Marruecos: geografía, rey y tiempo

A 14 kilómetros de Europa hay un reino que fabrica piezas de Airbus, contiene la presión migratoria hacia la UE, crece al 4% anual y reza cinco veces al día. Un capitalismo periférico disciplinado por una monarquía ejecutiva. Marruecos se moderniza sin romper su matriz autoritaria y religiosa, y le recuerda a Europa que mucho de lo que hoy funciona no se parece a ella.

por Tomás Di Pietro Paolo

Hace veinte años, trabajaba con un marroquí llamado Mohamed —como se llama el 30% de los marroquíes— , y cada mañana al llegar, cuando le preguntaba cómo estaba, me respondía: 

Sempre igual, amego. Sempre igual.

Lo decía sonriente, con orgullo y a mí me horrorizaba. Yo tenía veinticuatro años y lo último que quería era quedarme igual. Deseaba cambio, anécdotas, acumulación. La quietud era mediocridad. En él no había resignación. Había doctrina.

Europa tiene dos tentaciones cuando mira a Marruecos. La primera es subestimarlo: un país pobre, musulmán, monárquico, útil como tapón migratorio y destino de vacaciones baratas, básicamente un vecino bizarro pero útil. La segunda, igual de frecuente en círculos urbano-progresistas, es romantizarlo: la autenticidad, las especias, la medina, el tiempo que corre diferente, la vida no tan contaminada por el capitalismo. Ambas lecturas son, en el fondo, la misma. Las dos reducen a Marruecos a un espejo donde Europa se mira a sí misma, para sentirse superior o para sentirse culpable. Avancemos.

El viaje iniciático suele ser a Marrakech. Todos comenzamos por ahí. Es el África for dummies, el Disney turístico del continente pobre imaginado por Europa, diseñado para que el europeo sienta que está viviendo aventuras radicales sin salir de su zona de confort. Riads, souks, el caos administrado de la plaza Jemaa el-Fna. Marruecos supo convertir su exotismo en industria. Para los más intrépidos después llega Fez, que ya rasca un poco más. No conviene fingir superioridad moral: incluso quien viaja prevenido contra el exotismo termina usando sus imágenes. Pero el país real está en otro lado: en Tetuán, en Casablanca —que ya huele a África sin filtros—, en Salé, en Meknès, en los pueblos del interior, y también en las autopistas nuevas que cruzan el Atlas, en los polígonos industriales de Kenitra donde se ensamblan Renault y Peugeot, en el puerto de Tánger Med donde cada noche salen barcos portacoches cargados hacia Algeciras. Ese Marruecos no vende babuchas. Vende piezas de avión.

Cuando se habla de su economía, se suele mencionar primero agricultura y turismo. Pero los ingresos externos marroquíes están liderados por el sector aeroespacial, los fosfatos y derivados, y la industria automotriz. El turismo aparece cuarto. La agricultura emplea al 40% de la fuerza laboral pero su aporte al PIB varía entre el 12 y el 17% según el año y la lluvia. 

El PIB per cápita en paridad de poder adquisitivo roza hoy los 10.600 dólares. En 2000 era de 3.500. Tres veces en veinticinco años, sin petróleo, sin revolución, sin un gran salto fundacional. Solo decisiones sostenidas en el tiempo. El producto total se cuadruplicó en el mismo período, gracias a un crecimiento anual sostenido que ronda el 4%. 

Las remesas de los 5,4 millones de marroquíes que viven en el exterior —el 15% de la población marroquí vive fuera, esencialmente en Europa— representaron el 7,6% del PIB. Marruecos exporta personas y esas personas exportan dinero de vuelta. Son la transferencia más constante del vínculo entre las dos orillas, más regular que cualquier fondo europeo de cooperación.

El desempleo juvenil supera el 36%. La generación de TikTok y sueños de pasaporte europeo no encaja. El índice Gini ronda 40,5. Y la participación laboral femenina es del 19%. Hay dos países dentro del mismo: uno más urbano y periurbano que crece y otro periférico que espera.

En Casablanca y Rabat hay una generación de mujeres universitarias y profesionales con otra relación con el islam, con el cuerpo y con la autoridad, mientras en las zonas rurales el horizonte sigue siendo el mismo de hace décadas. El propio palacio dio señales de ese cambio cuando el rey presentó a Lalla Salma como su esposa en 2002, primera consorte de un rey marroquí en recibir título oficial, aparecer en actos de Estado y mostrar el pelo en público. Se separaron en 2018, sin confirmación oficial, sin comunicado, sin fecha. En Marruecos de muchas cosas no se habla.

 Marruecos supo convertir su exotismo en industria.  Ese Marruecos no vende babuchas. Vende piezas de avión.

La historia de la industria aeroespacial marroquí es una de las más interesantes e ignoradas del capitalismo contemporáneo, y dice mucho sobre cómo funciona realmente el país.

Todo empieza en 1999, cuando Royal Air Maroc crea una empresa conjunta con Safran para dar mantenimiento a motores de aviación. Una decisión que parecía técnica y que resultó estratégica, y una lógica que Marruecos repetiría durante las últimas dos décadas: el Estado pone la infraestructura, las exenciones fiscales y la seguridad jurídica para el inversor extranjero, y deja que el capital europeo entre a hacer el trabajo. 

En 2001, Boeing y Safran crean MATIS Aerospace en Casablanca, una fábrica de arneses y sistemas de cableado para aviones. Hoy produce 150.000 juegos de cableado al año para Airbus, Boeing y Dassault. Una parte del cableado de nuestros aviones comerciales lo ensamblaron manos marroquíes, manos femeninas, para precisar. Ocurre que el 70% de sus empleados son mujeres. Según la lógica industrial del sector, se ha privilegiado la mano de obra de mujeres por estabilidad, precisión y continuidad en tareas de ensamblaje. Nadie hizo más por el empleo femenino marroquí que Airbus.

Lo que siguió fue una construcción deliberada. En 2004 el Estado identificó la aeronáutica como sector estratégico y creó el andamiaje: asociaciones sectoriales, institutos de formación técnica con estándares europeos, y zonas industriales libres junto al aeropuerto de Casablanca donde hoy operan las grandes compañías globales del sector. Desarrollismo selectivo. Las reglas no cambian de un gobierno al otro porque en Marruecos el poder no cambia. 

De menos de diez empresas aeroespaciales en 2001 a 150 en 2024. Un crecimiento del 3500% en exportaciones en dos décadas, posible por una combinación de carambolas y decisiones: proximidad a Europa (la geografía importa), francofonía como puente industrial, mano de obra formada y barata, y un Estado que supo cuándo abrir la puerta y cuándo no meterse. En la industria automotriz ocurrió algo análogo: Renault inauguró su planta de Tánger en 2012; PSA/Stellantis abrió después la de Kenitra. La ventaja no es sólo salarial. La estabilidad política y de crecimiento en un país de renta media permite a las empresas planificar a veinte años.

La historia de la industria aeroespacial marroquí es una de las más interesantes e ignoradas del capitalismo contemporáneo, y dice mucho sobre cómo funciona realmente el país.

Marruecos no puede entrar en la UE —el Tratado lo prohíbe, al menos en su interpretación actual— pero en términos económicos ya opera como si estuviera en su órbita. Acceso preferencial al mercado europeo, integración en cadenas de valor industriales, electricidad renovable que cruza el Estrecho. Y si la apuesta por el hidrógeno verde funciona —construirá una de las plantas más grandes del mundo— pasará de exportar electricidad a exportar el combustible que Europa necesita y no produce. La integración sin membresía es quizás el negocio más inteligente que ha hecho con la UE: toma los beneficios sin ceder soberanía. Y la soberanía, en Marruecos, tiene el rostro de un solo individuo. Descendiente de la dinastía Alaouita que gobierna desde 1631, Mohamed VI hereda algo extraordinario: mientras el Imperio Otomano absorbía el resto del Magreb, Marruecos mantuvo su propia dinámica dinástica. Es el único país del noroeste de África que nunca fue ocupado por los otomanos. Cuatro siglos en los que el mundo alrededor cambió de forma irreconocible y la fórmula básica del poder marroquí no.

El rey es jefe de Estado con control efectivo sobre el ejército y los nombramientos clave, árbitro del sistema político con capacidad de disolver el gobierno y legislar por decreto, y sobre todo Amir al-Mouminin, el Comendador de los Creyentes, cuya persona la Constitución declara sagrada. Cuestionar al rey linda con la blasfemia, y nadie se atreve a hacerlo en público. Hay elecciones, partidos, parlamento. Pero la competencia política ocurre dentro de los márgenes que define el rey. 

A su alrededor, orbita una élite denominada Makhzen, que controla telecomunicaciones, banca y medios. La modernización tiene dueños.

El Estado controla la religión y no al revés. Se trata de una monarquía ejecutiva con legitimación religiosa. Esta acumulación es tecnología de poder. La legitimidad religiosa hace innecesaria buena parte de la legitimidad democrática. El islam que el Estado administra es deliberadamente moderado, quietista y apolítico. Se trata de la escuela jurídica malikí, la teología asharita, y el sufismo de Al-Junayd, tres pilares que producen una religiosidad orientada hacia la interioridad espiritual y la lealtad al poder establecido. El Mohamed VI Institute for Training of Imams, inaugurado en Rabat en 2015, exporta ese modelo a decenas de países africanos y europeos, forma imanes en Malí, Guinea y Francia para que prediquen su modelo de islam sin revolución. La religión como vacuna y como diplomacia al mismo tiempo. 

Pero Marruecos no es un bloque homogéneo: el 40% de la población tiene origen amazigh —bereber— y el tamazight es lengua oficial desde 2011, una tensión identitaria que el relato árabe-islámico oficial gestiona con el mismo pragmatismo con que hace todo lo demás.

Lo que esto produce en la calle es una religiosidad sin drama. Cotidiana, encarnada, sin aspavientos. Las cinco oraciones organizan el tiempo. El Ramadán organiza el año. El rey organiza ambos, desde arriba. La sociedad tiene estructura, jerarquía, ritual. Tiene, para usar una palabra que en Occidente resuena reaccionaria, orden.

Una de las escenas que mejor narra Marruecos ocurre en los hammam, los baños públicos donde todavía se conversa, se espera, se suda y se limpia el cuerpo en comunidad. Uno compra en la calle una manopla áspera, una especie de guante negro, y una bolsa de jabón beldi, esa pasta marrón hecha de aceite de oliva, aceitunas negras y potasa, con olor a aceite viejo y tierra mojada. Después entra, se sienta, espera. Un hombre semidesnudo aparece, te tira agua caliente, te frota con una violencia metódica, te dobla los brazos con fuerza, te limpia la espalda, te arranca capas de piel muerta y se ríe mientras te las enseña.

—Español sucio —me dijo uno en una ocasión —. Marroquí limpio.

Un hombre lavando a otro hombre. No hay nada más íntimo y, al mismo tiempo, no lo es. El cuerpo tiene un lugar, el ritual tiene un lugar, el deseo tiene otro. Ciertas proximidades son perfectamente aceptables mientras otras siguen siendo indecibles. Mucho contacto, poca confesión. Mucha carne, poco desorden.

En la calle se produce una religiosidad sin drama. Cotidiana, encarnada, sin aspavientos. Las cinco oraciones organizan el tiempo. El Ramadán organiza el año. El rey organiza ambos, desde arriba. La sociedad tiene estructura, jerarquía, ritual. Tiene, para usar una palabra que en Occidente resuena reaccionaria, orden.

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Pero el orden nunca es gratis. En 2016, un pescador fue aplastado por un camión de basura municipal mientras intentaba recuperar mercancía confiscada. De ahí surgió el Hirak del Rif, la mayor crisis política del reinado de Mohamed VI: más de 400 detenidos y líderes condenados a veinte años de prisión. La disidencia se reprime de forma selectiva y efectiva. Periodistas, activistas saharauis y homosexuales conocen los límites del sistema.

Marruecos es el mayor productor mundial de hachís. El Rif cultiva cannabis entre 50.000 y 70.000 hectáreas, con más de 400.000 personas que participan directa o indirectamente en ese comercio. El Estado lo sabe, lo tolera y lo usa como válvula de escape para una región históricamente marginada y políticamente incómoda, y como palanca discreta en la negociación con Europa sobre migración y seguridad. De facto, el consumo nunca fue perseguido. En las cafeterías –espacios predominantemente masculinos donde los hombres pasan horas jugando al dominó– el kif se fuma en largas pipas con la misma naturalidad que se bebe té de menta. En 2021, Mohamed VI legalizó el cannabis para uso médico e industrial. En 2024 indultó a más de 4.800 personas condenadas por cultivo ilegal. El país, muy de a poco, va resolviendo sus contradicciones, las dosifica.

La edad media de Marruecos es de 30,5 años. La de la UE es de 50 años. En ciertos aspectos de la vida cotidiana, Marruecos parece menos agotado que Europa. Menos soledad estructural. Menos gente mirando el teléfono compulsivamente. El alcohol no organiza la vida social. La familia extendida funciona como red de seguridad donde el Estado falla. La comunidad religiosa hace lo que en Europa hace el psiquiatra, cuando se puede pagar. Los costes del modelo son la dependencia, el control social, la presión sobre la mujer, la homogeneización, y por supuesto, menos libertad. Cuanto más crece, más se parece a Occidente. Y eso viene con nuevas enfermedades.

Francia, que durante décadas fue la metrópolis cultural y económica de referencia, ve cómo su influencia retrocede como la marea. El inglés gana terreno en las universidades y en los negocios. Las tensiones diplomáticas de 2023 y 2024 entre París y Rabat —disputas sobre visados, sobre el Sáhara, sobre quién define los términos de la relación— aceleraron lo que ya era inevitable: Marruecos elige con quién habla, en qué idioma y bajo qué condiciones. Para un país que pasó décadas siendo el patio trasero cultural de Francia, desfrancesarse es una forma de ejercer poder.

Marruecos parece menos agotado que Europa. Menos soledad estructural. Menos gente mirando el teléfono compulsivamente. El alcohol no organiza la vida social. La familia extendida funciona como red de seguridad donde el Estado falla. La comunidad religiosa hace lo que en Europa hace el psiquiatra, cuando se puede pagar.

En diciembre de 2020, en uno de los últimos actos de su primera presidencia, Trump reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. A cambio, Marruecos normalizaba relaciones con Israel como parte de los Acuerdos de Abraham. Territorio por reconocimiento diplomático. Biden no revirtió el acuerdo y el segundo mandato de Trump lo consolidó. En mayo de 2026 un comité del Congreso de Estados Unidos describió a los enclaves de Ceuta y Melilla como ciudades "ubicadas en territorio marroquí bajo administración española" y alentó al Secretario de Estado a mediar entre Madrid y Rabat. La relación entre Washington y Rabat no empezó con Trump. Marruecos fue el primer país en reconocer la independencia americana, en 1777. El tratado que firmaron sigue en vigor. Es la alianza más antigua de Estados Unidos. España lleva dos siglos llegando tarde.

La ambición no para ahí. En 2030, Marruecos co-organizará el Mundial junto a España y Portugal, el segundo país africano en hacerlo tras Sudáfrica 2010. La imagen más nítida de adónde está llegando. Mientras, bancos marroquíes operan en veinte países de África. Marruecos no mira sólo al norte.

Detrás de esos movimientos hay un nombre que en los círculos diplomáticos europeos se pronuncia con admiración y envidia: Nasser Bourita, canciller desde 2017. Discreto, metódico, formado íntegramente en el servicio exterior marroquí, Bourita es considerado uno de los principales arquitectos de la posición internacional actual del reino. Fue él quien gestionó la normalización con Israel, quien movió los hilos para el reconocimiento del Sáhara en Washington, quien reposicionó a Marruecos en la Unión Africana tras su reingreso en 2017. Dice la leyenda de que lee cuatrocientas páginas por día, desde notas triviales sobre los frenos de un coche oficial hasta documentos estratégicos de alta seguridad. La leyenda puede ser exagerada. El resultado no. Marruecos ha avanzado más en unos pocos años de diplomacia activa que la mayoría de los países árabes en cincuenta.

España, que lleva décadas creyendo que gestiona su relación con Marruecos desde una posición de superioridad, está descubriendo que negocia desde la dependencia: migración, pesca, energía, estabilidad regional. El tapón tiene precio. Y el precio sube.

Marruecos no es la refutación del fracaso árabe ni la alternativa luminosa a la decadencia europea. Es un capitalismo periférico disciplinado por una monarquía ejecutiva, una máquina política que ha aprendido a convertir sus límites en ventaja estratégica. Tiene presos políticos, desigualdad territorial, muchas mujeres excluidas del mercado, una diáspora que vota con los pies. Y aun así es un experimento real, en curso, que la mayoría de los países emergentes no han podido sostener: crecimiento con orden, apertura con jerarquía, mercado con rey. Sin disolver del todo lo que vino antes.

El arte estará en saber hasta cuándo.

A cuarenta minutos en ferry desde Europa hay un reino que fabrica piezas de avión, controla buena parte de las reservas mundiales de fosfatos, negocia fronteras con Washington y exporta su propio modelo de islam. Mientras Europa trata de entender qué se rompió, Marruecos crece y administra su propia contradicción: modernizar sin liberar del todo las fuerzas que esa modernización despierta. Al menos por ahora, funciona. 

Siempre igual.

En 2030, Marruecos co-organizará el Mundial junto a España y Portugal, el segundo país africano en hacerlo tras Sudáfrica 2010. La imagen más nítida de adónde está llegando.