«La historia contrafáctica muestra la importancia de las circunstancias, de la suerte y del azar»
Historiador, analista político y uno de los grandes lectores de la Argentina, Rosendo Fraga lleva décadas pensando la política desde un lugar incómodo para los determinismos. En esta entrevista, el autor de ¿Qué hubiera pasado si…? vuelve sobre la historia contrafáctica no como juego literario, sino como herramienta intelectual y política: una forma de disputar la idea de que los procesos son inexorables y de devolverle peso a las decisiones, al azar y a los individuos. De la Antártida a la Patagonia, de San Martín al peronismo, de Lenin a Hitler, Fraga propone un ejercicio que no busca reescribir el pasado, sino afinar el juicio sobre el presente y ensayar futuros posibles.
por Pablo Touzon y Tomás Borovinsky
Vos escribiste un libro titulado ¿Qué hubiera pasado si…? Historia argentina contrafáctica que forma parte de toda una serie de libros globales que incluyen la ucronía y la historia contrafáctica. ¿Por qué está mal vista en algunos países o en algunas academias?
Bueno, primero haría una aclaración conceptual. La ucronía y la historia contrafáctica no son exactamente lo mismo. La ucronía es más bien un género literario; la historia contrafáctica pertenece más al campo de la historia.
La ucronía, como literatura, no tiene límites: alguien puede convertirse en un ángel, Jesús puede no haber existido; ese tipo de ejercicios son propios de la ficción. En cambio, la historia contrafáctica toma la historia real y le plantea un “qué hubiera pasado si…”. Es decir, se parte de un hecho concreto que pudo haber tenido otro resultado: una elección, una batalla, una decisión política.
En ese sentido, la historia contrafáctica se mueve en el terreno de hechos que efectivamente pudieron haber sido distintos. La ucronía, en cambio, no tiene límites, y por eso se la utiliza más en la literatura.
En segundo lugar, los anglosajones le dan mucha importancia a la historia. Los escritores “latinos”, en general, le han dado bastante menos. Para los latinos, lo contrafáctico suele ser algo más ligado a la especulación o incluso al juego; para los anglosajones, en cambio, es una forma de aprendizaje histórico.
Les doy un ejemplo. El año que viene, en 2026, se conmemora el 250° aniversario de la creación del Virreinato del Río de la Plata, el 31 de julio. En el mismo mes, el 4 de julio, se declara la independencia de Estados Unidos. Son dos hechos que ocurren prácticamente al mismo tiempo. No están conectados por la comunicación directa —porque en ese momento no la había—, pero sí están conectados por una misma realidad: la debilidad del Imperio Británico para sostener dos frentes al mismo tiempo. Además, los españoles también estaban peleando en Florida.
Ese tipo de conexiones surgen de mirar la historia de manera contrafáctica. De hecho, el primer gran texto de historia contrafáctica es un libro que hacen los ingleses en 1931. Allí plantean, por ejemplo, qué hubiera pasado si los confederados del sur hubieran ganado la Guerra Civil estadounidense. Desarrollan el escenario de una victoria del sur, cuando en realidad hubo momentos en los que estuvieron muy cerca de ganar: perdieron unas cartas, un mensajero, esos documentos cayeron en manos del enemigo y eso terminó inclinando la batalla.
Para ese libro convocaron a escritores muy conocidos. Incluso le pidieron a un autor francés de gran prestigio, André Gide, que desarrollara un escenario contrafáctico.
A partir de allí, y sobre todo hacia el año 2000, hay una clara revalorización de la historia contrafáctica en el mundo anglosajón. Yo tengo prácticamente todos esos libros: creo que son catorce o quince volúmenes, donde en cada uno se le pide a un especialista —muchas veces un profesor de Oxford— que desarrolle un contrafáctico sobre su tema específico.
Son textos relativamente breves, de unas 120, 150 o 160 páginas. Por ejemplo: ¿qué hubiera pasado si Estados Unidos no tiraba la bomba atómica en la Segunda Guerra Mundial y evitaba esos cientos de miles de muertes? Hubiera muerto más de un millón de personas. La bomba atómica fue una cosa terrible, sin duda, pero la guerra probablemente hubiera durado un año más. Cada isla que tomaban los estadounidenses costaba decenas de miles de muertos, y además la población civil japonesa ya estaba muriendo de hambre.
Esto permite volver sobre otros puntos de vista. No digo que esté bien haber tirado la bomba atómica, pero el historiador que conoce el tema lo explica así: el análisis que se hace es que no tirarla implicaba multiplicar por diez la cantidad de muertos de ambos lados.
Desde cierto punto de vista ideológico, la historia contrafáctica es una refutación directa de la historia marxista, o de la doctrina marxista de la historia. Para esa mirada, lo más importante son los procesos, y los individuos quedan subordinados a ellos.

¿Por qué decías que hay una diferencia entre el prestigio de la historia contrafáctica en el mundo anglosajón —y en parte en Europa— y su menor desarrollo en castellano? ¿A qué lo atribuís? ¿Es una cuestión de tradiciones intelectuales?
Cuando digo “en castellano”, me refiero en general a la cultura latina. Los franceses, por ejemplo, tampoco están muy volcados a este tipo de enfoques.
¿Latina en general? ¿Italia, por ejemplo? ¿Europa continental, diríamos?
Sí, la Europa continental. Hay algún texto español, por ejemplo, que estudia qué hubiera pasado si Franco le permitía a los alemanes pasar por España para tomar el Peñón de Gibraltar durante la Segunda Guerra Mundial. Eso también es historia contrafáctica: fue un escenario posible. Pero son muy pocos casos.
Si vos mirás a los historiadores profesionales —del CONICET, de la UBA—, en general descalifican este tipo de historia. En cambio, los anglosajones, con un sentido más práctico, ven en la historia contrafáctica una capacidad de aprendizaje, una forma de abrir la cabeza.
Te doy un ejemplo de la historia argentina, que puede parecer menor. ¿Qué hubiera pasado si la patrulla de Estanislao López no le hubiera boleado el caballo al general Paz y no lo hubiera tomado prisionero? Paz entra confundido, creyendo que la patrulla era propia, iba solo a caballo, lo capturan. Paz tenía una capacidad militar superlativa. Probablemente, en esas fuerzas se hubiera ganado la campaña militar.
Ese tipo de escenarios se pueden multiplicar. Otro ejemplo: San Martín pudo haber muerto perfectamente en San Lorenzo. Eso está documentado; en el parte de batalla, San Martín dice que el granadero Baigorria lo salvó lanzando su sable. ¿Cómo hubiera sido la campaña de la independencia sin San Martín?
Y pensaba también, en función de esto que decías, en la diferencia entre lo contrafáctico y la ucronía. Me acordaba de un libro que sacaste hace poco en Edhasa, que se llama Decisiones fatídicas, donde aparece toda esta lógica…
Sí.
¿No será también que una historiografía más bien marxista —o de raíz estructuralista— tiende a subestimar el peso de las decisiones individuales? En el sentido de que, como en el continente europeo esa tradición es más fuerte, quizá por eso la historia contrafáctica tiene menos prestigio. Habría que ver cómo juegan los historiadores, que a veces combinan ambas cosas.
Sí, desde cierto punto de vista ideológico, la historia contrafáctica es una refutación directa de la historia marxista, o de la doctrina marxista de la historia. Para esa mirada, lo más importante son los procesos, y los individuos quedan subordinados a ellos: el proceso se va a dar de todos modos, independientemente de quién esté al mando.
La historia contrafáctica muestra otra cosa: la importancia de las circunstancias, de la suerte, del azar —siempre dentro de lo posible, claro—. Por eso te señalaba que el primer gran libro de historia contrafáctica lo hacen los ingleses en 1931, hace casi un siglo. Allí ponen en cuestión la idea de que la victoria del Norte en la Guerra Civil estadounidense era inexorable.
Desde una mirada marxista, te dicen que el problema era la industrialización del Norte frente a una economía basada en el azúcar y la esclavitud en el Sur. Lo reducen a un proceso económico. Seguramente la esclavitud hubiera terminado más tarde o más temprano, pero el énfasis está puesto exclusivamente en el proceso.
En ese mismo libro, un autor francés escribe sobre qué hubiera pasado si, frente a una situación revolucionaria, el poder hubiera tenido un poco más de firmeza. Él estudia la historia, la analiza, y dice: este dirigente fue arrastrado por los acontecimientos, estaba confundido; tenía fuerza suficiente como para enfrentar y reprimir la situación.
Lo mismo puede pensarse con la Revolución Rusa de 1917. ¿Qué hubiera pasado si el servicio de inteligencia alemán no hubiera trasladado a Lenin en un tren sellado desde Suiza hasta Moscú? Lenin representaba a un grupo minoritario, y sin embargo las circunstancias jugaron a su favor. Fijate que en Rusia hubo una guerra civil de cinco años, entre 1917 y 1922. No era algo tan definido ni tan seguro.
Ahí se ve claramente que un régimen político puede cambiar o no cambiar. Yo diría que, por ejemplo, la independencia de América Latina sí era inexorable, pero no necesariamente del modo en que ocurrió. A partir de la batalla de Trafalgar —la derrota naval de la flota hispano-francesa frente a Inglaterra—, la metrópoli quedó sin fuerza militar ni capacidad de comunicación para sostener el control sobre América.
Si la flota hispano-francesa hubiera ganado, probablemente la independencia hubiera llegado igual, pero más tarde y mediante negociaciones. Lo que quiero decir es que, dentro de ese marco estructural, la acción de los hombres y las decisiones concretas juegan, para mí, un papel realmente importante.
¿Qué hubiera pasado si el servicio de inteligencia alemán no hubiera trasladado a Lenin en un tren sellado desde Suiza hasta Moscú? Lenin representaba a un grupo minoritario, y sin embargo las circunstancias jugaron a su favor.
Ya mencionaste varios ejemplos muy buenos. ¿Qué otros casos importantes se te ocurren en la historia, tanto argentina como mundial?
Hay un tema que todavía no desarrollé en detalle. A nosotros, en la enseñanza escolar, se nos transmite ligeramente la idea de que la Argentina debió haber sido más grande de lo que fue. Ese análisis parte del Virreinato del Río de la Plata, que mencioné antes porque en julio de 2026 se cumplen dos aniversarios simultáneos: los 250 años de la independencia de Estados Unidos y los 250 años de la creación del virreinato.
Pero la Argentina también pudo haber sido mucho más chica de lo que fue. En 1820 existía la República de Entre Ríos, que reunía Entre Ríos, Corrientes y Misiones, tenía constitución propia, bandera propia y se había proclamado como país independiente. Ese mismo año existía también la República de Tucumán, que incluía Catamarca y Santiago del Estero, y que tenía una constitución con residuos monárquicos.
En Tucumán, por ejemplo, el gobernador se asignaba un sueldo equivalente al 20% de la recaudación impositiva de la provincia. Ese 20% iba directamente a su patrimonio personal. Eso es una institución típica de un régimen monárquico o patrimonialista.
Hubo un momento, entonces, en el que la Argentina pudo haberse fragmentado. Hubo tendencias, incluso, en Cuyo para integrarse a Chile; provincias como Tarija terminaron formando parte de Bolivia. ¿Por qué Salta y Jujuy no pasaron a Bolivia? Es decir, la Argentina pudo haber sido mucho, mucho más chica de lo que fue.
La pregunta contrafáctica es: ¿qué estaba pasando en ese momento histórico? Cuando se crea el Virreinato, en 1776, lo que hoy es la Argentina dependía de Lima. Habían pasado más de dos siglos dependiendo de Lima y, cuando se produce la independencia, apenas 34 años dependiendo de Buenos Aires. En una situación de crisis, ¿qué pesa más: dos siglos de dependencia de un centro de poder o 34 años de otro?
Las crisis suelen reactivar lealtades largas. Muchas veces, dos siglos pesan más que 34 años. Ahí pudo haberse producido una ruptura distinta, pero también podría haber ocurrido lo inverso. Bolivia, por ejemplo, que era una zona mucho más poblada y rica de lo que es hoy, pudo haber formado parte de la Argentina.
Mirá el Congreso de Tucumán: había siete, ocho o nueve diputados del Alto Perú. Y la declaración de la Independencia se escribe en castellano, en aimara y en guaraní, en tres lenguas indígenas, porque el horizonte político estaba puesto hacia el norte.
Un trabajo que hice sobre los proyectos de San Martín y Belgrano muestra que, en realidad, había un eje geopolítico Lima–Buenos Aires: unir Lima y Buenos Aires como los extremos de un mismo Estado. Casi podría decirse que era una especie de “pre-virreinato”. Toda la guerra de la Independencia consiste, en el fondo, en eso: los realistas intentando avanzar hacia el sur y los patriotas tratando de llegar a Lima. Esa es la gran batalla que se libra.
Eso podría haber tenido otro resultado, y ahí es donde la historia contrafáctica te permite aprender cosas que de otro modo no ves. Por ejemplo, Potosí, en el Alto Perú, llegó a ser la tercera ciudad del mundo por su población a comienzos del siglo XVI, por la plata. Era el lugar de donde salía más plata, incluso más que de México o del resto del Perú.
Todavía cuando se produce la independencia había diez mil mineros trabajando allí, sacando lo que quedaba. Por eso, en gran medida, la guerra de la Independencia también fue una guerra por el control de Potosí. Las tropas de Buenos Aires avanzan en ese sentido. Ese tipo de cosas te las ilumina la historia contrafáctica.
A nosotros, en la enseñanza escolar, se nos transmite ligeramente la idea de que la Argentina debió haber sido más grande de lo que fue. La Argentina también pudo haber sido mucho más chica de lo que fue.
Vos decís que la Argentina podría haber sido más chica. En tu libro hay un contrafáctico que nos resultó muy interesante: la idea de que la conquista del sur no era inexorable en la forma en que ocurrió. Que no era lo mismo Roca que Alsina, por ejemplo. No era algo que iba a pasar “sí o sí”, sino que hubo una decisión política muy clara, un poco como en la comparación entre el Norte y el Sur en Estados Unidos.
Absolutamente. En febrero de 1879 llega a Buenos Aires un emisario secreto del presidente chileno con una misión muy concreta: conseguir que el presidente Avellaneda —que gobernó entre 1874 y 1880— mantuviera la neutralidad argentina en la guerra que Chile estaba librando contra Perú y Bolivia.
Si Argentina no era neutral, Chile tenía que enfrentar dos frentes: Bolivia y Perú en el norte, y a la Argentina en la zona de Cuyo. En ese escenario, Chile difícilmente podía ganar la guerra.
En la Argentina se produce entonces un debate público, no tanto sobre la propuesta chilena en sí, sino sobre qué había que hacer. La mayoría de la opinión pública era partidaria de ir a la guerra contra Chile. En ese momento, la población chilena y su PBI eran apenas un poco mayores que los argentinos, así que Chile era visto como el principal peligro.
Roca —y Avellaneda, que había sido su ministro de Guerra— sostienen otra posición: no hay que entrar en guerra con Chile, hay que aprovechar que Chile va a estar ocupado en esa guerra para avanzar hacia el sur, sobre el territorio en disputa.
Fijate este dato: recién en 1873 los manuales de enseñanza de geografía empiezan a incluir a la Patagonia como parte de la Argentina. Hasta entonces, los manuales —que son fundamentales en la construcción de una sociedad— la describían como una tierra no ocupada por nadie y que, en los hechos, no interesaba a nadie.
Roca siempre tuvo una visión muy clara sobre la importancia del territorio. Avellaneda llega hasta el Río Negro; Roca, como presidente, va del Río Negro hasta Ushuaia. En 1884 se ocupa el norte patagónico, pero también el Chaco, Misiones, el este de Santiago del Estero, Salta y el norte de Santa Fe.
Y en su segunda presidencia hace algo que hoy no está suficientemente valorizado: la Antártida. La Argentina es el primer país que instala una presencia estatal permanente en la Antártida. Ahí se ve una geopolítica integral, una visión estratégica del territorio.
Vos incluso decís en tu hipótesis que Chubut podría haber sido probablemente galés o inglés. Eso es interesante en relación con la visión que suele tener el revisionismo histórico sobre Roca, porque en tu hipótesis, si Roca no se expandía hacia el sur, una parte importante de la Patagonia podía haber quedado en manos británicas.
Los ingleses tenían un sistema de colonización distinto al de los españoles. En el caso español, la colonización era estatal: el que venía era un funcionario, un adelantado, alguien que representaba al Estado. En cambio, los ingleses colonizaban a través de privados.
Eran los privados los que llegaban con su iglesia, los que exploraban el territorio y luego evaluaban si convenía o no quedarse. Esa es una diferencia central.
Los ingleses estaban en Malvinas, los galeses estaban en Chubut. ¿Qué era eso? Era un sistema donde el Estado no estaba formalmente presente, pero sí había una colonia no estatal instalada en el territorio. Según las circunstancias, eso podía desarrollarse o no.
En aquel momento se consideraba que ese territorio no tenía sentido económico. No había un desarrollo significativo que justificara invertir: había ovejas, nada más. Nadie pensaba que pudiera haber petróleo. Nadie lo imaginaba en ese momento.
Recién en 1904 la Argentina se instala de manera permanente en la Antártida. Y ahí ocurre algo interesante: un escocés llamado Bruce construye un refugio y un observatorio en una isla antártica, y luego va a Londres a vender lo que había hecho. Les dice: “Acá hay un territorio que puede ser valioso, yo ya lo instalé”.
En el Foreign Office le responden: “No vale nada. Quedátelo, porque no va a valer nunca nada. No tiene sentido gastar una libra en esto”. Entonces Bruce va a la embajada argentina, donde el Perito Moreno era asesor. Moreno entiende la importancia del asunto, llama a Roca, y Roca dice que sí.
El decreto se firma el 4 de enero y el 22 de febrero ya estaba izada la bandera argentina en la Antártida. Mientras unos decían “no vale la pena”, Roca tenía una conciencia muy clara del valor territorial.
Un país se define por territorio, población y Estado. Dentro de esa tríada, Roca tenía una visión estratégica muy marcada. Podría haber habido otro enfoque, sin duda, pero no lo hubo.
Fijate el caso chileno. Chile tomó una decisión estratégica: mirar hacia el norte y no hacia el sur. ¿Por qué? Porque en el norte estaba el guano, el azufre, el salitre, recursos clave en ese momento. En cambio, se pensaba que en la Patagonia no había nada.
Darwin mismo había dicho que la Patagonia no servía para nada, que no había condiciones para la vida humana y, por lo tanto, no tenía valor económico. Ese era el análisis dominante.
Después, el guano y el salitre perdieron importancia, quedó el cobre, pero muchas de esas ventajas del norte se diluyeron. En cambio, la Argentina tenía la Pampa, que en ese momento era extremadamente valiosa por el mercado inglés de la carne. Y después vino el petróleo.
Muchas crisis políticas y muchas guerras se desarrollan por error de cálculo.
A veces el contrafáctico funciona como un arma de intervención política. Pensaba en el escenario alemán: cuando se dice “fue Hitler”, “fue la guerra de Hitler”, o si en cambio era un proceso inexorable. La conclusión histórica cambia si pensás que le podés echar la culpa a una persona, o si es un proceso histórico. Me interesa esto: el contrafáctico no es sólo un ejercicio intelectual; también tiene un contenido de polémica política.
Acá vayamos un poco a la psicología. Hay una tendencia muy marcada a trasladar la culpa. Como principio psicológico, existe esa inclinación: generalizar y trasladar la culpa.
Y en esto vos podés trasladar la culpa —en tu ejemplo de la Segunda Guerra— a Hitler, o trasladarla a la sociedad alemana. Aunque yo creo que ya en 1938, desde dentro de Alemania, era difícil pararlo.
Pero también podés mirar el otro lado: la dirigencia aliada. Si hubiera habido guerra en 1938, los Aliados podían derrotar militarmente a Hitler. Hasta ese momento, el tiempo jugó a favor de Hitler. El rearme empieza en serio en 1936; en 1936 todavía no era tanto. Entonces tenés dos direcciones posibles de “traslación” de culpa: al pueblo alemán (que no lo paró, que lo votó; primero en elecciones donde no gana, pero después lo ratifica), y también del otro lado: la demora en reaccionar.
Además, entre la ocupación de Polonia y el ataque a la Línea Maginot pasan ocho meses. ¿Qué estaba haciendo Hitler en esos ocho meses? Tampoco estaba tan seguro de lo que iba a hacer. Cuando ocupó Polonia pensaba que iba a pasar como con Austria: dar un paso, arreglar con los ingleses y con eso “resolver” el problema.
Y ahí aparece otro elemento que hay que incorporar al análisis: el error de cálculo. Muchas crisis políticas y muchas guerras se desarrollan por error de cálculo. Te pongo un ejemplo: ¿cómo puede ser que Hitler ataque a Rusia cuando simultáneamente no había ganado la guerra contra los Aliados? ¿Cómo hizo eso?
Lo hizo —entre otras cosas— porque la inteligencia inglesa, como se dice en la calle, lo “intoxicó”: lo convencieron de que Churchill, el más anticomunista, iba a girar hacia una alianza antirrusa, y que se iba a cerrar el frente occidental para concentrarse contra Rusia. Armaron toda una escena: crean falsamente una oposición interna, se construyen señales y contactos, y se montan negociaciones en Suiza…
Entonces, hay veces en que las consecuencias derivan de acciones de terceros. Ir a la guerra contra Rusia sin cerrar el otro frente, desde el punto de vista alemán, terminó como tenía que terminar, tarde o temprano. Pero si lo mirás bien, no es sólo “este tipo se jugó a esto”: hubo otros actores que lo indujeron.
La historia suele tener una ilusión teleológica, como si todo lo que pasó hubiera tenido necesariamente sentido. Y si hay un gran contrafáctico del siglo XX argentino, ese es el peronismo. En tu libro marcás que el golpe del ’43 es el más difuso en términos ideológicos y políticos, en pleno contexto de la guerra. Y después mencionás el contrafáctico que desarrolla Juan Carlos Torre sobre el 17 de octubre. Vos decís que no hacés uno propio porque Torre ya lo hizo. Entonces, la pregunta es: ¿cuánto hay de aleatorio en la gestación y el origen del peronismo?
Yo creo que mucho. Empieza por cuestiones muy circunstanciales. El 17 de octubre, por ejemplo, no estaba decidido de antemano como después lo escribieron muchos historiadores. Perón estaba vencido. Hay una carta que le manda Evita en la que le dice algo así como: “No, ahora tenemos que irnos al campo, vivir al sur, alejarnos de todo esto”. Evita tampoco aparece en el 17 de octubre.
En realidad, el 17 de octubre lo organiza Mercante, coronel y amigo de Perón, que era secretario de Trabajo. Mercante llevaba una libreta donde tenía anotados todos los que habían ido a la Secretaría a pedir algo. Conocía a esa gente. Y dice: “Toda esta gente que vino acá, esta gente nos puede ayudar”.
A veces la historia se articula así. El 17 de octubre fue fundamental porque le permitió al peronismo recuperar el poder y luego ir a elecciones desde el poder. ¿Hubiera ganado Perón las elecciones sin el 17 de octubre? No lo sé. Pero ir a elecciones desde el poder siempre da una ventaja. No digo que sea decisiva, pero cambia las condiciones.
Y si vamos más atrás, hay otro contrafáctico interesante. En enero de 1943 había dos coroneles nacionalistas —Montes y otro cuyo apellido ahora no recuerdo— que querían organizar un grupo para impedir que Agustín P. Justo volviera a ser presidente. Había elecciones previstas y Justo iba a ser el candidato de los Aliados.
Querían sumar a Perón a ese grupo. Lo buscaron durante dos meses, pero Perón postergaba la decisión. ¿Qué estaba esperando? Ver qué pasaba con Justo. Justo muere el 20 de enero de 1943. La semana siguiente, Perón acepta integrarse y va a la primera reunión, acompañado por dos personas de su confianza: Mercante y Velasco.
Velasco va a jugar un papel muy importante el 17 de octubre. A él le dan la orden de levantar los puentes sobre el Riachuelo para impedir que la gente llegue al centro, y Velasco desobedece la orden. Deja que la gente pase.
Mercante, desde la Secretaría, convoca. Perón y Evita no participan directamente. A veces, personas de segunda línea terminan jugando papeles decisivos.
Ahí se ve con claridad cuánto pesan las circunstancias, el azar y las decisiones individuales. Y eso, justamente, es lo que la historia contrafáctica permite pensar.
Ahí se ve con claridad cuánto pesan las circunstancias, el azar y las decisiones individuales. Y eso, justamente, es lo que la historia contrafáctica permite pensar.