La generación de Tomás

La memoria de una infancia marcada por la desaparición del padre se entrelaza con la historia de una generación militante y sus luchas. Entre silencios, relatos y reconstrucciones, emerge la transmisión de un legado político y afectivo que atraviesa el tiempo.

por Agustín Di Toffino

Una imagen se retiene en la memoria de mi infancia, en el tránsito entre el fin de la última dictadura militar y los umbrales de la democracia. Un domingo cualquiera, me quedaba contemplando el exterior de mi casa a través de un ventanal gigante. Una plaza corpulenta, bautizada en aquellos años como “el campito”, era el paisaje de una vecindad de un barrio de clase media cordobesa que observaban mis ojos. El ritual era contemplar lo que pasaba en el exterior, ver qué amigos se asomaban para jugar, pero también significaba una espera. En mi casa faltaba mi papá, Tomás, secuestrado y desaparecido desde hacía unos años por la dictadura militar que interrumpió el orden constitucional en Argentina un 24 de marzo de 1976.

Tengo esa escena rondando insistentemente en mi memoria, al punto de que a veces reniego de su verosimilitud. Ese es el marco que reconstruye mi recuerdo como trasfondo de una indagación familiar. No sé si fue exactamente ahí, en el patio o arriba de un auto, cuando mi mamá pudo decodificar, de la manera más tierna, humana y políticamente posible, la respuesta a una pregunta sobre una ausencia. “A papá lo secuestraron, lo mataron y lo desaparecieron porque luchó para que todos los chicos tengan un vaso de leche en su mesa”. Esas palabras me despojaron de las incertidumbres. Fue poner en el tablero la primera pieza de un rompecabezas interminable que se ha ido armando durante casi 50 años.

Las palabras de mi mamá también operaron políticamente, incidiendo con más eficacia que cualquier manifiesto sobre las luchas de clases o la explicación académica que años después se sumaría a mis lecturas para encontrar una explicación de porqué de mi orfandad. Fue, a su vez, pese al velo de tristeza y el vacío, un motivo de orgullo y reconocimiento.

Recuerdo que me emocionó tanto lo que dijo que quería expandirlo por todos lados. Pero ese impulso de contar una historia que conmovía, chocó con un muro de silencio. Hablar de aquella generación fue un tema tabú en la transición democrática. A los hijos de los desaparecidos nos costaba contar quiénes habían sido nuestros padres. La sociedad aún estaba adormecida. Si bien el juicio a las juntas fue un punto de inflexión donde los horrores del terrorismo de Estado tomaron una dimensión pública, los efectos del miedo que provocó el genocidio en Argentina estaban atascados en el imaginario colectivo. La estigmatización promovida por la teoría de los dos demonios actuaba como un refresh del “por algo será” de la propaganda dictatorial. Los sobrevivientes que volvían a la luz pública después de años de exilio y encierro lo padecieron en carne propia.

La desaparición forzada fue un método implacable de la dictadura para disciplinar socialmente. El genocidio contra la oposición política que llevó a cabo la última dictadura militar, con la instigación del poder económico concentrado, intentó borrar de la memoria colectiva la historia de lucha de una generación. Tenían que desaparecer las personas físicas, pero también el sentido político de su existencia: su elocuencia, su audacia, su desafío.

Hablar de aquella generación fue un tema tabú en la transición democrática. A los hijos de los desaparecidos nos costaba contar quiénes habían sido nuestros padres. 

Imagen editable

Cuando llegaron los años noventa, se dio la oportunidad de que las reconstrucciones personales tomaran formas colectivas. La creación de H.I.J.O.S. fue el ámbito donde bifurcaron nuestras biografías en un todo. Las políticas de impunidad y las reformas económicas neoliberales del menemismo nos interpelaban. La iniciación en la militancia fue también una de las formas de procesar nuestra herencia, de hacernos cargo de una historia.

Siempre tratamos de no llevar a los 30.000 a un lugar sacrosanto. Eran personas de carne y hueso. Pero ser sus hijos es una mochila pesada. La generación de nuestros padres había logrado hacer militar a su generación antecesora y a su generación posterior. Lo filial fue constitutivo de esas memorias incómodas, pero tuvieron la virtud de tejer una trama social más profunda. Los mandatos políticos lograron transmitirse, de manera subterránea o pública, y así se logró vencer al olvido. Había que construir las memorias sobre el horror del genocidio, y también las memorias sobre la militancia revolucionaria.

Para pensar en ese recorrido, hago el ejercicio de revisar algunos hitos sobre las memorias de mi papá, como una forma de desandar su historia desde los inicios.

Tomás nació en 1939 y, a los 14 años, entró a trabajar en la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC) a raíz del fallecimiento repentino de mi abuelo Tomasino. Como marca el Convenio Colectivo de Trabajo de Luz y Fuerza, mi papá ingresó a la empresa en lugar de su padre fallecido. La energía en la provincia había estado en manos de capitales ingleses hasta que Perón la nacionalizó. La modernización política, cultural y económica que promovió el peronismo convirtió a Córdoba en un polo industrial significativo, con el crecimiento de un cordón industrial de fábricas metalmecánicas y siderúrgicas. La energía, que anteriormente era ineficiente y deficitaria, se convirtió en un servicio público con un programa para ampliar la capacidad de generación eléctrica y dar abasto al nuevo contexto de desarrollo.

Mi papá fue parte de esa naciente clase trabajadora que se benefició de una movilidad social ascendente, al calor de la creación de derechos y conquistas laborales que colocaron a los sectores subalternos, antes postergados, en un lugar de protagonismo. Como resultado de ese empoderamiento, los trabajadores profundizaron sus vínculos, relaciones y organizaciones. Había un fuerte sentido de pertenencia colectiva, de hermandad de clase, de compañerismo. El sindicato pasó a ser su segunda casa. En esos años, Tomás inició su militancia gremial y se acercó a un dirigente que empezaba a resonar como un líder valiente, combativo y contenedor: Agustín José Tosco. Se hicieron compañeros de lucha inseparables hasta el último día de sus vidas.

El golpe de 1955 intentó detener el ciclo de crecimiento económico, la participación popular y la distribución del ingreso que había caracterizado al gobierno de Perón. La proscripción del peronismo y la prohibición de sus símbolos agudizaron el ingenio y la combatividad de los trabajadores, que expresaron su descontento a través de la resistencia peronista. Mi papá simpatizaba con esas expresiones.

La vida se convirtió en una sucesión de dictaduras militares y democracias restringidas. En ese contexto, y pese a las limitaciones, desde 1957 en Córdoba los gremios ensayaron una articulación amplia para normalizar la CGT local. Dirigentes del peronismo ortodoxo, del peronismo combativo, de las izquierdas e independientes acordaron una unidad en la acción que, doce años más tarde, tendría como resultado la mayor expresión de conciencia política de la clase trabajadora cordobesa.

Luz y Fuerza de Córdoba, bajo el liderazgo de Agustín Tosco, empezó a convertirse en una referencia a nivel nacional. Tosco, de pensamiento marxista, conducía el gremio rodeado de un grupo de compañeros que provenían de diversos orígenes políticos, impulsando una mirada democrática, plural y combativa del sindicalismo. A contrapelo de un sector del sindicalismo tradicional, referenciado en el vandorismo, Luz y Fuerza no negociaba con los gobiernos autoritarios, sino que los combatía.

En su definición, el sindicalismo no solo debía preocuparse por las reivindicaciones específicas de su sector, sino que también tenía que articular un espacio más amplio con otros actores sociales y políticos para que su accionar actuara como “palanca para la liberación nacional y social”. El análisis de que determinadas estructuras tradicionales del gremialismo estaban agotadas en términos de representación los empujó a incorporarse a la CGT de los Argentinos, encabezada por Raimundo Ongaro, de la Federación Gráfica Bonaerense.

La generación de nuestros padres había logrado hacer militar a su generación antecesora y a su generación posterior.

En 1966, la dictadura de Juan Carlos Onganía, que presumía que su gobierno no tendría plazos, marcó un punto de inflexión en el aumento del descontento social en amplios sectores de la sociedad. La intervención de las universidades, la Noche de los Bastones Largos y las políticas de su ministro de Economía, Adalbert Krieger Vasena ─que implicaban devaluación de la moneda, apertura económica y congelamiento salarial─ provocaron un descontento generalizado.

La amenaza de la pérdida de derechos, como el sábado inglés y las quitas zonales, fue la excusa para que la CGT convocara a un paro nacional. En Córdoba, además de adherir a la medida de fuerza, decidieron movilizarse. Se estaba gestando el nacimiento de uno de los mitos populares más importantes del siglo pasado en la provincia: el Cordobazo estaba en marcha.

Agustín Tosco, junto a Elpidio Torres (SMATA) y Atilio López (UTA), fueron los tres dirigentes principales del Cordobazo. El paro con movilización, convocado desde las primeras horas del día, terminó convirtiéndose en una pueblada con la participación de miles de vecinos, además de obreros y estudiantes. El asesinato del obrero metalúrgico Máximo Mena resultó intolerable para los manifestantes. La policía fue desbordada y la ciudad quedó en manos de los trabajadores hasta la llegada del Ejército.

“El Cordobazo es la expresión militante del más alto nivel cuantitativo y cualitativo de la toma de conciencia de un pueblo, en relación a que se encuentra oprimido y a que quiere liberarse para construir una vida mejor”, definió Agustín Tosco.

Al día siguiente del Cordobazo, la comisión directiva de Luz y Fuerza se encontraba en el bar del sindicato cuando llegó un grupo comando de Gendarmería disparando. Una ráfaga de ametralladora impactó en el techo del edificio y mi papá, guarecido detrás de una columna, sacó un pañuelo blanco. Un grupo de dirigentes fue detenido y conducido primero a la sede de la policía y luego a un cuartel del Tercer Cuerpo de Ejército. Allí, de manera sumaria, fueron condenados por Consejos de Guerra: los militares actuaban como jueces, fiscales y defensores.

Los acusaron de rebelión e intimidación pública. Tosco recibió ocho años de condena; Tomás, cuatro años y medio. El resto de los compañeros sufrió penas similares.

Cuando éramos chicos, mi mamá nos reunía a mis tres hermanos y a mí y nos leía fragmentos de un diario que Tomás escribió durante su encierro. En esa narrativa contaba cómo se había consolidado la hermandad entre los trabajadores, los debates políticos, sus estados de ánimo y también los apremios que padeció. En un apartado había escrito una lista de libros que habían pedido y que llegaron al penal: Rayuela y Las Armas Secretas, de Cortázar; La sociedad carnívora de Herbert Marcuse; El miedo a la libertad de Erich Fromm; La Peste y El Extranjero de Albert Camus; Los Jefes, de Mario Vargas Llosa; El Aleph de Jorge Luis Borges; El Medio Pelo de Arturo Jauretche y Las Fuerzas Morales de José Ingenieros, entre otras muchas lecturas.

Al Cordobazo se le sumaron otros alzamientos en distintas provincias del país y, a los pocos meses, Onganía abandonó su sueño de perpetuarse en el poder. Antes, dictaminó una amnistía para los presos del Cordobazo, que regresaron en noviembre y fueron recibidos por miles de trabajadores que colmaron la pista del aeropuerto. La lucha había arrancado a los compañeros de la cárcel.

La acumulación política del movimiento sindical colocó a Córdoba a la vanguardia de la lucha antidictatorial de aquellos años. “Córdoba será la capital del socialismo”, era la consigna de los militantes. Y las acciones de lucha continuaban. En SMATA había ganado las elecciones René Salamanca, un prestigioso dirigente clasista vinculado al maoísmo. El 15 de marzo de 1971, otro acontecimiento histórico hizo crujir a la dictadura de Levingston. Su interventor en la provincia, José Camilo Uriburu, había declarado: “En Córdoba se anida una venenosa serpiente cuya cabeza quizá Dios me depare el honor histórico de cortar de un solo tajo”. La respuesta de los trabajadores no se hizo esperar: convocaron a una huelga general y una movilización que terminó en otra pueblada. A los sindicatos que habían protagonizado el Cordobazo se sumaron los sindicatos clasistas de Sitrac-Sitram. Como parte de los manifestantes, también hicieron su primera aparición las incipientes organizaciones armadas.

Mi papá fue parte de esa naciente clase trabajadora que se benefició de una movilidad social ascendente, al calor de la creación de derechos y conquistas laborales. Había un fuerte sentido de pertenencia colectiva, de hermandad de clase, de compañerismo. El sindicato pasó a ser su segunda casa. 

Fueron años de un cúmulo de luchas y experiencias, pero también de persecución. Al igual que Tosco, Tomás estuvo preso en todas las dictaduras, y sus compañeros le habían puesto el apodo de “Zamba, media vuelta y adentro”. Incluso cuando nació mi hermano Tomás, en 1968, se encontraba detenido. Otra vez le festejaron el cumpleaños tras las rejas.

Tosco decía que la cárcel reforzaba la conciencia de lucha. En la última elección del gremio, Tosco estaba detenido. Esta vez, Tomás lo acompañó como secretario adjunto. Obtuvieron un amplio triunfo sobre la lista del peronismo ortodoxo.

Con Tosco ya en libertad, el sindicato fue invitado a la asunción de Salvador Allende en Chile. El gremio veía con entusiasmo el proceso de la Unidad Popular y consideraba que la vía democrática al socialismo era una opción viable. Mientras tanto, en Argentina, el retorno de Perón significó una victoria popular tras 17 años de proscripción. Sin embargo, ese momento que se presentaba como una bisagra histórica comenzó a diluirse al calor de la violencia política.

Los grupos de la derecha, con José López Rega a la cabeza, junto con sectores de las fuerzas de seguridad, intensificaron la represión contra la tendencia revolucionaria del peronismo, los espacios progresistas y la izquierda. En Córdoba, el 27 de febrero de 1974, el gobernador Ricardo Obregón Cano fue desplazado mediante un golpe policial encabezado por Antonio Navarro, que desalojó del poder a un gobierno representativo de los sectores más progresistas del peronismo.

Meses después, bajo la intervención del brigadier Raul Lacabanne, la represión se recrudeció. Aparecieron los primeros asesinatos y desapariciones. Luz y Fuerza fue un blanco directo: el gremio fue allanado e intervenido, muchos compañeros detenidos y Tosco debió pasar a la clandestinidad.

En aquellos años convulsionados, Tomás había tomado la decisión de no dormir más en nuestra casa. Fue una forma de buscar protección y evitar la persecución. Solo se acercaba los fines de semana para jugar con mis hermanos. Yo no había nacido. Eran pequeñas cápsulas de felicidad en un marco de temor y angustia. Si el contexto era muy negativo, la situación se empeoró con la aparición de una noticia desoladora: Tosco se encontraba enfermo. Durante su clandestinidad, mi papá había estado a cargo, con un grupo de compañeros, de la protección de Agustín, que era el hombre más buscado de Córdoba. Pese a la adversidad, también había solidaridad. Una red de militantes de diferentes procedencias había ayudado a esconderlo. Tosco, pese a su estado de salud, mantenía reuniones con diferentes actores de la vida democrática.

Lamentablemente, Tosco muere un 5 de noviembre de 1975. Tomás, con un grupo de compañeros, trasladó su cuerpo escondido desde Buenos Aires a Córdoba. Allí lo despidió una multitud de personas. Una balacera y una represión descomunal por parte de la policía disuelven el funeral en el cementerio San Jerónimo. Bajo el estruendo de las balas, los gritos y las corridas, Tomás y los compañeros consiguen llevar el cuerpo hasta su última morada.

Cuando llega el golpe del 24 de marzo de 1976, el sindicato se encontraba diezmado, pero los esfuerzos para sostener la organización no cedían. Legalmente intervenido, ellos seguían funcionando como “Luz y Fuerza en la Resistencia”, con el apoyo de otros gremios más pequeños que les facilitaban desde una oficina hasta un mimeógrafo. Muchos compañeros se encontraban presos, otros se habían exiliado. A principios de 1976 habían secuestrado al compañero Alberto Cafaratti. Mi papá recibió la posibilidad de marcharse del país, pero no quiso. Dijo que él estaba al frente del sindicato y que no podía abandonar a las compañeras y compañeros.

Un 30 de noviembre de 1976 fue secuestrado a la salida de la EPEC por el grupo de tareas OP3 del Destacamento de Inteligencia 141 del Tercer Cuerpo de Ejército. Fue llevado al centro clandestino de detención La Perla, donde lo inscribieron como “zurdo encubierto”. En ese lugar, donde se traspasaron todos los límites de la condición humana, los testimonios de los sobrevivientes lo recuerdan con mucho afecto y respeto, porque pese a la adversidad siempre trató de transmitir fuerza y protección. Fue fusilado en febrero de 1977. Haber sido uno de los sindicalistas que hizo el Cordobazo fue su sentencia. Después de muchos años de lucha, se logró que todos los que participaron de los crímenes de La Perla, sean sentenciados por delitos de lesa humanidad. Hoy el lugar es un Espacio de Memoria y promoción de los derechos humanos.

La generación de Tomás pensaba más en el futuro que en el pasado. Pero el pasado no es algo que quedó atrás. Vuelve, se resignifica, insiste. En tiempos de desolación e incertidumbre, la dignidad humana que ellos representan adquiere una dimensión profunda, tangible y perdurable. 

La generación de Tomás pensaba más en el futuro que en el pasado. Pero el pasado no es algo que quedó atrás.