Los cornudos del nacionalismo

El nacionalismo argentino tiene un problema: ama una Argentina que casi nunca coincide con la Argentina real. Entre la excepcionalidad, el orgullo herido y la necesidad de tener razón, quizás el verdadero cornudo sea el país que todos dicen defender.

por Marco Marcelo Mizzi

“Esta idea, por otra parte, no se diferencia en nada de la que posee instintivamente cualquier hombre de la calle (heredero de la civilización grecorromana) cuando se vuelve petrificado de admiración al paso de un cuerpo (llamemos a las cosas por su nombre) pitagórico”.

Salvador Dalí.

ÓPTICA, dice el cartel. Todavía lo dice. 

Sobre la vidriera hay un dibujo de un ojo celeste sin pestañas, un ojo de 1968 mirando la calle Mendoza de 2026. Abajo del ojo, la mercadería: fundas de celular. Fundas de silicona de todos los colores, fundas transparentes, fundas con brillantina líquida adentro que se va toda para un costado, auriculares, aros de luz, soportes de moto, un pendrive con forma de bala, parlantes que cambian de color solos: rojo, violeta, verde, rojo, violeta, verde, toda la tarde.

Lo primero que uno ve cuando entra es un cuadro de la Virgen de Fátima. Enorme. Al lado del cuadro hay otro, apenas más chico, con una bandera argentina. Es azul y blanca, el sol, rojo, y tiene gorros frigios en las esquinas. 

Abajo, el mostrador de madera lleno de cajoncitos. Adentro hubo lentes. Hay enchufes.

Y detrás del mueble, un tipo con el teléfono a treinta centímetros de la cara. No levanta la vista cuando entro. Termina lo que está mirando, se toma su tiempo, y recién ahí lo apoya boca abajo sobre la madera. 

Víctor Barrenechea tiene cuarenta y tres años. Es un naco especialista en la obra del filósofo Alberto Caturelli. Nos hicimos amigos después de compartir un panel en la Feria del Libro Católica, movida que se armó en 2022 cuando la Feria del Libro de Rosario prohibió una charla de Milei contra el aborto.

—Cómo nos cagó Javito.— lo chuzó.

—Dejá. ¿El cable normal o de tres metros?

—Normal está bien.

—No te sirve. —Ya está subido a una escalerita, buscando en una repisa, y desde ahí me habla sin darse vuelta—. El normal es para el que enchufa el teléfono y se tiene que quedar al lado como un gil. Tres metros. Diecinueve mil pesos. El de un metro doce mil, o sea que por siete mil pesos sos un hombre libre.

Charlamos veinte minutos sobre el cumpleaños de la hija, que cumplió doce, y se encierra en la pieza y no sale ni para saludar.

Después me muestra el teléfono. Un video de un pelado con rotacismo, hablando sobre los planes de Israel en la Patagonia. Después otro, de otro tipo, sobre lo mismo, que según dice Víctor lo copió del primero. Después me lee un hilo entero en voz alta sobre el préstamo con Baring Brothers de 1824. 

Barrenechea parece estar adentro de todo esto de una manera que yo no estoy adentro de nada. Sabe quién dijo qué cosa, quién se peleó con quién, quién cambió sinceramente de punto de vista, quién se quebró, quién se vendió. Caponetto, Salbuchi, Biondini, Soaje Pinto, Ravasi, Carena, Ayerbe. El nacionalismo es una escena, y él conoce a todos los actores.

Mientras me envuelve el cargador y el cable en una bolsita de nylon, se me ocurre felicitarlo. Le digo que se vino la ola. Se ven cada vez más pibes de veinte años diciendo lo que él dice desde siempre.

Apoya la bolsita sobre el mostrador. No me la da.

—Cornudizaron todo lo que amo.

Los tipos como Víctor no levantan la voz. Habla con la mano abierta sobre la madera. 

Me cuenta que hay un tipo que hace tres años vendía cursos de trading y ahora habla de la Antártida. Que un cura pibe, en la parroquia de la Pompeya, filma la misa desde el altar con el teléfono apoyado contra el cáliz. Que todos, todos, dicen las mismas cuatro cosas y ninguno leyó nada, y acá se le va la mano y dice algo sobre una piba que anda por ahí, algo que no voy a escribir.

—Mi viejo estuvo preso once días —su padre era militante del Grupo de Restauración, una filial rosarina del meinviellismo—. En el 65, por pelearse con la policía. Once días. ¿Sabés lo que hacía en los setenta mi viejo? Anteojos. Acá. Porque ya sabía cómo terminaba.

Se queda callado. Después se da vuelta para mirar la bandera del fondo.

***

Cornudizaron. La palabra es demasiado precisa, y conviene demorarse ahí. 

El cornudo, como disfemismo, es pariente del viudo y el eunuco. Pero tiene una carga morbosa que aquellos no tienen. Cualquier despojado da lástima. El cornudo da vergüenza ajena. 

En la lengua oral, se usa como reacción ante una mala maniobra de tránsito. En Internet, casi siempre se lo transforma en un verbo pasivo: a alguien lo transformaron en cornudo.

Y ojo acá: no lo cuernearon. Lo cornudizaron, porque no importa si sufrió una infidelidad sino el hecho de haberlo transformado en eso. Alguien que creía que lo que amaba era suyo por derecho hasta que se dio cuenta de que no. Alguien que oscila entre el resentimiento y el ansia de conmiseración. 

No lo cuernearon. Lo cornudizaron, porque no importa si sufrió una infidelidad sino el hecho de haberlo transformado en eso. Alguien que creía que lo que amaba era suyo por derecho hasta que se dio cuenta de que no. Alguien que oscila entre el resentimiento y el ansia de conmiseración. 

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En el frenesí de estas semanas mundialistas, los famosos descubrieron que Argentina es un país racista. 

La secuencia se repite y es insoportable. Más allá de la discusión sobre si la cosa es silvestre u orquestada. Alguien dice algo sobre los argentinos y durante cuarenta y ocho horas miles de compatriotas se esfuerzan por demostrarle que no es así. Se buscan censos y ancestros. Una explica la Conquista del Desierto. Otro recuerda que Rivadavia tenía una cara de mulato bárbara. Un tercero calcula cuántos senegaleses viven en el Bajo Flores. 

La acusación inicial, claro está, es injusta, o directamente estúpida. No decimos el racismo. Eso está bien que importe. Lo que no importa es lo que diga Javier Bardem sobre la calidad moral de la República Argentina. 

Si la reacción defensiva es patética, la respuesta orgullosa es peor. Se llegó al extremo de querer cancelar un show de Rosalía por un repost. Fue una cancelación a la medida de la crisis: en vez de convocar a vaciar el recital, los patriotas exigían que se les devuelva la plata de la entrada. La productora se negó, la pecadora se disculpó y cosa resuelta. La artista volvió a ser todo lo que está bien. Al mismo tiempo el presidente publicaba un Decreto de Necesidad y Urgencia para desterrar a quienes tengan expresiones de odio contra el país. Más woke no se consigue.

Hay algo bastante provinciano en esa obsesión, que convierte al mundo entero en un espejo. El nacionalismo argentino, si tiene un riesgo, es ese. La xenofobia es un mal importado. El ombliguismo, la única industria nacional en alza. 

Tenemos una histórica vocación universal y una tradición abierta, y al mismo tiempo, una facilidad extraordinaria para convencernos de que somos una anomalía metafísica. El asado es el mejor plato del mundo, aunque sea simplemente un pedazo de carne con sal. Buenos Aires no puede ser una ciudad interesante: es París y Nueva York, juntas, pero mejor. 

La fiebre excepcionalista es tan grande que hasta nuestras desgracias son consideradas únicas e irrepetibles. Necesitamos convertir todo en récord mundial. Cierto que la realidad no ayuda: somos realmente un pueblo excepcional. El problema surge al transformar esa singularidad en condición para el afecto. Un drama adolescente: si no somos distintos, ¿qué valemos?

Y ahí hay una pregunta que debemos responder con sinceridad: ¿puede uno querer una Patria de mitad de tabla?

El amor que necesita de una mentira para sostenerse es una parafilia. Detrás de esa urgencia, se esconde otra: la de no saber exactamente qué somos. 

Tampoco es un problema nuevo. En un país helicoidal, el “pibe, esto ya lo viví” es doctrina. Hace un siglo, con la Argentina del Centenario en llamas, una parte de la élite intelectual se encontró con una incomodidad parecida. 

Ricardo Rojas, los hermanos Guido, J.B. Massa, Gambartes, Montes i Bradley, et al., querían que algo pudiera ser argentino sin tener que demostrar que era mejor que todo lo demás. Querían producir una cultura nacional que fuera verdadera, sin convertirse en un cosplay.

Ángel Guido, en Supremacía del Espíritu en el Arte, pondera como símbolo del artista genial a Aleijadinho, escultor del barroco americano cuyo sobrenombre significa literalmente El Estropeadito. La intuición era correcta: en un continente hecho de retazos es de mal gusto esconder las costuras. 

Por esos mismos años, mientras estos grandes señores discutían qué éramos, Carlos Gardel y Alfredo Le Pera escribieron un puñado de canciones.

Y fue suficiente.

Tenemos una histórica vocación universal y una tradición abierta, y al mismo tiempo, una facilidad extraordinaria para convencernos de que somos una anomalía metafísica. La fiebre excepcionalista es tan grande que hasta nuestras desgracias son consideradas únicas e irrepetibles.

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El Cadete dice que prefiere un facho argentino a un progre chileno y ahí se arma la polémica. Que sí, que no, que traidor, que cipayo. 

Antes que meternos en esa, una nota al pie. Es llamativo cómo el peronismo progresista, exceptuando su prerrogativa de censor moral, entregó todas las demás banderas. El patriagrandismo de la primera década del siglo es ya, para ellos, una foto del viaje a Bariloche. Aquel que la cuelga en su pieza no tiene cerebro, el que la tira a la basura no tiene corazón. 

Volvamos.

Hay una idea bastante intuitiva: para que exista una Nación, necesitamos suspender la incredulidad. Patrones y obreros, hombres y mujeres, blancos y marrones, podremos odiarnos de lunes a sábado, pero el domingo todos cantamos el mismo himno. La bandera es una frazada que se tira arriba del conflicto. 

El nacionalismo suele imaginarse como un enorme “todos somos argentinos”. Una Nación Bover es su ideal. Pero, ¿y si la Patria no funciona como un nivelador? ¿Y si esas diferencias de clase, género, raza o ideología son las que en realidad determinan qué Patria tenemos? 

La respuesta más extrema que produjo la Argentina a esa pregunta fue Montoneros. 

Eran tipos que reivindicaban la soberanía nacional, se llamaban a sí mismos patriotas y, al mismo tiempo, estaban convencidos de que el país estaba partido por una lucha de clases que no había que disimular sino llevar hasta sus últimas consecuencias. 

¿Cómo consiguieron hacer compatibles dos cosas que, en la vulgata, parecen incompatibles? Y, más importante todavía, ¿cómo lograron interpelar a gran parte de su generación? 

El marxismo clásico tiene una tensión con la idea de Patria: la clase obrera defiende intereses que atraviesan fronteras. El nacionalismo tradicional, en cambio, niega que existan las clases, o al menos sostiene que pertenecen a una comunidad superior. Los montoneros, y con ellos buena parte del peronismo revolucionario, detectan que las dos contradicciones son una sola. 

Argentina es un país dependiente porque determinados grupos locales están asociados a esa dependencia. La lucha de clases deja de aparecer como una amenaza contra la unidad nacional y pasa a ser una herramienta para lograr que la Nación exista. 

El hallazgo, si se nos deja decirle así, es clave. Sobre todo si vamos a algo un poco más hondo que el simple clasismo.

Los montos aceptan algo que los demás niegan. Un obrero y un gerente pueden hablar la misma lengua y recordar a los mismos muertos. Nada de eso resuelve el problema. Precisamente porque comparten una Patria pueden disputar qué hacer con ella.

La pregunta política por excelencia, entonces, es cómo administramos el desacuerdo inevitable sobre aquello que es de todos. La violencia, los errores, la derrota y, sobre todo, las heridas que siguen abiertas no permiten, todavía, reconocer el aporte de la Orga para la teoría de lo nacional. 

Una Patria no tiene por qué empezar ahí donde termina el conflicto. Este puede ser su punto de partida. 

Y como en una Nochebuena en la que todos pelean por los terrenos de la abuela mientras la pobre vieja brinda sola en un rincón, el límite recién aparece cuando la disputa amenaza con destruir lo mismo que queremos defender. 

***

Todo nacionalismo construye una idea de país. Y por eso es eminentemente conservador. No lo decimos como chicana. Corrijamos, por las dudas: toda ideología, incluyendo el nacionalismo, es conservadora. En tanto y en cuanto tiene que inmovilizar el objeto que idealiza. 

Ningún forense puede trabajar sobre algo que todavía está vivo. 

Así, el argentino real, para el nacionalismo, es una molestia. Porque es incorregible. No trabaja como debería, escucha la música equivocada, vota mal, habla peor, compra porquerías, mira Gran Hermano, estaciona en doble fila y no siente ninguna obligación de estar a la altura de los gloriosos doscientos años de historia nacional. O quinientos, o dos mil. Depende quién haga la cuenta.

Este desdén a veces toma la forma de la condescendencia. La reivindicación del chori y la coca es su expresión más acabada. 

A Dios gracias, una Nación no necesita que sus integrantes sean héroes de su causa para existir. Al contrario: la humildad de saberse indignos es el rasgo más sobresaliente de un patriota.

En el primer capítulo de Coroniti a la deriva, un tipo le dice por teléfono: 

—Estoy acá en el taller esperando la muerte. Me agarra un resfrío y me entrego.

El personaje es parte del arquetipo del Hombre Vencido. Alguien que siempre pierde. Con la guita, con el club, con el laburo, con la familia. Es una caída con minúsculas y sin artículo. La derrota no es el clímax de su historia, sino su clima.

Discepolín y Scalabrini Ortiz lo poetizaron en sus obras. Con el formato de video, podemos verlo además de imaginarlo. Coroniti es el más grande intelectual nacionalista de esta época: logra transformar la autopsia en una biopsia.

El detalle que lo prueba es mínimo: Coroniti no toma mate. Lo dice y se pelea por eso. Para cierta idea de lo nacional, el dato es casi una falla de sistema. El argentino ideal tiene que tomar mate. Como tiene que comer asado, querer a la vieja y sentir la locura que no tiene cura. El argentino real, en cambio, hace lo que se le cantan los dos huevos.

Una Patria viva se reconoce en eso: nunca coincide del todo con la idea que cada uno se ha hecho de ella. Solamente un tipo que se declara vencido puede amar algo así. 

El que todavía cree que puede ganar va a querer lo que considera suyo mientras le sirva para ese objetivo. Está bien, pero no está enamorado. Tiene un proyecto. El día que pierda va a salir a buscar culpables. Y los va a encontrar en todas partes, menos en donde debería: en sí mismo.

Típico de cornudo.

El argentino real, para el nacionalismo, es una molestia. Porque es incorregible. No trabaja como debería, escucha la música equivocada, vota mal, habla peor, compra porquerías, mira Gran Hermano, estaciona en doble fila y no siente ninguna obligación de estar a la altura de los gloriosos doscientos años de historia nacional.