La coalición MAGA 2.0
Trump no es una anormalidad en la historia de los Estados Unidos, sino que es un hijo legítimo de la influencia del populismo jacksoniano, ahora aliado a los empresarios de Silicon Valley en una nueva coalición post globalista que competir en el nuevo tablero de competencia estratégica internacional, con una estrategia que combina patriotismo y economía del conocimiento
por Federico Zapata
We the People of the United States
Eternal vigilance by the people is the price of liberty (Andrew Jackson)
¿Es Trump el vehículo de una ruptura radical anclada en un proyecto tecnológico futurista o es una forma de aceleracionismo tecnológico nacido de las entrañas de la sociología norteamericana? ¿Es una anormalidad de un Estados Unidos en decadencia? O por el contrario, ¿es el producto de la influencia de fuerzas culturales profundas que buscan revitalizar el liderazgo global de una nación en un escenario de competencia estratégica? ¿Es el fin de la excepcionalidad norteamericana o es una nueva forma de excepcionalismo? Las turbulencias globales que hoy atraviesan a las democracias occidentales han tendido a colocar a este Trump reloaded como la vanguardia de una suerte de “internacional” reaccionaria (en las versiones peyorativas) o civilizatoria (en las versiones afirmativas). De Giuliano Da Empoli a Alexander Dugin, la lectura que ha primado es la internacional: Trump como una ruptura radical con la historia, la cultura, la política, la economía y la sociedad norteamericana. Sin embargo, la mirada global tiene el defecto de ocultar las fuerzas primarias que organizan su liderazgo y su política (incluida su política hacia el mundo). Intentemos abordarlo desde el ángulo invertido: Trump desde la novela norteamericana.
Empecemos por la raíz. A diferencia de la imagen internacional que se tiene del actual presidente de los Estados Unidos como una desviación novedosa en la historia norteamericana, Trump es exactamente lo contrario: un jacksoniano prototípico, hijo de la sociología cultural más importante y popular que ha estructurado históricamente a la nación del norte y que recibe su nombre del héroe de la Batalla de Nueva Orleans (1812), séptimo presidente de la Nación (entre 1829 y 1837) y primer presidente populista de los Estados Unidos: Andrew Jackson. ¿Qué son exactamente los jacksonianos? una comunidad de sentimientos políticos de base societalista (una fuerza social y cultural), pero que, sobre todo a partir de Nixon (1969-1974), han tenido una importancia cardinal en los destinos del Partido Republicano en particular y de los Estados Unidos en general. Este movimiento societalista se organiza, siguiendo el clásico estudio de Walter Russell Mead (Special Providence: American Foreign Policy and How It Changed the World, 2001), en torno a una serie de singularidades, que definen el deep credo del credo norteamericano. ¿Cuáles son esas singularidades?
En primer lugar, el populismo norteamericano no está basado en ideas, sino en una comunidad de valores y una identidad común. Es cierto, como bien ha descripto David Hackett Fischer, el jacksonianismo como sinónimo de populismo norteamericano se origina en los asentamientos de escoces e irlandeses que poblaron las Carolinas, Virginia, el viejo oeste (Virginia del oeste, Kentucky, Illinois, Indiana) y los estados sureños y centro-sureños de Tennessee, Missouri, Alabama, Mississippi y Texas. Sin embargo, este nucleamiento cultural fuertemente marcado por componentes étnicos y geográficos determinados, hacia el siglo XX, con el debilitamiento de la célula original de los jacksonianos (la familia farmer) y la aparición de los suburbios y la sociología suburbana, se transformó en el cimiento estructural de la sociedad norteamericana. Se volvió hegemónico: su fuerza cultural se diseminó más allá de los límites étnicos y geográficos del Sun Belt. Así, la herencia de la frontera, la libertad y la guerra pasó a organizar el alma de la nación norteamericana in totum, mucho más que la refinada cultura de los yankees de Nueva Inglaterra.
¿Cuáles son los valores de la comunidad jacksoniana? Lo que Mead denomina “el código de honor”: autosuficiencia (ganarse un lugar en la comunidad sobre la base del trabajo “honesto”); respeto por el éxito económico (igualdad de oportunidades, no de resultados); individualismo (la autosuficiencia no sólo es un derecho, es una obligación: superación personal o auto mejoramiento); espíritu financiero (el crédito como un derecho y una oportunidad para emprender); igualitarismo cívico, escepticismo por la autoridad formal impuesta y respeto por la autoridad informal que emana de la comunidad sobre la base de la acción firme y digna; honestidad ante la comunidad; respeto por la edad; lealtad a la familia y conservadurismo familiar (educación familiar basada en la disciplina, el castigo y la monogamia heterosexual); mandato de fortaleza y capacidad física tanto en el hombre como en la mujer; derecho a portar armas (como una marca de igualitarismo social y civil, pero también para defender el hogar y la comunidad de ladrones, del gobierno federal y de los enemigos de los Estados Unidos), coraje (para defender el código de honor) y maniqueísmo (el código de honor se aplica sólo para los que forman parte de la folk community, los que no forman parte son la oscuridad y el caos). Decía Tocqueville, que la libertad norteamericana (en sus dos anglo-acepciones: freedom y liberty) no es una abstracción filosófica, intelectual o política, sino un conjunto de costumbres populares y creencias profundamente arraigadas en la cultura estadounidense. “Hábitos del corazón”.
El populismo jacksoniano no está basado en ideas, sino en una comunidad de valores y una identidad común, el "código de honor", es profundamente pro-capitalista y desconfiado de las élites y de la estructura de poder del gobierno federal.
En segundo lugar, a diferencia del grueso de los movimientos populistas occidentales, históricamente revisionistas del orden capitalista, el movimiento popular jacksoniano es profundamente pro-capitalista. Los populistas de Andrew Jackson no eran socialistas que querían tomar el poder del Estado para instalar un sistema de planificación central. Si bien odiaban a la élite de la costa Este y su dominio sobre las finanzas, querían descentralizar y democratizar las oportunidades capitalistas, no destruirlas. En un mundo dominado por populismos anticapitalistas (ecologistas antidesarrollo, socialistas aferrados a Estados de Bienestar insostenibles y reguladores tecnofóbicos), el populismo norteamericano ha sido, sigue siendo y seguirá siendo una rareza.
En tercer lugar, se trata de un movimiento profundamente desconfiado de las élites y de la estructura de poder del gobierno federal. Es decir, del poder central. Al igual que los jeffersonianos (muy influyentes en el Partido Demócrata), los jacksonianos son libertarios cívicos, pero cuya pasión por la Constitución y la Declaración de Derechos, no se estructura en torno a la Primera Enmienda (protección de la libertad de expresión y de culto), sino en torno a la segunda: el derecho a portar armas como el baluarte de la libertad. Posiblemente por la baja inserción en la élite intelectual y mediática norteamericana, el jacksonianismo se ha sostenido a la largo de los años como “la mayoría silenciosa” que tan bien supo identificar y movilizar Nixon. La desconfianza hacia las instituciones federales y representativas, salvo en lo que atañe a la función militar, se debe no tanto a posibles prácticas de corrupción (de acuerdo al código de honor, la corrupción puede ser inevitable contra los enemigos) sino contra la perversión: el gobierno de la élite para la élite o el gobierno de la élite contra el pueblo. Cuando la perversión ha adquirido dimensiones intolerables, desde el seno de la comunidad surgen “los héroes populares” encargados de reestablecer el equilibrio. Los jacksonianos son la folk community de la política de los Estados Unidos.
Finalmente, el populismo norteamericano tiene una serie posicionamientos más o menos permanentes con respecto a la política: el objetivo fundamental del gobierno (tanto a nivel doméstico como externo) es hacer con flexibilidad de medios, todo lo que esté a su alcance para promover el bienestar político, económico y moral de la folk community. Como bien especifica Mead, el bienestar de la folk community no es otra cosa que el bienestar de la clase media norteamericana. Orbitando en torno a este principio organizador central, los jacksonianos son instintivamente democráticos (aunque no necesariamente republicanos) y populistas. Dicho de otra manera, prefieren siempre la tiranía de la mayoría por sobre los derechos de las minorías y confiar en los instintos morales y políticos del pueblo norteamericano. En palabras del propio Jackson: el gobierno del pueblo, hecho para el pueblo, hecho por el pueblo y responsable ante el pueblo.
Retomemos entonces los interrogantes con las que iniciamos esta indagación: Trump no es una anormalidad en la trayectoria histórica y cultural de los Estados Unidos, sino que es un hijo legítimo de la influencia de fuerzas culturales profundas. Aun aportando respuestas originales para esta época (y vaya si las está aportando), Trump está emparentado con un linaje de liderazgos sostenidos culturalmente en el jacobinismo gringo: de Andrew Jackson a Ronald Reagan, de Ross Perot a Jesse “the Body” Ventura, del farmer progresista Henry Wallace a Pat Buchanan, del héroe de guerra John McCain al “renacido” George Walker Bush. Ahora sí: ¿Cuál es entonces la singularidad de Trump en la novela norteamericana?
En busca de un nuevo excepcionalismo
One man with courage makes a majority (Andrew Jackson)
Desde la Segunda Guerra Mundial, el sistema político norteamericano se organizó con un marcado perfil internacionalista y un objetivo estratégico: construir un sistema internacional estable con Estados Unidos en el centro. Esa grand strategy supuso empoderar una coalición globalista con una pata económica y una política. Desde lo económico, la coalición trabajó para suplantar al Reino Unido como factor de dinamización del sistema capitalista, en torno al régimen de acumulación fordista. Desde lo político, la coalición operó para institucionalizar un orden global liberal, bajo el supuesto de que ese orden operaba en beneficio del interés norteamericano en el largo plazo. El comercio, las instituciones multilaterales y las democracias serían la garantía de una larga hegemonía norteamericana que produciría un mundo más seguro (y evitaría una tercera guerra mundial, esta vez nuclear). El viejo sueño de la paz kantiana por la vía del capitalismo. Hamiltonianos y wilsonianos marcharon de la mano a lo largo de esta época de gran prosperidad social, crecimiento económico y consolidación del liderazgo de los Estados Unidos que fue de la bipolaridad de la guerra fría a la unipolaridad del fin de la guerra fría. La coalición globalista fue profundamente elitista, pero contó con apoyo tácito popular que logró sobre la base de resultados materiales concretos. Es decir, la coalición, a través de su éxito económico, político y social, marginalizó del juego domestico al movimiento popular jacksoniano, que en todo caso, y a partir de 1969, operó como el partido militar de la política exterior de la coalición global. La famosa doctrina formulada por el General jacksoniano Douglas MacArthur: no hay sustitutos para la victoria.
A medida que ese proyecto enfrentó una tensión creciente en las últimas décadas (atentados del 11/09, crisis del 2008 y pandemia), el control incuestionable de los globalistas sobre el pensamiento de la política norteamericana entró en crisis. Sin embargo, ningún dirigente o fuerza política (ni siquiera el primer Trump) lograron formular una coalición alternativa. En ese vacío político, Trump 2.0 introduce la primera hipótesis de formulación de un nuevo entramado coalicional: la coalición MAGA 2.0 (retomando el viejo slogan de Reagan: Let's Make America Great Again). Como bien entiende Mead, la coalición MAGA 2.0 ha logrado, al menos temporalmente, unir a dos grupos que en gran parte del mundo están enfrentados: populistas enojados (los jacksonianos) que buscan defender el “alma” norteamericana y los prósperos empresarios tecnológicos que abogan por la desregulación y el despliegue acelerado de tecnologías de vanguardia que probablemente desplacen a muchos trabajadores manuales. Un matrimonio entre el Sun Belt y Silicon Valley. ¿Cómo es posible esta exótica coalición?
Ante la crisis de la coalición globalista de posguerra, Trump 2.0 introduce la hipótesis de una nueva coalición: populistas jacksonianos enojados y tecnoempresarios de Silicon Valley

Desde el punto de vista popular, como ya se mencionó, los populistas estadounidenses son profundamente procapitalistas. En este marco, la reforma económica por la que apoyan a Trump, no se basa en limitar el poder de las corporaciones norteamericanas, sino en restringir el poder de las burocracias que obstaculizan a las empresas, tanto grandes como pequeñas, crear riqueza nacional. En esta mirada, el posible temor de sectores trabajadores por el avance de la IA y la automatización sobre puestos de trabajo estaría compensado por la expectativa de que esas tecnologías disruptivas aplasten a la burocracia del poder central (incluyendo a banqueros y abogados). Dicho de otra manera, la nueva burguesía tecno-capitalista permitiría impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas necesario para implementar el viejo anhelo de la sociología jacksoniana: la democracia jacobina. Después de todo, el objetivo último de la coalición MAGA 2.0 sería que Estados Unidos recobre el vigor de su liderazgo económico global, no como un fin en sí mismo, sino como un medio para mejorar el bienestar de la folk community.
Desde el punto de vista empresarial, la tecno-burguesía ha sellado una alianza original con el liderazgo trumpista sobre la base de un acuerdo estructural: en un mundo de competencia estratégica como el actual, la interdependencia de la nueva economía con el poder político es determinante tanto para el éxito económico como para el poder del Estado. A diferencia de lo que se suele postular, de acuerdo a este enfoque, la revolución digital está acercando (y no alejando) al Estado y al poder económico tecno-corporativo: sólo las empresas privadas rentables pueden movilizar la inversión necesaria para fundar una cultural nacional innovadora, y sólo una cultura nacional innovadora puede alimentar la capacidad de un Estado contemporáneo para competir en el mundo (y ser seguro). Pero además, sólo un Estado comprometido en esta relación orgánica que funda el capitalismo del conocimiento puede sostener la capacidad del tecno-capitalismo empresarial para rivalizar con empresas extranjeras hostiles o radicadas en países poco confiables. Por lo tanto, y más allá de las críticas que emanarán del nacionalismo tradicionalista, la derecha libertaria y de la izquierda corporativa, el Washington de la nueva era va a preocuparse más por si sus principales empresas tecnológicas son lo suficientemente fuertes y cuentan con los recursos necesarios para mantenerse por delante de sus rivales chinos que por si las empresas tecnológicas estadounidenses se están volviendo demasiado grandes. En las actuales condiciones de competencia tecno-geopolítica, la lealtad es más relevante que cualquier preocupación sobre el tamaño.
Algunos analistas han hecho foco en la agenda de proteccionismo industrial y restricción de inmigraciones como el punto en donde esta coalición podría entrar tempranamente en crisis. Es posible. Los promotores de la coalición sostienen que estas agendas preocupan más al viejo sector industrial y al sector de retails que a la tecno-burguesía (mucho menos vulnerables a las consecuencias de aranceles o barreras comerciales) o a los trabajadores (deseosos de aumentos salariales en el corto plazo y de beneficiarse de mejoras en el dinamismo económico norteamericano en el mediano y largo plazo). Al respecto, la tecno-burguesía recluta talentos a nivel global a partir de la visa H-1B (visa para profesionales), que está, en palabras de Trump, fuera del alcance del esquema de restricciones inmigratorias. Pero además, los tecno-empresarios entienden que, tanto las políticas proteccionistas como las restricciones de inmigración, incrementarán los costos de la vieja burguesía industrial y comercial, todo lo cual, acelerará la inversión de estos sectores “atávicos” en nuevas tecnologías de automatización y reconversión. De ser así, la tecno-burguesía sería una beneficiaria indirecta de las restricciones. Finalmente, y de acuerdo a los defensores de la MAGA 2.0, los saltos en productividad de la economía norteamericana, por la vía del reskilling y el upskilling, mejoraría la calidad de los trabajos norteamericanos. ¿Será?
Los tecno-empresarios entienden que el proteccionismo y las restricciones de inmigración incrementarán los costos de la vieja burguesía industrial y comercial, todo lo cual, acelerará la inversión de estos sectores en nuevas tecnologías de automatización y reconversión
Para finalizar: ¿Cómo se expresaría el excepcionalismo norteamericano en el marco de esta nueva coalición? Si para la coalición globalista el excepcionalismo era una función del atractivo universal de las ideas norteamericanas y de una vocación única por transformar el mundo, para la nueva coalición MAGA 2.0 el excepcionalismo estadounidense es la gestión del compromiso singular del país con la igualdad y la dignidad de los ciudadanos estadounidenses individuales (corazón del viejo jacksoniano) y la fuerza cultural perdurable que, durante más de dos siglos, han hecho que Estados Unidos sea un lugar excepcionalmente acogedor para la disrupción y el caos que el capitalismo dinámico inevitablemente trae consigo (corazón de la tecno-sociología emergente). Es decir, de acuerdo a la coalición MAGA 2.0, Estados Unidos no se está retrayendo como producto de su decadencia, sino que se está revolucionando para competir en el nuevo tablero de competencia estratégica internacional, con una estrategia que combina patriotismo y economía del conocimiento.
Ese es el sentido preciso de America First en el marco de la coalición MAGA 2.0: la utopía del tecno-capitalismo popular. ¿Logrará Trump sostener y gestionar las tensiones de esta coalición novedosa? ¿Puede la fuerza de la tradición cultural alojar el dinamismo de una revolución económica? ¿Una sociedad fracturada es capaz de proyectar poder internacional? ¿La agenda de desarticulación del poder central no se terminará cobrando la capacidad de Estados Unidos para proyectar liderazgo y competencia internacional? ¿Cuál será el impacto del ascenso jacksoniano en el componente republicano de la democracia del norte? Parafraseando a Kennedy, ¿estamos presenciando el ascenso de un renovado Estados Unidos en el marco de un sistema híper-competitivo o una nueva etapa en la decadencia de la otrora nueva democracia bajo las presiones entrópicas del post-globalismo?