La patria contra el Estado

El Estado promete instituciones impersonales, derechos estables y servicios que pueden evaluarse. La patria, en cambio, calienta los símbolos y ofrece pertenencia, orgullo y privilegios sin examen. Gonzalo Torné sigue las transformaciones que se producen cuando el Estado prefiere llamarse patria y la identidad desplaza a los derechos y los servicios como criterio de la vida política

por Gonzalo Torné

Aparecemos en la tierra, de manera tan asombrosa como rutinaria: un intercambio de códigos genéticos, una pegajosa salida hacia la luz de los sentidos, latidos y respiración. Pero mientras se tejen los hilos neuronales de la conciencia, mientras nos crecen los huesos y aprendemos a defendernos no estamos solos. Dos grandes estructuras, anteriores a todos nosotros, nos sostienen: la familia y la organización social. Esta última, a estas alturas de la historia humana, constituye un entramado muy sofisticado al que nos referimos como “Estado”.

Las familias se componen de personas, de manera que los éxitos y las limitaciones (o la felicidad o la infelicidad, si preferimos recurrir a un vocabulario sentimental y moral) dependen de las combinaciones y los roces, de los apoyos y asperezas entre temperamentos. Son relaciones que no pueden preverse y que están sujetas a cambios de opinión, de objetivos, de ánimo, y al propio desgaste natural: físico y cognitivo.

Los Estados, por su parte, se sostienen sobre un entramado de leyes y normativas, animado por las corrientes de dinero (además de la buena voluntad) que permiten cumplir con lo acordado. También cuentan con sistemas de protección y defensa, pero lo más característico, en comparación con la familia, quizá sea que, aun siendo productos humanos, procuran que su funcionamiento no dependa por completo de las inclinaciones, los temperamentos o los cambios de ánimo de personas concretas. Los seres humanos gestionan lo que otros seres humanos pusieron en marcha, pero lo hacen dentro de un sistema de organización y respuesta que aspira a sobrevivirlos y a funcionar con relativa autonomía respecto de ellos.

Esto no significa que los Estados no puedan fracasar por la incompetencia de sus gestores o por las presiones de sus adversarios. La influencia humana, sobre todo en el medio y el largo plazo, no puede descartarse. La pregunta que me interesa es más específica: ¿por qué unas instituciones concebidas para contener la intemperancia humana contribuyen tantas veces a exacerbarla? Para responderla propongo centrarme en las llamadas «democracias modernas», donde puede apreciarse mejor la ventaja del Estado como dispositivo destinado a diluir las pasiones personales que dominan, por ejemplo, los Estados dictatoriales o sujetos a sucesiones dinásticas.

La democracia tiene varias ventajas, y las dos primeras (entre las que me vienen a la cabeza, no pretendo elaborar una enumeración exhaustiva) bien podrían ser estas: un sistema relativamente rápido para relevar a las personas de sus cargos, evitando en la medida de lo posible el enquistamiento de personas o facciones; y espacios propicios y leyes favorables a la emisión de ideas y su debate, fomentando la posibilidad de un entendimiento que no conlleve la supresión ni la humillación del contrincante (la llamada libertad de expresión más que un laboratorio de ideas, ¡qué pocas ideas nuevas por año!, quizás se entendería mejor como un ejercicio cotidiano para canalizar la agresividad de las posiciones y su defensa en un ejercicio menos urgente, más reposado).

Una tercera ventaja afecta al sistema para modificar las leyes y normas que dirigen el funcionamiento del Estado, y que deriva de las dos anteriores. Los cambios no son unilaterales, son reversibles y deben atravesar un periodo de discusión y debate entre las distintas facciones interesadas. De nuevo encontramos un esfuerzo por purgar lo que pueda haber de pasional, de brusco, de aspereza del temperamento en la toma de decisiones.

Y pese a que el Estado parece encaminarse hacia una saludable impersonalidad, hacia un conjunto de normas, deberes y derechos estables, donde no tengamos que lidiar con el capricho del estado de ánimo o con las inconveniencias de los temperamentos. El Estado democrático ofrecería en este sentido una promesa verosímil de estabilidad.

De manera que si este esquema precipitado estuviera más o menos bien enfocado uno podría preguntarse: ¿cómo es posible que tantas de estas sociedades democráticas estén atravesadas por una energía histérica, sean sensibles a una tensión continua y se vean sacudidas por animadversiones que favorecen la descarga emocional frente a la búsqueda de soluciones consensuadas?

 El modo en el que he formulado las anteriores preguntas induce a un equívoco muy habitual: la presunción de que esta atmósfera alterada de conflicto permanente sea un fenómeno de nuestro tiempo, una tendencia más en una sociedad hipertrofiada de tendencias o en una sociedad donde apenas podemos pensar fuera de la “forma-tendencia”. Nada más lejos de mi intención. Esta competición y agresividad interna acompaña a cualquier sociedad donde los distintos intereses se expresan de manera abierta. Y allí donde los objetivos de cada grupo de intereses, por ninguneados y derrotados que parezcan, se reaniman una y otra vez porque la tolerancia del Estado los ampara y legitima.

La influencia humana, sobre todo en el medio y el largo plazo, no puede descartarse. La pregunta que me interesa es más específica: ¿por qué unas instituciones concebidas para contener la intemperancia humana contribuyen tantas veces a exacerbarla.

Prefiero centrarme en otra constante, algo más paradójica: la sospecha de que no siempre el Estado y sus instituciones trabajan a favor de lo que sería su cometido declarado. Que en ocasiones incumplen el compromiso de refrenar la tensión, ofrecer garantías de un servicio impersonal y a favor de que el sistema de derechos sea mejor y su articulación más eficiente. Si fuera así, el Estado (sus instituciones y sus gestores transitorios) trabajaría en beneficio de una consideración fría y neutra de la política. Y todos sabemos que no es así. Que gran parte de la actividad de las instituciones del Estado se invierte en “calentar” los símbolos, convertirlos en sede de la identidad y del destino, privilegios y honores a priori que los otros (a menudo ciudadanos de pleno derecho) supuestamente envidian y codician.

Cuando se comporta así, el Estado prefiere llamarse “patria”. Y aunque patria y Estado se pueden emplear como sinónimos, y a menudo se confundan, lo cierto es que son agua y aceite, y que proyectan al país en sentidos distintos, hacia objetivos y valores contradictorios. 

Vale aclarar que no empleo aquí Estado y patria como categorías históricas o jurídicas, sino para designar dos lógicas que conviven en una misma organización política.

En un Estado lo que un periodista con prisas podría perfectamente llamar “grado de satisfacción” de sus ciudadanos debería medirse por la amplitud y la calidad (o la eficiencia) de los servicios: cómo funciona la sanidad, la educación, las ayudas sociales, la policía, las carreteras, la investigación o los bomberos. La valoración del buen funcionamiento de un Estado no puede ser objetiva, pero sí aséptica, desapasionada, y, sobre todo, a posteriori, debería exigir a sus ciudadanos que sean lo bastante adultos y maduros emocionalmente como para juzgar el beneficio que reciben a cambio de sus impuestos y el respeto a sus deberes sin inmiscuir nociones como el orgullo o el sentimiento de pertenencia. Al fin y al cabo, ellos son los primeros favorecidos por la exigencia que debe respetar las dinámicas democráticas: relevo de la gestión, debate y cambios consensuados.

La patria, presente ya en el origen mismo del Estado, puede pasar después inadvertida, como si ya no interviniera en él. Pero permanece en su interior como una suerte de virus latente: al reactivarse, altera su funcionamiento, sus criterios y sus objetivos. Para la patria una bandera no es un distintivo sino un símbolo. El símbolo de una esencia que comparten todos los compatriotas por el hecho de haber nacido en el territorio. El idioma deja de ser un vehículo de comunicación para ser un territorio que compite con el resto de idiomas, hasta el punto de que una sola palabra dicha en otro idioma puede sentirse como una derrota. El paisaje no es un entorno sino una propiedad en competencia con los paisajes de otras fronteras. Esta lógica puede extenderse a todos los ámbitos de la sociedad alterando los criterios de validación. La satisfacción vital de un país ya no depende del alcance de los derechos ni de la eficiencia de los servicios, nada que pueda calcularse a posteriori, o que esté sujeto a un examen. La patria es buena por sí misma, por el hecho de ser ella, por sentido de pertenencia: es un orgullo vivir en ella desde que abrimos los ojos, no necesita ser tasada, somos afortunados y ya está, qué suerte tenemos, los privilegios nos alcanzan sin ningún coste.

La patria es buena por sí misma, por el hecho de ser ella, por sentido de pertenencia: es un orgullo vivir en ella desde que abrimos los ojos, no necesita ser tasada, somos afortunados y ya está, qué suerte tenemos, los privilegios nos alcanzan sin ningún coste.

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Un ejemplo lo tenemos en el deporte. Un Estado valoraría la calidad de su educación física atendiendo a la facilidad de acceso y a cómo el ejercicio contribuye a la salud física y mental, primero, de los niños y adolescentes, y después de los mayores. Cómo contribuye a reducir o a controlar, por ejemplo, la obesidad infantil o las cardiopatías. Atendería a la alegría que supone practicar deporte o jugar en buenas instalaciones; los deportes de alta competición (la emoción deportiva) bien podrían considerarse una extensión de esta clase de pasión. Desde la perspectiva de la patria, en cambio, el deporte de alta competición, en sus variantes más populares y mercantilizadas, ocupa el centro de la escena. Los equipos contienen (como las banderas o los escuadrones) las esencias de la ciudad o del país. Dan igual las carencias de las instalaciones o de formación deportiva del ciudadano, lo importante es imponerse al rival y demostrar que su esencia es superior. En la cúspide del delirio se llega a considerar (y a afirmar en las televisiones públicas) que una selección juega expresando las virtudes morales de una patria. La victoria demuestra la calidad de una manera de ser y de comportarse, del territorio entero. Es la confirmación a posteriori de unas superioridades y unos privilegios asumidos de antemano. Supeditados, claro está, a la derrota de deportistas de élite que entrenan con sistemas y en equipos internacionales.  

Otro ejemplo lo tenemos en la sanidad. En una patria la sanidad será buena cuanto más se limite a “los de aquí”, los portadores de la esencia. Evitar que cualquier colectivo que presente rasgos distintos a la “esencia” acceda a la sanidad universal, aunque esas diferencias sean anecdóticas o irreales, puede procurar más serenidad mental al ciudadano que el buen funcionamiento de las terapias contra el cáncer, las listas de espera o el dentista gratuito. Al fin y al cabo, solo reparamos en la eficiencia cuando nos encontramos mal, mientras que la ofensa de ceder el espacio médico a otros, a gente ajena a nuestras esencias, la sentimos diariamente, aunque solo lo escuchemos de oídas.  

También los criterios para validar un sistema educativo quedan alterados por la patria. El Estado debería garantizar el acceso a la educación pública, una competición limpia por obtener cargos en las universidades, y procurarle a la sociedad licenciados eficientes, capaces de conservar e incrementar el conocimiento. Dotar a los futuros ciudadanos de instrumentos para la comprensión y la creatividad, para despertar su curiosidad, afinar su capacidad crítica, estimular la conversación y amueblar su soledad. Si todo esto suena a idilio sin base se debe en parte a la insidiosa penetración de la patria, que se desentiende de la facilidad de acceso y la libre competencia para valorar la educación según transmita la constelación de valores fantásticos que se ha acostumbrado a asociar con esa esencia de la que se considera beneficiario y custodio. Para la patria la única educación buena es la que refuerza la patria.

En una patria el sistema educativo puede ser caro, discriminador y favorecer la desigualdad. Puede representarse sobre un escenario ruidoso, en edificios en mal estado. Puede ser calificado por instancias internacionales como insuficiente. Da igual. Lo importante para la patria, insistimos, y siempre insistiremos menos que los patriotas, es que transmita los relatos con los que identifica, los que le ayudan a sostenerse en el imaginario de sus ciudadanos. Es sencillo a partir de aquí deducir lo único que puede valorar la patria de su literatura, de su cine o de su música, subsumidos siempre bajo el inofensivo y manejable concepto de “cultura”: que sea suya. La patria solo es sensible a la cultura que resalta y proyecta las esencias, la que mejor exponga la grandeza de la lengua, distintivo y envidia del resto de naciones.  

Como puede apreciarse, el dulce narcótico de la patria (que se alcanza gracias a litros de testosterona y excitación) supone la propuesta y validación de un sistema de diferencias en relación a un modelo (todo lo fantasioso que se quiera) de autenticidad, por no decir pureza. Supone, por tanto, un desdibujamiento consciente de la neutralización aséptica a la que aspiraba el Estado.

Las ventajas de la patria (o mejor dicho, sus atractivos) son evidentes, saltan a primera vista: nos hace sentir mejores a coste cero (pues todo es a priori) partícipes de unas esencias que una vez asumidas nos llevan a sentirnos privilegiados, y establecen una superioridad tácita o más o menos explícita sobre amplios espectros de nuestra sociedad que no quieren o no les permitimos alcanzar la esencia. Es como salir de casa más alto y guapo.

Las desventajas no resaltan tanto, pero se filtran de manera insidiosa en la vida cotidiana. La patria rebaja el nivel de exigencia de sus ciudadanos. Y les lanza a los gobernantes una pregunta y reto: ¿para qué van a esforzarse por mantener derechos y servicios eficientes si en el momento del voto tantos ciudadanos se decidirán por aquellos partidos que reflejen mejor los valores líricos de la patria? Y así es como se erosionan servicios educativos, médicos e infraestructuras, da igual que sean efectivas, mientras sean nuestros y estén blindados. Y así es como el Estado (en modo patria) se deja empapar por los criterios sentimentales y discriminatorios del rancio romanticismo y se debilita a sí mismo, para desgracia de tantos y satisfacción de unos pocos deslumbrados que prefieren ver cómo se empobrece todo a cambio de que les aseguren que solo es suyo.

La patria rebaja el nivel de exigencia de sus ciudadanos. Y les lanza a los gobernantes una pregunta y reto: ¿para qué van a esforzarse por mantener derechos y servicios eficientes si en el momento del voto tantos ciudadanos se decidirán por aquellos partidos que reflejen mejor los valores líricos de la patria?