Laboratorios de la amistad

La amistad suele pensarse como un vinculo estable, reconocible, casi doméstico. Este texto de Luis Diego Fernández la desplaza hacia otro terreno: el de la experimentación. A partir de Michel Foucault, la amistad aparece como práctica sin programa, como invencion situada que escapa a la familia, al Estado y a las identidades fijas. Entre gimnasios, raves y espacios clandestinos se delinean "laboratorios" donde lo amistoso se ensaya sin garantias: micro-comunidades, códigos tácitos y encuentros que, aun efímeros,pueden transformar una vida.

por Luis Diego Fernández

Dos hombres de edades notablemente diferentes, ¿qué código tendrán para comunicarse? Están el uno frente al otro, desarmados, sin palabras convenidas, sin nada que les dé seguridad sobre el sentido del movimiento que les lleva el uno hacia el otro. Tienen que inventar de la A a la Z una relación aún sin forma, y que es la amistad: es decir, la suma de todas las cosas a través de las cuales pueden darse placer el uno al otro.

M. Foucault, De la amistad como modo de vida, 1981.

Lo que Michel Foucault entendía por “homosexualidad” puede servirnos para pensar el problema de la amistad o bien darnos las herramientas para concebir a la amistad como un problema filosófico. El pensador francés empleó en una entrevista que realizó en 1982 la expresión “ser gay es estar en devenir”, y luego enfatizó que “no hay que ser homosexual sino empeñarse en ser gay”, algo que quizá podamos desarrollar postulando que “lo gay” no es tanto una cristalización de la subjetividad que implica determinadas prácticas, rituales o actitudes que nos vinculan a una comunidad de iguales en materia sexual como, por el contrario, un rechazo a los límites impuestos por la orientación sexual. 

La homosexualidad es para Foucault un proceso en permanente modificación que crea modos de vida inéditos, para ello se torna necesario estar abiertos a una multiplicidad de relaciones incluso por fuera de lo que una “identidad sexual” determina normativamente; por ejemplo, “ser gay” no debería impedir que uno tenga relaciones sexuales con mujeres si eso le produce placer en cierta situación. La homosexualidad en tanto “devenir gay” para Foucault es un estado de creación de placeres por fuera de una prescripción sexo-genérica que nos impulsa a ser homosexuales (o heterosexuales en espejo) de manera exclusiva. Este “devenir gay” es una anticipación de lo queer, si por ello comprendemos una desestabilización y debilitación de las identidades sexuales monocromáticas (heterosexual y homosexual) y un avance hacia una lógica lindante con lo bisexual, lo transexual, lo fetichista, lo sadomasoquista o un fluir propio de la desidentificación. 

En efecto, lo gay no es para Foucault un “ser” sino un “devenir”, es decir, un proceso, un continuo que tiene como materia prima a nuestra subjetividad (nuestro cuerpo, nuestras conductas) y que hace de ella un objeto plástico y maleable. De modo que al ser la homosexualidad un devenir esta se constituye en una máquina propaladora de nuevas formas de relación, y la amistad, como modo relacional particular, es una consecuencia crucial de esta definición del estar entre hombres (en este caso) de una manera que no está matrizada por las pautas del familiarismo tradicional (conyugal, parental, monógamo, reproductor) que en el fondo siempre es un epifenómeno de la lógica estatal que institucionaliza, reifica, molariza y legisla estas relaciones a través de compartimentos estancos o categorías rígidas binarias (padre/hijo, casado/soltero, heterosexual/homosexual, trabajador/jubilado). En función de lo dicho, podemos concebir a la amistad esencialmente como una relación contraestatal o paraestatal en la medida en que resiste la sujeción a la dinámica burocratizadora y disciplinaria del tándem familia-Estado que busca asignar a cada rol una función productiva o diferenciado de otros con precisión.

 En esta analítica de la homosexualidad como modo de vida Foucault se sirve de la noción de “ascetismo”, tradicionalmente asociada a la ética religiosa del renunciamiento y particularmente al cristianismo en su combate perpetuo contra el deseo sexual. Contrariamente a este significado de sumisión, el autor de Vigilar y Castigar señala que la ascesis no implica renuncia al placer ni tiene porque tener mala reputación. La ascesis en la perspectiva foucaultiana será un trabajo que uno realiza sobre sí para transformarse y ser susceptible a nuevas formas de placeres que escapen a los habituales. En este marco la ascesis es la herramienta moral que permite crear vínculos como el de la amistad que no estén sujetos a estructuras preconcebidas y que pueden variar radicalmente en cada caso; en este aspecto, tal vez no haya una relación más individualizadora de un modo disímil a la individuación estatista (generadora de dependencia) que la amistad. 

tal vez no haya una relación más individualizadora de un modo disímil a la individuación estatista (generadora de dependencia) que la amistad.

Por tanto, si la homosexualidad es más bien la consecuencia de una ascesis, de un ejercicio continuo de transformación que permite diseñar relaciones de amistad polimorfas, variadas e individualmente moduladas, es que podemos pensar no solo a la homosexualidad sino a la propia amistad como una apuesta sin programa ni normativa, en otros términos, la amistad será el testimonio existencial de un vínculo no identitario siendo consecuentes con la crítica sistemática que Foucault efectúa sobre las políticas de la identidad (evidenciando el absurdo que resulta que algunos publicistas reaccionarios insistan en presentar al autor francés como el padre de lo “woke” cuando, inversamente, no solo atacó explícitamente a la identidad como matriz conceptual sino alentó a pensar por fuera del rostro identitario tanto en lo político como en lo sexual). 

De modo que podemos aproximarnos a la amistad como práctica en la medida en que lo amistoso se crea siempre de modo provisorio y experimental, sin protocolo, de ahí que ciertas amistades resulten peligrosas, ambiguas o por lo menos sospechosas a los ojos de los demás (gérmenes de conspiraciones) en la medida en que fijan su propia normativa a medida que se construyen sobre un vínculo más o menos durable. Por consiguiente, la amistad nunca será una relación universal sino siempre y en cada caso situada y contingente. Por ello la construcción de las amistades hace siempre al espacio, es decir, la emergencia de estas relaciones requiere de lo que podemos llamar “laboratorios de invención de la amistad”. Territorios con normas internas, muchas veces no explícitas ni directas sino producto de la gestualidad, del hábito o de la ayuda mutua. Se trata de espacios que configuran amistades, a menudo efímeras, pero no exentas de hondura, que tienen como finalidad la invención de placeres a partir de cierta camaradería propia del anonimato y de la fijación de determinadas contraseñas de acceso para avanzar. 

Los laboratorios de la amistad serán arquitecturas donde lo amistoso se constituye no desde lo “institucional” (en un vínculo, en comparación con la familia, nada institucional); vale decir, en estos laboratorios las relaciones amistosas que se crean no se rigen, como en la amistad mainstream, normalizada y “disciplinaria”, por medio de la configuración de identidades fuertes (por caso, los amigos simpatizantes de un equipo de fútbol, los afiliados a una misma visión política, aquellos pertenecientes a la misma esfera social de un barrio privado o miembros de la misma camada de un colegio religioso) sino, al revés, se trata de lugares de creación de “micro-amistades” que, si bien algunas pueden extenderse en el tiempo, la mayoría solo tiene la finalidad del diseño fugaz de “micro-comunidades” de protección mutua frente a determinados peligros o bien la modesta escultura de un placer novedoso. En este sentido, estos laboratorios de la amistad no solo están al margen de la institucionalización estatal (como toda amistad por definición) sino son el lado B de la amistad estandarizada, de los amigos del club, de la política o del colegio, donde se imponen normas rígidas de manera tácita e incluso formas de humillación o exclusión para los amigos que vulneran ciertos parámetros que articulan el núcleo de lo amistoso (lo faccioso partidario, deportivo o religioso, el machismo, el clasismo) que funciona como aglutinante del affectio societatis compartido. 

   Estos laboratorios de experimentación de la amistad que pueden ser gimnasios, discotecas, raves o saunas, habitualmente asociados a la comunidad gay, no necesariamente deben restringirse a esta circulación sino pueden expandirse hacia la creación de vínculos no exclusivos entre hombres sino entre hombres y mujeres o personas diversas en general; esta disposición al encuentro con lo inesperado, resultado en su origen de la vivencia de un erotismo anónimo, no tiene por porque estar centrada en relaciones entre varones sino simplemente tener un punto de partida de lo no identitario como pegamento fundante. Si tomamos el caso del gimnasio, otrora uno de los epicentros de la socialización homosexual, actualmente se trata de un espacio polisexual que está lejos de ser un territorio frío y meramente narcisista destinado a la construcción de masa muscular con fines de incremento del capital erótico (aunque también lo es y lo considero algo loable), sino que podemos leerlo como un verdadero dispositivo para la creación de amistades que implican una modificación radical de la existencia, no solo en la dimensión corporal sino de todo un estilo de vida que incluye la alimentación, la salud, el descanso (algo que se observa claramente en la práctica del bodybuilding) y sobre todo la configuración de lazos de ayuda mutua a partir de consejos para no dañarse el cuerpo  producto de una exigencia muscular paródica. 

De modo que podemos aproximarnos a la amistad como práctica en la medida en que lo amistoso se crea siempre de modo provisorio y experimental, sin protocolo, de ahí que ciertas amistades resulten peligrosas, ambiguas o por lo menos sospechosas a los ojos de los demás.

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En las “micro-amistades” de estos laboratorios se da la eventualidad de que los amigos circunstanciales pueden, en determinado marco, convertirse en verdaderos salvadores de vidas, al decirnos la palabra justa en el momento indicado en relación con la forma de realizar un ejercicio para no lastimarnos el cuerpo, pero también al recomendarnos no tomar determinada pastilla sospechosa en una fiesta electrónica o instarnos a adoptar alguna medida precautoria para tener sexo casual. Son amistades “anónimas” no configuradas por la identidad como el vector esencial de individuos de los que a veces ni siquiera conocemos sus nombres, pero no por ello son menos “amistosas” que los “amigos de toda la vida”. Subsiguientemente, los laboratorios de la amistad son verdaderas heterotopías (emplazamientos físicos que nos permiten devenir por determinado lapso alguien disímil de quien somos), es decir, a diferencia de las utopías, se trata de espacialidades que permiten el despliegue de múltiples formas de ascesis en tanto ejercicios de invención de modalidades de existencia que van más allá de las formas normalizadas o disciplinarias de lo “amistoso” entre hombres o mujeres exclusivamente, sino que por el contrario, permiten vínculos de amistad (que no excluyen lo sexual) a partir de una diversidad de expresiones masculinas, femeninas o neutras.  

   Otro ejemplo de un laboratorio de la amistad se hace visible en espacios diseñados para tener relaciones sexuales “kinky”, propias de quienes cultivan un sexo “no vainilla”, fetichista o BDSM, se trata de discotecas (como el icónico caso del Kit Kat Club de Berlín) o de backrooms que se rigen por normas no necesariamente escritas, pero claras y nítidas, que operan como verdaderos refugios amistosos para todas aquellas personas que se sienten pertenecientes a cierta “francmasonería perversa”. Estas amistades circunstanciales, sin nombre y apellido, no son menos meritorias que las de rostro e identidad pulida. Una forma de explicarlas es a través de la anécdota que recuerda el investigador Simeon Wade en su libro Foucault en California (2019) donde el filósofo francés le confesaba cierta vivencia personal previa a la irrupción del movimiento de liberación gay 

“Quizá no vas a creer esto”, Foucault replicó, “pero realmente me gustaba la escena antes de la liberación gay, cuando todo era más encubierto. Era como una fraternidad subterránea, excitante y un poco peligrosa. La amistad significaba mucho, significaba mucha confianza, nos protegíamos mutuamente, nos relacionábamos entre nosotros por códigos secretos.  

 Esta codificación silente que termina confluyendo en una amistad hermética quizá sea la forma más clara de una nominación no identitaria de lo amistoso que se crea en los laboratorios de la amistad. 

El “devenir gay”, que Foucault problematizaba para reflexionar sobre un vínculo entre hombres que no esté condenado a la cristalización de una identidad homosexual normativa excluyente pero tampoco destinado a adoptar una matriz familiarista, me permito pensarlo como un “devenir amigo” que en rigor apunta a gayizar las relaciones amistosas en general (entre varones y mujeres o entre personas straight y LGBTQ+) partiendo de un principio no identitario. En este sentido, lo “gay” me remite inexorablemente a La gaya ciencia de Friedrich Nietzsche, a veces también traducida como El gay saber o La ciencia jovial, libro en el cual se nos insta a pensar a partir de un vínculo alegre con el mundo desde cierto epicureísmo escéptico, haciendo del cuerpo un fundamento celebratorio de la voluntad de saber y de vivir. Los laboratorios de la amistad, que pueden ir mucho más allá de los ejemplos aquí mencionados, hacen posible el agenciamiento de las pasiones alegres de las cuales emerge el devenir amigo, una “micro-amistad” que tiene la profundidad de la piel.      

De la inspiración foucaultiana es posible converger con la idea que Jorge Luis Borges sostenía de los amigos. En una célebre entrevista ya viralizada, realizada por el periodista español Joaquín Soler Serrano en 1976, el autor de Ficciones decía lo siguiente: “La amistad no necesita frecuencia, el amor sí pero la amistad y sobre todo la amistad de hermanos puede prescindir de la frecuencia, en cambio el amor está lleno de ansiedades, de dudas, un día de ausencia puede ser terrible, pero yo tengo amigos íntimos a quienes veo tres o cuatro veces al año y a otros a los que no los veo porque se han muerto ya”. De Foucault a Borges, la amistad entonces puede leerse como un resultado de un laboratorio donde se experimenta con relaciones que carecen de nombre o frecuencia y que no se rigen por las pautas de la normalización disciplinaria o de la neurosis del amor romántico. 

Si la amistad es el vínculo de mayor libertad lo es porque las asimetrías de poder tienden a aplanarse hasta lograr confluir en pactos de camaradería y afecto inusuales en otras relaciones; las “micro-amistades” que son el efecto de los laboratorios relacionales son aún más libres porque construyen vínculos cuyo carácter efímero no excluye la complejidad, en los cuales la coyuntura no implica frivolidad sino a veces una densidad comprimida en una única noche o un encuentro azaroso que permite devenir otro al que somos. La lúcida afirmación borgeana de la frecuencia incluso podría matizarse ya que, si bien en el gimnasio puede haber frecuencia (más o menos esporádica), en las discotecas o fiestas, a veces ni siquiera la hay. Solo un instante que consolida al amigo anónimo o a la amiga sin nombre cuya palabra, gesto o acto de placer puede determinar nuestra existencia para siempre y a quien nunca más veremos.  

De Foucault a Borges, la amistad entonces puede leerse como un resultado de un laboratorio donde se experimenta con relaciones que carecen de nombre o frecuencia y que no se rigen por las pautas de la normalización disciplinaria o de la neurosis del amor romántico.