Los caminos de la amistad
¿Cuántos tipos de amistad existen? En la filosofía, en la literatura y en la música podemos encontrar tantos tipos de amistad como personas que la cultivan: amistades que devienen en romances, amistades con animales o con ideas, amistades que te aislan del mundo, ironías que te alejan de la amistad, amistades que empiezan con peleas o que terminan en ellas. Este es un repaso de algunas.
por Adrián Magrini
¿Cuántos tipos de amistad existen? Primero, podríamos definir qué es la amistad, pero eso ya lo sabemos, de modo que hoy nos interesa no tanto una definición, sino dar cuenta de las múltiples expresiones que podríamos comprender bajo ese título. Intentaremos mostrar que hay tantos tipos de amistad como personas que la cultivan. Y para eso, vamos a hacer un recorte tan arbitrario como amoroso en el que recordaremos episodios filosóficos, algunos del mundo de las letras y otros de la música. Recordemos juntos entonces.
En la filosofía
Empecemos con uno de los primeros registros occidentales sobre el tema que nos ocupa. Epicuro decía que las personas se relacionaban de modo natural por algún fin utilitario, pero que en esos intercambios necesarios a veces surgía la amistad, y lo consideraba el bien más preciado. Era un hombre que disfrutaba de su burbuja, un jardín idílico pero real, un jardín donde reinaba la amistad entre géneros y si creemos en los testimonios que nos llegaron, todos eran considerados iguales. Quizá era posible esa amistad allí, donde ni la economía ni la política eran una preocupación. Me pregunto de qué hablarían. Como resultado, la ataraxia, calma espiritual. Pero si los epicúreos aspiraban a la calma, era porque no la tenían en la polis y necesitaban aislarse. Sea como fuere, con Epicuro, la amistad prosperaba.
Sócrates tenía un solo amigo, Critón, quien le guardaba los gallos. Alguien como él, que se la pasaba haciendo preguntas para hacer que la gente quedara pasmada con su propia ignorancia, quizá no fuera la mejor manera para cosechar amigos, a menos que fuera gente con buen humor o de mente abierta. Sin embargo, fue fiel a sus principios y por eso los respetamos. Si viviera hoy, podría ser nuestro amigo.
Sabemos que Abelardo y Eloísa terminaron siendo amantes, conocemos su tragedia, pero primero que nada fueron maestro y alumna, luego amigos. Ella admiraba su intelecto, sobre todo cómo, con costo religioso y todo, aportó un punto medio al problema de los universales, un problema tan lejano en nuestros días. Los universales no son ni conceptos vacíos ni existen fuera de la mente, son conceptos creados por nosotros basados en características que observamos en los individuos y las cosas. Ahora bien, ¿cuándo pasaron de la amistad al romance? ¿Cuál habrá sido el punto de inflexión? Vaya a saber, pero lo cierto es que fue un proceso que tomó su tiempo. Era necesario que se dieran ciertos pasos de manera natural, una amistad efímera pero necesaria para lo que vendría después.
Bueno, admito que este caso es uno de mis preferidos. Conocemos a Descartes como el padre del racionalismo. Cogito ergo sum. Pero sucede que René era un profundo religioso, como todo intelectual de la época, y por más racionalista que se suponga, nunca hubo un corte abrupto con el elemento religioso. Para que lleguemos a la verdad entonces, teníamos que valernos de la razón, ya que como demostró el caballero en sus Meditaciones metafísicas, los sentidos nos engañan. Pero antes de elaborar todo su sistema filosófico, un poco entre tinieblas, o como él nos cuenta, durmiendo desnudo en cuarteles de invierno, necesitaba un empujón, una suerte de iluminación para poder seguir adelante. Aquel día de 1619 no tuvo sueños como se suele decir, sino pesadillas, estaba perdido, sin saber cómo fundamentar desde la lógica lo que ya intuía. De manera que con un poco de fe y otro de desesperación, fue en peregrinación no para agradecerle a la Virgen, sino a rogar por encontrar un método que concluya en lo que ya había encontrado. Finalmente, la hizo en 1623, caminó desde Venecia hasta la Basílica de la Santa Casa, Loreto (325 kilómetros aproximadamente). Allí no pidió por amor, salud ni trabajo. Pidió recibir solo una cosa, iluminación filosófica. Y la recibió. De modo que podríamos decir que René no era amigo de personas. Era amigo de la verdad. Su verdad.
Está el caso curioso de Heidegger. Toda su vida quiso amigarse con el ser, ese ser que no es Dios ni los dioses, sino que está más allá de ellos, ese ser no definible porque sería suponerlo un sujeto o cosa, ese ser que podría presentarse solo en un claro, el hombre, o como él decía, el Dasein. Martin fue víctima de su propia filosofía, buscó el ser hasta el último día de su vida. Ese fue justamente su error y él lo sabía. Para que el ser se presente hay que estar dispuesto a escucharlo, de manera pasiva y, quizá, con suerte, se presente. Cuanto más lo busques más se ocultará. Una lástima.
Derrida era enemigo de la razón como dadora de sentido, al sentido le gusta escurrirse; era enemigo de lo binario; era enemigo de un significado fijo, lo dicho, todo se escurre; era enemigo de las verdades, solo hay interpretación. Entonces nos preguntamos: ¿de qué o de quién era amigo el buen Jacques?
En la literatura
Vale la pena que nos extendamos un poco en este poema que es un canto a la amistad. Gilgamesh era el rey tirano de Uruk. Vivió 2700 años antes de Cristo, como abusaba de las esposas de los pobladores sin mostrar piedad ni culpa, los dioses le enviaron un castigo, el salvaje hombre perro Enkidu. Primero los dioses lo educaron un poco, educación particular, implicaba que esté varios días teniendo intimidad con una prostituta divina, lo que en teoría lo haría más civilizado. Hoy nos reímos de este argumento, pero así se lo presenta. Ya hecho un señor perro un poco más civilizado, lo mandan a ajusticiar a Gilgamesh. Se da la pelea, que se parece a la de Arthas e Illidan (Warcraft 3, Frozen Throne), interminable. De modo que se dan cuenta de que son dos grandes guerreros dignos de respeto y admiración. Se dan la mano, conmovidos y se hacen amigos.
Lo que sigue, para quienes nos gustan las aventuras, es atrapante, el rey le propone a su nuevo amigo, una especie de poda de árboles enormes y añosos y matar a un demonio. A Enkidu, bestia de campo, no le atrae nada de eso, no lo motiva. Bueno, Gilgamesh le habla, machaca hasta convencerlo y termina yendo. Resulta que no estaba nada mal la propuesta. De hecho, se divirtieron mucho. Más adelante, en este poema que nos llega algo roto, cuyas tablillas permanecen en manos de la gente del Museo Británico, leemos que Enkidu tiene pesadillas que se presumen premonitorias, sobre todo para él. Los amigos lo interpretan como algo positivo, pero se equivocan, pronto llegará su muerte.
El punto de inflexión viene cuando Ishtar se le insinúa al rey y él, vaya a saber por qué, la desprecia. De ahí en más ocurre un ida y vuelta de la diosa pidiendo a su padre que baje el azote “Toro del Cielo” para asolar los dominios de Gilgamesh, bajo amenaza de su propia hija de dar vida a los muertos. Al padre esto lo molesta tanto que concede a su hija bajar al Toro maldito. Cuando baja, los amigos lo enfrentan juntos. Enkidu le da la trompada final y (¿hacía falta?) lo corta en pedazos; luego, acto grosero si los hay, le arroja el culo a la cara de Ishtar que llora desconsolada. Listo. Con esto se arruinaron la vida, porque Ishtar, despechada y con mejores contactos que los dos amigos, redobla la venganza. Ahora azuza a su padre porque mataron al Toro, eso no podía quedar así, quizá ahora podía hacer algo que le duela más al rey, matar a su amigo. Enkidu en efecto se enferma, Gilgamesh le pide al dios de la justicia que interceda, aunque el dios tiene simpatía por su amigo, elige no salvarlo. Enkidu tiene una larga agonía en la que ve el infierno y se lo describe a su amigo, luego muere. Gilgamesh pide a todos los dioses que no dejen solo a su amigo en el camino al infierno. Esto lo dice quebrado de dolor. Pasa de la tristeza a la furia. Esa furia lo hace olvidarse que es rey, ya no le importa. La muerte de su amigo le hace ver su propia muerte. Ahora quiere solo dos cosas, buscar la inmortalidad a toda costa al mismo tiempo que traer a su amigo de vuelta. La clave está en encontrar a Utnapishtim quien sobrevivió junto a su esposa del diluvio y por eso recibieron la gracia de ser inmortales.
Gilgamesh emprende una aventura, harapiento, barbudo y con los ojos rojos, cruza montañas, vive días de oscuridad total y esquiva a hombres escorpión que lo habrían despedazado. Se encuentra con unos gigantes de piedra a quienes mata, pero resulta que esos hombrones eran el boleto de cruce por unas aguas que no cualquiera puede tocar o navegar. De todas maneras da con Utnapishtim, quien enterado de lo sucedido lo hace reflexionar: señor rey, ¿qué le hace pensar que usted merece la inmortalidad? Con todo, de mala gana, le ofrece una oportunidad para ganar la inmortalidad, pero para eso debe permanecer sin dormir siete días. Es un poco cómico, no la propuesta, sino que según dicen las tablillas, Gilgamesh se quedó dormido antes de que el Noé asirio terminara la frase. Este señor hizo un pan cada día, para después dárselo al rey cuando despierte. Qué forma rebuscada de decir que perdiste, en fin. De manera que Utnapishtim le dice que ya no hay margen para buscar nada, que se vuelva a su patria, pero es su esposa la que intercede para que lo ayude de alguna manera en su largo camino de vuelta. La ayuda tomó la forma de la esperanza para el rey, porque Utnapishtim, le dijo que había una planta muy singular en el fondo del mar, que provee inmortalidad. El rey va en su busca, se ata unas rocas a los pies para caminar en el fondo. Encuentra la planta y se la lleva a la superficie, la deja a un costado. Se estaba acomodando la ropa cuando ve que una serpiente marina muerde la planta y se la lleva de vuelta al fondo. Uno diría que con la facilidad con que bajó y la tomó, podría volver de nuevo a buscarla, incluso con ínfulas de matar a la serpiente para que quede épico. Pero no. Reflexiona que si tanto se le escapa la inmortalidad es porque no está hecha para él y se vuelve a Uruk a ser un rey un poco mejor.
Gilgamesh pide a todos los dioses que no dejen solo a su amigo en el camino al infierno. Esto lo dice quebrado de dolor. Pasa de la tristeza a la furia. Esa furia lo hace olvidarse que es rey, ya no le importa. La muerte de su amigo le hace ver su propia muerte. Ahora quiere solo dos cosas, buscar la inmortalidad a toda costa al mismo tiempo que traer a su amigo de vuelta.
Dijimos que las tablillas sumerias nos llegaron rotas. Hay que imaginar lo que falta. Aparece Enkidu ante Gilgamesh, pero no sabemos si como un sueño o si vuelve a la vida, parece ser que luego de esa breve aparición, regresa al infierno con consejos de su amigo sobre qué hacer para que le permitan salir definitivamente de allí. Fiel a su instinto de hacer lo que se le da la gana, no hace caso, Enkidu permanece en el infierno. Qué pasó después, sigamos el movimiento espiritual de estos muchachos, que no son de resignarse y siempre buscan aventuras. Seguramente Enkidu logró, con su fuerza extraordinaria y ayuda divina pedida por Gilgamesh, salir, y quizá gobernara junto a él, ya más curtidos, maduros. Estimo que Enkidu fue nombrado en el Ministerio de Ganadería y Agricultura. Se trata de una historia que empezó con una pelea de vida o muerte y continuó como una amistad a prueba de todo, hasta del mismo infierno.
De la amistad del Quijote y Sancho no voy a hablar porque ya está todo dicho. Solo diré para quien no lo leyó, que lo haga. Y el que no lo releyó, como es mi caso, que lo relea. Las últimas frases del libro me hicieron emocionar como pocos libros lo lograron. Acá va un fragmento:
Señores —dijo don Quijote—, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano (Cervantes, 1997, 725)
Mi maestra, Liliana Heker, tiene un cuento preferido de Guy de Maupassant, “El padre de Simón”, una maravilla. El mío es “Historia de un perro” y su otra versión, “Mademoiselle Cocotte”. Hay obsesiones en Guy, la muerte, la locura, la culpa por los hijos abandonados, el maltrato animal. “Historia de un perro” nos muestra la amistad entre el cochero François y la perra Cocotte a la que recoge de la calle moribunda. François vive en un caserón de gente adinerada en las afueras de París, de modo que allí mismo tiene a la perra a la que alimenta y trata casi como a una hija. Una vez recuperada, pulula por la casa y, detalle no menor, al estar en celo, atrae a los perros del vecindario provocando que a veces entren en su busca rompiendo o ensuciando todo al paso. Los dueños notan esto y le piden al cochero que no se repita. Después vino la preñez, con cachorros por todas partes que molestaban a los dueños. Como era imposible ubicarlos, el cochero no tuvo más remedio que sacrificarlos. Por un tiempo logra mantener el tema controlado hasta que ocurren incidentes similares al pasado. En este caso, no hay otra oportunidad, la perra se va sola o con él a la calle. François intenta regalarla, como nadie la quiere intenta perderla, nada funciona. Tiene la idea de matarla, siente que es imposible pero no tiene más remedio que llevarlo a cabo. Evaluó pagarle a otro para que lo hiciera, pero desistió porque harían sufrir a Cocotte. Sin dormir en toda la noche, al amanecer tomó a la perra y la llevó al Sena, le ató una piedra al cuello y la besó por última vez. Intentó varias veces arrojarla hasta que pudo. Vio con horror como la perra luchaba por mantenerse a flote hasta que se hundió. El cochero estuvo un tiempo enfermo hasta que se recuperó un poco. Acompañó a sus amos a Ruán para darse un baño. Una vez en el agua sintió un olor desagradable, flotando, una carroña avanzaba hacia él, reconoció la cuerda que pendía del cuello del animal: era Cocotte. François se sumió en la locura y ya no se recuperó. En este cuento trágico, conmovedor, vemos como la amistad entre un hombre y un animal, supera la muerte.
Hay encuentros lumínicos cuya fuerza dura un breve tiempo, pero dejan marca. Hemingway conoció a Scott Fitzgerald en un bar parisino, donde ambos residían en los años veinte. Scott la había pegado en el año 1920 con A este lado del paraíso. El momento de Ernest llegaría en 1926 con Fiesta. Pero en los años previos, no abundaba el dinero. Se trataba de un joven Hemingway, que como corresponsal de un diario norteamericano no ganaba mucho, a veces iba a cafés a escribir y solo pedía un café que hacía durar horas, otras, no tenía para comer. Un Scott consagrado y tres años mayor, creyó en el talento de ese muchacho y lo ayudó a que publicara a lo grande, así que habló con su editor Maxwell Perkins de Scribner´s, recomendándolo. Esto en 1924, ya dijimos que pasa dos años después. Y algo más, Scott le dijo a Ernest que eliminara los primeros párrafos de Fiesta de cuajo, de modo que la novela empiece con las acciones de los personajes y fluya, Ernest aceptó el consejo y quedó impecable, también aceptó consejos similares para Adiós a las armas, otro éxito. Después vinieron las irregularidades en el comportamiento de Scott con Zelda, una relación que hoy llamaríamos tóxica, el consumo de alcohol al que era muy poco tolerante, las inseguridades de Fitzgerald sobre sí mismo y su obra y el posterior alejamiento de los dos amigos que nunca dejaron de admirarse aún a la distancia. París era una Fiesta, obra autobiográfica, póstuma de Hemingway, retrata de manera muy bella aquellos primeros años, también la película de Woody Allen, Medianoche en París, que pone de relieve los episodios más pintorescos. Hay amistades que no hace falta que duren por siempre para que dejen huella.
En la música
Para que pudieran existir los Beatles, primero tuvo que existir la amistad entre John y Paul. La historia es demasiado conocida. Solo aportamos dos datos curiosos. Parece ser que el primer encuentro no es como se cree y repite hasta el hartazgo, en la iglesia de San Pedro el 6 de julio de 1957, sino en el 85 de Woolton Road un tiempo antes. En ese lugar, John le habría convidado a Paul la mitad de su chocolate Cadbury, gesto atípico para la época en que se solía convidar solo un pedacito de la barra. Esto lo comenta Bono de U2 en su libro Surrender. El mismo Paul le habría comentado esto en un paseo de ambos por Liverpool. Y el otro dato es que, en su nueva canción, Days we left behind, Paul refiere a un pacto secreto firmado con John en el 20 Forthlin Road, su casa. ¿De qué se trataría? Mismas amistades que lo trascendieron todo, nuevos datos que nunca dejan de aflorar.
Sin Timmy McKern no habría existido Sumo. Luca quería escapar de la heroína que lo había dejado en coma, para eso, pensó en huir de Italia, donde la conseguía con facilidad, por eso vino a Argentina, donde su amigo Timmy, antiguo compañero de secundario lo esperaba en su casa de las sierras cordobesas. Ahí Luca fue cuidado en todo sentido, ahí comenzó después el proyecto que terminaría siendo Sumo, lo irónico es que se presume que Luca parte de este mundo por una dosis de heroína con mezcla de otras sustancias agregadas, intolerables para cualquier persona. Se fue a finales de 1987, pero dejó un legado. Supo expresar, por ejemplo, de manera poética, lo que significa tener un sentimiento oceánico. En este caso por una conciencia plena de lo que es la libertad, Estallando desde el océano. Hay amistades que hacen posible que uno siga en el camino un rato más y hasta arroje algo de magia al mundo.
Sin Krist Novoselic no hubiera existido un Smells like teen spirit. En los años formativos, el amigo íntimo de Kurt era Krist, al ser un chico retraído, de baja autoestima, le costaba socializar. Esto se trasladó a buscar compañeros para armar una banda, no fue tarea fácil y se la pasaban cambiando el baterista, hasta que llegó, por último, Dave Grohl. Fue Krist el que en 1994 moderó una reunión entre los más cercanos para que Cobain se internara por su problema de adicción a la heroína. Kurt aceptó de mala gana, de tal manera que, según una de las versiones que circula, parece que se arrepintió en el aeropuerto ante el avión que lo llevaría al lugar de internación. Quien lo llevó hasta ahí en su auto fue el mismo Krist. Pasaron de las palabras a los forcejeos y hasta a una piña dada por Kurt. Con todo, finalmente tomó ese avión. El resto es historia conocida. El esfuerzo de un gran amigo no fue suficiente, pero siempre estuvo ahí, antes, durante y después de la gloria. Sin ese bajista de dos metros, no habría existido Nirvana.
Palabras finales
Nos propusimos mostrar que hay tantos tipos de amistad como personas que la cultivan. Esta presentación fue inductiva, la lista podría prolongarse, pero habría sido un ensayo demasiado largo. Vimos como la amistad puede magnificarse si elegimos aislarnos como Epicuro; como por ser tan irónicos nos quedamos con pocos o quizá un solo amigo, como Sócrates; como la amistad deviene romance en Eloísa y Abelardo; como a veces nos hacemos amigos de ideas o conceptos, como René; como de tanto buscar al amigo lo terminamos ahuyentando, como le pasó a Martin; como somos más enemigos que amigos, como Jacques; cómo nos hacemos amigos si primero peleamos hasta casi matarnos, como Gilgamesh y Enkidu; como nuestra mejor amiga podría ser una perra, como cuenta Guy; cómo podés admirar y ayudar a un amigo y luego distanciarte para siempre, como en Ernest y Scott; como tuvimos la suerte de que John y Paul se hicieran amigos; y como hay amigos tan fundamentales, como Timmy y Krist, que sin ellos, no habríamos tenido a Sumo ni a Nirvana.
La amistad mueve el mundo hacia algo siempre mejor. Celebremos la amistad.
Sin Timmy McKern no habría existido Sumo. Luca quería escapar de la heroína que lo había dejado en coma, para eso, pensó en huir de Italia, donde la conseguía con facilidad, por eso vino a Argentina, donde su amigo Timmy, antiguo compañero de secundario lo esperaba en su casa de las sierras cordobesas.
