Josué Moreno: «La tecnología no elimina nuestra condición mortal»
En España, el regreso de la fe agita el debate público: figuras como Rosalía, Ana Iris Simón, o Ernesto Castro han hecho visible el cristianismo en espacios culturales inesperados. Entrevistamos a Josué Moreno, referente de la nueva conversación pública sobre fe y espiritualidad, para hablar de religión y política, los límites del cientificismo y la búsqueda de sentido ante la vulnerabilidad y la muerte.
por Andrés Mainardi
Josué Moreno tiene 32 años, es manchego, procede de una familia protestante y vive en Andalucía con Paula, su esposa, y Taco, su perro. Se graduó en Ingeniería Mecánica, pero, después de un breve paso por la profesión, cambió de rumbo para estudiar Teología en la Universidad de Oxford y Filosofía de la Religión en Leeds. Desde 2019 trabaja como comunicador en la Fundación Pontea, donde impulsa conversaciones sobre fe y espiritualidad. Es autor de Dios y el misterio de creer (Grijalbo, 2025) y conduce El Cafetal, un canal de YouTube en el que, con un café de origen como pretexto, conversa con periodistas, actores, músicos, creadores de contenido, pastores y académicos sobre sus historias, ideas, creencias y maneras de entender la vida.
—¿Por qué crees que una parte de la juventud vuelve a mirar la fe con interés?
—Creo que, durante algunos años -podríamos situar 2010 como una bisagra-, gran parte de la sociedad trató preguntas muy grandes con respuestas muy pequeñas: explicaciones simplistas, verdades parciales con las que pretendíamos dar cuenta de realidades muy complejas. Ocurre, por ejemplo, cuando se afirma que todo cuanto existe es material y se obvia la dimensión espiritual del ser humano. Pero también cuando, en contextos religiosos muy fundamentalistas, se sostiene que la fe debe creerse y no pensarse, como si el ser humano no tuviera razón ni atravesara un proceso cognitivo.
Eso empobreció el diálogo sobre algunas de las cuestiones más importantes. Hubo presupuestos filosóficos, científicos y culturales que fueron quedándose obsoletos y finalmente colapsaron. Con ese colapso resurgieron ideas que parecían enterradas. Creo que la pregunta por Dios ha vuelto a la superficie: como si ciertas corrientes ateas y materialistas hubieran mantenido sumergida una boya y, al perder fuerza esa presión, la boya volviera a flote.
Durante años, Dios parecía una pregunta carente de interés. Para mucha gente sigue siendo una gilipollez, algo irrelevante; pero otra parte de la sociedad ha empezado a advertir que algunas ideas del pasado, a las que no habíamos prestado atención, vuelven a interpelarnos. Y no sucede solo en el terreno religioso. También han resurgido el aristotelismo, la filosofía medieval o la escolástica. Hace unos años podía parecer una tontería estudiar a Tomás de Aquino; hoy volvemos la mirada hacia quienes pensaron las grandes preguntas que otra vez nos golpean.
—¿Qué importancia ha tenido la adaptación del Evangelio a las nuevas tecnologías en este proceso?
—Un reel puede despertar una pregunta, pero no sustituir un camino de fe. Puede provocar curiosidad, abrir una puerta, hacer que alguien diga: «Esto me interesa». Después vienen la duda, la experiencia, la comunidad, la oración, el silencio y la confrontación con uno mismo. Ahí está precisamente lo interesante. La tecnología puede llevar a una persona hasta el umbral, pero no estoy seguro de que pueda conducirla, por sí sola, al otro lado.
—¿Puede influir también que el cristianismo parezca, al menos desde fuera, menos exigente que otras religiones para quien desea acercarse?
—Hay que tener cuidado con esa impresión. Es verdad que el cristianismo puede parecer poco exigente en un sentido cultural, ideológico o estético. No exige el aprendizaje de una lengua específica, como puede ocurrir con el islam, cuya tradición concede una importancia singular a la lectura o la escucha del Corán en árabe. Pero el cristianismo sí plantea exigencias. El llamamiento del Nazareno es: «Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme». Invita a la mansedumbre, la humildad y el amor a los enemigos. Es una llamada constante a la pobreza personal y espiritual y al sacrificio. Quizá no imponga una identidad cultural única, pero exige reconocerse vulnerable, como un niño, para entrar en su misterio.
—¿Crees que se exageró tanto la retirada de la fe como se exagera ahora su regreso?
—Sí. Tendemos a construir relatos demasiado sencillos. Primero decimos: «La religión ha muerto». Después, cuando aparecen jóvenes hablando de Dios, afirmamos: «La religión está volviendo». Probablemente ninguna de las dos cosas sea del todo cierta. La cuestión religiosa nunca desapareció por completo; lo que ocurrió fue que, en determinados espacios culturales, hablar de Dios dejó de ser legítimo. Y eso es distinto.
La pandemia fue importante en ese sentido. Nos recordó de una manera brutal que somos vulnerables, que podemos morir, que la tecnología no elimina nuestra condición mortal. La ciencia hace cosas extraordinarias y tenemos que estar profundamente agradecidos por ello. Pero no responde por sí sola a todas las preguntas fundamentales que la muerte nos pone delante.
Cuando una persona se encuentra con su propia finitud, surge una pregunta que no se resuelve simplemente diciéndole que es un conjunto de procesos biológicos.
La pandemia fue importante en ese sentido. Nos recordó de una manera brutal que somos vulnerables, que podemos morir, que la tecnología no elimina nuestra condición mortal. La ciencia hace cosas extraordinarias y tenemos que estar profundamente agradecidos por ello.
—En tu libro, Dios y el misterio de creer, relacionas a Dios con el misterio y distingues esa experiencia de tres respuestas contemporáneas: el materialismo escéptico, el estoicismo pop y el fundamentalismo religioso. ¿Qué herramientas ofrece el misterio que no ofrezcan esas otras respuestas?
—El problema está en la palabra «herramientas». A veces queremos convertir la espiritualidad en una caja de herramientas para vivir mejor, pero quizá el misterio haga exactamente lo contrario. No es una respuesta prefabricada, sino la aceptación de que hay algo que no controlas ni puedes reducir por completo a tus categorías. Y eso, en una cultura que intenta convertirlo todo en información, es profundamente subversivo.
El cientificismo corre el riesgo de creer que aquello que no puede medir no existe. Ciertos estoicismos contemporáneos, por su parte, pueden convertir la fortaleza personal en un proyecto de autosuficiencia: «Controla tus emociones, controla tus reacciones, trabaja sobre ti mismo y podrás soportarlo todo». Pero llega un momento en que no puedes controlarlo todo; el control no es sino una ilusión. Hay sufrimientos que no eliges, pérdidas que no puedes gestionar, personas a las que amas y que mueren, preguntas para las que no tienes respuesta.
Quizá ahí el misterio no te ofrezca una técnica. Te ofrece, más bien, una pregunta y, si tenemos suficiente apertura, tal vez una invitación.
—El cristianismo convive y compite hoy con otras formas de espiritualidad. ¿Qué le dirías a una persona que busca orientación o sentido existencial?
—Que no tenga prisa por encontrar una respuesta. Puede parecer extraño, porque cuando alguien busca sentido nuestro primer impulso suele ser dárselo. Pero una de las cosas que aprendí en Oxford fue el valor del arte de preguntar.
Hay preguntas mal formuladas porque ya llevan dentro la respuesta; en realidad son una manera de convencer al otro. Y hay preguntas que verdaderamente abren un espacio. Creo que la búsqueda espiritual debería tener mucho de eso.
—Dentro de esta nueva religiosidad hay también propuestas tradicionalistas que exaltan la familia numerosa, la división clásica de los roles sexuales y la figura del varón proveedor. ¿No hacen agua esos discursos cuando se dirigen a jóvenes con trabajos precarios, salarios bajos y enormes dificultades para acceder a una vivienda?
—Cualquier discurso sobre la vida debe tomarse en serio las condiciones concretas en las que viven las personas. Si le dices a alguien joven que tiene que formar una familia, comprometerse y asumir determinadas responsabilidades, pero ignoras las condiciones materiales que vuelven todo eso extraordinariamente difícil, hablas de una manera muy abstracta. La vida espiritual no ocurre en el vacío: ocurre en cuerpos, casas, barrios, trabajos y relaciones concretas. Por eso también me parece importante no reducir el cristianismo a una serie de posiciones ideológicas. Tiene una dimensión social, pero también otra profundamente personal: tiene que ver con cómo tratamos al otro, cómo asumimos nuestras responsabilidades, cómo reparamos el daño y cómo pedimos perdón. Desconfío de cualquier discurso que pretenda convertir la fe en un catálogo de respuestas políticas, porque la fe es mucho más grande que eso.
—En la última década han reaparecido consignas como «Dios, Patria y Rey» y una estética juvenil que combina tauromaquia, banderas españolas, crucifijos y símbolos franquistas. ¿Es una performance identitaria o expresa una búsqueda religiosa real?
—Puede haber ambas cosas. Sería un error pensar que todo es una performance o que todo responde a una búsqueda genuina. Cuando una cultura entra en crisis, reaparecen símbolos que parecían desaparecidos: símbolos tradicionalistas, banderas, formas de reivindicar una identidad. Pero una cosa es el símbolo y otra la experiencia que hay detrás. El problema surge cuando confundimos el cristianismo con una configuración política concreta, porque entonces reducimos algo enormemente complejo a una identidad de grupo. No puedo aceptar que «Dios, Patria y Rey» sea la única manera posible de entenderlo. Su historia es demasiado amplia para encerrarla ahí. Simone Weil, Karl Barth y Agustín de Hipona vivieron la fe de maneras radicalmente distintas: no puedes meterlos a todos en una única sensibilidad política o filosófica. El cristianismo tiene una potencia mucho mayor.
—¿En qué consiste esa potencia?
—En que el cristianismo no puede reducirse ni identificarse plenamente con un tradicionalismo cultural, un sistema filosófico o un proyecto ideológico determinado: los desborda. Las teologías, las banderas y los lemas, aunque algunos cristianos los hayan asumido con entusiasmo, no constituyen una expresión única y necesariamente fiel del cristianismo. Desde una perspectiva histórica encontramos cristianos profundamente comprometidos y teológicamente serios en casi todo el espectro político, ideológico y social. Por su propia naturaleza, el cristianismo excede cualquier intento de apropiación partidista o de reducción a una sola forma de organización política y social.
El cientificismo corre el riesgo de creer que aquello que no puede medir no existe. Ciertos estoicismos contemporáneos, por su parte, pueden convertir la fortaleza personal en un proyecto de autosuficiencia. Pero llega un momento en que no puedes controlarlo todo; el control no es sino una ilusión. Hay sufrimientos que no eliges, pérdidas que no puedes gestionar, personas a las que amas y que mueren, preguntas para las que no tienes respuesta.
—Vivimos de manera cada vez más individualista, mientras que el cristianismo exige comunidad, prácticas compartidas y ciertos ritos. ¿Hay una implicación real de ese tipo o a muchos jóvenes les basta con consumir contenido religioso en Instagram?
—El Padre Nuestro no es el «Padre mío»; no dice «dame», sino «danos». El cristianismo confronta el individualismo: no es Dios contigo o Dios conmigo, sino Dios con nosotros. Dios habita en ese «nosotros», y cualquier individualización de la religión fracasa. Ya lo dice la oración más primitiva. Jesús les dice a sus discípulos que no serán reconocidos por su forma de vestir, sus posiciones políticas o su gran teología, sino por el amor que se tengan unos a otros. Ese amor que se hace visible en la comunidad es la mayor forma de apologética: desde fuera sabrán que son discípulos del Dios vivo cuando vean cómo se aman. Eso me parece espectacular.
—Ana Iris Simón, el creador de contenido René ZZ, el filósofo Ernesto Castro o Rosalía, en su último disco, han vuelto a hablar públicamente del cristianismo desde lugares muy distintos. ¿Qué indica esa reaparición?
—Creo que hay que volver a lo que decíamos antes: durante mucho tiempo, determinadas preguntas quedaron fuera del espacio cultural legítimo y ahora regresan. Pero tampoco me gustaría construir una lista de famosos que se convierten y utilizarla como prueba de nada. Lo interesante no es que una persona conocida diga que cree en Dios, sino preguntarnos por qué vuelve a ser posible decirlo. Eso sí puede señalar un cambio cultural. Y no estamos ante un regreso homogéneo: personas muy diferentes llegan a la cuestión religiosa por caminos distintos. Algunas lo hacen desde la política; otras, desde la filosofía, una crisis personal o el arte. Eso es mucho más interesante que construir una etiqueta.
En Rosalía hay ciertos destellos. Vuelve a interrogarse sobre la luz y la espiritualidad. Que alguien que hizo «Motomami» se pregunte ahora por las relaciones sexuales o el consumo de alcohol también introduce un interrogante. Creo que intenta tratar de nuevo ciertas cosas con una dimensión sagrada, y eso es admirable. Su generación desacralizó tanto que quizá le haya llegado el momento de volver a tomarse algunas cosas en serio. Rosalía se deja golpear por ese interrogante, y tal vez hacía tiempo que eso no le ocurría.
En el caso de Ernesto Castro, se ha dejado golpear por aquello que antes rechazaba, y ese interrogante no solo lo afecta, sino que lo transforma. Hablamos de un profesor universitario, antes ateo, que se declara cristiano y se ha incorporado sacramentalmente a la Iglesia católica. No es solo que le atraigan la simbología, la estética o la moral cristianas: es una conversión. Algo semejante sucede con Ana Iris Simón o René ZZ. En estos casos no hay únicamente interés por la religión, sino una decisión de compromiso. Es lo que planteo en el capítulo «La roca» de mi libro: no se trata solo de aceptar ciertos postulados, sino de construir la casa sobre la roca, aceptar lo incondicional y reconocer la propia pobreza.
—¿Es lo mismo pertenecer al cristianismo cultural que sostener una práctica cristiana?
—Evidentemente, no. Una cosa es reconocer una tradición cultural, una estética, unos símbolos y una historia; otra, comprometerse y caminar con Dios. Pero tampoco despreciaría el cristianismo cultural, porque la cultura puede ser una puerta de entrada. El problema empieza cuando confundimos la puerta con la casa. Puedes sentirte atraído por una imagen, una música, una arquitectura o una determinada concepción de la historia.
Creo que hay que volver a lo que decíamos antes: durante mucho tiempo, determinadas preguntas quedaron fuera del espacio cultural legítimo y ahora regresan. Lo interesante no es que una persona conocida diga que cree en Dios, sino preguntarnos por qué vuelve a ser posible decirlo. Eso sí puede señalar un cambio cultural.

—En «El Cafetal» conversas con personas de orígenes y creencias diferentes para reconstruir sus vidas y su relación con la fe. ¿Qué buscas cuando abres ese diálogo?
—«El Cafetal» también funciona para mí como una disciplina espiritual: es una manera de practicar el amor al prójimo. No me siento delante de alguien para ganar, sino para conocerlo. Y eso es muy exigente, porque obliga a renunciar a una parte de uno mismo y a aceptar que el otro quizá diga algo inesperado, que tal vez descubras algo que ignorabas o que la persona no encaje en la etiqueta que le habías puesto. Eso es precisamente lo que me interesa. He hablado con personas de izquierdas, independentistas y gente de posiciones políticas muy distintas. Muchas veces descubres que detrás de esas etiquetas hay alguien que tiene miedo, ama, ha sufrido y se pregunta por Dios. Entonces aparece el lema de «El Cafetal»: «No estamos tan lejos». Porque quizá no lo estamos tanto como pensamos.
—En tu libro escribes sobre la relación entre fe y razón y entre ciencia y religiosidad. ¿Hay un límite que la ciencia imponga a la religión? ¿Y la religión a la ciencia?
—El misterio no significa que todo sea inexplicable ni que cualquier cosa pueda ser cierta. Significa que la realidad no se agota en aquello que somos capaces de explicar. Necesitamos recuperar esa humildad. Tanto el fundamentalismo religioso como el dogmatismo ateo pueden acabar haciendo algo parecido: decirte que ya no necesitas preguntar. Y cuando una persona deja de preguntar, se vuelve mucho más vulnerable.
—¿Vulnerable a qué?
—A cualquiera que quiera manipularla. Sin capacidad de cuestionar y hacer uso de la propia conciencia, te conviertes en un blanco fácil para cualquier abusador físico, emocional o espiritual.
—Quizá por eso el lema de «El Cafetal» funciona tan bien: «No estamos tan lejos».
—Muchas veces la distancia la construimos nosotros. Creamos etiquetas para no tener que mirar a la persona: «Es de izquierdas», «es de derechas», «es católico», «es ateo», «es independentista», «es conservador». Y creemos que ya sabemos quién es. Pero detrás de la etiqueta hay alguien con una historia. Cuando te sientas delante de esa persona y le preguntas qué le pasa, qué teme, qué ama o qué espera, quizá descubres que compartís más cosas de las que imaginabas. Eso no significa que las diferencias desaparezcan, sino que dejamos de convertirlas en una excusa para no mirarnos.
—¿Y qué te queda después de tantas entrevistas?
—Las personas. Al final, eso es lo verdaderamente importante. Y, en las personas, Dios.
—Entonces, ¿el regreso de la fe del que hablábamos al principio es también una oportunidad para volver a hacerse preguntas?
—Sí, pero también necesitamos convicciones incondicionales para vivir. Al quedar atrapados en preguntas menores, hemos ido perdiéndolas. No podemos vivir sin certezas. Las preguntas son importantísimas, pero nos ayudan a llegar a convicciones que podamos habitar. El ser humano necesita absolutos para construir su vida; es imposible permanecer en una duda infinita, en una especie de esquizofrenia relativista. Necesitamos buscar respuestas a las grandes preguntas: ¿existe Dios?, ¿qué está bien y qué está mal?, ¿qué hay después de la muerte?, ¿qué es el amor?, ¿cómo se alcanza la plenitud? Son preguntas que cada persona debe afrontar. Yo lo hice en mi libro. Me gustaría animar a los lectores a que también se las hagan, busquen sus respuestas y se mantengan abiertos a lo que puedan encontrar.