La comunión de J. D. Vance
J. D. Vance llegó al catolicismo después de pasar por el ateísmo, la filosofía y Silicon Valley. En "Communion: Finding My Way Back to Faith", el vicepresidente de Trump reconstruye su camino de regreso a la fe y deja al descubierto las tensiones entre su conversión religiosa y su proyecto político.
Antes de ser una estrella política, J. D. Vance fue una celebridad literaria. Hillbilly Elegy: A Memoir of a Family and Culture in Crisis, publicado en 2016 por un joven abogado y ejecutivo de una firma de venture capital desconocido hasta entonces para el gran público, se convirtió instantáneamente en una sensación de crítica y de ventas. Aparecido apenas cuatro meses antes de la sorprendente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de ese año, Hillbilly Elegy fue reconocido de inmediato por el establishment cultural y los analistas políticos como el Urtext del movimiento MAGA (Make America Great Again), la explicación última del terremoto electoral que elevó a la primera magistratura del país más poderoso del mundo a un polémico empresario de peinado estrafalario y verba demagógica, recién llegado a la política, vencedor imprevisto de una política profesional que se había preparado durante 40 años para el cargo. En 2020, el libro fue llevado al cine en una película dirigida por Ron Howard y protagonizada por Glenn Close en el papel de abuela de Vance y Amy Adams como su madre. A diez años de la aparición de Hillbilly Elegy, Vance acaba de publicar su segundo libro, Communion: Finding My Way Back to Faith (Comunión: Encontrando mi camino de retorno a la fe), en el que narra su conversión al catolicismo.
Vance, criado en el protestantismo evangélico del Medio Oeste, es uno de los notables conversos al catolicismo que han surgido en los últimos años dentro del conservadurismo estadounidense, grupo que incluye a los periodistas Ross Douthat o Sohrab Ahmari o el constitucionalista Adrian Vermeule. Es también el católico de mayor rango en el aparato del Estado, junto con la mayoría católica de la Suprema Corte (Samuel Alito, Amy Coney Barrett, Neil Gorsuch Brett Kavanaugh, John Roberts, Sonia Sotomayor y Clarence Thomas)
La idea de que un dirigente político escriba un libro sobre su fe religiosa puede resultar escandalosa a gran parte de la intelligentsia argentina, educada en la concepción francesa del Estado laico y de la secularización entendida como separación estricta entre las esferas de lo público y lo privado, según la cual las creencias religiosas deberían relegarse a esta última. Estas distinciones tajantes son ajenas a la cultura política estadounidense. La famosa “pared de separación entre Iglesia y Estado”, se apoya en la primera cláusula del Bill of Rights (las primeras diez enmiendas a la Constitución de Estados Unidos, promulgadas en 1791), que establece que “el Congreso no aprobará ninguna ley que establezca una religión” (en otras palabras, no puede haber una religión oficial o de Estado) “ni [que] prohíba el libre ejercicio de ésta”, o sea, proclama la libertad religiosa. Fuera de estas dos restricciones, no existe un impedimento constitucional para el ejercicio público de las creencias religiosas, incluyendo el uso de símbolos o elementos exteriores de dichas creencias, como la cruz, la kipá o el hijab.
Históricamente, los funcionarios electos han jurado sobre la Biblia (en casos más recientes, sobre el Corán) y realizado otras manifestaciones públicas de fe, como pronunciar rezos breves en ceremonias oficiales o circunstancias de duelo nacional, y desde luego hablar abiertamente sobre su propia fe religiosa. Esto vale tanto para los conservadores como para los progresistas, como se advierte en las frecuentes afirmaciones de fe musulmana del actual alcalde de Nueva York. Lo mismo ocurre normalmente en la vida académica y cultural; es algo que a nadie escandaliza ni sorprende.
Históricamente, los funcionarios electos han jurado sobre la Biblia (en casos más recientes, sobre el Corán) y realizado otras manifestaciones públicas de fe y desde luego hablar abiertamente sobre su propia fe religiosa. Esto vale tanto para los conservadores como para los progresista. Lo mismo ocurre normalmente en la vida académica y cultural; es algo que a nadie escandaliza ni sorprende.
Communion es una secuela de Hillbilly Elegy. Ambos libros pertenecen a una larga tradición literaria norteamericana: las narrativas de conversión, que a su vez tienen origen en la cultura puritana de Estados Unidos. En las primeras congregaciones puritanas de Nueva Inglaterra, aquellos que deseaban incorporarse a ellas debían pararse frente a la entera comunidad reunida en el town hall y contar a viva voz una “genuina experiencia de conversión”. Toda la cultura confesional estadounidense, desde las profusas admisiones públicas de pecados privados hasta The Jerry Springer Show y el ritual de presentación de Alcohólicos Anónimos hunde aquí sus raíces. El modelo último de la literatura de conversión son las Confesiones de San Agustín, un libro leído en todos los cursos introductorios de humanidades en las universidades de este país. San Agustín fue el santo elegido por Vance como padrino espiritual de su confirmación como católico.
Es la crudeza confesional de Hillbilly Ellegy lo que explica su éxito. James David Vance nació como James Donald Bowman el 2 de agosto de 1984 en Middletown, ciudad acerera en el extremo sudoeste del estado de Ohio. En esa misma época, el Medio Oeste estaba dejando de ser el motor industrial del país para transformarse en su Cinturón de óxido. La familia de Vance provenía del lindante estado de Kentucky, más precisamente de un condado enclavado en el corazón de la Appalachia, la zona rural que atraviesa en diagonal buena parte del Noroeste y del Sur de Estados Unidos, desde Nueva York a Mississippi. La columna vertebral de la Appalachia son los montes Apalaches, que le dan nombre. Hillbilly es el apelativo, entre sarcástico y despectivo, con el que se conoce a los habitantes de estas montañas, típicamente pobres y poco instruidos, denominación comparable con nuestro “pajuerano” o el español “paleto”. Como estos equivalentes hispano-criollos, los hillbillies son tema de infinitos chistes, hoy políticamente incorrectos; los que eran niños en la década del Sesenta recordarán la serie “Los Beverly Ricos” (en inglés, The Beverly Hillbillies) que usaba los hábitos campesinos y las constantes gaffes de esta familia, enriquecida de la noche a la mañana por el descubrimiento de petróleo en su finca, como material infalible de risa. La serie fue todo un hit: duró nueve temporadas, todo un comentario sobre la pregnancia de estos clichés en la mentalidad de la época.
La infancia del joven Vance no tuvo nada de risible: padre alcohólico y madre adicta a los opioides y la heroína, un hogar marcado por la inestabilidad y los abusos. Sus padres se divorciaron cuando Vance tenía seis años; su madre se casó después con otro hombre que lo adoptó, lo rebautizó James David y le dio su apellido, Hamel. Cuando este matrimonio también fracasó, J. D. (las iniciales disimulan el cambio forzado del segundo nombre) y su hermana mayor, hija de un matrimonio anterior de su madre, se fueron a vivir a Kentucky con sus abuelos maternos, James y Bonnie Vance—"Papaw" y "Mamaw"—, quienes se hicieron cargo de su crianza. A los 29 años, en 2013, Vance cambió legalmente su apellido por última vez, como homenaje a estos abuelos.
La historia familiar de J. D. Vance replica la de miles de otras familias de su mismo extracto social, una clase trabajadora blanca de origen hiberno-escocés devastada por la desindustrialización, la pobreza, las adicciones y la violencia intrafamiliar. En sus propias palabras:
En una sociedad tan centrada en la cuestión racial como la estadounidense, el vocabulario común no suele ir más allá del color de la piel de una persona: “negro”, “asiático-americano”, “privilegio blanco”. A veces, estas amplias categorías son útiles, pero para entender mi historia es necesario profundizar en los detalles. Yo seré blanco, pero no tengo nada que ver con los WASPs (Anglosajones blancos y protestantes, según la sigla en inglés) del Noreste del país. Me identifico en cambio con los millones de norteamericanos blancos de ascendencia escocesa e irlandesa sin estudios universitarios. Para esta gente, la pobreza es una tradición familiar. Sus antepasados fueron peones en la economía esclavista del Sur antes de la Guerra Civil, aparceros después, mineros más tarde, y, en tiempos más recientes, trabajadores de la industria siderúrgica o metalmecánica. El resto de los Estados Unidos los llama hillbillies, rednecks o white trash; yo los llamo vecinos, amigos, familiares.
Esta era y sigue siendo la base electoral de Donald Trump. Frente al carisma populista del magnate neoyorkino; J. D. Vance era the real thing, un representante ilustrado de ese pueblo, los “casos perdidos” subestimados por Hillary Clinton en la campaña del 2016. La crítica apenas velada al lenguaje identitario-racial estadounidense (que algunos tratan denodadamente de importar a la Argentina) es una referencia cifrada a la bronca que esos blancos pobres del interior profundo de Estados Unidos sienten contra las elites educadas de los grandes centros urbanos, creadoras de ese lenguaje.
A pesar de su tono reivindicatorio, Hillbilly Elegy fue también criticado por muchos de los supuestos reivindicados, para quienes el retrato que Vance pinta de ellos es excesivamente negativo. Le criticaron su visión sobre la influencia de la cultura de los Apalaches en la desintegración familiar y la preponderancia que Vance asigna a la responsabilidad individual por sobre los factores sociales en la debacle económica de la región, en especial su rechazo a la dependencia de los programas de welfare por sobre la voluntad de superación personal, un tópico del conservadurismo norteamericano. Paradójicamente, la propia historia de superación personal del autor—su trayectoria de un hogar disfuncional de clase media baja a una universidad de élite gracias a la G.I. Bill, el subsidio gubernamental que cubre los aranceles universitarios de los veteranos de las fuerzas—fue posible no solo por su indudable esfuerzo y capacidad personal, sino también por la oportuna intervención de los mismos mecanismos del estado de bienestar que él cuestiona. En Communion, Vance corrige un poco esa mirada crítica y ofrece una descripción más misericordiosa de su propia gente.
Este cambio de óptica, ¿es fruto de su reciente catolicismo o un cálculo electoral? Cuando publicó Hillbilly Elegy, Vance estaba todavía a unos años de lanzarse al ruedo político, aunque algunos sospechan que el libro fue parte de una estrategia largamente preparada en ese sentido. En esa misma lógica, Communion sería parte de la estrategia para el lanzamiento de su precandidatura presidencial, el año que viene.
Ambas cosas pueden ser ciertas: el libro tiene varias de las facetas que suelen esperarse en un libro de campaña —las señaladas correcciones a su descripción de la cultura hillbilly, la apelación al voto femenino, la defensa de la política inmigratoria del actual gobierno, etc.—, pero es difícil concluir que su centro de gravedad haya sido determinado por una especulación política. La Iglesia católica es el mayor grupo cristiano de los Estados Unidos (alrededor de 52 millones de personas, 20 % del total de cristianos de este país, se identifican como católicas), pero el protestantismo en todas sus variantes —tradicionales, evangélicos o pentescostales— sigue siendo mayorías. Esto es particularmente cierto en el Medio Oeste y del centro-sur del país, donde viven “los vecinos, amigos y parientes” de Vance. Desde el punto de vista electoral, por lo tanto, su conversión al catolicismo no tiene mucho sentido.
En 2003, después de graduarse de la secundaria, Vance ingresó a los Marines, en donde sirvió como public affairs specialist y corresponsal de guerra, trabajos que afilaron sus aceptables dotes de escritor. Entre finales de 2005 y comienzos de 2006 fue destinado durante seis meses en Iraq, aunque nunca llegó a ver combate. En 2005 murió su abuela, la única persona, según sus palabras, “que se preocupaba por mi fe”. Para cuando completó su servicio militar, el cristianismo había dejado de tener sentido para él. Vance describe la pérdida de la fe evangélica heredada como un proceso casi rutinario, no marcado por ningún acontecimiento crucial, salvo la muerte de Mamaw. A pesar de un breve roce con la muerte, que describe como lo más parecido que tuvo a una experiencia de lo sobrenatural, los años siguientes transcurrieron como un viaje sin paradas por la ruta del ateísmo, alimentado por la lectura de Ayn Rand y su idea de la virtud del egoísmo. En 2007, financiado, como dije más arriba, por la G.I. Bill, Vance ingresó en Ohio State University, de la que egresó en 2009 con un título en ciencia política y filosofía. Al año siguiente fue admitido en la escuela de derecho de Yale, donde obtuvo su doctorado. Fue precisamente durante su estadía en Yale que Vance tuvo su episodio del camino de Damasco.
Como todo proceso de conversión, se produjo por etapas. Al comienzo fueron algunas discusiones en clase sobre filosofía moral y religión que incitaron su curiosidad intelectual. Después vino la lectura del Comentario literal sobre el Génesis de San Agustín, que modificó sus ideas sobre las relaciones entre ciencia, tecnología y religión y lo llevó a cuestionarse “la arrogancia intelectual de mi ateísmo”. Finalmente vino el encuentro providencial, la revelación de la voz del Maestro. Solo que no se trató de la voz de Cristo en los polvorientos caminos de Siria sino la de un improbable representante de Silicon Valley y el mundo de las inversiones, el venture capitalist y filósofo vocacional Peter Thiel.
El encuentro, que habría de tener un impacto extraordinario en la carrera profesional y política de Vance, se produjo durante su segundo año en Yale, cuando asistió a una charla de Thiel con estudiantes. En Communion, Vance comenta con detenimiento esa charla—esencialmente, una exposición de Thiel sobre los efectos deletéreos de la competencia laboral en la vida personal y sobre la falta de avances significativos en la investigación científica, base de su argumento en favor del aceleracionismo tecnológico—y el efecto que ella tuvo en su comprensión de sí mismo. Pero lo que más le impresionó fue que Thiel, “posiblemente la persona más inteligente que haya conocido, se identificara muy abiertamente como cristiano”. Esto le sacudió la estantería: la evidente inteligencia del conferencista desmentía la simplista oposición que había guiado el pensamiento de Vance hasta ese momento, a saber, que la gente religiosa era básicamente estúpida, y que la gente realmente inteligente era atea. Empezó entonces a preguntarse de dónde venía la convicción religiosa de Thiel, lo que a su vez lo llevó a René Girard, el filósofo francés con el que Thiel había estudiado en Stanford. El descubrimiento de la teoría de rivalidad mimética de Girard complementó la revelación sobre las causas profundas de la competencia entre los seres humanos –una terapia rápida para quien no parece tener tiempo para una verdadera terapia.
El episodio es revelador en más de un sentido. En primer lugar, ilustra la inmediata fascinación que Vance experimentó esa tarde por el que habría de ser su principal mentor. Después de graduarse y de trabajar un par de años como asistente legal de un senador republicano y abogado de empresas, el futuro vicepresidente entró al mundo de las inversiones tecnológicas de la mano de Thiel. Y cuando en 2021 se decidió a lanzarse a la política como candidato a senador por su estado natal, el fundador de Palantir se convirtió en su mayor aportante.
En un plano más profundo, la admiración por Thiel explica la atracción de Vance por el catolicismo: más que ser resultado de un shock existencial—la pérdida de un ser querido, la propia exposición a la muerte, una experiencia mística—, la conversión de Vance parece haber sido producto, en primera instancia, de un deslumbramiento intelectual. Como señalan los columnistas de opinión del New York Times, E.J. Dionne Jr. y Carlos Lozada en diálogo con su colega Michelle Cottle, recurriendo al lenguaje teológico, Vance llega a la fe por la vía racional. Thiel fue el último eslabón de una cadena de encuentros intelectuales: los autores más admirados por Vance—J. R. R. Tolkien, G. K. Chesterton, San Agustín, Santo Tomás—son católicos. Para el joven estudiante de leyes, el hecho de que los pensadores que más habían influido en él compartieran esa religión, indicaba que él tenía más que ver con el catolicismo de lo que hasta entonces creía.
La racionalización de sus motivos es una actitud recurrente. Durante el catecumenado (el período de instrucción religiosa previo al bautismo de adultos en la Iglesia católica), Vance tuvo que superar su rechazo inicial al sacramento de la confesión. “La idea de hablar sobre mis pecados con un extraño me resultaba insoportable. Pero mi amigo católico Sam me dijo algo que me hizo tomar la confesión de otra manera: ‘Es como ir a terapia, pero con menos queja y más culpa’, me dijo.” Esta explicación le permitió superar su rechazo (una rémora tanto de su ateísmo como de su pasado evangélico) y despejó su camino de converso.
Pero como todo buen psicoanalista o paciente psicoanalizado sabe, la racionalización no es tanto un signo de ausencia de emociones como de su represión. La segunda parte de la cita descorre un poco el velo sobre ese sustrato emocional. En el sacramento de la confesión, dice Vance, “uno puede reconocer el aspecto social del pecado, el hecho de que algunas personas estén marcadas por los problemas y traumas de su juventud. Pero siempre es posible reconocer que aún una persona muy dañada psicológicamente sigue siendo responsable de sus acciones equivocadas” (id.) La palabra clave es “culpa”:
Algunos ateos critican el concepto cristiano de culpa como un concepto intrínsecamente abusivo, especialmente en la infancia. La culpa, dicen, hace sentir mal a los niños por cosas que son normales y naturales; es una forma de tortura psicológica. Pero yo, en la culpa, encuentro liberación. Reconocer que me equivoqué y que debo pedir perdón a Dios y a quienes dañé con mis acciones, me llevó a pensar en mi propia conducta de una manera radicalmente diferente. Reconocer la interconexión que existe entre las malas acciones fue para mí un antídoto contra el resentimiento que sentía hacia mi mamá [por el descuido que tuvo conmigo y mi hermana cuando éramos chicos y por sus propias acciones autodestructivas.] “Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,” dice el Evangelio. El hecho de que existiera un ritual sacramental en torno a la culpa —el ritual de confesar algo públicamente, admitir que se había obrado mal y realizar un acto de penitencia— fue lo que finalmente me llevó a la Iglesia católica.
Este es el pasaje más íntimamente confesional del libro, y aquel en el que la progresión disonante de Hillbilly Elegy encuentra su resolución. El periplo espiritual de J. D. Vance, su pasaje de una infancia triste y una juventud descreída y egoísta al redescubrimiento de la fe, culminaba en el reconocimiento de ser parte de una trama colectiva—la familia, la comunidad, la cultura—, a la que el individuo está siempre integrado, no como un átomo aislado sino como parte de esa interconectividad de buenas y malas acciones. Las imperfecciones humanas “no son incidentales para nuestra fe. En los textos canónicos del judaísmo y el cristianismo, los pecados más terribles aparecen siempre en primer plano. Las personas que cometieron esos pecados son los antepasados de Cristo, y Dios los puso ahí para recordárnoslo”. Es difícil encontrar un testimonio más auténticamente cristiano del significado del sacramento de la confesión y la reconciliación. Religión es re-ligar, volver a unir lo que estaba separado. La incorporación de Vance a la grey católica daba así sentido y justificación a su vida.
Religión es re-ligar, volver a unir lo que estaba separado. La incorporación de Vance a la grey católica daba así sentido y justificación a su vida.
El hecho de que el catolicismo sea una religión fuertemente institucional fue decisivo para su conversión. A diferencia de la multiplicidad inagotable de iglesias protestantes, la Iglesia católica es una organización única, estructurada por una jerarquía (el Papa y los obispos) que ejerce la autoridad del magisterio, es decir, la interpretación última de las verdades de la fe. Al mismo tiempo, la Iglesia católica es la comunidad horizontal de todos los bautizados (el Pueblo de Dios, laicos y clero por igual), unidos en una misma liturgia y una misma Tradición. Institución plurisecular que parece desafiar el paso del tiempo, la Iglesia católica es el epítome de la estabilidad y la continuidad en el curso cambiante de la historia. Un psicólogo ateo podría decir: esta Iglesia es el antídoto para la neurosis provocada por el trauma de la infancia de Vance, la contrapartida de la disolución de su familia y su comunidad de origen. Autoridad, jerarquía, tradición: ante la declinación del protestantismo, muchos otros cristianos conservadores estadounidenses encontraron en el catolicismo la contrapartida lógica al relativismo moral y epistemológico de nuestro tiempo. En palabras del mismo Vance:
Me vi también atraído a la jerarquía y el sentido de autoridad del catolicismo. La tradición cristiana es tan rica, la Biblia tan vasta y tan difícil de conocer en detalle, que comencé a ver en la estructura del catolicismo no una carga sino un beneficio. Literalmente, la Iglesia católica habla con una autoridad de dos mil años y tiene procesos establecidos de larga data para responder a la evolución de la doctrina y de las nuevas realidades del mundo; como católico, esto me hace sentir que estoy sólidamente arraigado en un terreno firme. Muchas de las iglesias evangélicas a las que iba de chico con mi familia dependían de la figura de un pastor carismático; un escándalo, la muerte del pastor, o simplemente la mudanza de la familia podían significar el fin de esa iglesia o de nuestro vínculo con ella. El catolicismo, por el contrario, es independiente de un sacerdote en particular. Es una institución: tiene sus fallas, pero es también más perdurable.
Vance parece estar siempre tratando de controlar sus emociones (viejo reflejo puritano del protestantismo anglosajón), pero hay un momento en que su tendencia a la racionalización cede ante el asalto inesperado de la emoción de lo sagrado. Es tal vez el momento más intensamente católico del libro, la inmersión del autor en la potencia reveladora de la imagen, germen de lo que su compatriota Andrew Greeley llamó la imaginación católica. Es una verdadera epifanía, que Vance colorea con su propio sesgo tradicionalista. La escena transcurre en 2018 dentro de una catedral francesa—que él no nombra—durante el primer viaje al exterior con su esposa Usha (abogada como él e hija de inmigrantes indios, a la que conoció en Yale) y el primero de sus cuatro hijos, Ewan, que todavía usaba el andador.
Nos encontramos en una catedral en Borgoña (…) Usha fue a buscar un baño y yo me quedé solo con Ewan, tratando de hacerlo dormir una siesta. Era alrededor de las seis de la tarde, y el sol crepuscular brillaba a través de los gigantes vitrales de tal manera que podían verse las partículas de polvo flotando en el aire. No podía dejar de pensar que, salvo por nosotros, la catedral estaba vacía y lo que eso decía sobre la declinación cultural de Europa y la lenta evaporación del cristianismo de ese continente (…) Ewan se quedó dormido, y yo me sentí abrumado por este contraste: por un lado, la majestuosa, casi providencial belleza de la catedral; por el otro, el aplastante sentimiento de tristeza y el asco que me provocaban las noticias de la Iglesia estadounidense que en ese momento dominaban los titulares [los abusos sexuales de niños y adolescentes, las acusaciones del ex nuncio apostólico Carlo María Viganó sobre el supuesto, y luego desmentido, encubrimiento del abusador cardenal Theodore McCarrick por parte del papa Francisco, etc.] Todo eso es tremendo, pensé, pero también pensé que yo pertenecía a esa Iglesia. En ese momento me sentí dominado por una determinación inexplicable. Me dije: no puedo renunciar a esta Iglesia porque estén pasando estas cosas, porque sus hombres hayan fallado. Y en ese momento sentí un extraño sentido de posesión: en esa catedral vacía, en un país extranjero, sentí que esa Iglesia me pertenecía. Yo le debía algo, y ella me debía algo a mí. A lo mejor mi hijo, cuando crezca, piense que yo fui un simplón o un imbécil por haberle querido inculcar esa fe. Pero si el Titanic se hunde, yo prefiero estar en cubierta antes que en los botes. Sería mentira si dijera que toda la ambivalencia que siempre he sentido por la religión organizada desapareció de repente, pero tuve una clara sensación de pertenencia y de presencia de lo divino. Este era un lugar sagrado, separado del mundo y dedicado a la adoración de Dios, aun cuando los antiguos parroquianos ya no acudieran a él (…) Fue una verdadera epifanía, el momento en que comprendí que todas las razones que me había dado a mí mismo durante años para resistir el llamado (…) eran en última instancia problemas causados por las imperfecciones de los seres humanos. Y a medida que mi mirada avanzaba a lo largo de la nave para sumergirse en la intrincada arquitectura del ábside, tuve otra revelación: siempre que intente, aunque sea imperfectamente, reconciliarse con Cristo, el hombre será capaz de crear esta belleza deslumbrante y hacer el bien. También me sentí esperanzado. La promesa de la fe cristiana es la victoria sobre la muerte; no la muerte física, que nos llega a todos, sino la muerte espiritual. A lo largo de los últimos dos mil años, los cristianos han sufrido muchísimas crisis (…) pero la Iglesia sigue en pié—no sólo este edificio de piedra, sino la comunión de los creyentes.
Finalmente, Usha volvió del baño. Yo estaba sentado en los bancos de la catedral, con nuestro hijito durmiendo a mi lado. En ese momento, una mujer de mediana edad apareció de golpe de adentro de una de las capillas laterales. Parecía una inmigrante africana. Miró a nuestro hijo con una sonrisa gentil y salió de la catedral. Esa mujer había estado allí todo el tiempo, rezando en silencio; después de todo, no estaba solo. Dios parecía estar deciéndome: no seas tan melodramático. Cuando regresamos a casa, le dije al padre Henry [un fraile dominico de Cincinnati con el que había estado conversando acerca de su interés en el catolicismo] que quería bautizarme.
Vance había ya contado la historia de su conversión en un ensayo aparecido en 2020 en la revista católica The Lamp. Communion expande ese relato con nuevas historias, como la que acabo de citar, y referencias ineludibles a su carrera política, que en 2020 no había todavía comenzado. El resultado, según Dionme y Lozada, es un libro que carece de la unidad de Hillbilly Elegy, porque trata de responder al mismo tiempo a inquietudes de distintos públicos. Es una historia de conversión que al mismo tiempo es la biografía del futuro candidato presidencial, testimonio de una búsqueda espiritual y libro de campaña. Ante todo, el autor debe dar cuenta de la compatibilidad entre su catolicismo y las políticas de la administración que él integra y que muchas veces están en cortocircuito con la Iglesia y las enseñanzas de sus obispos, empezando por el obispo de Roma. La incompatibilidad más evidente es la política inmigratoria del presidente Trump (a quien Vance apenas nombra), abiertamente condenada por Francisco, León XIV y la conferencia episcopal de Estados Unidos. En su intento por defender las acciones de su gobierno, Vance ha quedado varias veces descolocado como católico practicante, como cuando sugirió que el Papa debía tener más cuidado al hablar de cuestiones teológicas.
Vance parece estar siempre tratando de controlar sus emociones (viejo reflejo puritano del protestantismo anglosajón), pero hay un momento en que su tendencia a la racionalización cede ante el asalto inesperado de la emoción de lo sagrado.
Otro tanto puede decirse de su actitud frente a la doctrina social de la Iglesia. En el libro, Vance resume con enorme entusiasmo la encíclica Rerum Novarum de León XIII. Cabe preguntarse si un Presidente Vance se inspiraría en el catolicismo social o si continuaría las políticas que están en abierta contradicción con éste, como el desfinanciamiento de organizaciones católicas de servicios a los niños. Vance menciona poco al papa Prevost y no hace referencia a su encíclica Magnifica Humanitas, publicada unas semanas antes del lanzamiento de Communion, pero también podemos preguntarnos si como presidente trataría de aplicar las enseñanzas de León XVIII sobre el transhumanismo y la inteligencia artificial o si se inclinaría por las sugerencias de su viejo mentor Thiel, que recientemente acusó al pontífice norteamericano de ser agente de los chinos.
Estas disonancias teológico-políticas dejan también al desnudo las contradicciones internas del propio Vance entre sus creencias religiosas y sus valores políticos. El relato de su epifanía en la catedral francesa es un gran ejemplo. La emoción que transmite es conmovedora, y no hay razón para dudar de ella. Pero al final introduce un detalle extraordinario: la mujer que aparece repentinamente de una de las capillas laterales (en la Biblia, estas apariciones inesperadas suelen ser una manifestación de los ángeles, emisarios de Dios) es “probablemente” una inmigrante africana. Es su presencia concreta lo que ratifica la supervivencia de la fe cristiana en una Europa descristianizada. Esta comprobación, ¿no debería inspirar una actitud más caritativa hacia los inmigrantes, como han repetido insistentemente Francisco y León XIV? Vance—casado, recordemos, con la hija de inmigrantes indios—ha sido un explícito simpatizante de partidos europeos de extrema derecha como la Alternativa para Alemania, que propugna la expulsión masiva de inmigrantes. Por favor, que el verdadero J. D. se ponga de pie.
El debate sobre la inmigración dio lugar a una célebre confrontación entre Vance y el papa Francisco. En enero de 2025, en una entrevista realizada por el periodista conservador Sean Hannity en el canal de noticias Fox News, Vance citó la doctrina agustiniana del ordo amoris (esencialmente, una descripción centrífuga del amor entre los seres humanos, de la familia a la comunidad local y de allí al resto de la humanidad) como justificación teológica de la política migratoria de Trump. Este comentario mereció una pronta e inusual respuesta del papa argentino, en la forma de una carta dirigida a los obispos norteamericanos. Sin nombrar al vicepresidente ni a Agustín, la carta condenaba las deportaciones masivas implementadas por el gobierno de Estados Unidos e invocaba la parábola del buen Samaritano como inspiración para una política migratoria verdaderamente cristiana. Tres meses más tarde, Vance visitó el Vaticano y fue recibido en una breve reunión fuera de agenda oficial por un mortalmente enfermo Francisco; fue el último líder mundial recibido por el papa Bergoglio, que murió al día siguiente. En Communion, Vance recuerda este encuentro con cálidas palabras e incluso defiende a Francisco de las críticas de sus más enconados denostadores en Estados Unidos.
Otro detalle significativo de Communion es que las palabras católico o catolicismo aparecen allí considerablemente menos veces que las palabras cristiano o cristianismo (70 contra 294), algo sin duda llamativo en un libro sobre la conversión al catolicismo. Algunos comentaristas han interpretado esta preferencia como señal de la preocupación de Vance por no enajenar a sus antiguos cofrades, los protestantes evangélicos, históricamente hostiles a Roma. El énfasis ecuménico en el denominador común de católicos y protestantes como cristianos es también una apelación a la unidad de los creyentes en un mundo descreído. Un riesgo de esta posición, como observa Dionne en el podcast del Times, es que el énfasis en el cristianismo se confunda con un nacionalismo religioso del tipo agitado por los aliados europeos de MAGA, que ven en el choque entre el Cristianismo y el Islam la última frontera de Occidente. Vance haría bien en reflexionar sobre el magisterio reciente de los papas, que tiene en Fratelli Tutti la carta magna de una fraternidad universal en la que el amor a Dios y al prójimo está por encima de los sectarismos religiosos.
El resultado, según Dionme y Lozada, es un libro que carece de la unidad de Hillbilly Elegy, porque trata de responder al mismo tiempo a inquietudes de distintos públicos. Es una historia de conversión que al mismo tiempo es la biografía del futuro candidato presidencial, testimonio de una búsqueda espiritual y libro de campaña.