiang Shigong: China se puso de pie con Mao, se enriqueció con Deng Xiaoping y se volvió poderosa bajo Xi Jinping. El siglo XXI aparece, así como el momento en que el país recupera la centralidad que considera haber ocupado durante gran parte de su historia.
En este futuro, China no solo se consolida como la principal potencia económica del planeta. También establece los estándares tecnológicos, industriales y regulatorios del nuevo orden mundial. La inteligencia artificial, la automatización, la computación cuántica, la biotecnología y las infraestructuras digitales avanzan a gran velocidad, impulsadas por un Estado capaz de movilizar recursos, coordinar inversiones y ejecutar planes de largo plazo sin las restricciones propias de las democracias liberales.
Las ciudades se convierten en entornos altamente conectados, gestionados mediante sensores, algoritmos y sistemas de datos integrados. La innovación se acelera. Lo que cambia es la relación entre tecnología y libertad. Allí donde la tradición liberal concibe la innovación como un instrumento para ampliar la autonomía individual, el modelo chino la incorpora como una herramienta de coordinación social, eficiencia administrativa y fortalecimiento de la capacidad estatal.
El escenario sinofuturista supone que la Segunda Guerra Fría termina inclinándose a favor de Beijing. No necesariamente mediante una conquista militar o una imposición ideológica explícita, sino a través de algo más poderoso. Si la enseñanza de 1989 era que para ser un país exitoso había que ser una democracia liberal capitalista, poniendo a Estados Unidos como el indiscutible referente global, hoy China pone esa referencia en cuestión. Veremos si con el tiempo logran demostrar que su modelo produce más crecimiento, más innovación y más capacidad de gobierno.
Allí donde la tradición liberal concibe la innovación como un instrumento para ampliar la autonomía individual, el modelo chino la incorpora como una herramienta de coordinación social, eficiencia administrativa y fortalecimiento de la capacidad estatal.
La pregunta central de este escenario es menos tecnológica que política. ¿Qué ocurre si la sociedad más innovadora del planeta no es también la más libre? ¿Qué sucede si el camino más rápido hacia la prosperidad y el desarrollo no pasa por la democracia liberal? El futuro con características chinas es la respuesta. El artista disidente chino Ai Weiwei volvió de visita a China unos días y dijo: “En cuanto al clima político, la vida diaria para la gente en Pekín se siente más natural y humana que en Alemania, que se siente fría, racional y profundamente burocrática. Como individuo uno se siente confinado e inestable allí”. Desde esta visión la vida en el Occidente de principios del siglo XXI daja mucho que desear. Demasiado control social revestido de vida liberal con una recompensa cada vez menor. El sinofuturismo es la posibilidad de que el porvenir ocurra bajo la dirección del Partido Comunista Chino fundado por Mao.
Tecnofeudalismo
Como escribió en este mismo portal Alejandro Galliano, quien más desarrolló el concepto de tecnofeudalismo fue el francés Cédric Durand. Pero quien puso en órbita el concepto fue el griego Yanis Varoufakis. En el libro Tecnofeudalismo, el ex ministro, sostiene que ya no vivimos en el capitalismo y que estamos en medio del tecnofeudalismo. Explica que el tecnofeudalismo es un nuevo sistema económico y político postcapitalista, donde el capitalismo tradicional ha muerto debido a que sus dos pilares fundamentales -los mercados y las ganancias- fueron reemplazados por las plataformas digitales y la extracción de rentas. Como dije muchas veces: no cierra por ningún lado. Pero lo interesante del concepto es menos una descripción sociológica y más una distopía política que hay que considerar como un escenario posible. Es un horizonte que distintos titanes tecnológicos imaginan mientras nosotros dormimos.
En esta tercera posibilidad de futuro posible la innovación tecnológica sigue acelerándose, pero ni la democracia liberal ni el Estado chino logran domesticarla ni llevarla a su máximo potencial. El resultado no es la abundancia democrática ni la hegemonía del socialismo con características chinas. El resultado es un mundo fragmentado donde el poder se desplaza progresivamente desde los Estados hacia grandes plataformas tecnológicas, corporaciones privadas y nuevas élites digitales.
Durante décadas, internet fue imaginada como una tecnología democratizadora. El tecnofeudalismo plantea exactamente lo contrario. Las redes, los algoritmos, la inteligencia artificial y la infraestructura digital terminan concentrando el poder en una pequeña cantidad de actores capaces de controlar datos, información, servicios financieros, comunicaciones, logística, seguridad e incluso formas emergentes de soberanía.
En este escenario las grandes plataformas tecnológicas administran funciones que históricamente pertenecían a los gobiernos. Identidad digital, pagos, educación, salud, seguridad, transporte e incluso resolución de conflictos migran progresivamente hacia ecosistemas privados. La ciudadanía comienza a parecerse cada vez más a una membresía.
¿Qué ocurre cuando la innovación tecnológica avanza más rápido que las instituciones democráticas y más lejos que los Estados? El tecnofeudalismo es una posible respuesta.
Muchas de estas ideas ya aparecen, de formas diferentes, en los proyectos impulsados por figuras como el ya mencionado Peter Thiel y otros como Balaji Srinivasan, Patri Friedman o Curtis Yarvin. Las ciudades privadas, los Estados en red, las zonas económicas especiales, las comunidades autónomas flotantes o los enclaves semisoberanos dejan de ser experimentos marginales para convertirse en laboratorios de nuevas formas de organización política. La lógica dominante ya no es la representación democrática sino la competencia entre jurisdicciones.
En este escenario, la democracia liberal es reemplazada por una suerte de monarquía corporativa donde el gobierno funciona como una empresa y el gobernante como un CEO con amplios poderes ejecutivos. La legitimidad ahora proviene principalmente de la capacidad de administrar eficientemente un territorio, generar prosperidad y garantizar orden. Inspirado en las ideas de Hans-Hermann Hoppe, Curtis Yarvin sostiene que los gobernantes temporales tienen incentivos para explotar el Estado en beneficio propio, mientras que un soberano con vocación de permanencia tendería a gestionarlo con una mirada de largo plazo. El tecnofeudalismo encuentra una de sus formulaciones más explícitas en las ideas de Yarvin.
La inteligencia artificial desempeña un papel central. No como herramienta de emancipación colectiva sino como mecanismo de gestión. Algoritmos capaces de anticipar comportamientos, asignar recursos, administrar riesgos y monitorear poblaciones permiten formas inéditas de gobierno privado. El ideal no es la participación sino la eficiencia y el ciudadano se transforma progresivamente, a lo sumo, en usuario.
En lugar de participar de una comunidad política compartida, se incorporan a ecosistemas tecnológicos diferenciados según sus recursos, preferencias e identidades. El viejo ideal liberal de igualdad jurídica cede terreno frente a una creciente segmentación social. Algunos habitan ciudades inteligentes altamente protegidas y tecnológicamente avanzadas; otros permanecen en territorios abandonados por la inversión y el desarrollo. En términos de Albert O. Hirschman: es un futuro donde hay poco lugar para la Voz y donde la alternativa, a lo sumo, es la Salida.
Es un futuro jerárquico y desigualitario donde la violencia busca ser contenida. A diferencia de las primeras revoluciones industriales, el nuevo mundo que sueñan los tecno bros necesita poca gente. Las demandas insatisfechas se manejan con tolerancia cero. Los derechos humanos y del ciudadano devinieron términos y condiciones de un nuevo derecho positivo tech. El humano es más reemplazable que nunca y la expulsión de las pequeñas unidades políticas es la forma de castigo más común.
Benjamin Bratton, autor de The Stack, ha sugerido que ciertos sectores de las élites tecnológicas parecen pensar menos en cómo evitar futuras crisis que en cómo atravesarlas desde posiciones privilegiadas. Búnkeres, enclaves autónomos, ciudades privadas y refugios para tiempos turbulentos forman parte de ese imaginario. El tecnofeudalismo imagina un archipiélago de comunidades desiguales conectadas por infraestructuras digitales. Entre las “islas” hay basura, gente descartada y mucho desierto.
La pregunta central de este escenario es sencilla: ¿qué ocurre cuando la innovación tecnológica avanza más rápido que las instituciones democráticas y más lejos que los Estados? El tecnofeudalismo es una posible respuesta. Un mundo de innovación permanente, riqueza extraordinaria y poder privado concentrado. Un mundo donde el futuro sigue llegando, pero donde ya no pertenece a los ciudadanos de la Ilustración occidental como la conocimos.
Inercia
¿Y si finalmente no le encontramos la vuelta a la innovación tecnológica? ¿Y si fracasan tanto la promesa de la abundancia democrática como el modelo chino y los sueños tecnolibertarios de Silicon Valley? El cuarto escenario es el de la inercia.
A diferencia de los escenarios anteriores, aquí el problema central no es quién controla la tecnología, sino la incapacidad de producir las innovaciones capaces de transformar radicalmente la vida humana. La inteligencia artificial resulta menos revolucionaria de lo esperado. La fusión nuclear nunca llega. La conquista espacial se retrasa indefinidamente y la conquista de Marte resulta ser un esquema ponzi para sacar contratos millonarios al gobierno de Estados Unidos. Las promesas de longevidad extrema, automatización generalizada o abundancia energética permanecen siempre en el horizonte. Bryan Johnson muere antes de cumplir los 60.
La humanidad sigue avanzando, pero lentamente. Las mejoras existen, aunque son incrementales. No hay un equivalente contemporáneo de la electrificación, el automóvil, la aviación comercial o internet. El crecimiento económico se desacelera. La productividad se estanca. La energía sigue siendo relativamente escasa. La vivienda continúa encareciéndose. Los Estados acumulan deudas y las sociedades envejecen.
Las consecuencias políticas son imparables. Durante décadas, las democracias liberales legitimaron sus instituciones prometiendo progreso material, pero cuando las expectativas continúan creciendo y los resultados dejan de acompañar, la frustración se vuelve estructural. Las nuevas generaciones que sentían que vivirían peor que sus padres terminan teniendo razón. La movilidad social se debilita. La confianza en las instituciones se erosiona.
La violencia toma la delantera ante la insatisfacción generalizada. Es un mundo en el que existen los medios técnicos para expresarse y organizarse pero que además estimula las demandas, insatisfechas, al infinito. Un coctel letal. La política se convierte entonces en una disputa permanente por recursos insuficientes. Cada conflicto se vuelve más intenso porque hay menos crecimiento para repartir. Los gobiernos alternan entre promesas de transformación y gestión de emergencias. Los liderazgos se vuelven más personalistas. Los movimientos antisistema ganan fuerza. La tentación autoritaria aparece como respuesta recurrente a sociedades incapaces de recuperar una dinámica de progreso sostenido.
A diferencia de la abundancia, el sinofuturismo o el tecnofeudalismo, este escenario carece de una fuerza histórica ascendente. No hay una nueva frontera tecnológica ni un proyecto civilizatorio capaz de reorganizar el mundo. Hay adaptación, administración y supervivencia.
El escenario inercial es, en definitiva, el de una civilización que nunca despega y que finalmente colapsa cuando el futuro prometido nunca termina de llegar.
El escenario inercial es, en definitiva, el de una civilización que nunca despega y que finalmente colapsa cuando el futuro prometido nunca termina de llegar.
Extinción
Te mentí. No son cuatro escenarios: son cinco. El último es el de la extinción.
Existe una última posibilidad que podemos imaginar. Es el más radical por lo que todas las discusiones sobre democracia, comunismo chino, tecnofeudalismo o innovación terminan resultando secundarias. Quizás el problema más fundamental no sea cómo organizamos el futuro, sino si existe un futuro para nosotros.
La extinción es un escenario diferente a todos los anteriores porque pone en cuestión la continuidad misma de la especie humana. También es diferente de las viejas narraciones apocalípticas. En las religiones del Libro, el fin del mundo suele funcionar como una revelación. Hay juicio, redención, castigo o salvación. El Apocalipsis otorga sentido. La extinción, en cambio, carece de toda promesa: es un fin (nuestro) sin sentido. El universo continúa existiendo, las estrellas siguen brillando y los planetas continúan girando alrededor de sus soles. Lo único que desaparece es aquello que dota de significado al mundo: nosotros.
Durante la mayor parte de la historia humana, la desaparición de la especie fue prácticamente impensable y fue solo con el desarrollo de la ciencia moderna que comenzó a emerger la conciencia de que la humanidad no es eterna. La Tierra tuvo un comienzo y tendrá un final. Las especies aparecen y desaparecen y nosotros, quizás, no somos una excepción. Thomas Moynihan, autor de Riesgo de extinción, sostiene que esta capacidad para pensar nuestra propia desaparición constituye una especie de mayoría de edad de la humanidad: el momento en que comprendemos que nuestro destino ya no está garantizado por ningún orden cósmico ni providencial.
Durante milenios, incluso esta posibilidad resultó difícil de imaginar. La humanidad tendió a verse a sí misma como una parte necesaria del orden del mundo. Solo cuando la geología reveló la existencia de un tiempo profundo anterior a toda forma de vida y la biología mostró que las especies aparecen y desaparecen, comenzó a emerger una intuición inquietante: la vida es una excepción y no una regla. Durante la mayor parte de la historia de la Tierra no existió nada parecido a la conciencia, la razón o la cultura. Nada garantiza que existan para siempre.
El siglo XX transformó esa intuición en una posibilidad concreta. Desde Hiroshima vivimos sabiendo que poseemos la capacidad técnica para destruirnos a nosotros mismos. La amenaza nuclear fue el primer riesgo verdaderamente existencial. Hoy la lista se amplió. Pandemias, colapso ecológico, guerras tecnológicamente avanzadas, biotecnologías descontroladas y, sobre todo, inteligencia artificial avanzada aparecen como posibles vectores de una catástrofe próxima.
Hay además otra dimensión del problema. Durante siglos se asumió que, incluso si una civilización desaparecía, otra ocuparía su lugar. Hoy ya no contamos con esa tranquilidad. La llamada paradoja de Fermi -la ausencia de evidencias de otras civilizaciones inteligentes en el universo observable- ha llevado a muchos pensadores a preguntarse si la inteligencia tecnológica es algo extraordinariamente raro. Si así fuera, la desaparición de la humanidad no significaría únicamente la pérdida de una especie más, sino la extinción de una de las pocas formas conocidas mediante las cuales el universo puede volverse consciente de sí mismo.
Por eso una parte importante de las élites tecnológicas contemporáneas piensa cada vez más en términos de supervivencia de la especie. Un riesgo que ya no es solamente político o económico sino que es existencial. La posibilidad de desarrollar una inteligencia artificial cuyos objetivos no coincidan con los nuestros ocupa un lugar central en este imaginario. Evitar la extinción no es solo una cuestión de supervivencia biológica, sino una "vocación humana": el deber de mantener viva la ética en un universo físico que se muestra indiferente a ella.
De ahí la importancia suprema de este quinto escenario. Todos los escenarios tienen algo para enseñarnos a la hora de hacer el ejercicio prospectivo. Pero el de la extinción nos reordena porque es el más extremo de todos. Si bien a lo largo de la historia el escenario de la posibilidad de la guerra civil y la destrucción de la sociedad fue una hipótesis fundamental para pensar el orden político, el de la extinción es una hipótesis similar pero mucho más radical. La moraleja tiene que ser igual de radical.
El filósofo Eugene Thacker, autor de Resignación infinita, lleva esta intuición todavía más lejos. Para él, pensar la extinción implica intentar imaginar un “mundo-sin-nosotros”: un universo que continúa existiendo después de nuestra desaparición y que resulta completamente indiferente a nuestras preocupaciones, valores o proyectos. La extinción aparece entonces como el horizonte límite de todo pensamiento sobre el futuro. No porque vaya necesariamente a ocurrir, sino porque obliga a contemplar la posibilidad de que nada de lo que consideramos importante -la política, la tecnología, la cultura o la historia misma- posea una garantía última de permanencia.
Quizás esta sea la verdadera singularidad de nuestro tiempo. Por primera vez una civilización posee la capacidad de imaginar su propio final y, al mismo tiempo, los medios para intentar evitarlo. El escenario de extinción representa el límite último de todos los demás futuros posibles. Allí donde la abundancia, el sinofuturismo, el tecnofeudalismo y la inercia discuten cómo viviremos, la extinción plantea la pregunta más radical de todas: si habrá alguien para vivir el futuro.