La política, el cálculo y lo genuino

Ante el avance de la inteligencia artificial sobre la agencia humana y la consolidación de lo ultra como modo de acumulación política, cabe preguntarse qué espacio queda para la amistad en la disputa por el poder.

por Gonzalo Sarasqueta

"...la ciudad toma su origen de la impotencia de cada uno de nosotros para bastarse a sí mismo y de la necesidad que siente de muchas cosas."

Platón, La República, libro II

Todo político aloja en su interior la tensión entre el cálculo y lo genuino. Es una disputa diaria. Las fuerzas de la simulación se enfrentan a los hondos e intensos impulsos de la vocación. De un extremo de la soga tira el contexto, con sus mandatos demoscópicos, sus mantras mercadotécnicos y sus cisnes negros; del otro, jalan las convicciones, por más diminutas y ligeras que sean. Retórica versus voluntad. La duda y la certeza. ¿Hasta dónde un líder debe confesar lo que no es y hasta dónde debe callar lo que es? La identidad —y el lugar que la historia le dará— brota, en gran medida, de esa encrucijada. 

Esta disyuntiva es madre de otra duda: ¿se puede maridar la política con la amistad? Tema espinoso, por donde se lo agarre. Muchas veces, la lucha por el poder transmuta a las personas en meros recursos. Allá donde un “hombre de calle” observa una simple identidad por destapar, un cuadro político decodifica una plataforma para impulsarse. Y cuanto más elevada sea la cima por conquistar, más utilitarismo necesita este. Cuestión de supervivencia y de ambición. La amistad representa todo lo contrario: en su estado más puro, es un vínculo reacio a las matemáticas. Nuevamente, la fricción entre la especulación y lo espontáneo.   

Encima, a los conflictos ontológicos y dilemas comunicacionales se añaden otras limitantes que arroja la época. Hace tiempo que el zoon politikon perdió el monopolio del cálculo. En cualquiera de los tipos que conocemos hasta hoy —analítica, generativa o predictiva—, la Inteligencia Artificial (IA) está reconfigurando la agencia política. El mapeo de la realidad se terceriza. Veamos la guerra en Medio Oriente. En las primeras 24 horas de bombardeos, Estados Unidos e Israel alcanzaron 1.000 objetivos en Irán. ¿Cómo lo lograron? Integrando la IA en la cadena de ataque (kill chain, en inglés). Si bien en última instancia la botonera continúa dependiendo de los dedos de un militar, el veloz procesamiento de una montaña de datos —mails, fotos, informes de espías, antenas, mensajes de WhatsApp, vídeos de drones, etc.— y la jerarquización de blancos los realiza el algoritmo. Dicho de otro modo: la IA apunta, el sapiens dispara. 

En una dimensión más cotidiana, el zoom hay que hacerlo sobre los algoritmos de las redes sociales, que hoy son la principal interfaz entre la opinión pública y los líderes políticos. Estos últimos diseñan sus agendas, narrativas y silencios en base al paladar de las plataformas. El cálculo político se basa en el cálculo algorítmico. Luego de una doble curaduría, el mensaje llega al ciudadano. A mediados del siglo pasado, Paul Lazarsfeld y Elihu Katz, en Personal influence, meditaron sobre el proceso de formación de la percepción social en dos pasos. La diferencia radica en que su Two-Step Flow, el contenido comenzaba con los mass media —prensa gráfica, radio y, en menor medida-televisión y cine—, pasaba por el tamiz de los líderes de opinión —políticos, intelectuales, artistas, padres, madres, taxistas, camareros, etc.—, y estos lo derramaban en el tejido social. Ese itinerario ha mutado considerablemente: hoy, los políticos y también el periodismo pasan por el molinete digital para llegar a la ciudadanía.  

Por otro lado, somos víctimas y, en simultáneo, artífices de un equívoco semántico: lo cruel se solapa con lo genuino. Es como un eclipse, donde lo brutal tapa a lo sincero y esconde sus distintas geometrías. “Cuanto más despiadado, más creíble” susurran los spin doctors del campamento “ultra”. Los insensibles tienen la franquicia de lo instintivo. El ruido y la furia conforman el cóctel dopamínico que rebota incesantemente por el éter digital. El resultado es una profunda oscuridad, repleta de insultos, escarnios y supersticiones. Después del obamismo cool y horizontal, toca lo rabioso y cenital. Hemos pasado de la sociedad ligera (reticular, liviana, friendly, filtrada, flexible, cosmopolita) a la sociedad pesada (densa, rota, canceladora, sincericida, hiperbólica, centrípeta). Pegamos dos saltos atrás: de la posmodernidad a la premodernidad. Más que vergüenza y culpa, ser débil en 2026 da miedo: mucho miedo.  

Aún en este panorama frágil e incierto, los enigmas persisten: ¿es posible mezclar la amistad y la política? ¿Cómo se pueden anudar el cálculo y lo genuino? 

¿Se puede maridar la política con la amistad? Donde un “hombre de calle” observa una simple identidad por destapar, un cuadro político decodifica una plataforma para impulsarse, y cuanto más elevada sea, más utilitarismo necesita 

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La amistad como causa 

Hay una amistad que nace en vísperas de la política; antes de que esta arroje los dados de la fortuna y la virtud. Dos personas se juntan por una fuerza magnética, extraña y genuina y pierden las cuentas. Apagan la mecánica del costo-beneficio. Ponen un pie fuera del realismo capitalista. ¿Distancias? ¿Religiones? ¿Frecuencia? ¿Deudas? ¿Préstamos? ¿Viajes? ¿Ideologías? ¿Fútbol? Nada conviene. Todo es deficitario. Hay pocas cosas en el mundo que sean menos rentables que una buena amistad (quizá el divorcio). Rodeados de ignorancia, estos individuos forjan algo tan inocente como poderoso. Les pueden tirar con todo, ¡con todo, eh! La biblia, El corán, El capital, Camino de servidumbre, Zaratustra, El club de las 5 de la mañana, y los dos van a seguir ahí, indiferentes, parados, charlando en la esquina de la vida.  

Pasan los años y estos sujetos ingresan juntos o separados —da lo mismo— a la política. Cambia el ecosistema, pero no la esencia que los conecta. La amistad entre ellos funciona como lubricante: sella acuerdos, sobrevuela la burocracia, optimiza el tiempo y acerca posiciones. ¿Por qué? Al menos, por dos razones. Una es la confianza. El conocimiento sobre cómo actuará el otro limpia el horizonte de conjeturas y acelera cualquier proceso. Toda la información está sobre la mesa. La otra es el cariño. Los amigos disfrutan el ascenso de los suyos; lo asumen como propio. De hecho, hay una sensación de coautoría flotando en el aire, y que en cualquier ronda de cañas o documental biográfico la vemos disfrazada de orgullo. La cuestión es que la satisfacción es en primera persona, no en tercera. Lo mismo sucede con las esquirlas del fracaso, que salpican en todas direcciones al primer anillo afectivo. Cuando un amigo pierde, cuesta tragar. Duele. En caso contrario, hay que ser humildes: revisar dicho vínculo, no la palabra amistad.  

Para el resto de los mortales, esta amistad con el telón de fondo de la política puede levantar sospechas. Se ha juntado un significante impoluto con uno que, desde su origen, arrastra suspicacias. Combinación compleja. Acecha la larga sombra de la corrupción. Algo de esto analizó Borges en un breve ensayo llamado “Nuestro pobre individualismo”, publicado en el libro Otras inquisiciones. A diferencia de los norteamericanos y la mayoría de los europeos, quienes son capaces de hacerse amigos de un criminal para entregarlo a la justicia, Borges explica que al argentino y al español —y recurre al Martín Fierro y a Don Quijote de la Mancha como pruebas— les parece un acto de traición, una canallada, priorizar la legalidad sobre el compañero de ruta. ¿Matiz cultural? Puede ser. Lo cierto es que, en estas tierras, hay hemerotecas de sobra para desconfiar. 

Cerrando este inciso, es importante no confundir amigo con colega o compañero. La distancia es la misma que existe entre estima y cariño. La primera es superficial, circunstancial y está encapsulada en una esfera precisa de la vida —escuela, oficina, universidad, gimnasio, partido político, etc.—, por consiguiente, las reglas —informales o formales— de dicho espacio la limitan; el segundo, en cambio, posee profundidad, es consistente y está libre de convenciones institucionales; puede haber nacido en un ambiente determinado, pero, con el tiempo, rompió esas costuras y creó su propia dinámica. 

Hay una amistad que nace en vísperas de la política; antes de que esta arroje los dados de la fortuna y la virtud. Cambia el ecosistema, pero no la esencia que los conecta: la amistad entre ellos funciona como lubricante.

La amistad como consecuencia

Si invertimos el orden, encontramos la amistad como consecuencia de la política. Más contraintuitiva. Durante los conflictos, las negociaciones o después de estas, dos dirigentes descubren que hay algo más que los intereses de sus respectivas tribus. Aunque el objetivo esté cumplido o el fiasco haya hecho sus deberes, los cafés entre ellas continúan. Proliferan los planes: cine, teatro, cenas, familia, fútbol, escapadas de fin de semana. Y el perímetro del diálogo se ensancha, desplazando las fronteras establecidas por la realpolitik y los deberes del poder. Aparecen nuevas palabras, los gestos fluyen y los abrazos no se meditan. En fin, el cálculo parió un cariño inesperado. También pasa. 

Al contrario de la anterior categoría, a esta amistad le falta costumbre y le sobra evidencia. Ya se ha probado en lo extraordinario. Está blindada. El poder y sus opios la moldearon. Es sólida. Atrás queda lo vidrioso, eso que se podía quebrar y el destino no quiso. Por eso, no es necesario que las partes disuelvan o disimulen sus diferencias. Pueden vivir con y a pesar de ellas. Hay un contrato tácito, una especie de renuncia a meterse con la religión secular del otro. Cada una con sus dioses profanos. Ante todo, respeto; o siendo pesimistas, resignación.  

La dificultad en los tiempos que corren es generar los espacios —físicos y virtuales— para que se relacionen subjetividades opuestas. Sin esos “fogones”, donde poder conversar con el “otro”, se complica el mestizaje político. A la homofilia clásica, de habituar lugares donde esperamos encontrarnos con semejantes, se suma el espejo algorítmico. La condescendencia programada. ¿Cómo escapar de ese Aleph en línea, donde el universo se resume y se expande, y que, además, pareciera saber más de nosotros que nosotros mismos? Uno de los grandes misterios actuales. Más que una respuesta, una micropropuesta: animarse a cartografiar el entorno con creencias de primer orden (lo que piensa realmente el otro), y no creencias de segundo orden (lo que creemos que piensa el otro). En este mundo agrietado, preguntar, y no suponer, puede ser un acto revolucionario. 

Aquí el desafío nominal es distinguir amigos de socios y aliados. Así como el networking es simulación afectiva con fines económicos, la rosca política es farsa ideológica enfocada en la acumulación individual de poder. En política, todos creen merecer algo que no tienen. Y en ese deseo interminable surgen los mejores prestidigitadores y las peores confusiones. La confianza puede aumentar significativamente con un socio o aliado, e incluso llegar a niveles similares a los de la complicidad, pero la necesidad transaccional no muta en necesidad sentimental. Prueba fehaciente: cuando por cualquier motivo se termina la colaboración, se extraña el beneficio que esta reportaba, no a la persona. 

Si invertimos el orden, encontramos la amistad como consecuencia de la política. Y el perímetro del diálogo se ensancha, el cálculo parió un cariño inesperado

La resistencia

Cada época cuenta con sus engendros. ¿Quién no ha tenido la certeza (y la vanidad) gramsciana de transitar por un puente colgante entre dos órdenes? En esto hay algo de soberbia generacional y otro tanto de impotencia e incomprensión, la cual, por si fuera poco, intentamos disipar con repertorios lingüísticos y de acción vintage. Siempre es tentador revolcarse en el barro de la falacia nostálgica; sobre todo, cuando carecemos de alternativas eficaces.  

Sin duda, el fresco histórico actual es complicado y confuso. Nadie dice lo contrario. La “política del borde”, que comanda Donald Trump y secundan mandatarios como Javier Milei, Nayib Bukele y Benjamin Netanyahu, ha logrado un gran triunfo cultural asociándose con lo genuino, y los algoritmos, con sus respectivos druidas digitales, se han adueñado del cálculo. Unos buscan ejecutantes, ni siquiera socios; los otros quieren que nos ahoguemos en el infinito egoconsumo de lo similar. Como pocas veces, la amistad política resuena a oxímoron. 

En Los cuatro amores, C.S. Lewis afirma que toda amistad “es potencialmente un foco de resistencia”. El autor británico creía que el hombre, cuando está rodeado de verdaderos amigos, es más fuerte, menos manipulable, casi invencible. Quizá la resistencia, a diferencia de las trincheras y los fuegos del pasado, algo más modesta, hoy se trate de eso: en el palacio, en la calle, en la matrix digital, juntarnos con los que piensan distinto, con los que piensan parecido y con los que no tienen ganas de pensar. La amistad como crítica. La amistad como desobediencia. La amistad como política.

C.S. Lewis afirma que toda amistad “es potencialmente un foco de resistencia”: cuando uno está rodeado de verdaderos amigos, es más fuerte, menos manipulable, casi invencible