Lex Luthor y los límites del humanismo
Al cruzar a Lex Luthor con Elon Musk, Peter Thiel y otros magnates tecnológicos, Mariano Vilar indaga en una pregunta incómoda de nuestro tiempo: ¿por qué los multimillonarios aparecen cada vez más como portadores de futuro mientras la democracia se identifica con la administración de límites? Entre la ambición, la envidia y el deseo de superar toda frontera humana, Luthor emerge como el supervillano perfecto para pensar la crisis contemporánea de la esperanza política.
por Mariano Vilar
Espejos y contrastes
Vivimos en la época de los grandes empresarios. Ya no hay generales heroicos, como todavía existían en la Segunda Guerra Mundial. Quedan unos pocos políticos, sí, pero su luz se apaga. En cambio, nos la pasamos hablando de Mark Zuckerberg, Sam Altman, Elon Musk y Peter Thiel. Es a través de su acción y pensamiento que parece posible imaginar un futuro de la humanidad, más allá de lo que podamos opinar de ese futuro. Esto se debe no solo a su poder económico (que, como se ha dicho tantas veces, supera al de algunos países), sino también a la forma en la que combinan una forma de pensar al ser humano y su destino, una habilidad importante para hacer millones y un conocimiento técnico-científico avanzado.
Si hay un villano clásico de la cultura de masas que puso en juego estos mismos talentos (y algunos otros, como la rosca política de la que varios tecno-ricos todavía carecen) es Lex Luthor, el archienemigo de Superman que hizo su primera aparición en un cómic de 1940 (es decir, dos años después de la primera historieta de Superman de Jerry Siegel y Joe Shuster). Allí, ante la pregunta de Superman sobre su identidad, declara ser “just an ordinary man—but with the brain of a super-genius! With scientific miracles at my fingertips, I’m preparing to make myself supreme master of the world.”

Por supuesto, el estereotipo del científico loco con ambiciones desmedidas preexiste a Luthor. De hecho tiene un precedente directo en los mismos Action Comics, “Ultra-humanite”, otro científico que aparece por primera vez en 1939 (y cuyo nombre mismo es un obvio juego con el del mismo Superman). Sin embargo, lo que terminó de definir a Luthor como villano es la combinación de sus talentos científicos con su habilidad para los negocios. De hecho, es esa imagen de Luthor la que llega al cine y se vuelve su identidad más distintiva: el elegante e inescrupuloso multimillonario mirando a Metropolis desde su oficina en el rascacielos de LexCorp.
Se suele decir que los héroes se definen en gran parte por sus villanos. Se han escrito miles de palabras sobre la relación entre Batman y el Joker, que es posiblemente el villano ficcional más (sobre) analizado de la historia, incluso en los mismos cómics y películas. Resumiéndolo al mínimo, y recordando el clásico de clásicos de Alan Moore, La broma asesina (1988), la idea más repetida es que tanto el hombre murciélago como el payaso asesino caminan por los angostos pasillos de la locura. Pero esto no es cierto de Superman y su némesis. Una primera lectura los muestra como las dos caras de la moneda del mito estadounidense: el empresario cuya ambición no conoce límites vs. el ultimate boy-scout, hijo adoptivo de dos hillbillies de corazón puro que actúa solo por amor a su país y por extensión, la humanidad. Donald Trump ganó dos elecciones con este combo.
Pero ese resumen quita de escena la incomodidad estructural que hace de Luthor más que un genio loco por el poder. Superman no es, de hecho, un buen chico criado en Kansas. Es un alienígena con la capacidad potencial de destruir a la raza humana si así se lo propusiera. La identidad originaria de Superman es Kal-El, el hijo de una dinastía kriptoniana que, en algunas versiones (incluyendo la película de 2025, la última hasta la fecha) tiene intenciones colonizadoras. Como decía Bill (David Carradine) cerca del final de Kill Bill vol. 2, Clark Kent, con su torpeza y cobardía, es la crítica de Superman a la raza humana. Luthor, incluso ignorando su identidad, reacciona contra esa crítica. De ahí el humanismo luthoriano, su aspecto más interesante y quizás, pensándolo en relación con la situación de la humanidad presente, su lado más atractivo y peligroso.
Ya no hay generales heroicos, como todavía existían en la Segunda Guerra Mundial. Quedan unos pocos políticos, sí, pero su luz se apaga. En cambio, nos la pasamos hablando de Mark Zuckerberg, Sam Altman, Elon Musk y Peter Thiel. Es a través de su acción y pensamiento que parece posible imaginar un futuro de la humanidad
Humanismo luthoriano
Los debates contemporáneos sobre la inteligencia artificial, y muy especialmente la encíclica de León XIV, pusieron en escena uno de los grandes problemas de la humanidad en general y del humanismo en particular: ¿cuál es el límite? Podría decirse que todos los supervillanos son formas de encarnar la pregunta por ese límite humano y de poner en crisis las visiones dominantes que existen sobre él.
Pensemos en un caso arquetípico: el Doctor Fausto, poderoso hechicero que consigue sus poderes por un pacto con el Diablo, y gracias a eso, puede realizar todo tipo de portentos y adquirir saberes inalcanzables por las vías tradicionales. Al hacerlo entrega su alma, pero el límite humano fue franqueado, y si el personaje ha trascendido tantas adaptaciones (incluyendo la de Thomas Mann, sin duda la mejor de todas) es porque encontramos algo atrayente en el genio que está dispuesto a todo por ir más allá de lo que se impone la religión y la cultura.
Lex Luthor no admite ningún límite, pero todo el tiempo se encuentra con uno: Superman. Como él mismo declara en más de un episodio, es este límite el que lo motiva. Aparece un alien que le puede ganar a la humanidad en todo, y encima hacerlo desde una (al menos aparente) superioridad moral. Que las ovejas se resignen a los límites del corral: el ser humano es por definición el animal que, como la dialéctica hegeliana, construye barreras solo para cruzarlas. Ya en el Renacimiento italiano la ambición, tan contraria al mandato de la humilitas cristiana que subrayaba la Edad Media, empezó a ser intelectualmente revalorizada y reconectada con el ideal de gloria del mundo grecorromano. De ahí el mismo Fausto, Luthor o Elon Musk.
En esa lógica, Luthor lucha por nosotros y encarna lo que Spengler llamaba el aspecto fáustico de nuestra civilización, si no de la humanidad entera. Aceptar a Superman, o aceptar al Dios que tiró la torre de Babel porque no deseaba ser alcanzado, es aceptar la derrota de lo humano. Otros límites se nos han querido imponer: la geografía (más allá hay dragones, decían los mapas), la naturaleza misma, primero con sus volcanes, sus terremotos y tsunamis, y más recientemente con su aparente fragilidad frente a nuestra propia potencia destructora (el antropoceno y la amenaza de que aniquilemos el carácter habitable de la Tierra), nuestra capacidad de razonamiento, la fragilidad del cuerpo y por supuesto, la muerte. Solo una mirada retrospectiva de la humanidad antes de su extinción podrá decirnos si hubo finalmente un límite infranqueable, y cuál fue. En el mundo de Luthor, Superman y la adoración que suscita son el límite concreto que pone en jaque la esperanza de la humanidad de superarse indefinidamente. Si Luthor puede lograr vencerlo, hay esperanza para todos.
La envidia
¿Entonces Luthor es un filántropo oculto tras la máscara de un villano? ¿Un humanista tras su aparente desprecio por la vida humana? Responder que sí es injusto con la historia del personaje y también con lo que vale la pena recuperar de él para pensar la situación en la que nos encontramos. No podemos dejar de lado un aspecto del creador de LexCorp que, en más de una versión, ha sido su verdadera raison d'être: la envidia. Luthor no está furioso con Superman porque frustra sus ambiciones político-económicas, ni porque pone en jaque las potencialidades del ser humano, sino básicamente porque es lo que él quisiera ser y no puede.
La discusión sobre qué es lo que moviliza a los super empresarios contemporáneos no carece de una dimensión psicológica. Lo vemos a menudo en las divertidas especulaciones sobre si nuestro modesto Luthor argentino, Marcos Galperin, es en el fondo una persona profundamente infeliz. Ahorrémonos resumir los debates sobre la psique de Elon Musk a partir de su relación con su hija trans. La película The Social Network (2010), que narra el ascenso de Mark Zuckerberg, nos lo muestra con el corazón roto. No fue ninguna casualidad que el actor que lo representa, Jesse Eisenberg, hiciera también de Luthor seis años después en Batman vs. Superman (2016) y que el papel fuera casi indistinguible.
Luthor no está furioso con Superman porque frustra sus ambiciones político-económicas, ni porque pone en jaque las potencialidades del ser humano, sino básicamente porque es lo que él quisiera ser y no puede.
Pero no es cuestión tampoco de asimilar la hybris a la enfermedad mental o a infancias (como la del mismo Luthor) sin amor. El enemigo de Superman es también el representante del self-made man, hizo su propia fortuna, y puede rehacerla en cualquier momento tras perderla por la enésima frustración de sus planes. Su inteligencia y, en varias versiones del personaje, también su físico, son consecuencia de su propio esfuerzo. Superman, en cambio, no tuvo que ganarla: la obtuvo literalmente de nacimiento, lo que ciertamente contradice el ideal norteamericano que en otros sentidos encarna. Las comparaciones entre Superman y el Dios cristiano son bastante problemáticas en algunos sentidos (el contraste entre el carpintero atribulado de una provincia periférica y el macho alfa norteamericano con pectorales inmensos) y obvias en otras (el padre que envía su único hijo a la Tierra para salvarla… y eventualmente, para juzgarla), pero el problema no carece de analogías. El Lucifer de Milton en Paradise Lost, reivindicado por Románticos y Rockeros, elegía reinar en el infierno antes de servir en el cielo. ¿Por qué no seguir intentando construir Babel hasta tomar los cielos por asalto?
Pero, ¿cuántas vidas humanas es justificable sacrificar para salvar la humanidad? Esta es una de las preguntas más incómodas para cualquier humanismo moderno. También es retomada a menudo en el cine de Hollywood, en donde la respuesta sirve para distinguir héroes de villanos. El héroe (Superman, por ejemplo) es el que dice: ni una sola. Hay que salvar a todos. Es posible prescindir de la violencia, ya que será la misericordia la que nos hará fuertes. En El Señor de los anillos, Frodo no mata a nadie en su camino a arrojar el anillo a la Montaña del Destino, y por perdonar a Gollum, quien merecía morir por sus numerosas traiciones, es que termina salvándose tanto él como toda la Tierra Media. Luke Skywalker se rehúsa a matar a su padre tras haberlo derrotado, etc. El villano, justamente como Luthor, o como Thanos, dice lo contrario: que mueran todos los que tengan que morir. Es un daño colateral, un costo menor en el gran esquema de las cosas. Planear es ejecutar.
Hoy por hoy, la forma que ha adoptado la preocupación por “la humanidad” por parte de los mega-ricos de derecha tiene una inflexión particular: el occidentalismo. Básicamente, no es posible salvar a “la humanidad” en general, porque la violencia es una parte constitutiva de su identidad. Ergo, hay que salvar nuestra humanidad frente a las amenazas del Islam y/o de China. La pretensión luthoriana (y de tantos otros supervillanos) de dominar el mundo no siempre responde a la pregunta de si ese dominio implicaría, finalmente, la paz total, un reino donde la ciencia, liberada de su misión anterior de matar a Dios (terminar con cualquier límite), se pueda convertir finalmente en la herramienta definitiva de progreso civilizatorio.
En Superman: Red Son (guionado por Mark Millar), un cómic clásico de los “mundos alternativos” (Elseworlds), Kal-El cae en territorio ruso y Superman se convierte en el arma principal de la Unión Soviética. Luthor, americano, es contratado por el gobierno para contrarrestarlo. Allí, la disputa entre ambos deja de ser la de un héroe contra un villano y adquiere una dimensión propiamente filosófica. Superman construye una utopía: elimina el hambre, las guerras y buena parte del sufrimiento humano. Pero lo hace al precio de convertir a la humanidad en una especie tutelada, incapaz de gobernarse a sí misma. Luthor, que eventualmente asume la presidencia de Estados Unidos, termina representando la confianza radical en las capacidades del hombre. No vence a Superman mediante una máquina más poderosa ni mediante un acto de violencia, sino que lo convence de que toda civilización edificada sobre un salvador omnipotente condena a la humanidad a una eterna minoría de edad. Una vez desaparecido Superman, es el propio Luthor quien inaugura una era de prosperidad científica y política sin precedentes.
Esta tensión luthoriana vuelve sobre el debate contemporáneo entre la Iglesia y los tecno-ricos respecto de la identificación del Anticristo. ¿Quién es el verdadero enemigo de la humanidad, el que promete la paz, o el señor de la guerra? La respuesta obvia (es decir, el segundo) no parece ser ya tan obvia para algunos. The Technological Republic, el libro de Karp que aspira a ser el nuevo manifiesto de una nueva forma de pensar la relación entre la tecnología, la guerra y el poder (o quizás, de la recuperación de la forma previa a los hippies de Silicon Valley de los ‘90 y ‘00) podría ser un manifiesto de LexCorp. Superman, el pacifista, es el verdadero enemigo. No existe el orden neoliberal per se, ni el Reino de Dios se manifestará en la sede de las Naciones Unidas: solo existen armas lo suficientemente poderosas para funcionar como disuasión. Y los hombres poderosos nunca ceden su lugar frente a los mansos.
Superman construye una utopía: elimina el hambre, las guerras y buena parte del sufrimiento humano. Pero lo hace al precio de convertir a la humanidad en una especie tutelada, incapaz de gobernarse a sí misma. Luthor, que eventualmente asume la presidencia de Estados Unidos, termina representando la confianza radical en las capacidades del hombre.

El alien
Superman es kriptoniano y Luthor nació en nuestro planeta. Y sin embargo, no queda claro cuál es el más humano de los dos. Incluso su rasgo físico más característico (su pelada reluciente) lo vuelve, en algún punto, más alienígena que su hegemónico rival. No solo la genialidad de Luthor lo distancia de sus congéneres: su falta de empatía, su desprecio por la vida humana y su orgullo exacerbado y ridículo son igual de importantes. Quizás entonces Lex Luthor sea menos un hombre que una caricatura comparable a Clark Kent, su auténtico par opuesto. ¿Caricatura de qué? ¿De la lógica empresarial que exalta lo humano solo para volverlo una función del capital? ¿De la voluntad de poder?
El “humanismo” de Luthor es, como han sido tantos humanismos a lo largo de la historia, excluyente. De otra forma, podría incluir al mismo Kal-El, independientemente de su procedencia y de sus poderes. Podría ser entonces que el calvo Luthor esté ahí para marcar lo que la humanidad de hecho debe superar, una resistencia que si bien tiene algo de heroica es, en rigor, un obstáculo, un residuo tóxico de una forma violenta de relacionarse con el cosmos.
Queda, sin embargo, una pregunta que el cómic nunca formula del todo, porque su punto de vista está siempre en las alturas. En más de una versión, como dijimos, Luthor llega a presidente de los Estados Unidos, y no mediante un golpe sino mediante elecciones. ¿Por qué? La respuesta fácil es la manipulación, la propaganda, el poder de LexCorp sobre los medios. La respuesta incómoda es que la identificación con el mega-rico es hoy una de las pocas formas disponibles de la esperanza. La democracia contemporánea, administradora de límites (fiscales, sanitarios, climáticos, regulatorios), se presenta cada vez más como el corral y no como la promesa; su lenguaje es el de lo posible, es decir, el de la resignación. El multimillonario, en cambio, encarna la vieja pretensión fáustica en versión (teóricamente) accesible. Ya nadie tiene un alma que vender. El resentimiento ya no sube hacia el penthouse de LexCorp sino que se derrama hacia los costados y hacia abajo, hacia el burócrata, el político profesional, el planero, el migrante, todos ellos figuras de la mediocridad que nos retiene en el corral. El mega-rico no es percibido como el que nos quita lo que por derecho tendríamos, sino como el que demuestra que se puede. Quizás por eso es que Hollywood, tan proclive a contar las historias de los villanos desde su punto de vista últimamente, venga evitando la biopic de Lex. Podría mover fibras demasiado sensibles.
Quizás ahí la verdadera victoria de Luthor sea haber convencido a las ovejas de que el problema no es el dueño del campo sino el alambrado, y de que él, que voló todos los alambrados, lucha por ellas. La democracia, que fue alguna vez el nombre de la autoemancipación colectiva, de una humanidad que se gobierna a sí misma sin tutores kriptonianos ni salvadores calvos, aparece ahora como un límite más en la lista de los que hay que franquear: lenta, deliberativa, incapaz de la ejecución inmediata que exige el gran plan. Planear es ejecutar, y Luthor no delibera.
La democracia, que fue alguna vez el nombre de la autoemancipación colectiva, de una humanidad que se gobierna a sí misma sin tutores kriptonianos ni salvadores calvos, aparece ahora como un límite más en la lista de los que hay que franquear: lenta, deliberativa, incapaz de la ejecución inmediata que exige el gran plan.