Historia y presente de la especulación
La especulación como cuantificación del futuro nace con el capitalismo y forma parte de su núcleo duro. Hoy la especulación se difunde desde los mercados de predicción hasta los cálculos sobre el riesgo existencial y planetario. Sobrevive una pregunta: ¿quién toma la decisión después del cálculo?
por Dante Sabatto
Estamos en el año 1293, en la Provenza francesa. El teólogo franciscano Pierre de Jean Olivi está preocupado. Ha dedicado gran parte de su tiempo a estudiar y clarificar las características del voto de pobreza de su orden, en especial con relación al uso del dinero. Este trabajo lo ha llevado a tratar con comerciantes y mercaderes, y así ha advertido algo: cuando un comerciante define el valor futuro de un bien, lo hace calculando los riesgos y sus ganancias probables. En otras palabras, dota de realidad a la posibilidad contingente de obtener un rédito: el futuro puede ser no una mera repetición del pasado, sino algo distinto, que contiene potencialidades que pueden ser medidas. Para Olivi, esto tiene consecuencias teológicas fundamentales, sobre todo para la noción de “usura”. Pero lo que el franciscano no sabe es que, en el momento en que desarrolla este argumento en su Tratado de los contratos, está dando lugar a la primera concepción del futuro como algo cuantificable, sobre lo que se puede negociar y obtener ganancias. Es decir, como algo del orden de lo financiero.
En los siete siglos que transcurrieron desde ese momento, las cosas han cambiado bastante; para empezar, nadie habla de “usura” salvo como dogwhistle nazi. Sin embargo, los debates medievales que combinan lo teológico, lo económico y lo moral mantienen una vigencia significativa. Ocurre que en ese pensamiento, desarrollado al interior de la institución eclesiástica pero en vinculación clara con la sociedad externa a ella, se sientan las bases para dos problemas cruciales, que llevan como nombres “cuantificación” y “futuro”.
La modernidad se define, en gran medida, por una transformación en la concepción de ambas nociones. La cuantificación, bajo la forma de la mathesis universalis, da con una nueva epistemología que, bajo el signo del cálculo y el raciocinio, sostiene que es posible conocer y comprender el funcionamiento del mundo de una forma completa. El futuro abandona su estabilidad y permanencia y se vuelve abierto, incierto, contingente. Una vez que estos procesos paralelos de abstracción han comenzado, es inevitable que se crucen. No es que previamente el futuro no fuera objeto de cálculos, ni que esos cálculos no hicieran lugar para lo arbitrario o impredecible, pero lo consideraban de forma residual: las formas de vincularse con el porvenir todavía estaban regidas por el orden de lo necesario. En la modernidad, se vuelve imprescindible colocar el carácter probabilístico del futuro en el centro, como hacían los mercaderes provenzales observados por Olivi. Pero ese cálculo casi instintivo de valores futuros resultaba inaceptable: había que recrearlo con las nuevas herramientas científicas y conceptuales posrenacentistas.
El sistema que deriva de una aceleración en el proceso de abstracción mediante la cuantificación del futuro se denomina “capitalismo”. El cálculo abstracto del futuro determina sus elementos centrales: el capital, la fuerza de trabajo, la inversión, el beneficio, el salario, etcétera. Ninguno de los dispositivos, prácticas y relaciones que lo estructuran son realmente nuevos: el dinero, los mercados, incluso las mismas máquinas necesarias para la producción fabril existen desde hace siglos. Lo que no existía, y esta es una tesis absolutamente materialista, era la capacidad de abstracción tal que permitiera captar la incertidumbre futura y valorizarla. El capitalismo pasará por muchas fases antes de que la especulación ocupe el rol hegemónico que hoy tiene, pero desde el comienzo su promesa se basa precisamente en la posibilidad de integrar el cálculo probabilístico del futuro en la maquinaria de producción de valor. El capitalismo se torna un proceso de acumulación: no puede consumirse la totalidad de lo que se produce, porque el único valor reside en la diferencia (cuantificable) entre el mañana y el hoy.
El capitalismo pasará por muchas fases antes de que la especulación ocupe el rol hegemónico que hoy tiene, pero desde el comienzo su promesa se basa precisamente en la posibilidad de integrar el cálculo probabilístico del futuro en la maquinaria de producción de valor.

La teorización canónica del capitalismo como máquina abstracta se produce a fines del siglo XIX, en la obra de Marx y sus continuadores. En paralelo, otros pensadores se ocupaban de otros problemas: unos que se refieren a la cuantificación y la abstracción de la conducta humana, y su eventual gobierno. El caso más relevante es, probablemente, el utilitarismo de Jeremy Bentham y John Stuart Mill: un programa filosófico que plantea que la felicidad es calculable y que la sociedad puede organizarse racionalmente sobre la base de este cálculo. En sí mismo, el utilitarismo no será tan influyente, sobre todo si se lo contrasta con tradiciones como la marxiana, pero representa la formulación más radical de la calculabilidad orientada a la conducta humana. En ese sentido es el antecesor fundamental de los grandes debates del siglo XX, como el debate sobre el cálculo socialista, que enfrentó a economistas de la Escuela Austríaca como Von Mises y Hayek con teóricos marxistas, donde los primeros sostenían que la eficiencia del mercado para calcular precios articulando de forma descentralizada los intereses de los agentes no podía ser reemplazada por un modelo de planificación centralizada. O, en Estados Unidos, el debate Dewey-Lippman sobre el funcionamiento de la democracia, donde el segundo planteaba la necesidad de una construcción de consensos por parte de una élite tecnocrática, mientras que el primero planteaba la necesidad de una experimentación democrática abierta.
De diversas formas, ambos debates presentan los problemas de la calculabilidad y la gubernamentalidad de la conducta humana, el problema eminente del siglo XX. Sobre todo, se ocupan de su reverso: lo incalculable, lo ingobernable. La capacidad de someter esa contingencia a la maquinaria de abstracción mercantil es definitoria del triunfo del bando capitalista en el debate sobre el cálculo; el caso de Dewey, en el otro debate, nos llama la atención sobre la posibilidad (trunca) de hallar formas democráticas de lidiar con esta contingencia.
La historia reciente es más conocida: en algún momento de la segunda mitad del siglo, el capital produce un desenganche respecto de la esfera de la producción. El ámbito de la especulación financiera comienza a transformarse en un sitio de generación de valor en sí mismo: estamos ante un nuevo paso del proceso de abstracción. Pero es importante señalar que lo especulativo siempre residió en el corazón del capitalismo, incluso en sus fases industriales.
Esta brevísima historia sirve para decir: algo, de nuevo, se está moviendo. Es evidente que no nos vamos a quedar para siempre varados en las formas que creamos entre los 70 y los 90 para calcular y abstraer el porvenir. Mientras tanto, el capital ha avanzado más que nunca en su proceso de integración global, ayudado en gran medida por un proceso simultáneo, solapado pero no idéntico, de digitalización. Ambos movimientos forman una nueva base infraestructural para la especulación.
Pero, ¿qué es la especulación, qué significa especular? El término carga con una ambigüedad muy significativa. Desde sus orígenes latinos, en cuanto el speculum era una torre de vigilancia, la palabra se asocia con una forma deliberada de observar, de mirar hacia adelante queriendo descubrir. De allí derivan los sentidos actuales del término: especulación financiera, realismo especulativo, ficción especulativa. La especulación está de moda, y se descarga de sus connotaciones: en economía, la especulación va perdiendo su carácter peyorativo; en filosofía, su sentido apriorístico, metafísico o trascendental. El siglo XXI cuenta con medios técnicos inéditos para desarrollar prácticas de anticipación del futuro. A continuación quiero analizar algunos de ellos.
La especulación está de moda, y se descarga de sus connotaciones: en economía, la especulación va perdiendo su carácter peyorativo; en filosofía, su sentido apriorístico, metafísico o trascendental. El siglo XXI cuenta con medios técnicos inéditos para desarrollar prácticas de anticipación del futuro.
La gamificación del tiempo
Este año se cumplen 20 años del último gran partido de ajedrez entre una computadora y un humano: el entonces campeón mundial Vladimir Kramnik perdió contra el programa Deep Fritz. Ya habían pasado diez años de la famosa derrota de Kasparov contra Deep Blue: en esa década, el software se siguió desarrollando y el interés sobre el tema creció. En las dos décadas desde la derrota de Kramnik, en cambio, el entusiasmo se hundió. Ya estaba claro que las computadoras le podían ganar a los humanos. Ahora podemos volver a ver a personas jugar al ajedrez contra otras personas, que es más divertido.
Quizás algo similar haya pasado con el trading. Hace ya más de una década desarrollamos sistemas de negociación a alta frecuencia (high-frequency trading, o HFT), capaces de comprar y vender activos en microsegundos. Eso sigue existiendo, y seguirá, pero ya no es una novedad y no ha cambiado irreversiblemente el mundo de las finanzas. En la última década, aún ante la plena vigencia de ese software, la popularización del trading ha sido exponencial, hasta el punto de que “ser trader” es hoy una identidad, una tribu urbana, como ser emo, trosko o hippie. En Máquinas como yo, una novela de Ian McEwan de 2019, la sociedad se ve transfigurada por la creación de androides que, entre otras cosas, emplean su capacidad sobrehumana de cálculo para hacer guita en los mercados financieros; pero la novela no se trata de eso sino de las relaciones que forjan los personajes humanos en torno a uno de estos androides. Hay algo humano que persiste, más allá de la especulación financiera, ¿no?
No. La novedad de los últimos años en materia especulativa son, precisamente, los mercados de predicción, donde lo que se intercambia son apuestas sobre posibles resultados de eventos humanos: elecciones, partidos de fútbol, la elección del Papa, etcétera. Como estos acontecimientos están principalmente originados en acciones humanas, la situación generada es que todo trading se convierte en insider trading: alguien apuesta que Trump va a decir la palabra “parripollo” en un discurso, pero ese alguien es un empleado de la Casa Blanca que sabe que el presidente va a hablar sobre parripollos. Al mismo tiempo, es el colmo de la gamificación: las finanzas encuentran, finalmente, que su destino es convertir todo en un casino. El ensayista británico Sam Kriss escribió, como parte de un ensayo sobre predicciones para el próximo año, una breve distopía en la que la sociedad entera se organiza en torno a este tipo de mercados; en lugar de licitar la construcción de una obra pública, el Estado apuesta a que nadie va a construir un puente en X lugar, y la primera empresa que efectivamente lo construye cobra la apuesta.
Lamentablemente, esa distopía ya había sido escrita, como utopía, por los economistas de la Escuela Austríaca. Los mercados de predicciones, en su configuración de conductas especulativas gamificadas, no son más que la exacerbación hiperbólica del cálculo de mercado como lo imaginaban los ídolos del anarcocapitalismo: una vida organizada completamente bajo la coordinación mercantil de los valores. Pero, ¿qué representante tendríamos hoy del lado opuesto de ese debate? ¿Cómo se ve la planificación centralizada, top-down, en el capitalismo abstracto del siglo XXI?
Quizás se parezca al sistema de crédito social chino. Esta tecnología de gobierno fue anunciada en el año 2002. Más allá del cuco en el que se ha convertido para buena parte del liberalismo occidental, está claro que el sistema es heredero del conductismo económico europeo, en general, y que está inspirado en los modelos de evaluaciones de crédito que tiene cualquier banco. En términos muy simples, implica una serie de dispositivos que trackean información sobre las conductas económicas de individuos e instituciones, y que a partir de eso habilitan o restringen el acceso a crédito, financiamiento o recursos. En el imaginario de Occidente, el crédito social es algo así como un número asociado a cada persona que mide cuán buena o mala es a los ojos del Gran Hermano. Eso no sería tanto el sueño húmedo de Mao o Deng como el de Bentham o Zuckerberg. No, el socialismo con características chinas está menos preocupado por la extracción de datos personales de individuos y más preocupado por la construcción de un sistema abstracto de incentivos impersonales para la conducta.
Pero lo interesante es que lo hace específicamente a través de una probabilística: se calcula si una persona o institución tiene mayores o menores probabilidades de pagar una deuda, y en función de eso se autoriza un crédito u otro. La conducta se moldea en el mismo acto que se pronostica. En lugar de la gamificación individualizada de los mercados de predicción, tenemos el cálculo poblacional de un Estado predictor. El sistema de crédito social chino sólo es una pequeña muestra de lo que podrían hacer los Estados contemporáneos si creyeran en su propia existencia; si no hubieran cedido su rol a empresas que comercian con datos; quizás hoy, con las tecnologías disponibles, la respuesta al debate sobre el cálculo sería muy distinta.
Los mercados de predicciones, en su configuración de conductas especulativas gamificadas, no son más que la exacerbación hiperbólica del cálculo de mercado como lo imaginaban los ídolos del anarcocapitalismo.
Escenarios futuros y riesgo existencial
Sin embargo, estas formas de especulación operan en el corto plazo: los algoritmos de HFT operan en microsegundos, por debajo del tiempo de reacción humano; los mercados de predicciones funcionan con apuestas sobre eventos próximos; el crédito social se extiende en los cortos años de una vida humana. Ninguno de estos mecanismos se hace cargo, así, de la escala de magnitud habilitada por las posibilidades actuales del cálculo. Para encontrar una concepción del futuro que sí lo haga tendríamos que considerar el caso del altruismo efectivo y el largoplacismo. Forjados en la última década en torno a una serie de institutos, subreddits y foros de influencers, estas corrientes de pensamiento promueven una reactivación del utilitarismo bajo el signo del capitalismo high-tech. Sus líderes, entre los que se destaca el filósofo australiano Peter Singer, sostienen que es imprescindible calcular racionalmente las consecuencias éticas de cada acción para las generaciones futuras. Con el indiscutible objetivo de alcanzar la mayor felicidad posible para el mayor número de gente posible en el futuro, proponen orientar el mayor financiamiento posible a ciertos desarrollos científicos y tecnológicos que, según sus cálculos, tienen la mayor probabilidad de lograr este fin.
Así, el cálculo planificador soviético se encuentra con la tecnocracia dirigista lippmaniana. No hace falta decir que los propulsores de estos movimientos, todos ellos apoyados por titanes fintech, están sorprendentemente poco preocupados por el colapso climático y, en general, por el financiamiento de proyectos contrarios a los intereses inmediatos de sus financistas. Más interesante que eso, y no menos cierto, es que es una forma de especulación que intenta conjugar a la vez mercado y planificación, pero que sin duda no tiene demasiado lugar para la democracia.
La mención de lo climático me permite introducir, brevemente, un último modelo especulativo propio del presente: las teorías de la planetariedad, los modelos de la Ciencia del Sistema de la Tierra y los estudios sobre el riesgo existencial (X-risk). En pocas palabras, el hecho de que estamos en condiciones de estudiar científicamente a nuestro planeta como un sistema astrobiológico completo, y calcular posibles escenarios que alteren el curso de la especie humana. Estos programas, que buscan completar la cuantificación moderna del mundo, se preocupan principalmente por lo epistémico: la posibilidad de pronosticar los posibles escenarios futuros de nuestro planeta. Queda parcialmente escindido el problema de la soberanía: ¿quién tomaría decisiones para actuar en nombre de la humanidad, con qué legitimidad y qué recursos?
Una vez más, como en todos estos casos, el sueño de experimentación democrática que anhelaba John Dewey ha sido completamente abandonado. La especulación parece tener ese efecto: puede conducir a modelos de mayor planificación o mayor descentralización, programas infiltrados molecularmente en las relaciones individuales o bien orientados a la modelización general de las conductas. Pero estas formas especulativas aparecen claramente capturadas top-down, y no parecen emerger aún un cambio más profundo en el proceso de abstracción. Es difícil decir si un cambio de esa clase está en el horizonte: hacerlo sería, a fin de cuentas, especular sobre el futuro de la especulación.
Se calcula si una persona o institución tiene mayores o menores probabilidades de pagar una deuda, y en función de eso se autoriza un crédito u otro. La conducta se moldea en el mismo acto que se pronostica. En lugar de la gamificación individualizada de los mercados de predicción, tenemos el cálculo poblacional de un Estado predictor.