Ha empezado el Siglo XXII

Si las redes sociales erosionaron las jerarquías tradicionales y fragmentaron los regímenes de verdad, la inteligencia artificial podría inaugurar una nueva etapa civilizatoria. ¿Estamos ante el fin de la crisis de autoridad o frente a una mutación aún más profunda de la política contemporánea?

por Federico Zapata

2073

¿Pueden la IA igualar, incluso superar, a la inteligencia humana? ¿Podría, en un escenario como ese, perseguir objetivos que vayan en contra de los humanos? ¿Los artefactos y los programas hacen política? Conocemos bastante de la política de la era de las redes sociales, pero poco de la naciente política de la era de la IA. Tendemos a proyectar una continuidad, como si la IA fuera la perfección de un desarrollo tecnológico lineal, pero sin embargo, es posible que estemos frente a un salto cualitativo de nuestro ser en el mundo ¿Cuál sería entonces la política que la IA presagia? 

En 2073, la película inspirada en La Jetée (1962) de Chris Marker, el director inglés de origen indio, Asif Kapadia, construye una prospectiva ficcional destinada a inocular “el virus” de la acción a partir de generar una pregunta: ¿es inevitable 2073? La película transcurre en “Nueva San Francisco” (una San Francisco devastada), donde una sobreviviente solitaria y subalterna reflexiona sobre cómo el colapso climático y la vigilancia impulsada por la tecnología transformaron el mundo. ¿Quiénes mandan? ¿La super élite que lideró la revolución tecnológica o es la tecnología la que, incluso para comodidad de esa minoría, ha tomado las riendas de la función gubernamental? La respuesta no es concluyente. 

¿Cómo es la vida en esa distopía climática y tecnológica? Una pequeña minoría lleva una “existencia” lujosa en un ecosistema artificial construido en la cúspide de rascacielos, más allá de la nube de polvo y contaminación que se ha vuelto permanente. Una “matrix” del buen vivir al interior del colapso. Abajo, en el llano, la vieja ciudad de San Francisco, abandonada, desértica, sombría. Los habitantes deambulan en busca de las sombras bajo la vigilancia eficiente de un enjambre de drones comandados por un sistema de IA. La situación mendicante se ve interrumpida por esporádicas revueltas anómicas, inútiles, que se parecen bastante a los últimos respiros de esa humanidad en extinción. En la memoria nauseabunda de la protagonista se suceden las imágenes de su viejo mundo (nuestro siglo XX) y también las escenas de cuando su viejo mundo comenzó a desvanecerse (¿nuestro mundo actual?) ¿Es inevitable 2073? 

La política de las redes sociales 

Antes de intentar pensar la política que vendrá en la era de la IA, me gustaría empezar identificando, sin ninguna pretensión de novedad, el núcleo duro de la política en la era de las redes sociales: la crisis de las relaciones asimétricas y la emergencia de la verdad scrolleada. Esta civilización tiene un parto preciso el 9 de enero de 2007, cuando el fundador de Apple, Steve Jobs, anuncia una innovación “que va a cambiarlo todo”. Acto seguido, muestra por primera vez un iPhone. La frase parecía una exageración publicitaria en el contexto de la presentación, pero cobraría sentido con el correr de los años. Es que la interfaz táctil instauró un lazo carnal entre el cuerpo y el aparato (una bio-máquina), que aceleró por completo la conformación del metaverso digital, con su consecuente licuación del espacio y el tiempo.

En pocos años, se producirán una secuencia de acontecimientos e innovaciones que completarían el sentido de la posexperiencia. En 2008, la quiebra de Lehman Brothers, la emergencia de la primera tienda de aplicaciones (App Store), de Spotify y de Airbnb, y el triunfo electoral de Obama en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. En 2009 la aparición de WhatsApp, el Movimiento 5 Stelle y Uber (y la sharing economy). En 2010 sería el turno de Instagram, en 2011 de iCloud y en 2012 de Tinder. Hasta el 2008, se habían digitalizado documentos e información. A partir de entonces, se digitalizará la vida social y nuestros perfiles personales. 

Como bien identificó Alessandro Baricco, esta nueva posexperiencia, y quizás aquí radica el corazón de su naturaleza revolucionaria, no se limitó a una minoría exclusiva, sino que fue accesible a la totalidad del cuerpo social. Es decir, a diferencia de la lógica que primó en innovaciones anteriores (la exclusividad del acceso), la revolución digital y su tendencia a la universalización del acceso creó una redistribución de poder favorable a los de abajo, que se materializó en un aumento del ego de los comunes en desmedro del reconocimiento a la función de la autoridad y del rol de las intermediaciones. Hete aquí la raíz civilizacional de la crisis estructural de autoridad: de la teledemocracia (en el marco de la sociedad fordista estructurada verticalmente) a la ciberdemocracia (en el marco de la sociedad digital hiperconectada en forma de red). 

La interfaz táctil instauró un lazo carnal entre el cuerpo y el aparato (una bio-máquina), que aceleró por completo la conformación del metaverso digital, con su consecuente licuación del espacio y el tiempo.

Desde otra perspectiva, el escritor y analista Martín Gurri señala que, cuando la disrupción digital transformó a los consumidores de información en productores de contenidos (prosumidores), entró en crisis la columna vertebral de la autoridad que había regido el siglo XX. La nueva civilización lesionaría la dimensión vertical del poder a partir de la emergencia de una arena reticular y horizontal, igualitarista, radicalmente democrática, donde el público, desde los dispositivos y redes sociales, tendrá la capacidad de infligir daños considerables a las élites y sus instituciones: la Primavera Árabe (2010-2012), Occupy Wall Street (2011), el movimiento 15M en España (2011), Black Lives Matter (2013), Ni Una Menos en Argentina (2015), Nuit Debout en Francia (2016), la revuelta en Chile (2019), las protestas en Hong Kong (2019), el asalto al Capitolio (2021). 

Una hemorragia que no se detiene. Vivimos en un mundo donde el déficit de confianza es constante: desconfiamos de la publicidad, de los medios de comunicación, de los científicos y de los políticos; sospechamos que toda la comunicación que emana de una relación vertical de poder implica motivaciones oscuras; desconfiamos de la teoría democrática de la representación (creemos, cada vez más, que los intereses de nuestra élite no coinciden con los nuestros). En síntesis, y siguiendo la enumeración conceptual que Emmanuel Bisset desarrolla en un gran ensayo publicado en esta revista, la crisis de las relaciones asimétricas implica la erosión de la confianza en el poder y las intermediaciones tradicionales: los medios de comunicación (que producían un mundo común mediante la información), el complejo científico (responsable de instaurar una verdad intersubjetiva mediante el método científico) y las instituciones políticas (que legitimaban la asimetría como lenguaje fundante del orden). 

Ahora bien, como han identificado los estudios contemporáneos de comunicación en el campo de peer trust, este fenómeno estructural de descreimiento social y de crisis de autoridad no desemboca necesariamente en un escepticismo total. De hecho, Balmaceda, De Paoli y Marenco plantean que en los últimos años, cada vez más personas depositan su confianza en desconocidos que se manifiestan como pares. Los autores la llaman la paradoja de la crisis de confianza. De tecnopopulistas a influencers, esta plebeyización de la forma político-social pone en crisis la verticalidad de la dimensión democrática pero no su dimensión horizontal. No es la falta de democracia la que está llevando puesta los sistemas políticos occidentales sino su radicalización.  

¿Cómo se relaciona esta crisis estructural de la autoridad con la emergencia de un nuevo régimen de verdad? Como no podía ser de otra manera, en este terreno tenemos también una democratización de la producción de la verdad, que paradójicamente, atenta contra la pretensión de universalidad e intersubjetividad de la misma. Si en la modernidad industrial la verdad se construía en torno a la autoridad (lo mismo que la mentira), en la era digital, la élite ha perdido el monopolio de esa producción, que ahora se encuentra descentralizada en un juego caótico de burbujas digitales y sesgos cognitivos. Bajo el reinado de la verdad scrolleada, pesan menos los hechos y los juicios autorizados, y más la capacidad de narración (en el sentido audiovisual) para volver rápidas, atractivas y viralizables determinadas versiones de lo que es y de lo que no es.

Se trata de una modificación del diseño de la verdad: síntesis y velocidad en la red, sustituyen la exactitud y precisión sacralizada de los intermediarios de la modernidad verticalizada. Fordismo de verdad homogénea versus redes de verdad segmentadas. Con acidez provocativa, Baricco afirma que “posverdad” es el nombre que la élite le da a las mentiras cuando quienes las dicen no son las élites sino otros. Por supuesto que esta pluralización de la verdad (y de la mentira), ha puesto en crisis, allí donde no existen gobiernos autoritarios, la generación de consenso que requieren las sociedades democráticas. Un detalle de color al respecto: China dictó en 2025 una normativa por la cual los creadores de contenidos digitales que difunden información sobre salud, derecho, economía, educación y medioambiente deben presentar títulos académicos, certificados técnicos o licencias profesionales antes de emitir opiniones en plataformas digitales. La potencia comunista parece advertir, que el riesgo de un nuevo Tiananmén yace en las entrañas de la civilización digital. ¿Y si en realidad estamos presenciando su estertor?

La revolución digital y su tendencia a la universalización del acceso creó una redistribución de poder favorable a los de abajo, que se materializó en un aumento del ego de los comunes en desmedro del reconocimiento a la función de la autoridad y del rol de las intermediaciones.

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La política emergente de la IA

¿La política emergente de la IA será una profundización de estas dos dinámicas centrales de la sociedad de la exposición (Harcourt dixit) o este salto tecnológico implica una potencial alteración sustantiva de la actual dinámica evolutiva? La hipótesis de este ensayo es que lo que estamos asumiendo como una continuidad o aceleración es en realidad un salto cualitativo de nuestro modo de ser en el mundo, y por esa vía, una condición de posibilidad para revitalizar una nueva forma de gobernanza democrática. Es decir, 2073 puede ser diferente. El punto es que, para poder operar sobre el presente, será necesario crear ideas poderosas y movilizadoras sobre el futuro, ese campo de batalla en el que los tecnoempresarios han comprendido correctamente que se dirime el desarrollo de los nuevos negocios, del nuevo trabajo y también de la nueva política. 

La sociedad digital —y la sociedad de la IA no parece operar en sentido contrario—  ha desplazado al pasado de su preeminencia para organizar el deseo y el presente, y en ese movimiento, han confinado a muchas fuerzas democráticas, populares y progresistas al pantano de la impotencia: sin capacidad para reinventarse en estas nuevas reglas de juego, han quedado atrapadas en anacronismos fantasmagóricos sin potencia para disputar el sentido de la historia que vendrá, apenas para pronosticar apocalipsis. Como resultado, los tecno-empresarios han quedado hablando y pensando solos. El problema no es estar en contra de ellos, ni siquiera buscar controlarlos (otra forma de derrotismo e impotencia), sino de construir un poder alternativo de producción de futuro, capaz de moldear el presente cercano y el futuro que necesitamos como especie. 

Intentemos avanzar en una analítica de la IA para pensar su potencial político. Si la revolución industrial automatizó el trabajo manual y la fuerza física, la revolución de la información el cálculo, el archivo y el procesamiento de información, la revolución de la IA puede permitirnos automatizar la percepción, la interpretación, la coordinación y la decisión. Incluso, como desarrolla Daniel Innerarity, la propia automatización. Es decir, allí donde la revolución industrial multiplicó los músculos y la revolución de la información el cálculo, la IA puede multiplicar la capacidad cognitiva aplicada. Por eso, el impacto potencial es mucho más horizontal: afecta simultáneamente a profesiones manuales, administrativas, creativas, analíticas y directivas. Y también, como no podía ser de otra manera, al régimen político y las funciones gubernamentales. 

Ahora bien, a diferencia de la vieja programación (la del siglo XXI), la IA opera más como un ecosistema biológico que como un mapa cibernético. Es decir, se trata de una nueva tecnología de inspiración biológica, en tanto y en cuanto, funciona como sistemas que aprenden del mundo y evolucionan con él. Para ser más explícitos: su destino no está predeterminado en un código de fuente, sino que depende de la coevolución que construya con la humanidad (ChatGPT 1, 2, 3, etcétera). Por lo tanto, el límite entre la máquina y el humano es imposible, ya que lo que tenemos es simbiosis. ¿Es posible “controlar” un entramado tecnológico cuya naturaleza es evolucionar? ¿Es deseable “humanizar” una tecnología cuya fortaleza es desarrollar una inteligencia fuera del alcance de la inteligencia humana? ¿Acaso “la opacidad” tecnológica y de digitalización no es similar -y tan difícil de decodificar- como “la opacidad” analógica o de manualización? (pensemos en la opacidad de los sistemas judiciales, por ejemplo).

La modernidad industrial la verdad se construía en torno a la autoridad (lo mismo que la mentira), en la era digital, la élite ha perdido el monopolio de esa producción, que ahora se encuentra descentralizada en un juego caótico de burbujas digitales y sesgos cognitivo.

Quiero profundizar este singular cuadrante, porque ahí reside precisamente el potencial para una acción política creativa: la tecnología de IA es impredecible y coevolucionará con la intención y la interacción humana. Por lo tanto, todo intento “objetivo” por decirnos cómo será el mundo con la IA es en realidad un campo de disputa político por moldear esa coevolución no predeterminada. Mientras la vieja política se obsesiona — con traje y corbata—  por legislar la IA, una nueva política debería enfocarse en el desafío civilizacional de construir capacidades críticas en la sociedad, con el objetivo de evitar la obsolescencia de nuestras facultades cognitivas y territoriales. En ese terreno se defiende la frontera de la soberanía en la era de la IA. 

Es decir, las fuerzas sociales (y las fuerzas políticas que buscan jerarquizarlas), en lugar de enfocarse en la frustrante tarea de controlar y humanizar la IA, podrían en cambio poner todas las energías en aumentar la agencia humana en el destino de esa coevolución. Precisamente, porque el problema no es el control ni la humanización de una tecnología que consiste en mutar permanentemente y producir opacidad emergente. Una opacidad que no surge de una intención deliberada ni de una mera complejidad técnica, sino de dinámicas inesperadas generadas por la propia autonomía operativa de estos sistemas. El verdadero desafío es la jerarquización de la agencia humana en este nuevo ambiente artificial que hemos creado y que, a pesar del fatalismo dominante, abre posibilidades inéditas para potenciar capacidades humanas. 

Pensemos ahora en el impacto potencial de esta tecnología en la producción de verdad y de autoridad. Hay una estrecha relación entre los medios de comunicación (y los medios de producción) y las formas políticas. Las formas políticas de la era de la imprenta no son las mismas que las formas políticas de la era de la radio y la televisión. Y las formas políticas de las redes sociales no serán las mismas que las formas políticas de la IA. En concreto, así como las redes sociales supusieron una mayor distribución de los centros de difusión y producción de autoridad-verdad, la IA puede devolverles una columna vertebral a los sistemas gubernamentales occidentales: la verdad es, para la IA, un subproducto de patrones estadísticos construidos sobre una recuperación de la noción de método científico: conocimiento públicamente verificable, corregible y acumulativo. Una posible polis intersubjetiva. Si las redes sociales amplificaron la hiperpolarización, la emocionalidad, las microverdades y los tribalismos, la gran pregunta política de la era de la IA es si esta nueva tecnología puede contribuir a construir algún centro de gravitación común desde el cual organizar formas de autoridad, coordinación, sentido compartido y progreso colectivo. ¿Por qué no?

Así como las redes sociales fueron los medios de comunicación de la posmodernidad, ¿puede la IA ser -mediando una acción política constituyente– la infraestructura de neomodernidad? ¿Hemos creado a nuestro sucesor evolutivo o nos quieren hacer creer que estamos creando a nuestro sucesor evolutivo? ¿Y si en realidad estamos creando la posibilidad de compatibilizar democracia y aceleración tecno-productiva? ¿Por qué no podríamos disponer de un gemelo digital -un avatar- que nos permita ser parte de un debate democrático funcional que procese finalmente consenso y decisión? ¿No estamos acaso transitando un momento histórico que como especie nos obliga a recostarnos sobre la única corporal para gobernar la inteligencia sin cuerpo? 

La política subalterna de la era de la IA, podría ser en este punto y paradójicamente, una política de la inteligencia corporal. La inteligencia que nos permite relacionarnos, soñar, crear valor, trabajo inmaterial, producir cooperación colectiva, pensar en entornos humanos, naturales y culturales. Para soñar, necesitamos volver a existir —a crecer, educarnos, relacionarnos y reproducirnos—  más allá de la nube. Vaya disyuntiva: o nos transformamos en el combustible de la IA o utilizamos la IA para recuperar nuestra agencia corporal. 

En síntesis, si este ensayo tiene algún sentido, el desafío que tenemos por delante no es tecnológico, es cognitivo. Es construir una nueva infraestructura social, económica y política que en lugar de asumir a la IA como nuestro sustituto (y al colapso ecológico como nuestro destino inexorable), la entienda como una catalizadora que nos obligue a elevar nuestro propio nivel cognitivo social (y a utilizar el salto de productividad para conciliar la producción con el ecosistema biológico). Decía Norbert Wiener, el padre de la cibernética: “El mundo del futuro será una lucha cada vez más exigente contra las limitaciones de nuestra inteligencia, no una cómoda hamaca en la que podamos tumbarnos para que nos atiendan nuestros esclavos robot”. Sueñan las máquinas y los tecnoempresarios ¿Puede soñar la humanidad? 

Para soñar, necesitamos volver a existir —a crecer, educarnos, relacionarnos y reproducirnos—  más allá de la nube. Vaya disyuntiva: o nos transformamos en el combustible de la IA o utilizamos la IA para recuperar nuestra agencia corporal.