Francia: el misterio de la encarnación
La Revolución Francesa cortó la cabeza del rey, pero no logró eliminar la necesidad de su figura. De Napoleón a De Gaulle, y de la Quinta República a Macron, la política francesa parece oscilar entre el impulso de destruir toda autoridad y la búsqueda recurrente de un nuevo monarca republicano.
por Pablo Touzon
“La Revolución, incluso y sobre todo si pretende ser materialista, no es más que cruzada mística desaforada”
Albert Camus, “L’homme révolté”, 1951
Toda nación es un carácter. En el caso de Francia, se podría sostener que ese carácter se forjó, en su faceta más contemporánea, con una muerte: la del rey Luis XVI en el potro de la guillotina. Stefan Zweig la describe con precisión novelesca en Fouché, el genio tenebroso, su biografía sobre uno de los dos dirigentes que sobrevivió con la cabeza encima de los hombros (el otro fue Talleyrand) a todas las etapas de la Revolución hasta la restauración monárquica. Fouché, que se convertiría después en el primer jefe de policía (o de Inteligencia) moderno, entonces diputado en la Convención de 1792, tenía que votar en la votación más decisiva de la historia occidental. El tema era sencillo: la ejecución o no del traidor de Varennes, el rey que simulando de manera torpe su aceptación de la nueva monarquía constitucional había sido descubierto complotando con los tronos extranjeros el fin del proceso iniciado en 1789. Cada diputado debía comparecer frente al resto, sobre un púlpito, y sostener el voto con una frase sencilla: La Mort. Imposible encontrar la tangente, la salida por el medio y la solución de compromiso, instancia desesperada para los camaleones natos como Fouché. De ahí en más, la contradicción que fundaría la división derecha-izquierda existente hasta nuestros días dividiría a los regicidas de los indulgentes, en una grieta hecha de sangre imposible de saldar.
“No se puede reinar inocentemente. Todo Rey es un rebelde y un usurpador”, sostuvo Saint Just, el jacobino. No era la primera vez que caía una testa coronada, aquí y allá la historia es pródiga en asesinatos, revueltas, emperadores y reyes muertos por su propio pueblo. Incluso en la monárquica Inglaterra, con su glorious revolution de 1688. Los revolucionarios franceses pretendían ir muchísimo más allá: en el hombre, pretendían matar la idea, perpetrar un salto metafísico, una ruptura de amarras con el pasado que fuese definitiva y, en el mismo acto, dar a luz una legitimidad nueva. “Luis debe morir para que la Patria viva”, una frase de Maximilien de Robespierre en esa misma Convención que expresaba la autoconciencia perfecta de ese crimen fundante.
Luis XVI era torpe, débil, “pollerudo”, irresoluto y superficial: difícil hacer de esa figura evanescente una encarnación del despotismo. La justificación residía entonces en que en el acto de matar a ese Luis se mataría a todos los Luises, y al concepto y la necesidad misma de ese “Padre espiritual”. El hilo se corta, siempre, por lo más delgado. Más tarde en 1833, en una época mucho más escéptica con la posibilidad real de dicha emancipación filial (o más consciente de sus consecuencias) Honoré de Balzac escribiría en El médico rural: “Al cortarle la cabeza al Rey, la Revolución decapitó a todos los padres de familia. Ya no hay familia, no hay más que individuos (…) Al convertirse en un ciudadano, el hijo ha dejado de ser un hijo”. La revolución es un drama familiar: no sólo devora a sus hijos, sino que nace de un parricidio”.
Luis XVI era torpe, débil, “pollerudo”, irresoluto y superficial: difícil hacer de esa figura evanescente una encarnación del despotismo. La justificación residía entonces en que en el acto de matar a ese Luis se mataría a todos los Luises, y al concepto y la necesidad misma de ese “Padre espiritual".
La República de Hamlet
La historia de Francia desde la Revolución podría narrarse como el intento arquetípico de volver a ponerle la cabeza a ese rey guillotinado. Un no saber qué hacer con el vacío resultante. En Francia se encontraron y se hermanaron dos ideologías adversas: la doctrina del racionalismo más abstracto y universal y la doctrina de la persona como encarnación posible de ese principio político. Como si en ese silogismo aparentemente contradictorio quedase expuesta la limitación inherente a cualquier dogma de las ideas puras. Antes que ningún pueblo en el mundo, los franceses experimentaron en carne viva las consecuencias de la “muerte de Dios”, o al menos de su representante político en la Tierra. El culto al Ser Supremo y su estetizante y elitista neopaganismo, el Gran Arquitecto del Universo o el Contrato Social se revelaron muy rápidamente insuficientes para sustituir al viejo principio fallecido. Demasiado burgués para ser místico y demasiado místico para ser burgués, además de demasiado abstracto para una Francia que siempre se jactó de ser “la hija mayor de la Iglesia”. Si el cristianismo es, entre todas las cosas que es, la doctrina del Dios encarnado, era necesario que el desplazamiento de sentido se produzca sobre una persona física, realmente existente, pero transmutada y divinizada. Y esa primera (y, veremos, no la última) encarnación del Buda político se produjo primero en la persona de Napoleón Bonaparte.
Bonaparte es el primer acto (todo en la revolución francesa parece el primer acto de una coreografía que se repetirá, invariablemente, en todas las revoluciones posteriores) del desenlace del drama revolucionario. Durante una década Francia lo había intentado todo, un verdadero laboratorio en tiempo récord de distintos regímenes políticos: de la monarquía constitucional a la Convención, de la Convención al Terror jacobino, del Terror jacobino a la corrupción administrada del Directorio, garante malquerido e ineficaz de los nuevos dueños de los “bienes nacionales” expropiados a la nobleza. Nada parecía funcionar del todo, y sobre todo nada parecía durar. La solución bonapartista consistió en crearle un orden político a esa Revolución mediante un golpe de Estado. Un coup d’État, en la terminología francesa que siguen usando en los países anglosajones, en un giro lingüístico que más parece una jactancia propia. Del consulado al Imperio, todo en Napoleón parece evidenciar su lucidez con respecto al vacío de legitimidad que lo había traído al poder, y que podría recrearse en cualquier momento. Una sensación permanente de piso flojo, que ameritaba una gran sobreactuación de poderío. Bonaparte se lanza al futuro con la fuerza de un Júpiter romano porque no tiene pasado al cual volver, pero intenta sintetizar en su figura lo que la Revolución había separado: el principio de autoridad y el principio de igualdad. Chateaubriand escribiría después: “La igualdad y el despotismo tienen lazos secretos”
La Revolución Francesa había sido también un mecanismo indirecto de venganza de la vieja nobleza reducida a situación de Corte por Luis XIV, el Rey Sol, que la domesticó y desempoderó, convirtiéndola en un mero apósito del poder del Estado. Si en Inglaterra la nobleza le había doblado el brazo a la monarquía, en Francia había sido exactamente al revés. Por este motivo, muchos nobles acompañaron en aquel 1789 a la Revolución esperando una monarquía a la inglesa, con un poder más equilibrado de la corona con la aristocracia que representaban. Nada de eso sucedió, la guillotina no distinguió entre distintos tipos de sangre azul, pero Napoleón era consciente que su intento de síntesis (“Ni bonnets rouges ni talons rouges”, era una divisa de época, lo que equivalía a decir “Ni jacobinos ni aristócratas”) necesitaba de la reconstrucción de la relación entre el nuevo padre y su pueblo de manera directa (de ahí la proliferación de referéndums) y de una nueva versión de nobleza adicta al Estado (los caballeros de la Legión de Honor).
El oximorón del monarca revolucionario, traicionado en público en la famosa escena de la autocoronación, lo que los franceses llamaron “le Sacre” de Napoleón. A pesar de la pompa, a pesar del Papa, a pesar de la ornamentación típica del Antiguo Régimen, la napoleónica sería una corona sin Dios, porque el único Dios era él, por virtud política y mérito guerrero. Un artefacto nuevo, pese al simulacro, donde todo lo que era de Dios pasa al César. Pero en esa coronación farsesca Bonaparte inauguraba un concepto que será perenne y duradero en Francia: las crisis políticas no se saldan con ideologías, partidos o facciones. El país que inventó la grieta dijo por primera vez: de la crisis se sale con personas.
La historia de Francia desde la Revolución podría narrarse como el intento arquetípico de volver a ponerle la cabeza a ese rey guillotinado. Un no saber qué hacer con el vacío resultante. En Francia se encontraron y se hermanaron dos ideologías adversas: la doctrina del racionalismo más abstracto y universal y la doctrina de la persona como encarnación posible de ese principio político.

El Salvador, o la doctrina del Hombre Providencial
“El hombre providencial se define por la conjunción de una crisis profunda, que desestabiliza las estructuras tradicionales de la sociedad, y de la irrupción de una personalidad juzgada capaz, por sus cualidades excepcionales, de encarnar la salvación”
Jean Garrigues, Le Culte de l´Homme Providentiel
“Podría decirse que en promedio cada doce años nuestro país conmocionó las bases del Estado y las reglas de su funcionamiento. Guerras civiles, múltiples revueltas, golpes de Estado e invasiones son el resultado. Esta suerte de ciclo infernal le imprimió a nuestra vida pública un carácter de discontinuidad, agitación e improvisación que terminó revelándose desastroso”
Charles de Gaulle, discurso del 12 de julio de 1945
Michel Winock es uno de los historiadores franceses que mejor analizó y periodizó la mecánica política de un país acostumbrado a las revoluciones como modo de vida, sin juzgarla como una malformación o un delito de leso-liberalismo. Para el historiador, ese malestar en la democracia francesa no es tanto un malestar, en realidad, sino un dato histórico, empírico y comprobable a lo largo de los últimos dos siglos: Escribirá en El Pueblo y el Estado que “existe en la vida política francesa una tendencia a la radicalidad, un espíritu de intransigencia, una inaptitud al compromiso que hacen difícil, sino imposible, el sistema de coaliciones observable en otras democracias europeas”.
Efectivamente, la relación entre las sucesivas crisis políticas y la aparición de la persona síntesis es una constante en toda la historia posterior a la caída de Napoleón en 1815. Antes de 1848, Francia vivió primero un intento demasiado literal de volver el tiempo atrás, al Antiguo Régimen, con la restauración borbónica y el revanchismo de los ultras vueltos del exilio a caballo de los vencedores de la Santa Alianza. Duró previsiblemente poco. Después probó con otro apellido y otra dinastía, los Orleáns, más friendly con los valores de la Revolución, en un intento ya no de volver a 1788 sino a 1791, al viejo sueño aristocrático de la british way of life. El autoproclamado “Rey Ciudadano”. La Primavera de los Pueblos de 1848 se lo llevó puesto, dado paso a una caótica Segunda República que solo duró un par de años, hasta el advenimiento de Napoléon III, el sobrino de Zeus.
Karl Marx lo estigmatizó para siempre en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: de la tragedia a la comedia, de la versión épica a la versión ridícula, el sobrino Luis no sería más que la sombra oportunista y pícara del “espíritu de la Historia a caballo” que supo ver Hegel desde su ventana en el Napoleón originario. Y, sin embargo, y sin caer en revisionismos excesivos, prohijó el orden más estable y próspero de la Francia del siglo XIX, conteniendo socialmente con nuevas legislaciones laborales a la naciente clase obrera, y sepultando de manera definitiva los intentos restauracionistas de las viejas dinastías monárquicas, posibilitando mediante esa estabilidad el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas y la creación de un orden burgués, de la cual el París hausmanniano es un testigo en piedra que llega hasta nuestros días. Nada mal para el “payaso”, que logró recrear por segunda vez y durante veinte años esa categoría de “hombre-síntesis”. La providencia trajo esta vez una encarnación menos pomposa y heroica pero tal vez más eficaz y duradera.
Pero existe otra constante francesa: la derrota militar trae aparejada siempre un cambio de régimen. La victoria de Bismarck en la guerra franco-prusiana en 1871 terminó para siempre con los Bonaparte, “los emperadores de la burguesía” y dio origen a otra revolución, la breve pero intensa Comuna de París, un primer intento de autogobierno “comunista”, aunque la definición sea extemporánea. La Tercera República tiene origen tanto de la represión sanguinaria de los communards como en la invasión alemana. Nace malquerida y ajena, construida sobre un cementerio y una derrota, y con el único denominador común de la lucha contra la Iglesia, el único sucedáneo que encontró el nuevo régimen para conectar con el espíritu de la “Gran Revolución” de 1789. Una suerte de República de Weimar a la francesa, repudiada por izquierda y por derecha, pero que logró, a fuerza de “cretinismo parlamentario”, como diría Lenin, ganar la Primera Guerra Mundial y sostenerse hasta 1940, cuando otras botas alemanas finalmente le darían fin.
Una de sus principales dificultades fue, efectivamente, la incapacidad de encontrar una síntesis nacional más allá de la lucha anticlerical, tan decimonónica. La Tercera República, con su inestabilidad crónica, su parlamentarismo hardcore, su transaccionalismo, sus dirigentes grises (con la notable excepción del Tigre Clemenceau, durante la guerra del 14’), no cumplía con los requisitos necesarios para saturar la herida de la guillotina. Le sobraba república, pero le faltaba monarquía. En Francia, el antiparlamentarismo nace con el parlamento, y siempre tuvo fuerza propia, un clivaje en sí mismo, más allá de la división república-monarquía: el bonapartismo (y después el gaullismo) construirán sobre el rechazo al caos del faccionalismo parlamentario parte de su ethos fundamental.
Como la Tercera República no tenía persona en su vértice, la encontró a los costados. El célebre caso Dreyfuss, de connotaciones crísticas (después de todo, se trataba de otro judío condenado injustamente), encarnó la división binaria del país en el cuerpo de un solo hombre, la encarnación viva de otro clivaje creciente en ese siglo, el del antisemitismo, y de la lucha entre la justicia y la razón de Estado. También data de esos años la recuperación de la figura de Juana de Arco, emblema paradojal tanto de la izquierda republicana, del nacionalismo revolucionario y de la resistencia popular, como de la derecha nacionalista y católica, símbolo de la Francia eterna, pura y anticosmopolita.
Bonaparte inauguraba un concepto que será perenne y duradero en Francia: las crisis políticas no se saldan con ideologías, partidos o facciones. El país que inventó la grieta dijo por primera vez: de la crisis se sale con personas.
La monarquía republicana: la encarnación como Constitución
“La democracia conlleva siempre una forma de incompletud, porque no se basta a sí misma. En la política francesa, ese ausente es la figura del Rey, de quien creo fundamentalmente que el pueblo francés no quiso su muerte. El Terror cavó un vacío emocional, imaginario y colectivo: ¡El Rey ya no está aquí!
Emmanuel Macron, Le 1, 2015
“Francia es un país que fue hecho por reyes, que continuó bajo emperadores y que sólo acepta la República si esta le garantiza la misma majestad del Estado. El presidente francés no es un primer ministro a la británica o un canciller a la alemana: es el guardián de un misterio colectivo”
François Mitterrand, Le Nouvel Observateur, 1984
En 1940 Francia vivió el que probablemente haya sido el drama nacional más grande de toda su larguísima historia. No se trataba meramente de haber perdido una guerra, ni de ver su capital invadida por los odiados boches alemanes. La derrota fulgurante e inesperada produjo, justa o injustamente, un repudio generalizado a la debilidad de la Tercera República que la había gestado. Y provocó, dado el nivel de trauma, una suerte de inflación de hombres providenciales. A falta de uno, hubo dos, enfrentados entre sí, en una guerra civil abierta. El Mariscal Pétain, cabeza formal e institucional del Estado francés, con plenos poderes votados en un último y suicida acto por la Asamblea Nacional; y Charles de Gaulle, el general que decidió no rendirse, no colaborar con los nazis y fabricar, con un voluntarismo genial, una legitimidad alternativa desde su exilio en Londres.
Pétain, el anciano ex héroe de la guerra del 14, sostuvo en su primera transmisión radial al pueblo francés que haría “el don de su persona” para la salvación de la Patria, lo cual implicaba para él la rendición frente a Adolfo Hitler y la persecución de una política de “colaboración” con el Tercer Reich. Colaborar para resguardar lo que queda, y en el medio crear un franquismo a la francesa, reemplazando la vieja divisa de “Libertad, Igualdad, Fraternidad” por una nueva acorde al gusto alemán: “Trabajo, Familia, Patria”, en ese orden). Para De Gaulle el don de su persona tenía un sentido inverso: resistir, aunque sea en la más profunda soledad, implicaba fundar con sus doce apóstoles una Iglesia alternativa. Condenado a muerte por su mismo Estado y sin ningún oropel formal que lo rubricase, De Gaulle (que siempre había tenido “una cierta idea de Francia”) levanta la cruz del piso e inventa una Francia nueva, la “Francia Libre”, que básicamente, y al principio, solo era él mismo. Este juego espejado de mesías y de falsos profetas es útil para ver, ya sin ninguna mediación ni velo, la lógica, y el misterio, de la encarnación francesa. Su infierno y su cielo, simultáneamente y en tiempo real.
La particularidad de De Gaulle en la historia francesa, en la comparación que siempre suele establecerse con Napoleón, es que mientras el bonapartismo explotaba una Francia de la expansión, surgida de los fuegos revolucionarios, de los triunfos militares y de ser la bomba demográfica de Europa, a De Gaulle le tocó encarnar una Francia del repliegue, de la gestión de dos derrotas y de dos humillaciones, como fueron la derrota frente a Alemania y la Guerra de Argelia. Como no tenía nada, tenía que tener carácter, quizás la única forma de tener poder cuando su sola carta es un ancho falso
Terminada la guerra, De Gaulle entendió que para no repetir los errores de la Tercera República que terminaron en el desplome frente a los nazis, y en un esfuerzo refundacional, Francia debía construir una nueva Constitución, un nuevo marco jurídico que integrase de manera sistémica las dos Francias. Un corazón republicano y una cabeza monárquica para evitar de una vez por todas el barquinazo entre el asambleísmo revolucionario y el monarca popular. En esa ocasión “perdió la discusión” frente al resto de los viejos partidos y se retiró a la soledad de su nueva travesía del desierto, quizás comprendiendo que la parte de la mística política supone, también, el saber desaparecer, escenificar un vacío. La Cuarta República prosiguió su marcha sin él, hasta que las tensiones de la Guerra de Argelia y el caos a la italiana del nuevo régimen activaron un “Operativo Clamor” de buena parte de la misma clase política que lo había repudiado. Investido nuevamente del papel de Salvador, en 1958 volvió al poder con su Constitución bajo el brazo. La de la Quinta República, la más duradera, y, por ahora, la definitiva.
La Constitución de la Quinta República tiene sincretismo pragmático y contradictorio, como la realidad misma, que tiene, sin embargo, una sola gran debilidad: depende para su funcionamiento que alguien pueda encarnar a ese monarca. Supone que siempre habrá un “carisma” a la vista.
La Constitución de la Quinta República tiene una virtud: incluye la contradicción francesa, y no la repudia. Se construye empíricamente, a la británica, no desde la razón pura sino desde la experiencia, la historia y la cultura realmente existentes. Aspira a fusionar ambos conceptos, la monarquía y la república, en una suerte de monarquía electiva que concede amplios poderes al ejecutivo sin destruir a la asamblea. La Francia de la barricada y la Francia del Palacio, en un mismo texto. Un sincretismo pragmático y contradictorio, como la realidad misma, que tiene, sin embargo, una sola gran debilidad: depende para su funcionamiento que alguien pueda encarnar a ese monarca. Supone que siempre habrá un “carisma” a la vista.
En aquellos años su adversario más destacado, el florentino François Mitterrand , político de mil rostros, escribió El Golpe de Estado permanente, libro en donde denunciaba la mecánica gaullista. Paradojalmente, fue uno de los presidentes post gaullistas que mejor pudo acomodarse (por personalidad y por deseo) al rol que De Gaulle había diseñado. Un dato no menor si se tiene en cuenta el derrotero de los sucesivos “reyes” que se sucedieron después del retiro y muerte del viejo General, herido en un ala por el psicodrama del Mayo del ’68 (así lo llamó, con justicia, Raymond Aron). A esa sociedad francesa de los treinta gloriosos, del crecimiento económico y la revolución sexual, De Gaulle le pesaba. Era un poco demasiado mármol, demasiado héroe para las necesidades de ese presente más hedonista y contestario. Entonces se lo sacó de encima en un segundo parricidio, que todavía les pesa.
¿Una Constitución para héroes en una sociedad post heroica? Si uno tuviese que resumir, y resumir mucho, podría clasificar a los sucesores del rey De Gaulle en base a los legítimos intentos de adaptar el traje demasiado grande del General a sus propias posibilidades personales. Así, Pompidou fue el primer delfín tecnócrata, anclado en la gestión, modificando la retórica de la “grandeza de Francia” por el imperativo industrial y desarrollista. Valery Giscard D’ Estaing quiso ser el primer presidente a la americana, moderno y liberal, un Kennedy francés que cultivó la cercanía calculada, la “despompa” presidencial, fotografiándose en traje de baño, tocando el acordeón en la televisión y mostrando a su familia (llegó demasiado temprano a la era de Instagram). Un intento de desacralización fallido que llamó a un Mitterand que pronto se despojó del barniz izquierdista para convertirse en “El Faraón”, con un estilo distante y hierático, secreto, casi literario, un paso del Rey combatiente al Rey filósofo, escritor, y sus grandes obras públicas, como la Biblioteca Nacional, la Pirámide del Louvre, o el Arco de la Defensa, que revelaban su guerra personal contra el tiempo.
Mitterand fue quizás el último presidente de la Quinta República tal y como la concibió De Gaulle. Después de él, Jacques Chirac remedó un poco al Rey Juan Carlos de España, simpático, algo perezoso, presente en lo importante pero ausente en todo lo demás; Sarkozy entendió que su “hiperpresidencialismo” era solo otra forma de llegar a la celebridad, un exhibicionismo que junto con su predilección abierta por el dinero terminaron cristalizándolo en una suerte de hiperquinético, al estilo de un Massa francés; Hollande, con su slogan de la “presidencia normal”, intentando explícitamente ser un anti Sarkozy, un ciudadano común, y que terminó eyectado del cargo en mínimos históricos de popularidad precisamente por eso. La paradoja francesa y el núcleo de su contradicción pueden verse hoy, finalmente, en Macron, que sí intentó reclamar con su presidencia jupiterina la solaridad real y el decisionismo ejecutivo, pero se encontró con el otro corazón republicano y revolucionario que ahora lo quiere guillotinar.
De alguna manera, Francia sigue atrapada en el bucle de 1793: necesita la cabeza del Rey, pero no puede resistir el impulso de cortársela.
De alguna manera, Francia sigue atrapada en el bucle de 1793: necesita la cabeza del Rey, pero no puede resistir el impulso de cortársela.