La ciudad ucrónica
Un recorrido por historias alternativas —políticas, culturales, futboleras y urbanísticas— para mostrar cómo los escenarios que imaginan las ciudades funcionan como desvíos verosímiles del presente: futuros posibles anclados en condiciones reales. Entre el “qué hubiera pasado si” y el “qué podría pasar si seguimos así”, el urbanismo aparece aquí como una práctica que sueña con método, proyecta con conflicto y disputa, en el terreno mismo de la realidad, qué ciudad termina siendo historia y cuál queda apenas como ucronía.
por Marcelo Corti
La ucronía más graciosa que conozco atraviesa veinte siglos de historia y tres continentes; la leí en los noventa en el suplemento humorístico de Página 12. Con Roma sitiada y sin chances de defensa efectiva ante los elefantes y las bien formadas tropas cartaginesas, Aníbal supera su indecisión inicial y arrasa una ciudad que ya no sería eterna. Cartago nuclea un fabuloso imperio alrededor del Mediterráneo, disciplina su vasto hinterland africano y convierte a Europa en proveedora de materias primas baratas para consumo popular (y también, de filosofías exóticas para amenizar veladas). Sus naves surcan los mares y descubren un continente entero al oeste del mundo. Oro, plata, papas, maíces y frutos de todo tipo atraviesan el Atlántico para saciar los apetitos de la metrópoli. Necesitada de mano de obra para explotar las riquezas del “nuevo continente”, África somete y esclaviza a los salvajes rubios del norte europeo. Una tarde, con las últimas luces, en una plantación, no lejos del Mississippi, un grupo suaviza las penurias de la cosecha de algodón entonando a coro una cadenciosa melodía: “Arroz con leche / me quiero casar / con una señorita / de San Nicolás”, reza la canción. El viento lleva el eco de la música a dos señores que fuman habanos y toman buen aguardiente en sus mecedoras, bajo el pórtico de una mansión. –No hay caso (dice uno de ellos y asiente melancólico el otro), ¡estos blancos llevan el ritmo en la sangre!
La ucronía más graciosa que conozco atraviesa veinte siglos de historia y tres continentes. Con Roma sitiada y sin chances de defensa efectiva ante los elefantes y las bien formadas tropas cartaginesas, Aníbal supera su indecisión inicial y arrasa una ciudad que ya no sería eterna.

Hay ucronías distópicas (si se nos permite el maridaje de cronos y topos), como aquellas que especulan con un Hitler triunfante y dueño del mundo. Otras alteran la historia “para el lado de la justicia”, como Tarantino en Inglorious basterds y Erase una vez en Hollywood o (más ingenua) Gabriela Cabezón Cámara en La China Iron. ¿Podríamos llamarlas eu-cronías? De ambos tipos las hay también futbolísticas; en las feas, el tiro de Rensenbrink roza apenas el poste y entra al arco defendido por Fillol, el árbitro cobra la mano del Diez y lo amonesta, Kolo Muani define con precisión ante la salida del Dibu, Torrico no llega a desviar el remate de Allione o Cárdenas estrella la pelota en el travesaño. En las otras, los dirigentes de San Lorenzo se niegan a vender la localía a Peñarol y el desempate se juega en Asunción, Codesal grita “¡siga, siga!” y Palacio la toca suavemente a un costado de las piernas de Neuer.
Y hay ucronías personales: si hubiera llegado con más experiencia a ese romance, si hubiera aclarado las cosas antes de viajar, si hubiera dejado todo lo que estaba haciendo para escucharla cuando llegaba a la tarde, si hubiera… En It´s a wonderful world, la película de Frank Capra, el ángel disuade al protagonista de quitarse la vida haciéndole ver una ucronía en la que su inexistencia deriva en una comunidad sórdida y lúgubre; en La hora 25, de Spike Lee, el protagonista fantasea una ucronía en la que escapa con su novia antes de entregarse a la justicia en el plazo legal. Otro artículo que recuerdo, más viejo, una rara joya en el lodazal del Reader´s Digest, en los sesenta, recomendaba cambiar cualquier comienzo de frase que lamentara “si hubiera hecho aquello” por el más proyectual “la próxima vez haré esto otro”.
A veces la ucronía tiene un uso político. En la campaña del ´83, Alfonsín elogiaba las políticas sociales del primer peronismo para continuar: “Y otra hubiera sido la historia si el entonces Coronel Perón no hubiera incorporado a su doctrina elementos incompatibles con el ejercicio de la democracia”. La ucronía no era melancólica; apoyaba la hipótesis de una democracia que materializaría la justicia social. Sin esa carga intencional, solamente especulativas, centenares de ucronías se ofrecen a quienes quieran formularlas, desafiando el crudo veredicto de “¡contrafáctico!”. ¿“Qué hubiera pasado si” Liniers no echaba a los ingleses (ucronía favorita de los cipayos), si Lavalle desoía la carta infame, si Urquiza no arrugaba en Pavón, si Roca no hacía su “campaña”, si a Yrigoyen no lo “embalurdaban”, si Evita no se enfermaba, si Balbín iba de vice en el ´73, si ganaba Luder y dejaba intocada la amnistía, si De la Rúa aducía haberse encontrado con una herencia peor a la esperada y devaluaba en diciembre del ´99? ¿Si Chamberlain apretaba a Hitler, si los partisanos no entregaban los fusiles, si Kissinger aconsejaba a la oligarquía chilena esperar las elecciones, si los confederados ganaban la guerra de Secesión, si Alemania retenía a Lenin y si todos los etcéteras que en el mundo han sido? Solo el ser es y nada se podrá hacer nunca para que el no ser sea, se apresuró a retrucar Parménides a futuros ucronistas y diseñadores de jardines que se bifurcan.
¿Qué diferencia a las ucronías de los universos paralelos? La precisión de un punto en el tiempo en la que comienzan (el pasado del multiverso podría extenderse ad infinitum), la exclusividad de la línea narrativa que desarrollan (la ucronía no es todo en todas partes al mismo tiempo) pero, sobre todo, la consistencia lógica o, al menos, la verosimilitud del suceso que causa la divergencia con la historia realmente ocurrida. No siempre es la relación de poderes lo que explica esa consistencia. La ucronía de un Lavalle estadista que acuerda una salida con Dorrego no naufraga por más o menos soldados de un lado o del otro sino por la insensatez de “la espada sin cabeza”. Una lógica de la historia más determinista, más materialista, es sin embargo más adecuada a la ucronía. Y esto me lleva al punto que quiero explorar: la planificación (urbana, en este caso, pero quizás el razonamiento aplique a cualquiera de sus variantes) como ucronía.
La historia de las ciudades y el territorio es fértil en ucronías creíbles. En una línea temporal en la que la capitalidad argentina hubiera permanecido en Paraná o hubiera pasado a Rosario o a Villa María, no existiría La Plata
Los escenarios del urbanismo
La historia de las ciudades y el territorio es fértil en ucronías creíbles. En una línea temporal en la que la capitalidad argentina hubiera permanecido en Paraná o hubiera pasado a Rosario o a Villa María, no existiría La Plata (tampoco si se hubiera mantenido en Buenos Aires pero con los límites propuestos por Rivadavia). Desde Yerbabuena, Villa Belgrano, Chacras de Coria o sus pieds-à-terre de la Recoleta o Palermo, las elites provincianas lamentarían la hipertrofia caníbal de una Buenos Aires fortalecida por el ahorro de los gastos y disgustos que le hubiera impuesto la capitalía. Más cercanas en el tiempo, quedan las ucronías del distrito federal Viedma-Carmen de Patagones y el consecuente nuevo status de la ciudad de Buenos Aires (¿restitución a la provincia o anexión del AMBA?).
La ucronía más añorada en el urbanismo porteño es aquella en que el proyecto del Ingeniero Huergo se impone al lobby de Madero y La Nación y un peine de escolleras corona la boca del Riachuelo; de algún modo esto se concretó (“fiera venganza la del tiempo”) con la temprana obsolescencia del Puerto Madero y la urgente realización del Puerto Nuevo. Menem dejó dos ucronías por escribir, ambas colonizadoras del Río de la Plata: el puente de Punta Lara a Colonia y la Aeroisla frente a la Costanera Norte. El relleno del río es una constante en las fantasías urbanísticas; cada tanto alguien reflota la propuesta de urbanizar el triángulo entre los canales norte y sur de acceso al puerto. En modo contrario, hoy añoramos un arroyo Maldonado corriendo en superficie al modo de La Cañada cordobesa.
¿Qué hubiera sido de la costa norte bonaerense si se hubiera concretado el proyecto de boulevard y paseo parquizado de Núñez a Tigre, formulado por Benito Carrasco en 1914? ¿Y del mismo Carrasco, el muy orgánico ensanche de Córdoba, alternativo al caótico desparramo de loteos por fuera de los barrios-pueblo pericentrales del siglo XIX? O los grandes parques lineales de Ángel Guido para Rosario, o la ultramoderna Ciudad Universitaria en el Cerro San Javier, en San Miguel de Tucumán (el Instituto de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Tucumán no pudo construir su megaestructura en los cincuenta pero, en compensación, formó nada menos que a Cesar Pelli). En otra ucronía en la que los territorios ranqueles de la excursión de Mansilla hubieran conformado “la nueva provincia” (nombre ucrónico del diario bahiense, así como La Capital lo es del rosarino), La Pampa tendría salida al mar. La falla de San Andrés ha inspirado numerosas ucronías fílmicas sobre Los Ángeles.
Mirado a la distancia, ¿el muro de Berlín y toda la división de la ciudad y de Alemania no parecen más una ucronía distópica que un suceso realmente acaecido? The last of us nos proveyó decenas de inquietantes ucronías de ciudades y aldeas, incluyendo una Salt Lake City colonizada por jirafas. Obviamente, la ucronía insignia de Buenos Aires es la que provee El Eternauta; la xulsolariana Cacodelphia de Marechal es un divertido comentario moral, pero no una ucronía. Aldo Rossi planteó hace ya medio siglo la idea de una Ciudad Análoga, una operación lógico-formal que podía traducirse en un modo de proyectar.
Para ilustrar este concepto hice algunas consideraciones sobre la perspectiva de Venecia realizada por el Canaletto, conservada en el Museo de Parma, en la que el proyecto palladiano del Puente de Rialto, la Basílica y el Palacio Chiericati, están enfocados y descritos como si el pintor produjese un ambiente observado por él. Los tres monumentos palladianos, de los cuales uno es tan solo un proyecto, constituyen una Venecia análoga cuya formación se realiza con elementos ciertos y ligados tanto a la historia de la arquitectura como a la de la ciudad.
Así como el socialismo (con el que algunos lo identifican, ya sea con desdén o con entusiasmo), el urbanismo tuvo en sus orígenes instancias contrapuestas de utopía y de ciencia. Owen y Fourier fueron los soñadores, Idelfons Cerdá (proyectista del Ensanche de Barcelona), fue el primero, al menos en la iberósfera, que dio contenido riguroso a sus enunciaciones y se limitó a formular unas muy buenas hipótesis de asentamiento para las sociedades que realmente existían o se estaban conformando, sin pretensiones biopolíticas de comunidad sexual o crianza colectiva en falansterios y “armonías”. Cierto grado de utopía perduró en el desarrollo del urbanismo; en paralelo a las razonables ciudades jardín de Ebenezer Howard, la ciudad industrial de Tony Garnier y la lógica pragmática del Plan del Gran Londres de Patrick Abercrombie, florecieron el desurbanismo soviético y la Ville Radieuse corbusierana, concretada finalmente en Chandigarh y Brasilia (la utopía no es irrealizable por sí; solo requiere, como en cierto chiste chabacano, que alguien la financie).
La utopía urbanística no es apta para transformar lo existente, no está pensada para eso; es una herramienta para la nueva implantación de una ciudad en situaciones ideales (o, en todo caso, el crecimiento a la distancia), desde Palmanova y las ciudades circulares renacentistas al despropósito de Neom en Arabia Saudita. Más radicalizadas y quizás cualitativa y no solo cuantitativamente diversas de la utopía tradicional, las colonias marcianas de los milmillonarios contemporáneos o la terraformación posthumanista de Benjamin Bratton. O la idea trumpista de transformar Gaza en un resort.
Aceptado esto, podemos especular con un urbanismo de ucronía, un escenario que, a diferencia del utópico, deriva de las condiciones existentes.
La noción de escenario nos ayuda a superar la primera (y quizás mayor) objeción a la tesis de la planificación urbana como ucronía. El punto de divergencia en el que surge cualquier ucronía siempre está en el pasado: ¿qué hubiera sucedido si x en lugar de y? Los planes urbanos suelen presentar un escenario o “modelo territorial” actual, que sintetiza y cartografía las fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas de su objeto de análisis. A este escenario actual se contrapone un escenario deseado –la introducción del deseo y su consecución como asunto propio del planeamiento es un avance de la disciplina sobre la frígida actitud tecnocrática que, con alguna razón, se le suele atribuir.
Tal escenario está ubicado en un horizonte temporal variable; ya es muy rara la obsesión con “planificar de acá a 100 años”, con una vaga referencia a que eso harían los japoneses o los alemanes; en general nadie se anima a superar un par de décadas de prospectiva. Contrapuesto al deseado, pero consecuencia del primero, se ubica un escenario o modelo tendencial: ¿qué pasaría si seguimos haciendo o permitiendo lo mismo que hemos estado haciendo o tolerando hasta ahora? Pues bien, en nuestra analogía ucronicista podemos considerar a ese escenario tendencial futuro como un presente anticipado (un “valor actual neto” del territorio) del que el presente real es un pasado artificial a partir del cual surge la divergencia que deriva en nuestro escenario deseable.
La ucronía más añorada en el urbanismo porteño es aquella en que el proyecto del Ingeniero Huergo se impone al lobby de Madero y La Nación y un peine de escolleras corona la boca del Riachuelo; de algún modo esto se concretó (“fiera venganza la del tiempo”) con la temprana obsolescencia del Puerto Madero y la urgente realización del Puerto Nuevo
La consideración explícita del territorio (todo lo socialmente condicionado, mediado y producido que se quiera o se encuentre) aleja esta visión del modelo de “carta a los Reyes Magos” que suele atribuirse al planeamiento estratégico aplicado a lo urbano. Ese modelo que, validadas por algún tipo de instancias participativas poco afectas al conflicto, emite consignas de la especie “para el año dos mil y pico nuestra ciudad será equitativa, sustentable, policéntrica, abierta a la innovación y líder en economía del conocimiento”.
Este tipo de ucronía “escenarial” no es en sí una prospectiva; la prospectiva es un recurso para acceder al escenario tendencial al que responderá el deseado. Por supuesto, pueden imaginarse un gran número de escenarios tendenciales, en el que aparezcan simuladas las diversas variantes que originen los cambios en cualquiera de las dimensiones consideradas en su formulación. La tecnología facilita actualmente la modelización y evaluación estadística y cartográfica (incluso sin acudir al uso de dispositivos de Inteligencia Artificial, que seguramente podrán ampliar las posibilidades de esas formulaciones).
La ucronía así entendida puede asimilarse a la noción de proyecto, entendido como la previsión (la visión anticipada) de una situación que cumple objetivos, resuelve problemas y concreta deseos, siguiendo técnicas adecuadas y atendiendo a un conjunto ordenado de pasos a seguir. Condiciones que están bien expresadas en una cita que Julio Cortázar atribuye a Lenin en el comienzo de Último round (aunque en realidad parece ser más bien un comentario de Ernst Bloch a Qué hacer): “Hay que soñar, pero a condición de creer seriamente en nuestro sueño, de examinar con atención la vida real, de confrontar nuestras observaciones con nuestro sueño, de realizar escrupulosamente nuestra fantasía”.
El paso siguiente (enorme y dificultoso para los hombres y mujeres a cargo, dolorosamente pequeño para la humanidad) es la concreción de los lineamientos y proyectos concretos requeridos para alcanzar el modelo deseado. Ya hace un tiempo, un quiebre disciplinario cuestiona la mala costumbre tecnocrática de echar la culpa a “los políticos” por la no aplicación de planes impecablemente construidos. Desde entonces, quienes hacen urbanismo tienen especial cuidado –a veces excesivo– en procurar la factibilidad de sus propuestas. Pese a este sano pragmatismo, los planes siguen siendo difíciles de concretar, muchas veces por (justamente) la falta de voluntad política para llevarlos a la práctica. Fredy Garay, uno de los más reconocidos urbanistas argentinos y latinoamericanos, dedica buena parte de su actividad profesional actual a investigar los motivos por los cuales fracasan los planes.
Sin embargo, la ciudad y el territorio pueden y suelen concretar (aunque sea sobre renglones torcidos) buena parte de lo que se ha imaginado para su desarrollo. Conceptos fuertes, representables, imágenes verosímiles y cartografías claras tienen potencia de convicción y concreción. El Cinturón Verde metropolitano del Plan del Gran Londres tiene vigencia 80 años después de su concepción (y sobrevive a las falacias que lo responsabilizan por la crisis de accesibilidad a la vivienda). La formulación de imágenes potentes de referencia, verosímiles, adecuadamente confrontadas con la realidad y sus tendencias, opera en el campo cultural y tiene la potencialidad de influir en las decisiones sociales y políticas que constituyen el territorio. Señalar un futuro posible puede ser no solo un primer paso sino una forma de hacerlo viable.
Actualmente la Argentina en su dimensión territorial presenta varios escenarios de ucronías en ciernes. El anarco capitalismo reinante propone para cada una de ellas una distopía alternativa: producción responsable con integración social y regeneración ambiental vs extractivismo crudo y depredador (y dicho sea de paso, vs utopía decrecionista); integración sociourbana de villas y asentamientos vs bombardeos de Marra, recuperación de la ciudad abierta y promoción de buenos barrios frente a la distopía de la ciudad privada (la privatopía). ¿Cuáles quedarán como ucronías, a cuáles llamaremos “la realidad”?
El anarco capitalismo reinante propone para cada una de ellas una distopía alternativa. ¿Cuáles quedarán como ucronías, a cuáles llamaremos “la realidad”?