«Si mi abuelita no hubiera muerto, estaría viva» era la respuesta humillante que recibía cualquier estudiante de la carrera de Historia al que se le ocurriera preguntar qué habría pasado si Rosas hubiera ganado la batalla de Caseros, si Perón no se hubiera candidateado en 1946, o si se hubiera impuesto la política proteccionista e industrial que proponían Pellegrini, Rocha y Cané en los debates parlamentarios de 1875. Contrafácticos, ese era el nombre de tal herejía: ir en contra del sentido de los hechos, únicos e irreversibles, de la Historia. Algo que ningún historiador serio haría. O casi:
Si los habitantes del Peloponeso hubieran sido más audaces, habrían podido fácilmente navegar hasta el Pireo… habrían obligado a la flota salida de Jonia a volver para ayudar a su propio pueblo y a la ciudad misma, a pesar de su gran hostilidad hacia la oligarquía.
Ese fragmento pertenece al libro VIII de la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, considerado el verdadero padre de la Historia entendida como investigación rigurosa (a diferencia de Heródoto, que usaba oráculos entre sus fuentes). El padre de la Historia no le tuvo alergia a un contrafáctico. Años después, Blas Pascal fijó en sus Pensamientos el meme definitivo del razonamiento contrafáctico: «Si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta, la historia del mundo habría sido diferente». Aquí el contrafáctico está agravado porque la supuesta belleza de Cleopatra no tiene otra fuente que una obra de Shakespeare escrita siglos después.
¿En qué momento cambió el juicio sobre la historia contrafáctica? ¿Cuándo pasó de ser un razonamiento legítimo a una pérdida de tiempo? Con la Modernidad. El cambio de juicio sobre la historia contrafáctica se explica por el cambio del sentido social de la Historia y del tiempo mismo. Desde Tucídides (siglo V a.C.) hasta Pascal (siglo XVII), la Historia fue entendida como una especie de reserva de ejemplos: el peso de la tradición llevaba a pensar que nada nuevo podía pasar, que los eventos tendían a repetirse y que el tiempo era más o menos cíclico. Por eso siempre valía la pena estudiar las grandes decisiones morales, políticas y militares del pasado para saber qué hacer en el futuro. La Historia era la «maestra de la vida», decía Cicerón. Sobre esa idea de la Historia, era legítimo y útil juzgar si los hombres del pasado habían hecho mal y qué otra cosa podrían haber hecho.
A partir del siglo XVIII esa visión empezó a cambiar. El sostenido progreso material de Europa y de algunas de sus colonias llevó a pensar que las condiciones de vida estaban transformándose irreversiblemente. Más que un ciclo de hechos repetidos, la Historia ahora era una flecha hacia el futuro. La Revolución francesa terminó de matar a la «maestra de la vida»: nada en el pasado permitía prever ni comparar semejante quilombo. René de Chateaubriand la pasó mal intentando escribir una Historia de la Revolución. Si la Historia ya no enseñaba nada, ¿qué sentido tenía estudiarla? La respuesta vendría del historicismo alemán, con Hegel a la cabeza: la Historia es su propio sujeto y se explica a sí misma. ―¿Para qué nos sirve estudiar Historia? me preguntaban los estudiantes del Colegio San Marcos, de El Talar. ―Para saber Historia, respondía yo. Por suerte para ellos, dejé la docencia.
En otro orden de tiempo
La ruptura moderna con el pasado alimentó el historicismo del siglo XIX: en Europa y América se crearon carreras universitarias para formar a historiadores profesionales capaces de estudiar al pasado como algo totalmente distinto al presente, con un método que, entre otras cosas, prohibía la historia contrafáctica. Pero la ruptura con el pasado también alentó el reflejo inverso: si el futuro ahora era abierto e indeterminado, cabía pensar que el pasado también podía serlo. Por fuera de la academia empezaron a circular novelas y relatos históricos que partían de la premisa de que algo hubiera ocurrido de otra manera, desde Histoire de la Monarchie universelle: Napoléon et la conquête du monde (1812-1832), de Louis Geoffrey, que imagina que Napoleón triunfa en Waterloo, hasta Historic Doubts relative to Napoleon Buonaparte, del arzobispo Richard Whately, que imagina que Napoleón no existió.
Fue en esta época cuando Charles Renouvier inventó el término «ucronía» para su «ensayo histórico apócrifo de lo que no fue, de lo que pudo haber sido». La palabra entró pronto a los diccionarios como «utopía en la Historia». Pero la utopía era una dimensión espacial, un producto del siglo XVI, la crisis religiosa y la expansión ultramarina: una época dispuesta a encontrar o inventar una sociedad perfecta en cualquier punto del mapa. La ucronía, al igual que la distopía, era un producto del siglo XIX, una época en la que el tiempo se vivía como un flujo progresivo hacia un futuro infinito. Inspirados por el darwinismo y por la geología moderna, aparecieron libros especulando con la evolución de la Tierra y la especie humana a mil años. Las propias utopías dejaron de ser espaciales para pasar a ser temporales: estaban en el futuro. Bajo esa idea de temporalidad indefinida, era legítimo preguntarse también por las probabilidades del pasado. Todavía bien entrado el siglo XX siguieron apareciendo libros como The Ifs of History, del periodista norteamericano Joseph Edgar Chamberlin; o If It Had Happened Otherwise, volumen colectivo compilado por el británico J. C. Squire, en donde se destaca un artículo de Winston Churchill imaginando un mundo alternativo en el que el Sur ganó la Guerra Civil norteamericana y en el que un historiador imagina qué hubiera pasado si ganaba el Norte.
La ruptura moderna con el pasado dio lugar al historicismo pero también alentó el reflejo inverso: si el futuro ahora era abierto e indeterminado, cabía pensar que el pasado también podía serlo
Sin embargo, ese tipo de ejercicios fantasiosos de a poco fue desplazado por los productos ultraprocesados de las ciencias sociales y las estadísticas, los dos tanques intelectuales del siglo XX. El primer aporte teórico a las ucronías lo hizo Max Weber en 1906, al considerar que solamente el análisis contrafáctico puede dar a la Historia el estatus de ciencia que, aparentemente, ya tenía la sociología. Esta experiencia imaginaria permitiría establecer y jerarquizar las causas históricas. De hecho, según Weber, los historiadores ya recurren a razonamientos contrafácticos pero de manera inconsciente. De lo contrario, ¿cómo pueden juzgar que el general Lee o Felipe II tomaron una mala decisión sin suponer que otra decisión hubiera dado mejor resultado?
Bajo la inspiración de Weber, y aprovechando el nuevo poder computacional, después de la Segunda Guerra Mundial en las universidades norteamericanas se desarrolló la «cliometría». Economistas como John R. Meyer o Robert Fogel usaron largas series estadísticas para proyectar un pasado distinto alterando alguna variable específica, como el desarrollo económico norteamericano sin ferrocarriles o la sustentabilidad de la esclavitud sin la abolición de 1865. Por estos experimentos estadísticos, Fogel ganó el Nóbel de Economía y también el abucheo de historiadores como E. H. Carr, Eric Hobsbawm o E. P. Thompson.
Mientras tanto, la tradición literaria de las ucronías sobrevivió en la ciencia ficción, desde The Sound of His Horn, publicado por Sarban en 1952, que imagina un triunfo del III Reich, hasta The Difference Engine, obra basal del steampunk firmada por William Gibson y Bruce Sterling en 1990.
La grieta de Ferguson: la historia virtual
En 1991 no terminó el siglo XX pero sí terminó de caer una manera de entender a la Historia y la sociedad: determinista, sujeta a leyes, estructuras y variables rígidas. El estructuralismo francés, el funcionalismo norteamericano y el marxismo en todas partes habían alimentado la idea de que a lo largo de la Historia había ocurrido (e iba a ocurrir) lo que tenía que ocurrir. La implosión de la URSS, algo que cinco años antes ni el anticomunista más rabioso esperaba que pasara, ponía en cuestión cualquier determinismo. Las reacciones fueron dos. Por el lado del posmodernismo, el giro lingüístico de los años 70 encontró en la década 90 a su historiador partisano, Hayden White: la historia es un texto que se escribe y reescribe (y el estilo realista ya no servía para narrar los eventos traumáticos del siglo XX). Por el lado del (paleo)modernismo, en 1997 Niall Ferguson presentó su «historia virtual».
Según Ferguson, la historia contrafáctica falla por concentrarse en causas reduccionistas y un solo punto de divergencia (el acontecimiento o la decisión críticos). Su propuesta es recuperar todo el espectro de posibilidades de un momento histórico dado, tomando en cuenta los conocimientos y dificultades de los actores en ese momento. Para esa tarea, apela a la mecánica cuántica, la teoría de los fractales y la teoría del caos. Como pasa cada vez que las ciencias sociales saquean la caja de herramientas de las ciencias duras, no van más allá de transformarlas en metáforas.
Independientemente de sus aportes metodológicos, el mérito de Ferguson fue captar el espíritu de su época: el fin de las ideologías y de los grandes relatos; el «presentismo» y la imposibilidad de imaginar un futuro distinto; y la fascinación por los cruces entre realidad y ficción que llevó a un revival de Philip K. Dick en los años 90. En ese contexto, su «historia virtual» desanda un siglo de «historia desde abajo» para volver a poner en valor a los grandes hombres, las grandes decisiones y los grandes acontecimientos. Y recupera la vieja aspiración de hacer de la Historia una ciencia dura. Es un retorno a la Historia positivista del siglo XIX pero en plena posmodernidad.
Pronto empezaron las críticas contra Ferguson, esta vez de parte de otro historiador británico, Richard Evans, que le dedicó un libro entero. Según Evans, la realidad histórica es suficientemente rica y compleja como para estar jugando con fantasías alternativas cargadas de juicios de valor. La principal aplicación de la historia virtual está en la hipótesis que sostiene Ferguson a lo largo de las 500 páginas de su obra maestra, Empire. How Britain Made the Modern World: el mundo hubiera sido un lugar peor sin el Imperio británico. Firma: un ciudadano británico.
Sin embargo, el estrellato creciente de Ferguson, incluyendo su ingreso a Oxford y Harvard, legitimó a la historia virtual. Incluso en Argentina, el prestigioso sociólogo Juan Carlos Torre depuró un contrafáctico que ya había usado en sus estudios sobre el peronismo y redondeó el artículo La Argentina sin el peronismo. ¿Qué hubiera ocurrido si hubiese fracasado el 17 de octubre?, incluido en la edición en castellano de Historia virtual.
El problema de la historia virtual es que es bastante poco imaginativa: otra historia chata y sin pliegues de grandes personajes que toman grandes decisiones, y se presenta como un relato más coherente que la propia realidad histórica

Hay un lugar en el mundo en donde la historia contrafáctica es totalmente legítima y se enseña en las principales universidades desde hace más de cincuenta años: India. Inspirados por la cliometría de Fogel, muchos historiadores y economistas indios se preguntan si su país hubiera podido ser una potencia de no haber sido por la larga y traumática posesión británica. Amiya Kumar Bagchi defendió esa tesis en Cambridge. Si bien el caso de India viene a corroborar las advertencias de Evans (la historia virtual no deja de ser una simplificación del pasado para satisfacer alguna inquietud política del presente), también nos deja en claro que el historicismo y todas sus vueltas (el giro lingüístico, la microhistoria, la big history) son un berretín de Occidente, justamente el ganador de la Historia. Fuera de allí, y sobre todo en la amplia superficie del planeta en donde ni Tucídides, ni la caída del Imperio Romano, ni la Revolución francesa marcaron la vida de nadie, la Historia puede estudiarse y usarse de acuerdo a otras preocupaciones. Quizás podamos aprovechar la condición paraoccidental de América latina para pensar la Historia de otra manera, en lugar de encerrarnos otra vez en el bucle melancólico y onanista del revisionismo histórico.
La imaginación histórica y el pasado futuro
Los historiadores siempre usan la imaginación. Se lo escuché decir hace más de veinte años a una historiadora tan profesional como Hilda Sabato y me sorprendió (oh, ingenuo párvulo de Filosofía y Letras). Pero es cierto: ante la información siempre incompleta que recibimos del pasado, es inevitable que el historiador llene los huecos con inferencias e imágenes propias.
El problema de la historia virtual es que el producto de su imaginación es bastante poco imaginativo: otra historia chata y sin pliegues de grandes personajes que toman grandes decisiones. Hay dos paradojas aquí. La primera es que la historia virtual, en su esfuerzo por separarse de cualquier fantasía literaria, se presenta como un relato más coherente que la propia realidad histórica, siempre contradictoria y contingente. La segunda paradoja es que, al deducir un desarrollo histórico distinto a partir del cambio de un puñado de variables, la historia virtual termina incurriendo en el mismo determinismo que venía a combatir.
En el caso de las ucronías literarias el problema es parecido: son demasiado dependientes de la realidad. Como observan Quentin Deluermoz y Pierre Singaravélou en Hacia una historia de los posibles:
El relato ucrónico se distingue además por una relación muy particular con lo «real», que persiste como referente oculto: la «otra» historia relatada no tiene sentido más que respecto a la «verdadera», la que efectivamente tuvo lugar.
Pero la historia virtual también nos puede ayudar a entender nuestro tiempo histórico, nuestra temporalidad. Aquí vale la pena distinguir entre tiempo y temporalidad. El tiempo es una dimensión física: al menos uno de sus vectores, la entropía, corre indiferentemente a cualquier vida inteligente que exista o no. La temporalidad, en cambio, es la forma humana de entender y vivir el tiempo histórico: cíclico, mesiánico, progresivo o escatológico, la temporalidad va cambiando con las épocas, los lugares y las personas. Si a fines del siglo XX la temporalidad era «presentista», hoy percibimos que el futuro se vuelve a abrir, aunque no como lo esperábamos. Volveré sobre esto.
La historia contrafáctica, por un lado, nos ayuda a aflojar un poco el nudo del determinismo. Por otro lado, nos invita a prestarle más atención a las opciones y expectativas que tuvieron las personas en el pasado, eso que Reinhard Koselleck llamó «futuro pasado»: las esperanzas, temores y representaciones de futuro detrás de las conductas individuales y colectivas que nos trajeron hasta el presente. Un discípulo de Koselleck, Lucian Hölscher, propone su propia versión de la historia virtual:
En la historia virtual, tal como la entiendo, el foco de las alternativas se desplaza desde la posición presente del historiador hacia la posición pasada de los contemporáneos. Sus planes, proyectos y expectativas respecto del futuro abren un campo de trabajo amplio, aunque no completamente inmanejable, para la investigación histórica. Desde luego, todas estas visiones estaban abiertas al fracaso, pero al menos muestran una alternativa plausible al curso fáctico de la historia.
En suma, lo que pide Hölscher es pensar contrafácticos sobre las expectativas concretas de los sujetos históricos del pasado y no sobre los fantasmas presentes del historiador, nostalgias y traumas mal escondidos entre teorías del caos y universos alternativos a lo Hugh Everett. En principio, se podría pensar que el bueno de Hölscher solo vino a emprolijar la propuesta de Ferguson. Al igual que Kant con Hume, se trata de otro aburrido alemán ordenando a un escocés demasiado sacado. Pero, al igual que Kant, debajo de las exhaustivas y aburridas categorías de Hölscher se esconde una profundidad nueva y vibrante.
Para el historiador Richard Evans, la realidad histórica es suficientemente rica y compleja como para estar jugando con fantasías alternativas que no dejan de ser una simplificación del pasado cargadas de juicios de valor
Koselleck había señalado que cualquier época contiene diversos estratos de tiempo, subsuelos de pasado, presente y futuro que conviven, la contemporaneidad de lo no contemporáneo. Hölscher amplía y precisa esos estratos con nueve «figuras de tiempo» que ya enumerar es un embole: el pasado pasado, el pasado presente y el pasado futuro; el presente pasado, el presente presente y el presente futuro; y el futuro pasado, el futuro presente y el futuro futuro.
Si descartamos las figuras obvias y las imposibles, nos quedan el futuro pasado y el pasado futuro. Dos formas distintas de historia virtual. El futuro pasado nos lleva hasta el pasado para averiguar qué futuro esperaba o temía esa gente, y qué otros presentes pudieron haber construido o evitado. El pasado futuro es más especulativo: nos hace viajar al futuro para imaginar cómo se van a vivir e interpretar las acciones y decisiones de su pasado, que es nuestro presente. No se trata de la preocupación megalómana que pudieron tener líderes como Perón, Castro o De Gaulle por «el Juicio de la Historia», sino de algo más profundo y oscuro, que nos abraza a todos.
Hace exactamente un año en este mismo lugar cité a Koselleck para hipotetizar que el futuro se volvió a abrir, aunque pavorosamente. Desde el terrorismo prospectivo del ambientalismo colapsista o el basilisco de Rokko hasta la sublimación existencial de la timba con Kalshi y Polymarket, toda acción y decisión presente parece absorbida por un futuro salvaje. Hay que comprar criptomonedas hoy para resguardarse de la inflación por emisión fiduciaria que van a generar las inversiones futuras en machine learning y paneles solares; hay que tener hijos hoy para evitar el gran reemplazo racial o la decadencia demográfica de Occidente; hay que emigrar al campo (y entrenarse) hoy para cuando el colapso climático y civilizacional transforme a las ciudades en ghettos o desencadene una guerra civil; hay que frenar a la IA hoy para evitar que nos esclavice o idiotice en 2030; hay que votar a Karen Reichardt para que el Tesoro norteamericano habilite los fondos que Argentina necesita para no morir y volver a ser una potencia (aquí el futuro reconecta con el pasado mítico).
El pasado futuro te va a atrapar, se mete en tu cabeza y no te deja pensar. Es todo lo contrario a la planificación. En 1945 el mundo se reconstruyó sin parar a preguntarse si las dos bombas atómicas sobre Japón habían sido una mala idea; en 2025 todavía discutimos si la cuarentena fue necesaria o destructiva. El valor nominal de lo que te cobra el futuro está muy lejos del valor real. Esa es nuestra temporalidad. La historia virtual bien entendida puede ser una saludable práctica historiográfica para ponderar las decisiones e imaginaciones del pasado. Pero también es una manera de usar la imaginación histórica sobre nuestra propia época, un ejercicio intelectual para encarar el tiempo histórico que nos tocó, en el cual la contingencia viaja desde el futuro hasta el pasado. En el siglo XXI la imaginación histórica es la mejor herramienta para pensar el futuro.
Desde el terrorismo del ambientalismo colapsista o el basilisco de Rokko hasta la sublimación existencial de la timba con Kalshi y Polymarket, toda acción y decisión presente parece absorbida por un futuro salvaje