La otra hipótesis

En esta versión del presente disentir no está prohibido, pero queda mal. La narración avanza entre un regreso al país, una invitación incómoda y la sospecha de que la cordura también puede ser una forma de obediencia. Una ucronía mínima donde la empatía desplaza al desacuerdo.

por Sebastián Robles

Aterrizó en el Aeropuerto Internacional Cristina Fernández de Kirchner con la sensación de que algo estaba fuera de lugar. Mientras esperaba en Migraciones, concluyó que el malestar era consecuencia de la ropa de la gente. Apagada y de mala calidad. Vestían como si salieran de un velorio donde nadie quería llamar la atención. 

—Ezeiza —suspiró.

Cargaba la valija como quien transporta un féretro. No era pesada, pero imponía respeto. En una de las pantallas del aeropuerto, un aviso institucional recordaba que discutir con el personal demoraba a todos. Nadie parecía leerlo, pero nadie discutía. “Qué país de mierda”, pensó al salir al aire libre.

La frase reavivó un placer maligno, erótico, que lo hizo sentirse en casa otra vez. A través de la ventanilla del taxi miraba los márgenes de la autopista 1° de Septiembre, que él seguía llamando Riccheri, en busca de señales de miseria. Las encontró a medias. Abundaba el deterioro, pero el colapso se postergaba.

—¿Cómo están las cosas acá, maestro? —le preguntó al taxista—. ¿Hay laburo?

El tipo bajó el volumen de la radio, donde sonaba una versión trap de Todavía cantamos. 

—Yo no me quejo —dijo.

Él esperaba el instante en que se revelara el autoengaño.

—¿Tenés acceso a un crédito hipotecario?

El taxista lo ignoró.

—Las paritarias se actualizan con la inflación —dijo—. Nosotros subimos la bajada de bandera cada dos semanas, pero igual tenemos muchos pasajeros. Hay circulante.

Guiñó el ojo izquierdo a través del espejo retrovisor, en busca de complicidad. No la obtuvo. 

—¿Y la oposición?

—¿Qué van a decir?

Parecía que iba a seguir hablando, pero se quedó callado. El silencio no fue incómodo. Era un profesional.

—Según el New York Times, hay cosas que no cierran en la versión oficial sobre el atentado. 

El taxista no respondió enseguida. Subió apenas el volumen de la radio. Cuando habló, la voz le salió contenida, cuidadosa.

—Vos viste el video, ¿no?

No era una pregunta sino un recordatorio. La versión canónica había sido registrada por un militante que filmó la escena de frente, a muy poca distancia. En la secuencia se veía a la expresidenta bajar del auto y saludar a los simpatizantes. El arma aparecía en cuadro, había un fogonazo y la grabación registraba lo que registraba. Lo que venía después era esperable. Gritos, corridas, el cuerpo del asesino reducido a golpes por manos que la Justicia había absuelto. El material circuló sin cortes por televisión y en las plataformas habilitadas. Alcanzaba para cerrar cualquier discusión. 

—¿Sabías que el sonido del disparo se escucha tres cuadros después del fogonazo?

—¿Cómo? —el taxista volvió a sonar incómodo.

Él no dijo nada más, arrepentido de haber hablado. Imaginó que, de no haberle faltado coraje, el tipo lo habría tirado del auto en movimiento. Sonrió con amargura. El país, pensó, todavía sostenía algunas normas civilizatorias. 

La teoría del falso atentado circulaba desde hacía meses. Cuando el primogénito de la expresidenta fue elegido con más del setenta por ciento de los votos, empezó a decirse que el video del asesinato era un fraude

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En la Feria del Libro dijo:

—Vivimos un artificio. Todo es falso.

La frase salió redonda, ideal para una cita fuera de contexto. Se arrepintió en seguida de haberla dicho. Sonaba como un exabrupto. En la sala, unas pocas personas aplaudieron. En otros sectores circuló una indignación ruidosa.

Ante el murmullo, se apuró en matizar su intervención. Aclaró que no hablaba de una conspiración ni de una mentira puntual, sino de los modos en que la realidad se simplifica para ser consumida. Toda verdad era siempre provisoria, negociada. Evitó mencionar el atentado de manera directa. Nombrarlo sin adjetivos, por lo visto, seguía siendo una forma de imprudencia.

Era la primera de una serie de presentaciones que la editorial había previsto en Buenos Aires, Córdoba y otras ciudades del interior. Apenas una semana antes, en su departamento del Upper West Side, había discutido con Rachel sobre la actitud que debía adoptar frente al oficialismo. Ella manifestó el temor de que su postura de observador externo, que volvía a su país de origen con la verdad revelada, fuera leída como un gesto de soberbia. 

—A mí me siguen por mis opiniones disruptivas —concluyó él, no del todo convencido—. Si soy demasiado cauto en persona, van a decir que estoy arrugando.

La suya era una situación privilegiada que se sentía obligado a aprovechar. Conocía la actualidad argentina a fondo, pero no estaba atado por ningún lazo laboral o comunitario, como los colegas que debían callar porque dependían de la pauta publicitaria, trabajaban en algún medio gestionado por el Estado o simplemente temían el escarnio social. Él, en cambio, era libre. O eso había argumentado ante Rachel. Ahora, esa libertad parecía menos importante que la necesidad de salir vivo del país.

Desde la mesa veía cómo, en la primera fila, una empleada de la Feria anotaba algo en una planilla cada vez que alguien intervenía. Cuando se agotaron las preguntas, cerró la carpeta con alivio. Una chica del público levantó la mano:

—¿Vos creés que, más allá de si fue real o no, lo importante es cómo se contó el atentado? ¿Eso estás diciendo?

La pregunta lo descolocó apenas. Abrió la boca para responder, pero alguien gritó desde el fondo:

—¿Viste el video?

Antes de que pudiera decir algo, una voz surgió desde una de las filas del medio, sin alzar el tono:

—El problema no es el video. El problema es creer que un video agota una discusión.

Giró la cabeza, pero no logró identificar al que había hablado. Uno de los presentadores rió con nerviosismo. Sin querer, rozó con la mano el atril donde estaba exhibido Roca, el incorrecto, el ensayo biográfico que habían venido a presentar.

—Las imágenes son terribles —se precipitó él—. Son la consecuencia de haber obstruido durante años la discusión democrática. Eso no quiere decir que sean falsas.

El último énfasis lo avergonzó, pero lo sentía necesario. Sonó un silbido desde el fondo de la sala. En un sector de los asientos, el murmullo se transformaba en agresión.

—Tenía la pollerita corta —ironizó alguien, con entonación burlona.

—…reivindica a cualquier hijo de puta… —opinó otro.

—También se puede disentir sin hacerse el bruto —dijo la misma voz de antes, redoblando la apuesta—. O sin tragarse cualquier cuento. Pero eso parece pedir demasiado.

Algunos rieron. Otros chistaron. Él volvió a buscar con la mirada al que había hablado. No lo vio. Se preguntó si esa voz no lo empujaba hacia un lugar del que después no habría regreso. Al oído, su presentador le indicó que uno de los más enardecidos era un editor de poesía célebre por su gusto exquisito y la variedad de su catálogo.

La teoría del falso atentado circulaba desde hacía meses. Cuando el primogénito de la expresidenta fue elegido con más del setenta por ciento de los votos, empezó a decirse en algunos ámbitos que, igual que la llegada del hombre a la luna, el video del asesinato era un fraude ejecutado con astucia, reserva y una perversidad desmesurada. Algunos aseguraban que la falsa víctima digitaba la gestión de su hijo desde un búnker en el subsuelo de su residencia en Calafate. Otros elegían no pensarlo.

Él nunca había sostenido la teoría en público. No tenía ninguna evidencia de que fuera cierta y, llegado a ese punto, sintió que afirmarla sin rodeos sería cruzar una línea. No era, ni siquiera, necesario. Su sola mención resultaba verosímil en su círculo de lectores y allegados, incluso funcional. Había aprendido que insinuar un fraude irritaba a las personas correctas más que cualquier argumentación. Sobre todo cuando el orden alcanzado parecía frágil.

Las imágenes, de hecho, eran contundentes. En los segundos posteriores al ataque, el agresor era reducido por militantes. Su linchamiento aparecía en registros fragmentarios, difundidos sin demasiado recato. Más tarde llegaron las detenciones y los procesos judiciales contra dirigentes, periodistas y otras personalidades acusadas de haber alimentado el clima que condujo a la tragedia. Durante semanas circuló la posibilidad de enfrentamientos armados en las calles. Una vez suprimidos los cómplices necesarios, la herida empezó a cerrarse.

—Es inadmisible que toda discrepancia sea considerada complicidad con el magnicidio —dijo él, ecuánime, con indignación cuidadosamente administrada—. Todo lo demás es discutible.

—Sorete —aulló el editor de poesía.

Todo se volvió confuso. Tras unas palabras de cierre, dieron por finalizada la presentación. Él se quedó en la mesa, conversando con dos conocidos que habían ido a verlo. Todavía pensaba en la voz que había intervenido cuando un hombre del público apareció a su lado y le extendió la mano.

—Gutiérrez —se presentó—. Te sigo desde siempre.

Lo saludó con cordialidad impropia de un desconocido. Él se la devolvió por reflejo, aunque no recordaba quién era ni ubicaba a nadie con ese apellido. Cruzaron algunas palabras sobre la generación del 80.

—Esa gente tenía un país en la cabeza —coincidieron.

Gutiérrez hablaba en un tono parejo, sin inflexiones. No miraba alrededor ni registraba el murmullo de la sala. 

—Cuando quieras, tomamos un café —dijo, acercándose más de lo necesario—. La bala no salió. Ya es hora de que se conozca la verdad.

Había algo seductor en esa certeza sin fisuras. Parecía un demente, pero la racionalidad no cotizaba tan alto como para que su ausencia desacreditara a nadie. Él no supo en qué momento exacto dejó de verlo. En la puerta de la sala se había formado un pequeño tumulto de personas disgustadas con la charla. Los empleados de Seguridad que merodeaban la Feria también se habían desmaterializado. Por sugerencia de su editor, salió por la puerta de atrás, mezclado con una docena de Testigos de Jehová que asistían a una charla en un auditorio cercano.

 Durante semanas circuló la posibilidad de enfrentamientos armados en las calles. Una vez suprimidos los cómplices necesarios, la herida empezó a cerrarse

El gordo Ramos hundió un pedazo de pan en la yema de un huevo frito. Masticaba con la boca abierta.

—En Haití la gente come galletas hechas con barro —dijo—. Acá vivimos de joda.

El bodegón estaba lleno. Los mozos iban y venían con bandejas cargadas de comida. Los motoqueros entraban y salían con pedidos. El movimiento era constante, ansioso, como si la actividad tuviera valor en sí misma.

—Somos un país pobre —cortó un pedazo de bife—. Este lugar tendría que estar vacío.

Él había demorado el encuentro hasta el último día antes de su regreso a Nueva York. Que el gordo no asistiera a la presentación del libro a causa de un infarto le había dado la excusa perfecta para evitarlo, pero se repuso antes de lo esperado. Arreglaron la cita como quien acuerda un trámite. Era la dinámica habitual entre ambos. A veces tenía la sensación de que Ramos no le reprochaba haberse ido, sino haber vuelto con algo para decir.

—Desde afuera siempre hay tiempo para pensar —dijo, mirando el plato.

En cualquier caso, Ramos había hecho más por él que muchos otros que hablaban mejor y más fuerte, y lo había hecho cuando no había nada que ganar. No era la primera vez que se ponía paranoico. Siempre había sido un apasionado de las teorías conspirativas. Ahora parecía más cauto, como si los años lo hubieran apaciguado o, tal vez, como si hubiera aprendido a cuidarse mejor.

—La mayoría de la gente no piensa —explicó en voz baja.

Esa semana, el Senado había sancionado de manera unánime, por tercera vez en una década, una ley que regulaba el flujo de información. Entre otras cosas, se impedía la divulgación del índice de precios por considerarla ociosa y performativa. Quedaba prohibido informar el valor del dólar en horario bancario y se aplicaban penas de hasta doce años de prisión a quienes difundieran análisis económicos evaluados como incorrectos por la Jefatura de Gabinete. La medida había sido celebrada como un avance institucional. También como una forma de bajar un cambio.

Ramos bebió un trago de vino.

—La gente tiene miedo —reflexionó—. No, a la gente le chupa un huevo.

—¿En qué quedamos?

—Las dos cosas son ciertas.

Un chico pasaba por las mesas ofreciendo claveles blancos.

—Tres por un millón —decía.

Ramos le dio un billete sin mirarlo. El chico agradeció sin entusiasmo. Luego el gordo se limpió la boca con la servilleta y miró la hora en el celular, como si hubiera llegado el momento de pasarle una factura a alguien.

—¿Me acompañás a un velorio? —dijo.

En la pantalla se repetía el video del atentado, ralentizado, con un zócalo que decía: “El país que no queremos”. Nadie miraba

Después de los funerales de Estado, a los que concurrieron millones de personas, toda ceremonia parecía discreta. Circulaba la sensación de que la muerte siempre era, en alguna medida, un hecho político. Como si morirse fuera otra manera de tomar posición. Por eso, cuando llegaron al velorio, no los sorprendió la manifestación de ocho o nueve personas en la vereda. Uno llevaba una remera de SMATA, otro sostenía un cartel impreso que decía: “Así terminan”. Él observó que la cartulina no era nueva, y dedujo que formaba parte de la escenografía habitual en velorios de personajes incómodos.

—¿Por qué me trajiste? —preguntó, después de pasar a los empujones.

El gordo no contestó. Miraba alrededor, inquieto. Entraron a una sala con sillones de cuero, cortinas amarillas y helechos. Una mujer los saludó, dando por sentado que eran los organizadores del velorio.

—Lo siento mucho —dijo.

Cuando advirtió el error, retrocedió avergonzada y explicó que estaba ahí por el aire acondicionado.

—Vamos a verlo —dijo Ramos, en voz baja.

Entraron a la sala donde estaba el cajón. El desorden era leve pero elocuente. Una silla fuera de eje y el piso pegajoso sugerían que alguien había entrado con descuido y, quizás, con violencia. En el borde de la madera, apenas visible, había una mancha seca que no parecía cera. No le costó imaginar a alguno de los manifestantes entrando rápido e inclinándose lo justo para escupir al muerto antes de volver a la vereda. 

No sintió indignación. Le pareció coherente. Ramos comentó que el acabado de la madera estaba bien realizado. 

—Pará —dijo él—. A este tipo lo conozco.

La sorpresa lo sacó por un momento del velorio. Dentro del ataúd, pálido, con los labios de un azul fantasmal, estaba Gutiérrez, el hombre que lo había abordado en la Feria del Libro. 

—¿Sí? —Ramos parecía apenas interesado—. ¿De dónde?

Él contó, sin detalles, el encuentro que habían tenido semanas antes.

—No sabía que era amigo tuyo —dijo al final.

Ramos se metió el meñique en el oído izquierdo.

—No era amigo. Conocido.

En la antesala, una mujer saludó a Ramos con familiaridad.

—Lo siento mucho —dijo él, con entonación mecánica.

Ella no parecía afectada.

—Iba a pasar, tarde o temprano.

Ya se habían ido todos, incluso los que gritaban en la puerta. El lugar había quedado en una calma artificial, como si alguien hubiera dado la orden de despejar. Él volvió sobre su encuentro con Gutiérrez.

—¿Qué habrá querido decirme? —preguntó—. ¿Sabía algo?

La mujer, Ana, pensó unos segundos.

—Vengan conmigo —dijo.

Para convencerlos, agregó:

—No hay entierro. Lo van a cremar. Se ocupan los de la funeraria. 

Al salir, Ramos le dio las gracias al empleado de seguridad, aunque no lo había ayudado en nada. Afuera el aire estaba pesado, como si fuera a llover, pero no llovía. 

—Eso fue todo —dijo Ana.

Pasaron frente a un bar con el televisor encendido, sin sonido. En la pantalla se repetía el video del atentado, ralentizado, con un zócalo que decía: “El país que no queremos”. Nadie miraba.

—No estaba loco —dijo Ana—, se pasó de vivo. Pensó que todavía se podía decir algo.

Ramos largó el humo despacio. 

—No entendió el clima.

—¿Y vos? —preguntó él.

El gordo se encogió de hombros:

—Yo sé cuándo hay que parar. Hay que respetar a la mayoría, aunque no tengan razón.

Parecía obediente, manso.

—Cómo cambiaste.

—Para vos es fácil —murmuró.

Ana se detuvo antes de cruzar la calle.

—Al final no vino nadie —dijo, sin mirarlos—. Ni los amigos, ni los compañeros, ni los que pensaban como él. Los únicos, además de ustedes, fueron los que puteaban en la vereda. Eso es lo peor.

—¿Peor que morirse?

Ana sonrió, cansada. 

—Ya está —dijo—. Hay que seguir.

El aire de la tarde estaba sucio. Las líneas rectas del paisaje parecían converger en el asesinato, aunque nadie lo nombrara.

—¿De qué murió? —preguntó él.

—Muerte súbita —dijo Ana—. Si te preguntan, para abreviar, un infarto. 

Él pensó que una muerte, como cualquier final de historia, revelaba algo del sentido de una vida, aunque casi nunca lo que uno esperaba. Un asesinato operaba de otra manera. Reescribía todo hacia atrás. Lo anterior pasaba a ser el prólogo. El final de Gutiérrez, reflexionó, estaba en línea con el malestar que provocaba cuando hablaba. Lo habían suprimido como a una oración mal redactada. 

Ramos se despidió en una parada de colectivos.

—Así estamos —dijo cuando se abrazaron—. Cogidos por un video.

Él caminó unas cuadras con Ana.

—¿Vos de dónde lo conocías a Jorge? —preguntó ella.

Él recordó la Feria, la voz que no había logrado ubicar en el auditorio y la frase que lo empujaba a la demencia, dicha casi al oído. Según Gutiérrez, la bala no había salido. No creerle le permitía seguir siendo el cuerdo. La otra posibilidad devolvía la sensación física, inquietante, de que algo se movía detrás de él sin hacer ruido. Intentó ordenar esas ideas y no encontró una forma clara de expresarlas. Así que por las dudas, esta vez, no dijo nada.