Maurice Cowling y el otro conservadurismo

El historiador británico Maurice Cowling fue la figura más importante de la escuela de Peterhouse y de un conservadurismo en guerra contra el liberalismo económico, la solemnidad académica y el idealismo político.

por Sebastián Provvidente

La gente es plenamente consciente del peligro de la superstición en los sacerdotes; con el tiempo descubrirán que… los profesores pueden ser igual de malos”.

Robert, 3rd Marquess of Salisbury a Sir L .Mallet, 26 de diciembre de 1876. Citado como uno de los epígrafes de Cowling en Religion and Public Doctrine, 1980.

La derecha de Peterhouse y la polis progresista

La batalla cultural es una sola: contra la ignorancia de gran parte de aquellos que la libran. Hubo un momento en el cual el liberalismo de mercado se sacaba chispas con el conservadurismo. Los conservadores ingleses a la derecha de Thatcher le agitaban en la cara de la dama de hierro la famosa frase de Matthew Arnold: “Freedom is a great horse to ride, but to ride it somewhere”. [La libertad es un gran caballo para montar, pero hay que llevarlo a alguna parte]. La historia de la Peterhouse Right, la derecha de Peterhouse, es interesante precisamente porque atacaba por derecha a los thatcheristas enceguecidos con el optimismo de la desregulación económica y el liberalismo de mercado. En esa época para ser conservador era necesario tener claro qué es lo que se quería conservar. 

Peterhouse sigue siendo hoy en día uno de los colleges más antiguos de la Universidad de Cambridge. Fue fundado en el siglo XIII y siempre estuvo en posesión de una larga tradición académica antes de convertirse en una especie de seminario conservador de derecha a finales de los años 1970 y 1980. Tal vez, una de las figuras más conocidas de esa derecha de Peterhouse sea Roger Scruton quien curiosamente solo pasó algunos pocos años allí. Sin embargo, la figura central y aglutinante de la derecha de Peterhouse fue un historiador inclasificable y bastante menos conocido: Maurice Cowling. Ambos formaron parte del comité editorial de la Salisbury Review, la revista conservadora más importante de su época. A finales de los 70, Cowling también fue el editor del volumen Conservative Essays (1978) central en la conformación de este grupo conservador por demás heterogéneo en donde coexistían periodistas, historiadores y filósofos. Si bien todos ellos compartían con el thatcherismo su crítica a lo que llamaban despectivamente el Lib Lab (liberal labourism), desconfiaban de priorizar exclusivamente una agenda económica de libre mercado. De hecho, Cowling fue bastante crítico de lo que identificaba como el optimismo progresista de Hayek, quien -al fin y al cabo- defendía un plan contra la planificación económica. No es extraño entonces que en ocasión de la visita de Thatcher a Peterhouse, luego de una intervención de Cowling, ésta le haya reprochado que ni el partido ni su proyecto político necesitaban pesimistas. 

Paradójicamente, a finales de los años 60 cuando alguien hacía alusión a la escuela de Cambridge, no se aludía por esa época a John Dunn, J. G. A. Pocock o Quentin Skinner, la santa trinidad del contexto lingüístico en la historia del pensamiento político, sino que el término “escuela de Cambridge” a secas aludía o bien a la escuela de demografía histórica o bien al grupo heterogéneo de estudiantes de historia política centrado en torno a Cowling que sería identificado como la “escuela de Peterhouse”, un college que mal que le pesara a algunos por esa época, también formaba -y sigue formando- parte de la Universidad de Cambridge. Sin embargo, difícilmente sus miembros hubieran aceptado la etiqueta de pertenencia a una “escuela”. 

Si bien han pasado más de 20 años desde la muerte de Maurice Cowling, la invocación de su nombre sigue despertando desconfianza y más de una ceja levantada en signo de preocupación. Es precisamente por este motivo que su figura se torna particularmente atractiva. Su cuestionamiento radical de algunas de las ideas recibidas en el campo de la historia intelectual británica y su crítica devastadora al consenso liberal después de la Segunda Guerra Mundial, que ha extendido su influencia hasta bien entrado el siglo XXI, lo han transformado en un personaje único e irrepetible. Sus libros y artículos constituyen una especie de asalto a las certezas y lugares comunes del mundo académico y del liberalismo que ha inspirado -y lo sigue haciendo- a gran parte de los actores dentro y fuera del mundo de la universidad. En su obra histórica Cowling intentó explicar la particularidad de los problemas del régimen democrático inglés donde, a diferencia de otros regímenes, sus líderes debían apelar al pueblo para legitimarse mediante la formulación de lo que denominaba doctrinas públicas. Para Cowling, la política pertenecía al mundo de las élites. Al concentrarse en otros temas de estudio que no fueran el funcionamiento de estas se corría el riesgo de desviar la atención a temas soft e insustanciales alejados de lo verdaderamente importante. Cowling escribió una historia política a contrapelo del sentido común liberal y progresista de los años 60 y 70 centrado en una historia desde abajo según el cual las ideas políticas tenían una fuerza explicativa central. Cowling escribió una historia distinta en oposición a la moda liberal de su época, lo que lo volvió una figura difícil de procesar en términos políticos, académicos y personales. Su aproximación a la historia intelectual y su conservadurismo político lo volvieron una rara avis en un contexto académico donde se había comenzado a afirmar la primacía de los estudios marxistas centrados en la noción de clase. En franca oposición, Cowling buscaba estudiar cómo la clase dirigente dominante mantenía el orden político. Uno de los poquísimos consejos que les daba a sus alumnos era usar la ironía, la genialidad y la malicia como solventes del entusiasmo, la virtud y la supuesta elevación política del liberalismo y la supuesta neutralidad de la secularización. Por este motivo, su obra abordó temas que los liberales y socialistas no se habían dignado enfrentar dentro de la polis progresista.  

La Peterhouse right atacaba por derecha a los thatcheristas enceguecidos con el optimismo de la desregulación económica y el liberalismo de mercado: para ser conservador era necesario tener claro qué es lo que se quería conservar. 

Un conservador de clase media

Al igual que algunos otros miembros de la Peterhouse right, Cowling provenía de una familia de clase media. Su padre era asistente técnico de un agente de patentes que había logrado fundar su propio negocio con la ayuda de su madre, quien se encargaba de la contabilidad. Maurice nació en 1926 en el suburbio londinense de West Norwood pero su familia se mudó tempranamente a Streatham. En 1937, Maurice consiguió una plaza en la Battersea Grammar School que durante la guerra sería evacuada a Worthing y Hereford. Algunos años después, en agosto de 1943, ganó una beca para estudiar en el Jesus College de Cambridge donde luego de los exámenes del primer año sería llamado a servir en el ejército: primero en el Queen's Royal Regiment y luego en Bangalore como un oficial cadete. En 1946 partió con su regimiento a Kumaon en India y al año siguiente fue enviado a Egipto como ayudante de campo para finalmente recalar como capitán en Libia. En una entrevista con Michael Bentley, un historiador que había frecuentado por un tiempo Peterhouse, Cowling menciona que si algo había influido esta experiencia en su formación posterior era el hecho de que en India había visto en funcionamiento a una élite gobernando un continente. Desde su llegada temprana a una Cambridge diezmada por la movilización de la guerra, Cowling había sido muy influenciado por tres dons anglicanos reaccionarios: Kenneth Pickthorn, Edward Welbourne y Charles Smyth. Es a través de este último que Cowling absorbería el pensamiento de E. E. Hoskyns sobre la importancia de la religión cristiana y su necesidad para mantener los regímenes políticos. También heredaría de éste un cristianismo polémico y un gran desdén por los valores de un liberalismo autocomplaciente. No es raro entonces que por esta época hubiera concebido la posibilidad de ordenarse sacerdote. 

Finalmente, después de su graduación concibió el proyecto de escribir una tesis de doctorado sobre la política en la India británica entre 1860-90 para lo que pasó algún tiempo trabajando con archivos en Delhi, Calcuta y Bombay entre 1950-1951. Con el apoyo de su mentor, el historiador Charles Wilson de Jesus College, obtuvo una beca de investigación que mantuvo hasta 1953, pero poco tiempo después abandonó su tema de doctorado y comenzó a investigar y leer con el objeto de elaborar una crítica al liberalismo de Acton. Por esta época, recibió la influencia de Michael Oakeshott de Caius y de Herbert Butterfield, ambos de Peterhouse y comprometidos desde tradiciones diferentes con una crítica del consenso liberal de izquierda de posguerra. Según la visión de Cowling, el enemigo era sobre todo el liberalismo y no tanto el comunismo, que era un problema esencialmente de los rusos. Un breve paso por la Universidad de Reading con una fellowship lo convenció, al igual que Lucky Jim, el célebre personaje de la campus novel homónima de Kingsley Amis (1954), de que su lugar en el mundo no era en una universidad “redbrick” provincial. En este contexto, probó suerte trabajando en el departamento de Jordania del Foreign Office donde permaneció solamente seis meses. En 1955, se convirtió en escritor principal del Times escribiendo también durante un lapso breve para el Daily Express y el Daily Telegraph, pero tras negarse a adaptar su prosa al estilo de los diarios, se dio cuenta de que esa actividad no era lo suyo. En este período estableció contactos estrechos con periodistas conservadores como Peregrine Worsthorne, Colin Welch, Henry Fairlie, T. E. Utley y George Gale con quienes compartiría una visión conservadora del mundo y la política. En 1959 participó sin éxito en política presentándose como candidato conservador en Bassetlaw en Nottinghamshire. Durante estos años, en paralelo, comenzó a supervisar el trabajo de undergraduates en Cambridge durante los fines de semana y con el correr del tiempo también comenzó a enseñar allí. Gracias al apoyo de Charles Wilson se convirtió en 1960 en director de estudios políticos y económicos en Jesus College y un año después fue nombrado Assistant lecturer en historia. 

Cowling menciona que su experiencia como militar en India lo influyó porque allí había visto en funcionamiento a una élite gobernando un continente

El asalto al “liberalismo totalitario”

En 1963, por invitación de Herbert Butterfield, quien por esta época era el master de Peterhouse, Cowling se incorporó a este college. Allí enseñó historia hasta su retiro temprano en 1988 y luego de ser nombrado reader en 1975 se convirtió en fellow hasta 1993. Si bien Butterfield admiraba el iconoclasmo y “electricidad” de las intervenciones de Cowling y compartía su hostilidad hacia cualquier forma de teoría en la política, rápidamente se dio cuenta de que Cowling no sería una persona ni dócil ni fácil en el trato. Además, pronto descubrió que tenía un gran apego a las maquinaciones político-institucionales dentro de Peterhouse. En 1963 Cowling publicó con pocos meses de diferencia dos libros altamente polémicos The Nature and Limits of Political Science y Mill and Liberalism en los que se situaba en la vereda de enfrente del consenso académico y político liberal de los años 60. En The Nature and Limits of Political Science, inspirado en la obra de Michael Oakeshott, Cowling realizaba una crítica a la ciencia política y a la filosofía política tal como se practicaba por esa época en Inglaterra. Cowling se complacía en atacar la supuesta inocencia, cientificidad y neutralidad de la ciencia política y presentaba sus resultados como un engaño liberal. 

Al mismo tiempo, John Stuart Mill, sobre cuyo pensamiento enseñaba en esta época, se presentaba también como un blanco polémico inigualable. Su liberalismo que en la superficie celebraba la virtud liberal, la tolerancia y estaba supuestamente en guerra con cualquier ortodoxia, adoptaba un totalitarismo moral muy particular. Para Cowling, el argumento de Mill de que la libertad individual se debía limitar para prevenir el daño a los demás, era una divisa retórica que justificaba un orden político racionalista post-cristiano. Se trataba de un orden político defendido por la élite intelectual liberal o lo que con ironía llamaba un nuevo “clero secularista” que no admitía el disenso y que bajo su aparente tolerancia promovía la represión. La idea de que el objetivo era “la mayor felicidad para el mayor número” no era un fin en sí mismo sino que servía para legitimar un régimen utilitarista basado en el racionalismo y una ética secularista alternativa al cristianismo. Según Cowling, el liberalismo de Mill era dogmático y religioso a su manera y no un elemento benigno, neutral y reconfortante tal como lo presentaba la tradición. El liberalismo de Mill no celebraba el pluralismo y la capacidad de elegir un modo de vida, sino que era una doctrina proselitista intolerante y autoritaria. En su pretensión de persuadir a los hombres de organizar la sociedad en un modo diferente al que las sociedades cristianas se habían organizado hasta el momento, el liberalismo se mostraba tan agresivo como cualquier otra doctrina. Al igual que el marxismo en este punto, el liberalismo no aceptaba competencia. Si bien indudablemente se trataba de una lectura de Mill bastante particular reñida con lo que Mill decía en algunos pasajes de la obra, tenía el mérito de cuestionar la supuesta imparcialidad, racionalidad y neutralidad de las opiniones liberales propagadas a través de la mayoría de los partidos políticos y de los medios de comunicación en los dieciocho años transcurridos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. 

Al atacar el liberalismo de Mill, Cowling atacaba tanto al Lib Lab progresista como al liberalismo anti estatalista de Hayek. En el caso del Lib Lab se trataba del liberalismo “Butskellita” del establishment de la posguerra, nucleado en torno a las figuras de Roy Jenkins y Noel Annan, que hallaba expresión en The Guardian y que defendía la intervención estatal y la regulación a la par de una agenda cultural progresista. Al atacar a este liberalismo, Cowling ajustaba cuentas con todos aquellos que de manera acomodaticia se habían adaptado al discurso laborista de su época con el objeto de allanar sus carreras profesionales y académicas. Ahora bien, Cowling, al igual que buena parte de la derecha de Peterhouse, también era hostil al liberalismo económico y político de Hayek. Aunque Cowling compartía su crítica al intervencionismo estatal, sostenía que el pensamiento de Hayek expresaba el resentimiento de un liberal desposeído que buscaba alcanzar los objetivos éticos del socialismo sin recurrir a los métodos socialistas. En particular, Cowling rechazaba el compromiso racionalista y secularista de la obra de Hayek que estaba reñido con su visión conservadora. 

Para Cowing el liberalismo de Mill era dogmático y religioso, tan agresivo como cualquier doctrina en su pretensión de persuadir a los hombres en organizar la sociedad en un modo diferente al que las sociedades cristianas se habían organizado hasta el momento

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La política “de lo bajo” desde arriba 

Durante los años siguientes, Cowling se dedicó a escribir tres libros sobre la historia política británica: Disraeli, Gladstone and Revolution (1967), The Impact of Labour: 1920-1924 (1971) y The Impact of Hitler (1975). En línea con sus libros anteriores criticaba la idea de que la comprensión de la virtud liberal explicaba cómo había funcionado la política democrática británica entre 1850 y 1940. En todos estos libros se trataba de analizar cómo las elites políticas habían logrado preservar al mismo tiempo la estabilidad institucional y la desigualdad. Se trataba de investigar cómo un pequeño grupo de líderes políticos habían mantenido el orden frente a la persistencia de la guerra de clases. Gracias a la sutileza y habilidad de los políticos se había logrado suavizar y evitar el conflicto de clases. Por este motivo, a Cowling le divertía presentarse a sí mismo como un “marxista Tory”. La política democrática no podía explicarse como una sinfonía romántica de principios e ideales sino que era fundamentalmente una actividad inestable y sometida a presiones y demandas de la coyuntura imposibles de prever. Los políticos operaban dentro del marco de lo que la situación les permitía decidir y no diferían mucho del resto de las personas quienes se movían por motivos complejos a menudo egoístas y de rechazo mutuo. Los políticos se encontraban en una negociación permanente entre sus convicciones y sus intereses personales. Cuando lo criticaban por no asignarle importancia suficiente a las ideas políticas, Cowling respondía que le interesaba entender cómo éstas se adaptaban y operaban en la práctica. La acción política implicaba una negociación con lo accidental y no alzarse altivamente por sobre la realidad.

El gran aporte de estas obras históricas de Cowling fue el de analizar lo que se denominaba high politics. Esto lo realizó en un momento en donde la moda académica era estudiar la política desde abajo. Su objetivo era concentrarse en los principales actores del sistema político ya que estos ejercían un papel determinante en la sociedad que deseaban gobernar. El resto de los factores, si bien tenían cierta importancia, no eran fundamentales en sus explicaciones. Su visión de la high politics que -en palabras de Peregrine Worsthorne- a veces parecía encarnar “lo más bajo” [low], consistía en analizar las relaciones entre un grupo reducido de políticos cuyo tamaño variaba de acuerdo con el contexto estudiado. En sus libros predominaban las citas a los diarios personales de los políticos influyentes y su correspondencia porque era en este tipo de fuentes donde los políticos revelaban sus verdaderos intereses que a menudo tenían que ver con situaciones coyunturales y de oportunismo político. Había que observar lo que los políticos hacían y no tanto lo que decían para legitimar y justificar sus acciones. 

Su libro sobre la reforma electoral de 1867 era más que elocuente al respecto ya que la misma se explicaba por las negociaciones políticas dentro de la élite y no tanto por la presión popular desde abajo. Ahora bien, al tener que apelar al electorado, las ideas políticas también desempeñaban un papel en el proceso pero se trataba más bien de una utilización retórica y discursiva de los miembros de la élite. Por este motivo, a Cowling le gustaba destacar el cinismo de los políticos que negociaban entre sí dentro del partido y con otros partidos y presentaban retóricamente sus ideas al electorado en una instancia posterior. Con ironía, Cowling se complacía en destacar que su libro sobre el laborismo se lo había dedicado a Harold Wilson -a quien nunca había votado- porque no había encontrado mejor ejemplo de una actitud cínica provocada por el contraste en sus intenciones políticas y cómo este presentaba sus ideas frente al electorado. No se trataba de denunciar la corrupción de la high politics, simplemente de aceptar que esta funcionaba de este modo. 

Las conclusiones de estos tres libros de Cowling se presentaban en contra del sentido común académico del momento. En el primero de estos demostraba que la marcha hacia la democracia era el producto de una maniobra cínica de Disraeli y la crisis sobre el Home Rule de Irlanda se debía más que nada a la sed de poder de Gladstone. En el caso de la consolidación del partido laborista, este se había vuelto el segundo poder en Inglaterra gracias a la maniobra calculada del político conservador Stanley Baldwin de reemplazar un partido de oposición por otro. Finalmente, la cruzada contra Hitler había comenzado porque Halifax temía que el gobierno pudiera perder la elección de 1940. Cowling nunca pretendió escribir una historia total de los problemas que abordaba en sus libros, sino simplemente arrojar luz sobre ciertos aspectos de la realidad que la scholarship no había reflejado. Al hacerlo, se situaba en la vereda opuesta de la moda académica de su época que consistía en escribir una historia política desde abajo. Por este motivo, sus libros fueron para el paladar de unos pocos ya que estaban escritos en contra del consenso Lib Lab esperable de un académico.  

Si bien no puede hablarse de una “escuela de Peterhouse” ya que por su particular aproximación al mundo académico, Cowling no se veía a sí mismo como líder de una escuela, lo cierto es que algunos historiadores como Andrew Jones, John Vincent, Alastair Cooke y Michael Bentley, compartían con este algunos aspectos de su enfoque. Por este motivo, serían agrupados bajo la etiqueta equívoca de la “escuela de Peterhouse de historia política”. Sin embargo, Cowling siempre repudió esta noción y se mostraba impaciente con los estudiantes y colegas aduladores y lisonjeros que elogiaban su obra. Estos habitualmente se veían sorprendidos por el rechazo del propio autor quien manifestaba sobre su obra que “era un sinsentido” y hacía gala de la “estrechez de su mente” donde anidaban los prejuicios suburbanos conservadores. 

Aunque Cowling compartía su crítica al intervencionismo estatal, sostenía que el pensamiento de Hayek expresaba el resentimiento de un liberal desposeído que buscaba alcanzar los objetivos éticos del socialismo sin recurrir a los métodos socialistas

Antiacademicismo y mordacidad religiosa: dos antídotos contra el “clero secularista”

Así como Cowling en su serie de libros sobre la historia de la democracia inglesa había concentrado su atención en qué hacían los políticos más allá de sus justificaciones retóricas posteriores, lo mismo haría con los académicos liberales con los que se cruzaba en su camino. Le interesaba más bien ver en qué andaban [“what were they up to”] y cuál era su agenda, no tanto lo que decían para justificar su accionar. Precisamente por este motivo no tenía paciencia alguna con las declamaciones de virtud liberal de sus colegas quienes a menudo, al igual que los políticos, ocultaban los verdaderos motivos egoístas de sus acciones. En efecto, Cowling se mostraba particularmente reticente y crítico de la solemnidad del mundo académico e instaba a sus estudiantes a ser extremadamente críticos tanto con su propia scholarship como con la del resto de los profesores, en especial de los más famosos y célebres. El liberalismo de gran parte del mundo académico que frecuentaba era también el objeto de comentarios filosos y cargados de “plácida malicia”. Al igual que los políticos de la élite británica que había estudiado, Cowling experimentaba un verdadero placer por las maquinaciones políticas dentro de Peterhouse y con su activa participación en estas contribuiría activamente a crear un ambiente hostil y enrarecido evidente hasta para los observadores externos. Terry Fuller de visita en 1979 en Peterhouse fue testigo de cómo el decano de Peterhouse, Edward Norman, amenazó con demandar a Cowling por incluirlo en uno de sus libros, frente a lo cual su respuesta fue un desafiante: “¡Demandame, Edward!”. 

Para Cowling, la vida académica era concebida como una arena de enfrentamiento de opiniones. Las supuestas luminarias del mundo académico que se tomaban demasiado en serio a sí mismos se convertirían en el principal blanco de ataque de sus comentarios irónicos quien, muy poco diplomáticamente, les recomendaba a sus estudiantes de doctorado que se concentraran en sus fuentes y que le prestaran particular atención a la bibliografía secundaria en especial a la que pudiera ser ridiculizada. En opinión de Cowling, no había un libro de historia que resistiera más de diez años a la crítica. 

Dentro de Peterhouse Cowling era particularmente afecto a las intrigas y confabulaciones ya que estas le procuraban un gran divertimento, en especial cuando no se desenvolvían de acuerdo a lo esperado. De hecho, jugó un papel central en la política interna de su college en los 12 años siguientes al retiro de Herbert Butterfield en 1968 controlando desde atrás de escena en las elecciones de varios de los masters que conducían a Peterhouse, logrando bloquear así cualquier intento reforma interna. Con este objetivo en mente, en 1980 trabajó en las sombras para lograr el nombramiento como master de Hugh Trevor-Roper, Lord Dacre. Éste todavía no había cometido el célebre error de tomar por auténticos los diarios de Hitler, lo que le debe haber producido a Cowling una cuota no menor de schadenfreude teniendo en cuenta cómo iban a evolucionar sus relaciones personales. Poco tiempo después de su nombramiento como master de Peterhouse, se puso en evidencia que Lord Dacre era tan afecto a las conspiraciones internas como el propio Cowling y no se plegaría fácilmente a sus intrigas. No es raro, entonces, que este clima académico, oscilante entre la reforma y el conservadurismo después de la Segunda Guerra, hubiera dado lugar a la edad dorada de las novelas de campus. Por un lado, las novelas satíricas de Tom Sharpe Porterhouse Blue (1975) y Grantchester Grind (1995) estaban ambientadas en el aparentemente un irreconocible college Porterhouse y por otro lado, las novelas más serias y dramáticas de C. P. Snow The Masters (1951) y The Affaire (1960) expresamente hacían referencia a las intrigas políticas de Cambridge. Por su parte, si bien las novelas de Malcolm Bradbury Eating People is wrong (1959), Stepping Westward (1958) y The History Man (1975) no transcurrían a orillas del río Cam, describían a la perfección las transformaciones del mundo académico de posguerra que Cowling tanto criticaba. Difícil no reconocer en Howard Kirk, el personaje principal de The History Man, un típico ejemplo de académico detestado por Cowling. Se trataba de un personaje que al mismo tiempo que abrazaba todas las causas progresistas, explotaba económicamente a sus estudiantes haciéndolos trabajar en sus menesteres domésticos. Sobre estas novelas satíricas como uno de los antídotos a la solemnidad secularista liberal de algunos profesores de Cambridge -Quentin Skinner incluido- en los años 50 y 60, Cowling se expresaba en el prefacio al primer volumen de su Religion and Public Doctrine

A medida que Thomas, Skinner y Runciman atraviesan la mediana edad, una astuta mordacidad religiosa resulta para ellos un antídoto tan esencial como cualquier cosa que Bradbury y Sharpe puedan aportar frente a la refractabilidad, solemnidad y, en última instancia, trivialidad de la inteligencia académica, secular y profesional.

A Cowling le divertía presentarse a sí mismo como un “marxista Tory” que trataba de investigar cómo un pequeño grupo de  políticos habían mantenido el orden frente a la persistencia de la guerra de clases

Sobre el otro antídoto, la mordacidad religiosa, se concentró la obra de Cowling en sus últimos años dentro del mundo académico. Después de su trilogía sobre la política democrática inglesa, pasó 25 años trabajando y publicando otra trilogía con el título Religion and Public Doctrine in England (Vol 1: 1980, Vol 2: 1985, Vol 3: 2001). Se trataba de una obra muy particular en la cual mediante cientos de ensayos sobre miembros individuales de la Intelligentsia británica abordaba cuestiones biográficas y presentaba lo que denominaba la doctrina pública de cada uno de ellos. Cowling le dedicaría a esta rarísima obra casi la mitad de su vida adulta. Las malas lenguas, a menudo más acertadas que las buenas, sostienen que Cowling pensaba que la escritura de esta trilogía era su “penitencia” por no haberse ordenado sacerdote anglicano en los años 40. Según Cowling, la doctrina pública estaba constituida por la articulación de las opiniones sobre las que no existía discusión y que todo el mundo daba por sentadas y que eran descritas como religiosas. Bajo el término doctrina pública, Cowling ponía en el mismo plano las creencias y las opiniones esencialmente cristianas y las creencias seculares liberales que en su visión también tenían un carácter religioso. Más allá de que los volúmenes estaban constituidos por biografías intelectuales que presentaban la doctrina pública de cada uno de ellos, más de 200 personajes de la intelligentsia inglesa, en sus libros se narraba una historia. Después de 1840, la doctrina cristiana había perdido centralidad en la vida pública inglesa y había comenzado a competir con la emergencia de una doctrina secularista producto de la creación de políticos, periodistas y profesores universitarios que habían desarrollado una doctrina pública alternativa a la cristiana que celebraba los valores liberales cuya supuesta neutralidad Cowling había siempre criticado. Si bien el proceso de secularización inaugurado en 1840 pretendía haber atacado a la religión, en realidad había atacado al Cristianismo. Sin embargo, la secularización estaba lejos de ser un camino lineal en el cual se había consolidado de manera absoluta un consenso postcristiano en el que todas las opiniones públicas, académicas, estéticas, científicas y religiosas debían ser “silenciosamente” seculares. En la visión de Cowling, el liberalismo secularista había vuelto trivial la distinción entre sagrado y secular y la idea de otorgar asentimiento a una doctrina había sido reemplazada por una cacofonía de opiniones. En ausencia de una doctrina pública cristiana se perdía la seguridad psicológica que Dios y la Iglesia habían tradicionalmente provisto a la sociedad británica. La custodia de la verdad se había desplazado de la Iglesia a las universidades en las que predominaban los valores liberales. Los profesores universitarios habían reemplazado a los sacerdotes. El proceso de secularización que había comenzado en 1840 distaba de ser simple y su resultado final no se daba por descontado. A lo largo de los tres volúmenes Cowling analizaba las distintas actitudes de los miembros individuales de la intelligentsia británica frente al Cristianismo: para algunos, la doctrina cristiana debía ser la doctrina dominante, para otros, debía ser reemplazada por la doctrina secular, estaban también los que pensaban que podían coexistir ambas doctrinas y finalmente los que habían enfatizado la existencia de ciertos “acomodamientos” entre ambas. 

 Las palabras con las que Cowling cerraba el tercer volumen de esta trilogía siguen resonando más de 25 años después: 

Religion and Public Doctrine no hace ninguna predicción, es consciente de sus propias limitaciones y reconoce que la fase cristiana de la civilización europea puede haber llegado a su fin. Sin embargo, también hace algo más: observa analíticamente que la secularización es una fase de la vida de la intelligentsia, que sería absurdo suponer que es permanente y que el instinto religioso que se esconde bajo la indiferencia de la mentalidad pública todavía podría sorprendernos por su disposición a dejarse extraviar por el Cristianismo.

Cowling escribió en una época en la que los conservadores todavía sabían lo que querían conservar.  

La política democrática no podía explicarse como una sinfonía de principios e ideales sino que era una actividad inestable y sometida a presiones imposibles de prever